Capítulo 18
—¡No podemos hacer eso, Clem!
—Eso es lo único que podemos hacer. ¡Eso es lo único que debemos hacer! ¡Y siéntate de una vez, que me estás mareando!
Sentada con las piernas cruzadas sobre la cama, en su pequeña habitación de estudiante adonde me he dirigido inmediatamente tras dejar la casa de Abrams, Clémentine me coge del brazo y hace que me tambalee.
—¿Sabes hacer grafitis?
Es la mejor idea que se me había ocurrido, antes de reparar en que también es la peor.
—No, pero si algún lerdo de la banda de Timothy lo ha hecho, nosotras también podemos.
—A lo mejor lo hizo mi hermano…
Solo de pensarlo me pongo enferma.
—¡Nos estamos yendo por las ramas! ¡Concéntrate, Alma! Una pintada os ha separado y una pintada os reconciliará. ¡Has tenido una idea brillante!
Sí, pero hacerlo en el gimnasio es arriesgado.
—¡Has sido tú quien me ha dicho que la puerta trasera nunca está cerrada con llave! Al menos, haber salido con Tim te habrá servido para algo. ¿Acaso conoces otro lugar en el campus al que se pueda acceder en plena noche?
—¿Y si el vigilante nos pilla durante su ronda?
—El gimnasio queda muy aislado. A lo sumo pasará una sola vez por allí. No haremos ruido, no encenderemos ninguna luz y en cuanto hayamos acabado harás venir a Vadim.
Sonrío al imaginármelo. Yo, Alma Lancaster, me dispongo a delinquir por primera vez en mi vida. Y a transgredir las reglas del campus por un chico.
Todo esto por tus bonitos ojos, Vadim Arcadi.
—El plan queda aprobado. Voy a comprar los espráis —anuncio, poniéndome en pie.
—No, mejor que vaya yo. Usaremos el rojo, ¿vale? Sí, un grafiti rojo quedará más romántico. Tú vuelve a casa y dile a tus padres que hoy saldremos, como todos los viernes por la noche. Nos encontraremos en el gimnasio a las nueve de la noche. Si ves aparecer al vigilante, silba.
—Clem, si silbo, me oirá…
—Tienes razón. Pues entonces imita el canto de un pájaro, así sabré que eres tú.
—La cosa pinta cada vez mejor —comento entre risas—. O si no, conozco un invento mágico y más discreto: el mensaje de texto. Pero acuérdate de poner el móvil en modo silencioso.
—¡Esta idea tuya sí que es buena! ¡La verdad es que formamos un equipo de élite! —exclama Clémentine, alzando una mano al aire para que supuestamente se la choque con la mía.
En lugar de eso, la abrazo hasta ahogarla.
—Eres genial, la mejor de las mejores amigas.
—Repítelo otra vez, porque creo que la falta de aire me está afectando la audición…
* * *
Estoy de pie, a oscuras, temblando levemente, en medio de la pista de básquet. Frente a mí, unas grandes letras rojas gotean en la pared.
Vadim + Alma
Se me pone la piel de gallina.
No he querido hacer nada más complicado u original. Y he convencido a Clem para no añadir un enorme corazón justo al lado.
Quería que supiera que lo nuestro es real. Eso es lo importante.
Sin embargo, ya han pasado veinte minutos desde que le he enviado el mensaje a Vadim para citarlo aquí. Desde su apartamento apenas se tardan diez minutos en llegar al gimnasio.
¿Y si no viene?
Oigo cómo se abre la puerta trasera con un discreto clic. ¿Tal vez sea el de seguridad, que ha decidido ser demasiado aplicado esta noche? ¿O Clémentine, que no ha conseguido volver a casa de lo emocionada que estaba?
Nerviosa, corro hacia el cuadro de luces de la cancha de baloncesto. Ese era el plan. Si es él, enciendo las luces. Si no, me quedo ahí escondida.
Figura esbelta, actitud despreocupada, chaqueta de cuero que reluce en la oscuridad…
Ha venido.
—¿Alma? —me llama Vadim girando sobre sí mismo.
Mis dedos pulsan el interruptor. Veo que entrecierra los ojos cuando lo deslumbra la luz. Se gira de nuevo, buscándome con la mirada y entonces ve el grafiti.
Contengo la respiración.
Ese chico moreno y alto retrocede un par de pasos para ver mejor el muro. De pronto, su carcajada resuena en el gimnasio vacío y retumba contra el cristal de la garita. Se pasa la mano por el pelo, salgo de mi escondite corriendo y me encuentro con él en mitad de la cancha.
—Bueno, ya ves que me he atrevido.
—Estás loca, Lancaster.
—Quería que recordaras este grafiti más que ningún otro…
Vadim se vuelve hacia mí, me levanta y me hace girar en el aire riéndose a carcajadas antes de volver a dejarme en el suelo. Después me abraza con fuerza. Mucha fuerza. Me sonríe, acerca su rostro emocionado, sublime e impresionante al mío.
—¿Qué clase de hechizo es este, joder? —susurra con voz grave.
—¿Qué?
—Esto que me haces…
Con su mano magullada, coge la mía y la apoya contra su corazón.
—¿Lo oyes? Esto me supera, no entiendo por qué está tan acelerado, cómo puede ser tan intenso… Pero yo también te quiero, Alma.
Su voz grave me traslada a otro mundo.
—No te haces una idea de cuánto…
En medio de este gimnasio vacío y en silencio, su susurro parece un grito.
Me llega directo al corazón.
—Y siento muchísimo haber reaccionado así. Haber dudado de ti…
Me lanzo a sus brazos para no tener que responder, para no dejarme arrastrar por la emoción.
—Espera, ¿no tienes nada que decir? Alma Lancaster, ¿me dejas a mí la última palabra?
Puede reírse lo que quiera, me da igual. El chico de mis sueños me acaba de decir que me quiere.
Me quiere.
Lo callo con un beso. Vadim me besa también, con los labios, la lengua, las manos.
Noto un cosquilleo en la tripa.
—Será mejor que apaguemos las luces —le susurro entre besos.
—¿Ah, sí? ¿Para hacer qué?
Su media sonrisa me provoca un hormigueo en la parte baja de la espalda.
—Atrápame si puedes, Arcadi…
—¿Y qué gano si lo hago?
—¡Ya lo verás! —exclamo, echando a correr.
Atravieso la cancha corriendo tan deprisa como me lo permite el vestido que llevo y me lanzo al cuarto donde me he escondido mientras lo esperaba.
Vadim viene hacia mí, caminando, con una indiferencia infinita, descarado a más no poder.
Pulso el botón de las luces, el cuartucho se sume de golpe en la oscuridad y necesitamos un par de segundos para que nuestros ojos se acostumbren.
Impaciente, busco a Vadim con la mano y me topo con su pecho. Ese contacto me paraliza. Me coge los dedos y los lleva a su boca, los besa y luego los desliza entre sus labios calientes. Me derrito. Cierra la puerta con el pie y se arrima a mí. Mucho.
—Te tengo, Alma Lancaster. ¿Cuál es mi recompensa?
—Yo… —murmuro, poniéndome de puntillas para pasarle los brazos por el cuello.
Mientras lo beso, noto cómo me acaricia los muslos con las manos y me sube el vestido varios centímetros. Luego las desliza por la tela, me acaricia el culo, me levanta y me sienta sobre una especie de encimera.
—¿No te da miedo que nos pillen? —me susurra, hundiéndose en mi cuello.
—Sí… Pero contigo, me apetece atreverme a todo.
Separo las piernas para acercarlo hacia mí y parece que le gusta mi valentía. Forcejeamos para quitarnos la ropa, entre besos que nos dejan los labios enrojecidos, y luego nuestras pieles desnudas se encuentran.
Por fin.
La suya es suave, cálida, firme en los músculos de sus brazos y en sus anchos hombros. Tengo ganas de probarla, sentirla, arañarla. Vadim desliza los dedos entre mis muslos y ese encuentro inesperado me hace gemir.
—¿Te gusta esto, Alma?
Suelto un jadeo que le hace sonreír.
—¿Y esto?
Su sexo duro se acerca a mi clítoris, se aparta y vuelve. Ese jueguecito cruel me vuelve loca.
—Vadim, no tenemos mucho tiempo.
La urgencia multiplica mis ganas de él.
—No tenemos por qué hacer nada, Alma. Solo quiero hacerte sentir bien…
Su susurro me excita un poco más; lo beso con agresividad y a continuación lo muerdo.
Llegados a este punto necesito su cuerpo contra el mío.
Vadim entiende el mensaje, se escapa un momento para rebuscar en el bolsillo trasero de sus tejanos, sacando un preservativo. Rasga el envoltorio con los dientes.
Sentada en la oscuridad sobre esta pequeña encimera, tengo frente a mí al chico más guapo del mundo, que me susurra las palabras más excitantes que jamás haya escuchado.
Ya no pienso, es mi cuerpo el que habla. Mis manos que se apoyan en sus riñones para animarlo a que se arrime. Mis ojos se le clavan como si fuera la fruta prohibida que estoy a punto de probar.
No me importa lo que tenga que pagar.
Su mirada embriagadora clavada en la mía me lee la mente, me entiende, avanza despacio entre mis muslos.
Nuestras pieles se confunden, nuestros suspiros se responden, hasta que el placer nos arrastra, primero a uno y después al otro. Yo salgo volando, con los ojos cerrados, pero el corazón bien abierto.
Que solo late por él.
Termino en el suelo, tumbada a su lado, con la respiración entrecortada y el cuerpo lánguido. Vadim coge sus tejanos y me pasa el vestido. Me cuesta bastante, pero consigo ponérmelo, sin nada por debajo. Él me observa, riendo con suavidad.
—Deja de burlarte de mí.
—¿Tengo pinta de estar burlándome?
—¿Cuál es tu secreto, Arcadi?
—¿Mi secreto?
—Para hacer que me olvide del resto del mundo. Te metes en mi mente, bajo mi piel…
—Yo no tengo nada que ver con eso. Solo somos… nosotros. Somos Tú + Yo.
Tú + Yo .
Me aparta un mechón de pelo y se acerca mucho a mi boca.
—Yo tampoco. Nunca había sentido nada así antes de ti, princesa Lancaster.
Ese maldito apodo.
Le doy un golpecito en el hombro y luego me acurruco contra su pecho; su olor, su calor. Siento un hormigueo en las piernas, me duele la boca de tantos besos. Una sensación extraña de bienestar mezclada con dolor, plenitud y paz interior.
Se lo he dado todo.
Me siento como si estuviera flotando ni siquiera sé si aún me pertenece.
Vadim se levanta primero, mira a su alrededor, y luego me dice con voz juguetona:
—Te toca a ti atraparme esta vez.
—Hmmm… Cuando pueda caminar.
Sin pensárselo dos veces, me levanta del suelo pasándome un brazo bajo las rodillas y el otro alrededor de la cintura y así cruzamos el gimnasio.
No tengo ni idea de lo que busca, pero me agarro a su cuello.
—¿Dónde me lleva, mi caballero? —le susurro al oído.
—Paciencia, alteza. Busco un lugar digno de su rango.
Nos lleva directos al vestuario del equipo, se fija en un carrito lleno de toallas esponjosas, dobladas con esmero. Me deja ahí con delicadeza y me hundo entre el algodón que huele a ropa limpia.
—¿Este nido esponjoso os complace, querida mía?
De pie, frente a mí, el muy descarado hace una reverencia, que me provoca una sonrisa, y luego contempla mis piernas desnudas en la penumbra. Ese aire travieso se esfuma en un instante. Me pasa la mano por el cuello, la mejilla, la melena… mientras me clava esa mirada intensa, seductora.
—Antes nos hemos saltado un paso…
Se inclina despacio para besarme y se me escapa un gemido. Tengo el corazón acelerado.
Lo aparto para poder desafiarlo.
Lo repaso con la mirada: su pecho desnudo sobre los tejanos desabrochados, su pelo castaño despeinado, sus manos apoyadas sobre mis muslos, la pequeña cicatriz que tiene en el labio.
—¿Le complace el espectáculo, princesa?
—No está mal, para un hombre sin corona…
Mi impertinencia le provoca una sonrisa. Se arrodilla frente a mí, que sigo sentada en mi carrito acolchado, y se cuela bajo mi vestido. Me hace cosquillas en la tripa con la lengua; rodea el ombligo y se desliza hacia abajo, muy abajo.
Es como si su boca se hubiera aprendido de memoria mi manual de instrucciones.
Me olvido de todo lo que me rodea, de todo lo que nos separa, de todos los que están en nuestra contra y me abandono a él, a nosotros… hasta alcanzar el placer.
Después Vadim me rodea con sus brazos y apoya su rostro contra mi vientre ardiente.
—¿Te atreves a ducharte conmigo?
Antes de que pueda responder, me levanta de nuevo, esta vez colgándome de su hombro.
—¡Estás como una cabra! ¡Suéltame ahora mismo!
—¿No has sido tú la que has dicho «contigo me apetece atreverme a todo»?
Mi imita poniendo una voz muy aguda y me pasea como un vulgar saco de patatas. Meneo los brazos y pataleo para impedírselo; trato de gritar, pero me da un ataque de risa nerviosa.
Llegamos a las duchas y abre el grifo, que nos rocía con un chorro de agua helada. Yo grito, él se ríe a carcajadas. El agua se calienta, empieza a quemar y el muy pesado acepta por fin dejarme sobre las frías baldosas.
Cruzamos las miradas, y lo fulmino con la mía.
—Estás guapa hasta cuando te enfadas.
Qué canalla.
—Me las pagarás, Arcadi.
—Cuando quieras, princesa. Lo estoy deseando…