Solos contra todos (TU + YO 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

Ya ha anochecido cuando por fin llego a casa de Vadim, jadeante y confusa.

Le he enviado un mensaje avisándole de que me retrasaría, pero no me ha dicho que no estaría solo.

Me encuentro a su amigo Felix, plantado frente a él, en la acera que bordea su edificio.

Alzando la voz, visiblemente alterado, este último hace aspavientos con los brazos ante Vadim, que se muestra imperturbable, apoyado en el muro que linda con el portal de su casa.

Me acerco lentamente con la esperanza de que Vadim me vea antes de que necesite anunciarme. Pero el exaltado de turno me ve primero y suspende el espectáculo de golpe.

—¡Vaya, ya está aquí la aristócrata, te has tomado tu tiempo!

—Hola, «mejor amigo», ¿me estabas esperando?

No estoy segura de que le guste que le siga el juego empleando apelativos estúpidos.

—No, no me gustan las princesitas que se hacen esperar.

—Haces bien en rebajar tus expectativas, Felix. Cada cual debe desenvolverse según su categoría.

Me vuelvo hacia Vadim y lo sorprendo riéndose entre dientes.

—Lamento el retraso. Podemos irnos cuando quieras.

—Creía que íbamos a ir a una discoteca, pero él me ha dicho que iríamos a un restaurante. A mí ya me vale —continúa el graciosillo.

—Felix, repite conmigo —le dice Vadim, lanzando un suspiro—: «Voy a dejar de ser un pesado y me iré a casa tranquilamente».

—Vale, tío. Te esperaré en el Rooftop si se te tuerce la noche con la señorita. Por si te apetece que te consuelen.

—Creo que estaré bien, Fe. No te preocupes por mí.

—¿Quieres que te esperemos en el restaurante? Ya sabes, en caso de que te echen de la discoteca por… eso.

Señalo su vestimenta con un amplio gesto de mi mano.

Indignado por mi contraataque, Felix esboza una sonrisa amarga.

—Bueno, creo que ahora que ya están hechas las presentaciones, podemos irnos —propone Vadim, divertido con nuestro duelo verbal.

—Llévala a un McDonalds, tío, ella no se merece que tires la casa por la ventana.

—Ah, sí, ahí seguro que te dejan entrar —replico.

—Oye, Vadim, ¿a los niños de familia bien no suelen enseñarles buenos modales?

—¿Y a ti, Felix, no te han enseñado a hablarle a la gente directamente cuando estás en la calle?

—Sí, pero no estoy seguro de que me entiendas, si no está aquí tu papaíto querido para explicarte…

Le dedico un corte de mangas.

—Muy bien, veo que vais progresando —comenta Vadim con ironía—. ¡Un par de horas más hablando así y acabaréis siendo amigos para siempre!

—No, gracias, me largo. ¿Tienes algo para mí, colega?

Vadim mete la mano en el bolsillo de atrás de sus tejanos, saca un pequeño fajo de dólares arrugados y se lo pasa a Felix sin el menor disimulo.

Esto sigue sin gustarme, pero prefiero que no me lo oculte.

Por fin estamos solos. Vadim me pasa el brazo alrededor del hombro, me atrae hacia sí y me guía calle abajo. Cuando llevamos un trecho recorrido, me susurra que no le haga ninguna pregunta hasta que hayamos llegado a su restaurante favorito. Y que mantenga el lugar en secreto. Solo para nosotros.

Me encanta que me abra una pequeña puerta de su jardín secreto. Me hace feliz. Para poder sentirlo un poco más cerca de mí, pongo la excusa de que quiero comprobar si lleva más dinero oculto y deslizo la mano por su bolsillo trasero. Sonríe, él también parece feliz.

En la pequeña sala iluminada con luz tenue y casi desierta pedimos dos hamburguesas mientras suena la voz de Billie Eilish de fondo.

El ambiente es íntimo, relajante. Vadim está arrebatador con su camiseta beige; él, que me tiene acostumbrada a verlo siempre de negro.

Podría permanecer horas y horas aquí, sin comer, sin hablar, perdida en sus ojos de un azul grisáceo.

Desearía que solo existiera esto: Tú + Yo. Este vínculo tan evidente, tan preciado. Y tan frágil. Que siga mirándome así, haciéndome reír, bromeando, seduciéndome, confundiéndome. De pronto ya no me apetece nada escuchar sus explicaciones. Podrían estropearlo todo.

Comemos picoteando el uno del plato del otro, yo le quito los cubitos de hielo y él me quita el kétchup a modo de prenda. Comentamos la música, la decoración, las patatas fritas demasiado saladas, el brownie poco horneado, la última serie que hemos visto… Tal y como haría una pareja normal.

Sin embargo, en un momento dado, la mirada de Vadim cambia y se ensombrece.

—¿Estás preparada para escucharlo todo?

—Eso creo…

—Has sido tú quien me lo ha pedido, Alma.

—Lo sé…

—Tenías más conversación cuando estaba Felix —me susurra con ironía—. ¿Quieres que lo llame?

—Muy gracioso…

Se recuesta en el respaldo de la silla y se me queda mirando. El tiempo suficiente como para que las mariposas empiecen a revolotear en lo más hondo de mi estómago.

—Estoy dispuesto a contártelo todo, o casi todo. Pero con la condición de que no me juzgues. De que no intentes hacerme cambiar de vida. De que no me mires con miedo, como hiciste la primera vez que te hablé…

—Esta noche no tengo miedo, y tampoco lo tenía la primera vez.

—Mentirosa. —Su media sonrisa me irrita lo justo.

—Eres tú quien tiene miedo, Vadim, le estás dando vueltas al tema, ¡haces lo que puedes para demorar este momento!

—No quiero que salgas corriendo después de esto…

—No pienso irme a ninguna parte. Salvo si me mientes. O si has matado a alguien

—¿Cómo, entonces no piensas ayudarme a enterrar el cadáver? Lancaster, te hacía más dura…

Su voz grave, su mirada juguetona, la forma en que se pasa la mano por el pelo, todo ello me confunde y empiezo a decir cosas sin sentido.

—No. Sí. Tal vez…

—No he matado a nadie, Alma.

—Deja de tomarme el pelo y habla de una vez, Arcadi.

Asiente en silencio.

—Keith me consiguió una beca para que pudiera entrar en la facultad de Cine. Hago algún trabajillo para pagar el alquiler de mi apartamento, así lo acordamos.

—¿Por qué no te buscaste una habitación de estudiante en la uni?

—Porque no quiero estar bajo vigilancia las veinticuatro horas del día. Necesito mi independencia. Casi siempre he estado solo. Me cuesta mucho vivir en comunidad.

—Vale, hasta aquí todo en orden, no hay cadáver…

—Pero está Felix. Es mi compañero de fatigas. Hemos pasado la infancia en los mismos centros de acogida, nos han separado, nos hemos vuelto a encontrar. No siempre hemos hecho cosas buenas, pero siempre me ha ayudado. Estoy en deuda con él y no puedo dejarlo tirado.

—¿Necesita dinero?

—No tiene nada, Alma.

Aunque Vadim habla casi en susurros, por el tono de su voz noto que está emocionado.

—¿Por qué no vive contigo?

—Keith se niega. No quiere que volvamos a las andadas, que nos hundamos los dos. Forma parte del trato.

—¿Por qué no trabaja?

—Tiene antecedentes penales y eso lo hace todo más complicado. Si no has nacido en el seno de una buena familia, tu jodido pasado te persigue para siempre…

Ahoga la injusticia que lo subleva con un trago de su refresco.

—¿Y de qué va eso del tráfico?

—Tengo otro tipo de curro —admite—. En el campus. Cobro por hacerles las tareas a otros estudiantes. Son chavales de familias ricas, como tú.

Su ataque gratuito me provoca una carcajada.

—¡Yo siempre hago sola mis deberes!

—Digamos que se trata de ricachones a los que no les apetece trabajar. O de unos imbéciles que necesitan mejorar sus notas para poder jugar al jóquey, al fútbol americano… o al baloncesto.

—No sé a quién puedes referirte…

Mi mentira le hace sonreír.

—En resumen, me dan el tema, les escribo un trabajo, ellos sacan un sobresaliente y yo mi dinero, eso es todo.

—¿Cuánto?

—Depende de la asignatura.

—¿Mucho?

—Solo lo que Felix necesita para vivir. Y algo que me quedo yo para poder invitarte al restaurante.

No sé si debo reírme… o avergonzarme. Vadim me desarma con la mirada. Sus ojos son tan intensos… La expresión de su rostro posee algo especial que soy incapaz de descifrar.

—Ya sabes que yo no tengo dinero. Bueno, mis padres sí. Pero podría pagar sin problemas esta cena.

—De eso nada.

—Entonces podría ayudarte con lo otro. Bastaría con que te diera el dinero de mi asignación mensual. Y ya no necesitarías hacer esto.

—Alma, para. Esto es precisamente lo que quería evitar… Nunca le he pedido nada a nadie, jamás he aceptado un dinero que no me haya ganado. Me las apaño la mar de bien solo. Y no quiero deberle nada a nadie.

A nadie.

—¿Vadim?

—¿Mmm?

—A ver, entonces yo no soy nadie, ¿es eso?

Desvía la mirada e intuyo que no obtendré una respuesta a esa pregunta. El corazón se me encoge un poco.

—No quiero que te suceda nada. ¿Qué pasaría si te pillaran?

—Eso no pasará —me susurra—. A nadie le interesa que esto se sepa. Ni a ellos ni a mí.

—Estás tan seguro de ti mismo…

—¿Acaso tengo elección? Alma, ya sé que no te gusta, pero no hago daño a nadie. Le saco partido a la única cosa que sé hacer: pensar. Escribo las tareas, gano algo de dinero, se lo doy a alguien que lo necesita. ¡Uno no va a la cárcel por eso!

Me esfuerzo en no caer en la trampa, pero esta ya se está cerrando sobre mí.

La trampa se llama Vadim Arcadi.

Su historia, su pasado, su valentía, su libertad, su entrega a las pocas personas que le importan, su mente ágil y brillante de la que ni siquiera presume.

En la facultad nadie sabe que él es capaz de sacar unas notas tan buenas solo con chasquear los dedos.

Podría ser un estúpido delincuente de poca monta, un ladrón o un traficante con el mero objetivo de hacerse rico.

Pero él emplea su inteligencia en ayudar a su amigo.

Si esto fuera el guion de una película, con lo sensible que soy, ya estaría llorando ante la pantalla, amparada por la oscuridad de la sala.

Si fuera cine, no tendría miedo: lo seguiría hasta el fin del mundo, lo apoyaría, él me protegería, él sería mi Clyde y yo su Bonnie.

Si no fuera la vida real…

Posa su mano sobre la mía con delicadeza. Esta demostración de ternura me sorprende.

—¿En qué piensas, Alma?

—En nada. Bueno, sí, en todo esto.

—No puedo evitar que tu cabecita esté inquieta. Pero, Alma… me matarías si te compadecieras de mí.