Capítulo 16 #2
Acaba de susurrar esas palabras con apenas un hilo de voz, tanto que apenas las he escuchado. Pero leo en su mirada que no miente.
—No poseo gran cosa, pero aún tengo mi orgullo.
—Vadim…
—Nunca aceptaré tu dinero ni el de los Lancaster —insiste—. Pero puedes pedir otro postre, ¡el más caro de la carta! Aquí tienen unas tartas de queso que está para chuparse los dedos.
Respondo a su sonrisa de fanfarrón con un gruñido.
—Lo compartimos entonces, ya no tengo mucha hambre.
—Vale, pero te lo advierto: no pienso darte de comer con mi cucharilla como hacen todas esas insufribles parejas que se creen románticas.
—Pues a mí esta cena me ha parecido muy romántica. Le contaré a Felix que te has pasado una hora haciéndome confidencias mientras me acariciabas la mano…
El chico moreno se ríe, y a continuación me mira fijamente de ese modo que tanto me perturba. Las mariposas se están despertando bajo mi piel.
—No te estoy acariciando la mano, te la estoy calentando. No es culpa mía que siempre tengas frío…
Esa sonrisa…
—No es culpa mía que seas un chico al que le encanta acariciar, cariñoso, aunque no lo reconozca.
—Es el efecto Alma Lancaster. No se puede luchar contra ello.
Acaba de confesar, sin decirlo abiertamente, que no es del todo él mismo cuando está conmigo. No me lo puedo creer.
—Además, tengo una cosa para ti. Más romántica, imposible…
—Para, que me das miedo.
—Supongo que ya debes de tener todos los perfumes del mundo, o que podrías tenerlos todos si quisieras, pero este es un poco especial.
Deja un paquetito sobre la mesa, junto a mi mano. Lo cojo con cuidado y lo desenvuelvo como si nunca hubiera tenido nada tan preciado entre las manos. El pequeño frasco dorado que ocultaba en su interior cabe en la palma de mi mano. Lo destapo y sonrío al aspirar su aroma.
—Es esencia de azahar, tu fragancia preferida, ¿no es así?
—Sí.
—Huele tan bien… —Dejo escapar un gemido tras ponerme una gota detrás de la oreja—. Gracias. Yo… no sé qué decir.
—Pues yo me contentaría con un beso…
El chico moreno me ofrece la mejilla.
Acerco los labios a su piel suave, pero en el último momento Vadim gira la cabeza y me roba un beso. Se apodera de mi boca. Retrocedo, sorprendida. Me sonríe, espera a que me acerque de nuevo y me pasa la mano por detrás de la nuca para besarme mejor.
Creo que estaba esperando este beso durante toda la cena.
Su lengua tiene un sabor dulce cuando acaricia la mía hasta hacerme perder el equilibrio.
—¿Nos vamos, Chanel?
—Arcadi, como vuelvas a llamarme así, aunque sea una sola vez, le pego fuego a tu pick-up.
—Pues entonces haz algo por mí.
—¿Qué quieres?
Recorre el salón del restaurante con la mirada y la chispa de un nuevo desafío ilumina sus ojos grises.
—Vadim…
—¿Te atreverías a irte sin pagar? —me susurra, acercándose más.
—¡No! ¡Ni hablar! ¡Joder, que no somos ladrones!
—¿Te atreves o no, Lancaster?
Sus brillantes pupilas me lanzan destellos. Tengo la sensación de estar jugándome la vida. Si me niego, lo pierdo. Si abandono, estaría renunciando a esta nueva libertad que él me ofrece. Odio la idea de ser tan influenciable, pero no puedo decirle que no. Mi excitación crece por momentos.
—¿Cuál es el plan? —le susurro—. ¡Nunca había hecho algo así!
—A la de tres, nos vamos. Te levantas tranquilamente, te diriges a la puerta como si acabáramos de pagar la cuenta. No mires a nadie, no me hables, no te vuelvas; yo estaré justo detrás de ti.
—¿Y después?
—Ya lo verás.
Ya lo veré.
—¿Preparada? Uno, dos, tres…
Sigo las instrucciones, con un nudo en el estómago, el corazón desbocado…, pero viva. Cruzamos el umbral del restaurante, Vadim me coge de la mano y grita:
—¡Corre, Alma, corre! ¡Lo más rápido que puedas! ¡Corre! ¡No pares!
Corremos por la acera cogidos de la mano, riéndonos como locos. Siento un subidón de adrenalina, una explosión de amor. Nunca había experimentado nada igual. Seguimos nuestra alocada carrera en dirección a mi casa.
El corazón me va a estallar de un momento a otro, pero Vadim no me suelta ni un instante.
Cuando ya estamos llegando a mi casa, por fin aminora el ritmo, me levanta del suelo y me hace volar entre sus brazos. No puedo parar de reír. Y entonces, sin darme tiempo a recobrar el aliento, se lanza.
Nuestras risas jadeantes se funden en un profundo, apasionado y maravilloso beso.
¿Alguna vez había sido tan feliz?
Me fallan las piernas y estoy a punto de caerme de espaldas, arrastrando a Vadim conmigo.
Él me sujeta como puede y me empuja contra la verja.
Alcanzo su boca, pega su cuerpo al mío y en lo más secreto de la noche ambos ardemos, nos consumimos hasta perder la razón.
Bajo el cielo estrellado me besa, lo beso, y ya no existe nada más.
Vadim se detiene de pronto, consciente de que estamos a punto de perder el control y oculta su rostro en mi cuello mientras recobra la compostura.
—Ese perfume… Ha sido una locura regalártelo. Me hace perder la razón. Está hecho para ti.
—Tú. Tú sí que estás hecho para mí.
Vadim suspira, apoya su frente en la mía, desliza las manos por mi espalda y las cruza a la altura de mi cintura.
—Alma, prométeme que no dirás nada. Lo que te he confesado esta noche y todo lo demás. Lo de Keith, lo de Felix, que mis padres están muertos. Nadie debe saberlo.
—Nunca. Te lo prometo.
Nos abrazamos una última vez y finalmente nos separamos, despegándonos a regañadientes el uno del otro en medio de la maldita acera.
La frontera entre nuestros dos mundos.
Antes de entrar en casa lo veo alejarse por la calle iluminada. Entonces reparo en Basile, que está asomado a la ventana del salón. Nuestras miradas se cruzan. La suya no expresa nada, es fría e impenetrable. No sé cuánto tiempo lleva allí mi hermano.
Pero esta noche no puede pasarme nada.
Estoy bajo el efecto Vadim Arcadi.