Solos contra todos (TU + YO 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

Feliz de recuperar mi libertad ese lunes por la mañana y encantada de volver a ver a Vadim, por fin.

Aunque otros sentimientos me atormentan, me revuelven el estómago y me encogen el corazón.

Contengo mis ganas de hablar con Clem de la nueva foto anónima, analizo las miradas de los otros estudiantes para tratar de adivinar quién lo sabe.

Temo la primera hora y los bufidos del señor Abrams o sus intentos de secuestrarme para una nueva jornada como asistente, atrapada con un basset maloliente.

Voy a sentarme en mi sitio habitual en primera fila cuando mi compañero viene a repatingarse en la silla que hay a mi lado, con una camiseta blanca que hace que sus ojos grises se vean aún más claros.

Emana el aroma embriagador de Ciao Amore de Fendi, y sé que no me he equivocado: Vadim y su perfume son uno solo.

Me enamoro un poco más de él. Pero con el olor a tabaco rancio del profesor, las miraditas que nos lanzan y la tensión en el ambiente, estoy a punto de ponerme mala.

El señor Abrams y sus cejas fruncidas no nos quitan ojo. Su rostro parece contrariado, confuso, decepcionado. Su voz suena más ronca que de costumbre.

—Lancaster y Arcadi, vuestra inolvidable colaboración llega hoy a su fin. Os vais a intercambiar con la pareja Lee-McPherson, y ya que no habéis hecho nada, utilizáis sus ideas para el cortometraje, como es evidente. Arcadi, muévete, Sophie te está esperando.

—Me llamo Phoebe —lo corrige la estudiante.

—¿Y a mí qué me importa? —responde el profesor, enfadado—. Y tú, Lee, ¿tienes algún nombre que desees anunciar al mundo entero? ¿Guy, tal vez?

Todo el mundo se echa a reír.

—No es Guy Lee, es Jude, señor. Jude Lee. Pero me puede llamar como quiera.

—Muy amable por tu parte. Venga, cambiad de sitio, ¡estamos perdiendo el tiempo! Bruce Lee, no te olvides de la ironía, si es que la encuentras por algún lado. Y Arcadi, deja de arrastrar los pies, ¡energía!

—Señor, eso ha sido racista… —protesto al profesor.

—Déjalo, Alma —me susurra el estudiante asiático.

Cuando llega a mitad de camino, Vadim se da media vuelta y viene directo a mí.

Me pone una mano en el cuello y me besa delante de toda la clase.

Es un beso interminable, tierno y apasionado, bajo los silbidos y aplausos del resto de estudiantes, encantados de poder quitarse un poco de presión de encima.

Abrams nos grita que paremos y nos amenaza con mandarnos al director de la universidad.

Esa posibilidad por fin nos separa, Vadim se une a su nueva compañera con una sonrisa triunfante en el rostro mientras que yo me vuelvo a sentar, con las mejillas sonrosadas, los labios todavía húmedos y las piernas flojas.

Se reanuda la clase, yo me hago pequeñita tratando de recobrar la calma y un pulso normal.

Intento concentrarme en mis apuntes, de vez en cuando miro por el rabillo del ojo las hojas subrayadas de mi nuevo compañero, pero solo pienso en Vadim y en ese beso extraordinario.

Una bolita de papel arrugado llega rodando a mi mesa, no he podido ver de dónde.

La abro a escondidas sobre mi muslo y descifro los garabatos:

Pueden tratar de separarnos, pero nadie me impedirá

jamás que te hable. Ni que te bese.

V.

Sonrío como una tonta, doy la vuelta al papelito arrugado y escribo una respuesta debajo de la mesa, sin que nadie me vea.

Ya te echo de menos. Y te voy a confesar una cosa:

te quiero más que a Tom Hanks.

A.

Miro a mi alrededor, busco cómo enviar la notita al fondo de la clase.

A mi izquierda, Andrew se inclina y hace como que me pasa un boli.

Pero abre la mano para recibir la bolita y la pasa para atrás.

De pronto, toda la clase se suma a ese espíritu solidario.

La escenita apasionada de Vadim, mi intento de rebelión y el comentario bochornoso de Abrams ha puesto a todos de nuestro lado.

Me siento eufórica por dentro. Enseguida me llega otro papelito arrugado.

Qué guapa estás cuando te rebelas. Me vuelves loco, Alma Lancaster. Qué orgulloso estoy de ti.

Un millón de mariposas me revolotean en la tripa.

Una felicidad intensa me estalla en el pecho.

Le escribo a Vadim que lo quiero y que todavía no sabe todo lo que estaría dispuesta a hacer por él.

Su respuesta me llega como un bumerán. Andrew, Phoebe y el resto se han convertido en maestros del arte de pasar mensajes apasionados.

Se divierten casi tanto como nosotros. La máquina está engrasada, se avecina una revuelta.

Despliego, aliso, descifro:

¿A que no levantas la mano y lo dices en alto? Al profesor.

A toda la clase. Si me quieres, atrévete.

Cierro los ojos, inspiro hondo y me llegan las notas del aroma lejano de Ciao Amore. Lo inhalo con fuerza, me siento con una seguridad y una valentía que me dan ganas de gritar. Me aclaro la garganta, levanto la mano como si fuera a hacer una pregunta:

—¿Señor Abrams?

—¿Qué, Lancaster?

No le ha sentado bien que lo haya acusado de racismo, cuando lo más seguro es que haya sido un desliz que ha soltado sin darse cuenta.

Justo la definición de microrracismo. No me arrepiento.

Todas las caras se vuelven hacia mí y luego hacia la puerta a la que acaban de llamar.

Cuatro policías de uniforme irrumpen en el aula.

—Vadim Arcadi, queda arrestado. Tiene derecho a guardar silencio. Todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra. Tiene derecho a un abogado. Si no puede permitírselo, se le asignará un abogado de oficio. ¿Entiende lo que acabo de decir?

Los policías, con voz tranquila y gestos seguros, lo esposan y se lo llevan del brazo.

Vadim se deja hacer, imperturbable, casi resignado, mientras el mundo se desmorona bajo mis pies.

Me invade el pánico, me quedo sin aliento y se me encoge el corazón.

Mientras que en el aula se monta un alboroto, yo soy incapaz de reaccionar, de hablar.

En el umbral de la puerta, Vadim vuelve la cabeza y me lanza un último vistazo.

Una mirada segura, intensa, que me dice que no me preocupe.

Pero en la que detecto ese destello casi invisible, esa vulnerabilidad apenas admitida que me retuerce las entrañas.

Entonces mis labios articulan en silencio aquello que estaba a punto de gritar.