Capítulo 14
Hoy Vadim no ha aparecido por la facultad.
Ni ayer.
Ni anteayer.
No ha respondido ninguna llamada, mensaje de texto o correo electrónico. No se ha conectado en ningún momento al correo de la universidad. Ha desaparecido de la faz de la tierra, sin más.
En clase ni siquiera intento justificar su ausencia ante Abrams o el resto de los profesores. Trato de trabajar por mi cuenta, aunque sin él no hay manera de avanzar en nuestro proyecto.
No estoy de humor para escuchar los cotilleos de Clémentine ni para reírme como en los viejos tiempos.
Aun así, acepto ir a tomar un café con ella al Sunset después de clase, solo para no tener que volver a casa tan pronto y enfrentarme a las preguntas de mi padre, que me nota triste; a la paranoia de mi hermano con el asunto de la foto robada, o a la insistencia de mi madre para que coma más de dos bocados en la cena
Lo que más deseo es estar sola. Pero, según mi mejor amiga, salir y mostrarme en público es el mejor modo de demostrarle a Tim que no estoy deprimida tras la ruptura, que mi vida sigue adelante sin él y que sus amenazas no me han achantado.
Cuando lo dejé, también perdí a todos sus amigos y a toda la vida social que tenía ocupada mi mente cuando no pensaba en Vadim Arcadi.
—A ver, ¿conoces el método «couem»? —me pregunta mi mejor amiga con una sonrisa.
Pasa su mano por debajo de mi brazo para infundirme valor frente a la puerta del café.
—Solo debes aparentar que estás superfeliz y acabarás creyéndotelo incluso tú.
—Clémentine d’Aragon, te quiero con toda mi alma, pero ni aunque me lo pidas con esos ojos tan bonitos que tienes pienso emplear un método cuyo nombre se parece tanto a «couenne». [1]
—¡Tú hazlo, ya verás! Dime cualquier cosa, lo que sea. Y yo me reiré muy fuerte, para que todos crean que nos lo estamos pasando bomba.
—No.
—¡Vamos, será genial! Entramos, nos reímos como locas, todos se girarán y los contagiaremos con nuestra felicidad.
—Superno.
—Ja, ja, ja. Yo ni siquiera tengo que esforzarme. Resultas tan divertida cuando estás triste. Venga, sentémonos al fondo.
En efecto, nos dedican algunas miradas. Los presentes no es que estén cautivados o envidiosos de nuestro dúo teatral, sino que más bien se muestran incómodos, burlones o directamente despreciativos. Tim ha debido de hacer un buen trabajo.
De pronto, en medio de la pequeña aglomeración que se crea los jueves por la tarde en el Sunset, dos ojos grises y alargados me atraviesan.
Ahí están: esos ojos brillantes cuya claridad había olvidado.
Esos ojos penetrantes que me envían provocativos destellos.
Esos que tanto amo me dan la espalda y se posan en una chica muy guapa que tienen enfrente.
—Oh, el muy buitre, está con otra.
—Ya lo veo.
—No lo mires, Alma, es lo que espera que hagas. ¡Gírate!
—Habla más bajo… ¿Qué está haciendo? ¿Lo ves desde ahí?
—Está hablando con ella y la está haciendo reír.
—¿Se la ve inteligente? ¿Tienen conversación? ¿Qué bebe? ¿Cómo es su risa? Dime que tiene un trocito de algo pegado en los dientes…
—La verdad es que ella es… en fin, tiene… ¿Cómo decirlo?
—Vale, ya lo he pillado, ¿nos vamos?
—De ninguna manera, nunca hay que recular ante el enemigo, y menos si este es rubio, delgado, está bronceado y tiene buen tipo, una cola de caballo alta, labios carnosos, pechos turgentes…
—¿Esta es la segunda parte del «método couenne»? —cuestiono haciendo una mueca…
La camarera nos interrumpe y deja dos vasos sobre la mesa.
—Chicas, os acaba de invitar el tío de allí. El moreno alto. Y también me ha dicho que os dé esto.
Se marcha trotando tras deslizar en la mesa una servilleta de papel doblada por la mitad.
La abro y trato de descifrar las letras negras cuya tinta se ha corrido y empiezo a notar cómo se me acelera el pulso.
—¿Tú lees lo mismo que yo?
—¡Déjame ver! «¿Serías capaz de… no se entiende… luchar… conmigo?». ¿Este tío está loco o qué? ¿Se ha pensado que practicas artes marciales mixtas?
—Luchar «por mí», Clem. Quiere que le demuestre algo. Públicamente.
¿Con que quieres jugar a esto, Vadim Arcadi?
—Te está mirando Alma. ¡Ni se te ocurra darte la vuelta! Bueno, ya lo has hecho, acabas de girarte.
Desde el otro extremo del café, Vadim me lanza una mirada desafiante acompañada de su célebre media sonrisa.
Odiosa. Adorable. Me entran ganas de levantarme, ir hasta allí y recordarle que no soy un perro al que le silbas cuando te apetece divertirte.
O al que obligas a mear en la pared del vecino para poner a prueba su lealtad.
—Hazlo, Alma. ¡Ve y dile todo lo que piensas de él!
—¿Él me provoca y yo acudo corriendo? Mejor ignorarlo…
—¡Haz lo que te digo! Lástima que el cabrón de Tim no esté aquí para verlo. ¡Vamos! ¿A qué esperas?
—Sí, creo que lo haré.
—Puedes hacerlo, Lancaster, ¿quién va a impedírtelo?
—¡Voy a hacerlo! ¡Te juro que voy a hacerlo!
—Yo te observaré desde aquí. ¡Toma, pero primero ponte esto!
Clémentine alza una corona imaginaria y me la coloca en la cabeza como si me estuviera armando caballera.
Enardecida, cruzo el atestado café con los dos vasos de limonada en las manos.
Me concentro para no derramarlos antes de llegar.
Me detengo un momento delante de la hermosa rubia que se me queda mirando, perpleja por mi aparición, y puede que algo inquieta por lo que pueda pasar.
—Toma, esto es para ti. Siento lo de tu cita. Yo nunca hago estas cosas. Me pareces guapísima y estoy segura de que tú también tienes algo en mente. Creo que nosotras, las chicas, nunca deberíamos ser rivales sino siempre solidarias. Ganaríamos en tiempo y en calidad de vida.
Le paso uno de los vasos a modo de disculpa y a continuación me giro hacia Vadim y le arrojo la segunda limonada en la cara.
Con todas mis fuerzas.
—Y esto es para ti, Arcadi. La próxima vez que te apetezca invitarme a una copa, asegúrate de que no le faltas al respeto a la persona que tienes delante. Y la próxima vez que quieras lanzarme un desafío, acuérdate de lo que soy capaz.
Vadim se levanta y extiende sus largos brazos con una sonrisa de sorpresa en la cara. Se le ilumina el rostro empapado y lame las gotas chispeantes que llegan a sus labios mojados. Posa ambas manos en mis mejillas y me da un beso en la boca, allí mismo, en medio del Sunset.
Yo lo dejo hacer, ya lo creo que sí.
Y, por encima de todo, me abandono a ese torbellino de calor, pasión y locura. Tengo que esforzarme para poder escapar de sus labios y susurrarle:
—Ya tardabas, Arcadi.
—Me impresionas, Lancaster.
Me percato de que todo el mundo nos mira y leo en los ojos de Vadim que está orgulloso. Me siento transportada. Trascendida. Y me recuerda lo que acabo de hacer, esa audacia que jamás habría cometido. Pero el valor empieza a abandonarme y noto cómo se me encienden las mejillas.
—Lo siento mucho —me disculpo con la chica, que sigue boquiabierta—. Esto no iba contra ti.
Se limpia sus bonitos brazos morenos con cara de asco, pues han recibido alguna que otra salpicadura.
—¡Vale, no pasa nada! De todos modos, esto ni siquiera era una cita.
—Te invito a algo —añade Vadim—. Para compensar el desliz de Alma. No siempre controla sus gestos.
—¡Los dos estáis como una cabra! Toma, esto es lo que te debía.
Furiosa, la rubia saca de su bolso un pequeño fajo de billetes, lo deja sobre la mesa dando un golpe y gira sobre sus talones. Vadim se lo mete en el bolsillo a toda prisa y mira cómo se aleja mientras se pasa una mano por el pelo.
—¿Qué ha sido eso?
—Nada.
—Vadim, no empieces de nuevo.
—Nada importante, solo un pequeño asunto entre ella y yo.
—Vale, ¿me lo explicas, o prefieres que me vaya?
—Alma…
Me dirijo directamente hacia Clémentine para coger mis cosas y marcharme. El chico moreno suspira a mi espalda, echa a correr y me alcanza.
—A las ocho de la tarde delante de mi casa. Te llevaré a un restaurante.
—Yo no te he pedido eso. Tus secretos, tus grandes misterios y tus jueguecitos, guárdatelos para otra.
—Si vienes, te lo contaré todo, Alma.
¿Todo?