Solos contra todos (TU + YO 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

Este viernes por la mañana llego a la facultad con el corazón ligero. Mi mente está en estado de ebullición y mis piernas se pondrían a bailar si no las obligase a caminar con normalidad. Tengo unas ganas locas de proclamar mi felicidad a los cuatro vientos.

Observo que se ha formado una pequeña aglomeración frente a uno de los edificios.

Entre la multitud distingo a Clémentine llevándose una mano a la boca, como si acabara de ver a un fantasma —o estuviera a punto de vomitar el desayuno—.

Timothy también está allí, rodeado de su séquito de jugadores de baloncesto.

Todos se ríen a carcajada limpia y se dan puñetazos en el hombro, como si no pudieran contener la emoción.

Intento acercarme y me abro paso entre la masa de estudiantes para averiguar qué es lo que les llama tanto la atención.

Unos descomunales grafitis que aún chorrean pintura adornan la pared gris.

En el primero que logro descifrar pone: «Arcadi: no tiene familia».

Leerlo me produce el efecto de un gancho en el estómago.

A continuación, me topo con otro mensaje: «Bastardo ruso busca padres».

Le pido a un completo desconocido que está a mi lado que se aparte para poder leer el resto.

Cada palabra cruel e insulto me duele más que el anterior.

«Pelagatos», «Expósito», «Hijo de nadie», «Vuélvete a tu tierra».

Vadim no se merece esto.

Nadie se merece esto.

Se me nublan los ojos. Conmocionada por lo que acabo de leer, no lo veo llegar, empujando a cuantos se cruzan en su camino.

Vadim estrella el puño contra la pared de hormigón, pero no parece sentir el menor dolor.

Se pasa una y otra vez la mano magullada por el pelo en desorden, y grita: «¡¿Esto es lo que queréis?

!» una y otra vez. Cuando por fin su mirada extraviada se cruza con la mía, se abalanza derecho hacia mí y me señala con su índice ensangrentado.

—¿Has sido tú? —masculla con el rostro desencajado—. ¿Tú se lo has dicho, Alma? ¡Confiaba en ti! ¿Cómo he podido ser tan estúpido?

Vadim no me da tiempo a responder. Ya se ha ido. Corro algunos metros tratando de alcanzarlo, pero me aparta el brazo cuando logro tocarlo y me fulmina con sus ojos grises, que ahora se han vuelto demasiado oscuros. Me quedo clavada en el suelo, paralizada.

Todos han presenciado la escena. Clémentine llega hasta donde estoy y me abraza, como si quisiera protegerme de las habladurías de la gente. Tim también se acerca, rodeado en todo momento de sus lacayos con camiseta de básquet.

—Ay… Te lo advertí, Alma. Esto es lo que pasa cuando te juntas con chicos malos.

Finge que se compadece de mí, pero en realidad está exultante.

—Déjalo correr, Wallace, y llévate a tus chuchos a pasear a otra parte —le espeta Clem, más lanzada que nunca.

Mi mejor amiga me aleja de los jugadores que siguen regodeándose. Nos dirigimos a los aseos y, una vez allí, dejo que corran las lágrimas, que mi más valiosa aliada se encarga de enjugar al instante.

¿Qué sería de mí sin ella?

Vadim no responde a ninguna de mis llamadas, y me estoy planteando saltarme las clases e ir a buscarlo. Clem me convence de que asista a la de Abrams para evitar mayores problemas.

—¡Sentaos! ¡Estamos perdiendo el tiempo!

¿Qué os pasa esta mañana? ¿No estaréis así por esos tres grafitis mal escritos?

A los listillos que lo han hecho, en caso de que estén presentes en este momento, o de que alguno de vosotros los conozca, les sugiero que consulten un diccionario antes de ir de poetas urbanos por la vida.

—No hemos sido nosotros, señor —responde Nicki Scott, tratando de apuntarse un tanto.

—No hemos sido nosotros, señor —lo imita el profesor exagerando los agudos a modo de burla—. Yo creía que estábamos en la universidad, no en la guardería. Scott, coge los rotuladores, ve al fondo de la clase y hazme un dibujo bien bonito mientras yo doy clase a los demás.

La rubia frunce el ceño mientras el resto de los alumnos se tronchan de risa o hacen muecas. El señor Abrams ha logrado zanjar el tema, y yo le estoy agradecida por ello.

—Abrid bien las orejas, tengo que anunciaros algo. He contratado a uno de vosotros como mi asistente personal para el primer semestre. Es Alma Lancaster, pero las candidaturas ya están abiertas para reemplazarla a primeros de enero.

Clémentine se gira hacia mí, perpleja. Y tras la suya, otras miradas de sorpresa, algunas de envidia, se ciernen sobre mí.

No es seguro que sobreviva a este día.

—Os doy la mañana libre —prosigue Abrams—.

Quiero que vayáis al cine. Todos sin excepción.

Id a ver lo que queráis, incluso la película más mala de la semana, me da igual.

El lunes por la mañana quiero una lista detallada con un título distinto para la película en cuestión, un actor sustituto para cada papel importante, una crítica general sobre los decorados, el vestuario, el montaje y otra propuesta de música para el tema principal.

Imaginaos que sois un productor descontento.

Habéis invertido un millón de dólares y nada funciona.

¡Sed duros, sed injustos, sed tiránicos!

Quiero que hagáis llorar al director de la película.

¿Lo habéis anotado todo? Perfecto, y ahora, ¡esfumaos!

Todo el mundo está en ascuas tras haber escuchado las palabras de Abrams en un estado casi hipnótico. Yo imito a los demás, recojo mis cosas, aliviada de poder abandonar la facultad enseguida y de ver a mis compañeros pendientes de otra cosa que no sean los grafitis insultantes de la pared.

—¡Tú no, Lancaster! Tú no te libras. La principal misión de todo buen asistente es cumplir con sus obligaciones.

—No sabía que iba a empezar hoy mismo. ¿Qué espera que haga?

—Que empieces por quitarte esa careta de perro apaleado, no va contigo en absoluto. ¿Tan terrible es trabajar para mí?

Esbozo una sonrisa forzada.

—Vale, así está mejor. A continuación, contactarás con Arcadi y le dirás lo que tengas que decirle. Así no te pasarás el día comiéndote el coco, lloriqueando, dándole mil vueltas a lo sucedido. Quiero que tu mente esté conmigo al cien por cien. Ve, y no quiero oír ni una palabra más.

—Hoy en día la gente se envía mensajes. No tiene por qué llamarse para poder hablar.

—Me parece muy bien. Llámame viejo chocho si quieres, pero haz lo que te digo, ya.

Cojo el móvil y empiezo a redactar un mensaje. Escribo, borro, vuelvo a empezar… no sé cómo expresar lo que pienso y la mirada de Abrams clavada en mi teléfono no me ayuda a concentrarme.

Yo no he dicho nada, te lo juro

Releo el mensaje que acabo de enviar, pienso en todo lo que podría haber añadido, pero mi profesor empieza a suspirar de impaciencia. Me guardo el móvil en el bolsillo y esbozo otra sonrisa forzada.

—Lista. Al cien por cien.

—¡Fantástico! Vamos a mi casa. Tengo un despacho entero en el que poner orden. Unos quince años por clasificar, ordenar, tirar, organizar… Siempre he soñado que alguna vez lo haría. Bueno, que alguien lo haría por mí.

Yo me muero.

* * *

Encerrada entre estas cuatro paredes, sentada en el suelo de parquet oscuro, ante decenas de hileras de carpetas, estoy a punto de echarme a llorar.

El olor a tabaco frío me provoca náuseas.

Aquí todo es marrón: el suelo, la madera de la biblioteca, los lomos de los libros polvorientos.

Los sillones de cuero desgastado al máximo, las paredes amarillentas, que en su día fueron blancas y que ahora son más bien de un beige oscuro.

Igual que este perro tumbado a mi lado.

¿Por qué me mira? ¿Y por qué no se mueve? ¿Seguro que está vivo?

Es difícil saber si todavía ocurre algo detrás de estos párpados caídos.

—Alma, no le hagas caso a Hitchcock. —Escucho la voz del señor Abrams a lo lejos—. Le gusta mirar fijamente a la gente incluso cuando está medio dormido, pero no te molestará. Haz como si no estuviera.

El silencio retumba, pesado. Solo oigo los pasos de mi profesor haciendo crujir el parquet en algunas zonas.

Tengo la sensación de estar en una casa encantada.

Con un basset medio disecado por toda compañía.

Me contorsiono para poder sacar mi teléfono del bolsillo y comprobar lo que ya sé: Vadim no me contesta.

Pruebo suerte una vez más.

No he hablado de tu secreto con nadie,

no sé quién ha podido ser,

ni cómo han llegado allí esas pintadas

Tienes que creerme, Vadim

Hitchcock se incorpora con mucho esfuerzo, da unos pocos pasos, se pega a mí y se deja caer con un ruido sordo, pero esta vez apoya su voluminosa cabeza en mi muslo.

—¡No, salchicha no! Ponte a dormir allí abajo. ¡Ah, y encima babeas! ¡Ve a ver a papá! ¿Dónde está papá?

—Alma, ¿estás hablando sola o tratas de enseñarle francés a Hitch? —inquiere Abrams, entrando en el despacho—. Es muy inteligente, pero solo comprende el inglés.

Acaricio a regañadientes la larga oreja del perro, que descansa sobre mis tejanos. Es sorprendentemente suave y sedosa.

—¡Está claro que le caes bien!

—¿Es eso verdad, salchicha?

Tras cuatro horas de etiquetaje, seis bolsas de basura, quinientos estornudos provocados por el polvo reinante y siete mensajes de texto sin respuesta de Vadim, Hitchcock casi se ha convertido en mi mejor amigo.

El único, de hecho. Me ha mantenido calentita y parece haber aprobado mi doble clasificación cronológica y alfabética.

Como muestra de su gran bondad, el señor Abrams me ha ofrecido un sándwich y dos cafés.

Me ha contado su trayectoria durante una «breve pausa» que se ha prolongado bastante.

Me ha hablado de cine con gran pasión, rabia y autoparodia.

Durante una hora casi ha logrado que me olvide de los grafitis.

Después ha hablado con tristeza de la ruptura con su pareja, de su hijo Caleb, que tiene más o menos la misma edad de sus alumnos y al que solo ve uno de cada dos fines de semana, a veces de cada tres o cuatro.

Y entonces caigo en la cuenta de que en este mundo hay más chicos aparte de Vadim Arcadi.

Finjo que tengo una urgencia para poder encerrarme en el baño y escribir un último mensaje. El que debería haber enviado desde el principio, si hubiera tenido el valor suficiente.

Me da igual que te rías de mí,

que se lo cuentes a toda la facultad,

y que mañana haya pintadas sobre mí…

Te quiero Vadim, te quiero, yo nunca

te haría algo así

Apoyada en la pared del baño, revestida con un horrible papel pintado de color pardo, mi corazón late desbocado.

Lo siento en mi pecho, en mis sienes, hasta en la punta de los dedos.

No doy crédito a mis propias palabras. Otra persona debe de haber escrito este mensaje en mi lugar, no existe otra explicación.

Nunca le he comentado nada de esto a nadie.

Nunca he escrito esas líneas.

Y, sobre todo, nunca había experimentado esta montaña rusa de emociones, esta infinita sensación de plenitud, y después este inmenso vacío en mi pecho.

Es demasiado pronto, demasiado rápido, puede que demasiado impulsivo, pero ahí está, en todas partes, todo el tiempo. Se ha infiltrado en mi mente, bajo mi piel, en mi corazón.

Vadim ha entrado sin que lo invitasen… y desde entonces ocupa todo el espacio.

Si no me responde, mi vida está acabada.

El móvil vibra en mi mano. Su zumbido asciende por mi brazo. Todo mi cuerpo se crispa. Abro su mensaje, cierro los ojos un instante, antes de afrontar su respuesta.

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