Solos contra todos (TU + YO 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

Han pasado diecinueve horas desde que volví a casa. Me queda menos de una hora para encontrar una buena excusa que me permita salir entre semana y no cenar con mis padres.

—¿Cómo van las clases? —me pregunta mi madre para darme conversación.

—¿Tu señor Abrams sigue tan elocuente como siempre? —añade mi padre.

Creo que está algo obsesionado con mi tutor.

Al igual que con todos los hombres que osan tener más carisma que él.

A Edward Lancaster no le gusta la competencia, aunque, en realidad, la busca.

El desafío solo le interesa para demostrar —para demostrarse a sí mismo— que él siempre es el mejor.

Por supuesto, le ha transmitido esta peculiaridad a Basile, pero no a sus dos hijas.

Resulta cuanto menos extraño que no hayamos reparado antes en los estragos que ha causado el patriarcado en ambos sexos: los hombres llevan décadas enzarzados en sus guerras de egos mientras que las mujeres se ven reducidas al papel de meros trofeos.

Al final todo el mundo sale perdiendo. No obstante, tanto por Clémentine, como por Lily y por mí misma, espero sinceramente que la nueva generación rompa este círculo vicioso.

Entretanto, esto me ha dado una idea.

—Sí, el señor Abrams es una persona impresionante, lo admiro de verdad —respondo, exagerando un poco—. Por cierto, está buscando un asistente entre sus alumnos y me he ofrecido como voluntaria.

Aún no sé qué voy a hacer con esta mentira, pero al menos me permitirá probar que me esfuerzo con mis estudios, tal como ellos me piden. Y podría ayudarme a justificar ciertas ausencias…

—¡Muy buena iniciativa, hija mía! —me felicita mi padre—. Solo frecuentando a los más grandes subirás los peldaños que te harán estar a la altura de tus ambiciones.

—Nunca había oído hablar de eso, ¡un asistente de profesor!

Basile, al que no había visto entrar en el salón, ya está aquí para complicarme la vida.

—¿Y tú quién eres? ¿El decano de la facultad? Es cierto que vistes como él, pero ¿acaso sabes lo que pasa en todos los cursos?

—No, puedes explicárnoslo, entonces. ¿En qué consiste?

—Deberías dejar el marketing y hacerte poli, Basile —le replico para ganar tiempo—. Tienes un gran futuro como investigador. ¿No prefieres pegarme con un listín telefónico para comprobarlo?

—Aquí nadie pegará a nadie —nos recuerda mi madre, por si acaso—. Pero explícanoslo, Alma.

Toca improvisar…

—Mi asistencia comienza esta noche. Tengo que ir a su casa para clasificar expedientes, ordenar cintas y visionar fragmentos de unas películas que quiere pasarnos mañana.

—¡Vaya, eso sí que va a convertirte en directora! ¿Y también le lavarás la ropa?

—¡Y tú qué sabrás de ropa!

—¡Pero si no eres capaz de plancharte ni una de tus camisas! ¿Ya sabes que el gen femenino de las tareas domésticas no existe? ¡A Georgia le horroriza la idea, solo le pagan para ir todo el día detrás de ti con una sonrisa!

—Ya vale, Olympe de Gouges, [2] relájate. Tú también prefieres trabajar en vez de dedicarte a las tareas domésticas. Y aún no vemos claro qué tiene que ver todo eso con Abrams y el cine.

—Más adelante podré acompañarlo a algunos eventos, pero debo empezar por las pequeñas tareas más ingratas y demostrarle que puedo serle de utilidad. Ayudarlo a preparar las clases, tomar notas cuando propone ideas, hacer todo lo que él no tiene tiempo de hacer.

Me siento cada vez menos creíble y más furiosa conforme sigo justificándome.

—Es un artista; siempre ha de haber alguien trabajando en la sombra para hacer más llevadera la vida de los hombres brillantes —comenta mi madre, sonriéndole a su marido.

—Y aunque solo ejerzas de secretaria, seguro que ganarte su confianza resultará positivo para tu carrera —añade mi padre, ignorando a su esposa.

—Sois desesperantes —suspira Lily—. ¿Acaso os perdisteis el cambio que hubo tras la Edad Media?

—Tranquila, tú llegarás a ser la primera dama y tendrás un hombre a tu servicio para ayudarte a hacer la revolución —le digo a mi hermana, dándole un abrazo.

Basile pone los ojos en blanco y se limita a lanzar un suspiro por toda respuesta. Y mi madre aprovecha la tregua.

—Bien, ¿a qué hora debes irte, Alma? ¿Nos da tiempo a cenar antes? Georgia casi ha terminado de cocinar.

—No, mamá, tengo que estar a las ocho, ya he de empezar a prepararme.

—Ya te llevaré yo con el coche, hermanita. Sé en qué zona del campus vive Abrams.

—¿Desde cuándo te has vuelto tan servicial? De verdad que no vale la pena… bro.

—Sí. Prefiero que me vea allí para recordarle que no puede hacer todo lo que le plazca.

—Como si el señor Abrams tuviera miedo de ti y de tu polo azul marino tan bien planchado…

—Sois muy cansinos, los dos. Ya está, no se hable más del tema —zanja mi padre antes de volver a sus ocupaciones.

Mi hermano está encantado, puedo verlo en su mirada orgullosa y en su sonrisa burlona. Cree que ha logrado hacerme caer en la trampa. Así que tengo unos minutos para hallar la manera de salir de este embrollo.

O le cuento toda la verdad a Basile en el coche y lloro desconsoladamente con la esperanza de que él se preste a seguirme el juego. Lo cual no sucederá nunca.

O les digo a mis padres que la sesión se ha cancelado y a Vadim que no puedo ir. Lo cual tirará por la borda todos mis planes de futuro al menos durante los próximos cincuenta años.

Última opción: le cuento mi chapucero plan al profesor y le ruego que me encubra, en aras de nuestra relación privilegiada o de su amor a la sacrosanta libertad. Sea como sea, estoy acorralada, esta es mi última carta.

Haciendo un esfuerzo sobrehumano para llamarlo y autoinvitarme a su casa, a riesgo de pasar la mayor vergüenza de mi vida, marco el número que Abrams me había garabateado en un pedacito de papel.

Encerrada en mi habitación, escucho los tonos de llamada, que se me hacen eternos.

Por fin una voz ronca me responde en el último momento. Procuro hablar muy bajito.

—Buenas noches, señor Abrams, soy Alma Lancaster. No quisiera molestarlo, pero usted me dijo que podía llamarlo… a cualquier hora.

—Has hecho bien —gruñe, y se aclara la garganta—. ¿Qué puedo hacer por ti, Alma?

—Puede que le parezca extraño, pero… No le robaré mucho tiempo. La verdad es que no tengo otra elección, si no, habría hecho otra cosa. En fin, esto… le pido disculpas por adelantado. Necesitaría que me hiciera un favor.

—Por lo que más quieras, ve al grano de una vez.

—Querría pasarme por su casa. Ahora mismo.

—Mmm… ¿Sabes que eso podría acarrearme problemas? ¿Puedo preguntarte por qué?

—Preferiría explicárselo en persona, mejor que por teléfono.

—De acuerdo. Te estaré esperando.

—Ah, y mi hermano también vendrá conmigo. Preferiría que él no se quedara.

—Me tienes intrigado, Alma…

Apenas transcurridos treinta minutos, entro en el antro lleno de humo de Leonard Abrams, que ha pillado mi ruego a la primera, y despacha a Basile sin contemplaciones. A mi abatido hermano acaban de darle con la puerta en las narices.

Mi profesor apaga su cigarrillo en un cenicero lleno hasta el borde y me mira por encima de sus finas gafas de montura metálica.

Nunca había reparado en que tiene los ojos azules.

Se da un aire a Sean Penn, con su rostro serio, siempre inquieto, las cejas que se le juntan formando una arruga en la frente, sus labios finos en forma de arco descendente, como si todo tuviera mal gusto. Como si la vida entera le diera asco.

Tiene las mejillas hundidas, propias de esos hombres que se alimentan principalmente de tabaco y café.

Una ligera barba hirsuta que aún no llega a los tres días y que no está ahí porque le quede bien.

Al señor Abrams le importa un bledo ser atractivo.

Ni siquiera creo que sea consciente de que lo es.

No es muy alto ni muy corpulento, pero ocupa muchísimo espacio solo con estar ahí, sin moverse ni hablar.

Su aura ocupa todo el espacio. Sin embargo, no siento la menor incomodidad ni una pizca de flirteo fuera de lugar ni el menor atisbo de relación inapropiada entre nosotros.

Me siento empequeñecer cuando me acomodo en el canto del viejo sillón de cuero ocre que acaba de señalarme.

Él está pensativo, en silencio, esperando respuestas, y yo ya no sé qué más inventarme. Solo me queda decirle la verdad.

Aun a riesgo de hacer el ridículo.

—He dicho en casa que tenía que verlo para poder salir esta noche. Tengo una cita a las ocho.

—Pues ya vas con retraso.

—Lo sé. Podrá soportarlo.

—¿Te está esperando Vadim Arcadi?

—¿Cómo lo sabe?

—No lo sabía. Ahora, sí. ¿Qué has contado para justificar que pasarías la noche aquí? ¿Voy a tener problemas?

—¡No! ¡Por supuesto que no! Bueno, eso espero. Usted buscaba un estudiante que le hiciera de asistente y yo me ofrecí, eso es todo.

—¡Es una idea excelente!

—¿Disculpe?

—Nunca se me había ocurrido algo así. Estás contratada.

—Pero, señor Abrams, yo…

—Me imagino que no será la última vez que me utilices de coartada. Te aconsejo que aceptes.

—¿Y qué tendría que hacer? —le pregunto algo inquieta.

—Aún no lo sé. Ayudarme. En la vida uno no llega a nada por sí solo. Por fin lo has comprendido. Dale las buenas tardes a Arcadi.

—Entonces ¿puedo ir?

—Espera. ¡Hitch, ven aquí! Que lo decida él.

¿Hitch?

—Si se tumba a tus pies, estás contratada.

Una especie de salchicha regordeta con las patas muy cortas entra en la sala avanzando con increíble lentitud y arrastrando sus largas orejas por el suelo.

Olisquea mis cordones y los bajos de mi pantalón, me mira con ojos tristes y párpados caídos, suelta una especie de gruñido y se tumba cuan largo es, como si acabara de hacer el mayor esfuerzo de su vida.

Su cabeza de pelaje brillante, con manchas marrones y blancas, descansa pesadamente sobre mi zapato. Se duerme casi al instante.

El perro se funde a la perfección con el entorno: los mismos colores que el mobiliario, las mismas facciones de aspecto siniestro que su amo, la misma voz ronca y grave, el mismo hastío ante la vida y la misma forma de imponerse.

—Te presento a Hitchcock, es un basset hound. No ama especialmente a los humanos, pero yo lo quiero más que a mi propio hijo. Desde hace diez años él es mi fiel asistente. Pero ya le toca descansar un poco. Vamos, vete, pero no lo despiertes. Hasta mañana, Alma.