Capítulo 21
¿Dónde está Vadim? ¿Qué le están haciendo?
¿Por qué lo han arrestado? ¿Lo habrán interrogado durante horas sin dejarle dormir, beber o comer?
¿Lo habrán encerrado en una celda preventiva, quitándole todo lo que tenía?
¿Su libertad, su móvil? ¿Estará solo? ¿Tendrá miedo?
¿O se habrá rebelado y empeorado su situación?
¿Quién lee los mensajes que le envío y a los que no me responde?
¿Tendrá abogado? ¿A quién habrá elegido para utilizar la única llamada a la que tiene derecho? ¿A Keith? ¿A Felix? ¿Quién cuida de él?
¿Veo demasiadas películas policiacas?
Me siento tan sola sin él, tan impotente y desvalida que a veces tengo la impresión de haberlo abandonado yo misma.
Después de cuatro días, solo pienso en eso.
Después de cuatro días, casi cien horas, no hago nada más.
Deambulo en un estado de ensimismamiento, llena de preguntas.
El corazón vacío del todo, vacío de Vadim Arcadi.
Mi mundo se quedó congelado en ese segundo del lunes por la mañana en el que lo vi desaparecer, rodeado de cuatro policías.
Incapaz de volver a la universidad, he fingido tener gripe para que mis padres me dejaran quedarme en casa.
Teniendo en cuenta lo poco que he dormido y comido, mi debilidad física y mi cara pálida hacen que mi enfermedad imaginaria resulte del todo creíble.
¿Él está bien?
Durante estos cuatro días interminables, acurrucada en mi cama, he repetido la escena en mi cabeza y a leer las notitas que nos intercambiamos en clase.
Las he guardado todas como un tesoro, pero están cada vez más arrugadas a medida que las uso, solo para recordarme que todo eso fue real.
Que quizá todavía sea real. Y luego está esa última mirada de Vadim que me atormenta, que sigo tratando de descifrar.
¿Qué es lo que ha hecho?
Como si este calvario no fuera ya insoportable, también debo aguantar la mirada preocupada de mi madre, que me pone el dorso de la mano sobre la frente cada vez que me la cruzo.
La mirada orgullosa y altiva de Basile, que me susurra encantado «te lo advertí» o «tiene lo que se merece» cada vez que se da la ocasión.
La mirada triste de Lily, que acaba de sentarse en el borde de mi cama para hacerme cosquillas en los pies y comprobar que eso sigue sin hacerme reír.
La mirada compasiva de Georgia, que sin duda ha comprendido lo que estaba tramando y trata de animarme a base de chocolate caliente.
La mirada apenada de Clémentine, que ha venido varias veces a traerme los apuntes de clase y a subirme la moral como puede a base de cotilleos de estudiantes que me son del todo indiferentes.
Y la mirada insistente de mi padre, que ha decidido que ya estoy mejor y que ya es hora de que vuelva a la facultad antes de descolgarme del todo.
No estaré mejor hasta que no sepa cómo está Vadim.
¿Por qué no sé nada? ¿Por qué no hay ninguna novedad?
Si aún no me ha dado señales de vida, es porque todavía no ha salido del lugar donde lo retienen.
Pero ¿dónde? ¿La comisaría? ¿La cárcel? ¿De verdad es tan grave?
Ni siquiera tengo el contacto de Felix o Keith para llamarlos.
No tengo forma de entrar en el mundo de Vadim cuando no es él el que me abre la puerta. ¿De verdad lo conozco tan poco?
Le he pedido a mi mejor amiga que me pase a buscar este viernes por la mañana.
No me siento capaz de llegar sola al campus y enfrentarme a la realidad.
A todos esos estudiantes que presenciaron la escenita y que no han debido de hablar de otra cosa desde hace casi una semana.
Clémentine entrelaza el brazo con el mío y camina con la cabeza alta, con paso decidido, dispuesta a ponerse de barrera frente al primero que intente acercárseme.
—¿Dónde te escondías, Lancaster? ¿También te han detenido a ti? —suelta una voz masculina detrás de mí.
—No te pares, sigue caminando —me susurra Clem al oído.
—Al menos habrás ido a visitar a Arcadi a la cárcel, ¿no? —añade otra voz estúpida.
Procede de un grupo de jugadores de baloncesto reunidos un poco más allá, alrededor de Timothy.
—No respondas, ¡es lo que busca Wallace! —sigue animándome Clem.
—¿Se admiten vis a vis? —remata otro tío altísimo y delgado que hace un gesto obsceno.
—Eh, Wembanyama, vete a jugar al balón si tienes que desahogarte —replica mi amiga sin dejar de caminar.
Luego añade en voz baja para mí:
—¿Has visto? ¡Me he puesto al día para impresionar a Marcus!
—Estoy orgullosa de ti, Clem…
—Venga, nos vamos, chicos —ordena de pronto Tim.
Aparta la mirada con gesto resignado, como si ya no pudiera hacer nada más por mí.
Es lo único que le pido, la verdad…
Cuando llego fuera del aula, me entran ganas de salir corriendo, pero Clémentine me sujeta con firmeza.
—Ya ha pasado lo peor, todo va a ir bien.
Por más que intente tranquilizarme, la gente de mi clase me empieza a bombardear con preguntas y los comentarios vuelven con más intensidad. Un poco menos tontos, un poco más compasivos, pero igual de difíciles de encajar.
—Entonces ¿Arcadi ya ha salido?
—¿Lo has visto? ¿Has hablado con él?
—¿Qué querían de él los maderos?
—¡Tiene que haber sido algo grave para que vinieran a buscarlo hasta aquí!
—¿Va a volver a clase? —cuestiona con inquietud Phoebe McPherson, quien con todo esto ha perdido a su compañero de trabajo.
—Siempre he sabido que ese tipo no era de fiar —comenta Nicki Scott con un aire dramático.
—Tú no tienes ni idea, NICOLE —la corta mi mejor amiga, que está hasta el moño.
—¿Quieres un trozo de Twix? —ofrece Andrew Clark, como si eso fuera la solución a todos mis problemas.
Clémentine lo acepta por mí, siempre dispuesta a animarme.
—Dile a Arcadi que estoy con él —sigue Andy.
Tiene pinta de haberse puesto definitivamente de nuestro lado después de todo el asunto de las notitas.
—Nadie está con nadie y todo el mundo se ocupa de sus propios asuntos —interviene el señor Abrams, que llega a la carrera y nos hace entrar en el aula.
Me siento en la primera fila, para no cambiar nada, y enseguida se me une mi nuevo compañero, Jude Lee, ofreciéndome una sonrisa abatida.
Me sorprendo a mí misma al mirar hacia al fondo de la clase para verificar que Vadim no está ahí.
O más bien que nadie se ha atrevido a sentarse en su sitio.
Se me llenan los ojos de lágrimas cuando veo las dos patas de la silla bien apoyadas sobre el suelo de baldosas.
Nadie se balancea hacia atrás. Nadie me dedica una media sonrisa.
Nadie huele a su perfume. Nadie mira por la ventana como si más allá existiera otro mundo, el de todas las posibilidades.
Lo que más echo en falta es su libertad descarada.
Y saber que está encerrado me está matando.
¿Allá donde esté Vadim, hay una ventana?
—Alma, ¿has podido ponerte al día con el curso? —me pregunta el señor Abrams con dulzura.
—Sí, señor. Clémentine me ha traído los apuntes.
—Bueno, entonces será mejor que te lo vuelva a explicar yo mismo —dice mientras mira a mi amiga con cara de tonto—.
El resto, seguid trabajando en vuestros storyboards , quiero darle el visto bueno a todo antes de que termine la mañana.
Los que no tengáis un escenario definitivo, ya va siendo hora de ponerse a ello.
Os quedan menos de tres meses para el casting , el rodaje y el montaje.
Si no salís en busca del cine, ¡el cine no vendrá a buscaros!
—¿Y qué hago yo? —pregunta Jude con tono lastimero.
—Te las apañas, llamas a un amigo, te quejas a tu madre, finges no tener miedo, no es mi problema. Scott, cierra el pico y ponte a trabajar. Clark, se desayuna antes de venir a clase. Aliméntate de tu pasión por el cine en vez de con esas porquerías. Lancaster, ven aquí.
Me acerco despacio a la mesa del profesor, que se levanta para cederme su sitio y me invita a sentarme en su silla.
Qué bochorno. Después se dirige al fondo de la clase, bajo la asombrada mirada del resto de estudiantes, toma la silla vacía de Vadim y la pone a mi lado.
Aún más bochornoso. Se sienta de lado, cruza las piernas y clava sus ojos cansados en los míos soltando un largo suspiro.
—Sé muy bien por lo que estás pasando —me suelta en voz baja—. Te sientes sola, desamparada, abandonada. ¿Me equivoco?
—No, estaba mala, pero ya me encuentro mejor.
—Tienes un aspecto horrible. El pobre Bruce Lee apenas se atreve a mirarte, le deben de dar miedo los fantasmas —bromea para hacerme sonreír—. Cuando digo eso, no siempre es racismo, ¿sabes? Es solo un sentido del humor horroroso y referencias anticuadas que dejan mucho que desear…
—Sí, se llaman microrracismos, señor. Esas pequeñas frases inocentes que decimos sin pensar, aunque estigmatizan a la gente y jerarquizan las etnias.
Son los mismos prejuicios que le hacen pasar por un cineasta fracasado reconvertido en profesor y a mí por una niña de papá a la que no le hace falta triunfar por sí misma porque ya tiene dinero y su red de contactos.
Y Vadim Arcadi es, sin duda, un delincuente porque tiene un nombre ruso y una trayectoria vital diferente.
—Tienes razón, debería parar con los estereotipos asiáticos sobre Jude Lee y dejar de tratar a Nicki Scott como una tonta.
Pero ¿por qué huyes del auténtico tema? Incluso ausente, Arcadi está por todas partes.
¿Te has fijado en el resto? Casi cometo un crimen contra la humanidad al ir a coger su silla.
—Sí, también deberían venir a detenerlo a usted —mascullo, con una sonrisa triste en los labios.
—Has recuperado la ironía, es un buen comienzo. Alma, aborda el problema al revés: no estás sola, ahora eres libre. Puedes existir, crear. ¿Por qué no haces un cortometraje sobre lo que estás viviendo? Graba el vacío, la pérdida, la nada que te invade.
—¿Y Jude?