Solos contra todos (TU + YO 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

En la uni, este lunes por la mañana, llego al campus y avanzo pegada a las paredes. Observo las miradas de la gente para comprobar si hay algo distinto en ellas. Un rastro de la foto comprometedora en alguna expresión burlona, suspicaz, reprobatoria, obscena…

Nada.

Salgo en busca de Timothy antes de que empiecen las clases. Deprisa, antes de que alguien le hable de ello, de que prenda el rumor. Quiero ser la primera en decirle, mirándolo a los ojos, que lo nuestro se ha acabado.

Lo encuentro, se lo digo, tiemblo levemente y me disculpo. Tim lo encaja sin pestañear. Su mirada es dura, oscura. Retrocede cuando trato de tocarle el brazo para tranquilizarlo. No ha pronunciado ni una sola palabra desde que empecé el discurso que había repetido en mi cabeza.

Soy yo, no él.

Ganas de libertad, de encontrarme a mí misma. No estoy en el lugar que desearía. Sigamos siendo amigos.

Por fin rompe su silencio y pronuncia la frase que más me temía.

—¿Se trata de Vadim Arcadi?

—Es más complicado que eso, Tim, es…

—No me tomes por idiota, Alma. Según parece, ayer él estuvo en tu casa.

—Sí, es mi compañero de grupo. Nunca te lo he ocultado.

—Me ocultaste que lo habías invitado.

—¿Siento que me asfixio, comprendes? Tú, mi familia; me vigiláis, tengo que dar explicaciones y justificarme a todas horas.

—¡Te vigilo porque haces lo que te da la gana! Faltas a clase, llegas tarde, mientes, duermes no se sabe dónde… Ya ni te vistes como antes. Hasta tu forma de hablar ha cambiado.

—No sé qué decirte, aparte de que lo siento, Tim. No pretendía herirte.

—Déjate de excusas, yo iba a cortar contigo igualmente. ¿Crees que me apetece estar con una chica a la que le importo una mierda, que no me mira, no siente nada y se comporta como tú lo haces? Todo el mundo habla a tus espaldas. ¿Sabes lo que dicen de ti?

—Me trae sin cuidado, Tim. Podéis decir y pensar lo que queráis.

De pronto, la foto me viene a la memoria. Como un flash terrible, imposible de olvidar, como si estuviera colgada en forma de gigantesco póster a la entrada de la facultad.

¿Quién lo sabe?

¿Quién la ha visto?

¿Quién la ha hecho?

—Piénsalo bien, Alma. En las consecuencias de tus actos. Para ti, y también para tu familia.

—¿Lo ves? Todos intentáis moldearme, encerrarme dentro de una jaula en la que me ahogo. No importa lo que yo quiera, mis aspiraciones. Vosotros dictáis mi conducta, esperáis que me doblegue, que obedezca, y encima con una sonrisa…

—¡Sí, porque has cambiado desde que vas con él!

—¡Quizá es porque quiero cambiar!

—Escúchame bien, Alma —me advierte él, suavizando el tono de su voz mientras se me acerca y me coge del brazo—. Si me entero de que pasa algo entre vosotros, si llegan a mis oídos cosas que no me gustan…

—Suéltala. —Oigo que dice una voz a mi espalda.

Esa voz. Su voz. Con esa mezcla de indiferencia y autoridad. Grave y suave. Cálida y serena. Una voz que no precisa gritar para que la escuchen.

—¿Y tú qué quieres? —le espeta Tim sin soltarme el brazo.

—Ya te lo he dicho. Suéltala —repite Vadim con serenidad.

—¿Es una amenaza, Arcadi? ¿O prefieres que te eche la mano encima a ti?

—Sí, me parece una buena idea. Podríamos darnos un abrazo.

—O podría desfigurarte para no tener que ver de nuevo tu asquerosa cara rondando por aquí.

—Eso no cambiaría en nada el hecho de que Alma no quiera volver a ver la tuya.

Así que vas a ser un buen chico y soltarla.

Ahora bien, lo entiendo, colega, cuesta de asimilar que alguien te deje.

Especialmente si eres el rey de la uni y debes defender un título.

Y cuando tienes un cerebro atrofiado como el tuyo, te entran ganas de darle una paliza a alguien.

¡Pero deberías buscarte un rival que esté a tu altura, para que resulte más divertido!

A Tim se le hincha una vena en la frente y parece que vayan a estallarle los pómulos.

—Ten cuidado, Wallace, estar tan cabreado puede que te perjudique. Te lo digo por tu bien. Por si quieres volver a tener novia, quiero decir.

Tim se abalanza como un carnero contra su insolente rival y hunde el cráneo en el jersey gris de Vadim, que le hace de escudo.

A mí también me duele el estómago, como si fuera él. Los dos chicos ruedan por el suelo y casi al instante se forma un círculo de curiosos a su alrededor.

Algunos intentan separarlos, más chicas que chicos.

Yo también lo intento, pero en vano. Los jugadores de baloncesto gritan frases estúpidas para animar a su capitán mientras yo pienso en qué puedo hacer.

Busco a mi alrededor en busca de alguien lo bastante fuerte y que no sea demasiado tonto para separarlos.

La lucha es violenta, pero ellos están demasiado ocupados agarrándose como para poder darse golpes de verdad.

Me tranquilizo dentro de lo que cabe al ver que el rostro de Vadim sigue ileso bajo sus mechones castaños.

Les grito que se detengan, pero nadie me escucha.

Clémentine viene hasta mí corriendo y, una vez a mi lado, abre sus atemorizados ojos de par y me dice al oído:

—Ya sé que es una tontería, pero ¿te has dado cuenta de que están peleándose por ti?

Keith Johnson irrumpe en el círculo, sujeta a Vadim por la cintura, lo levanta del suelo y lo aparta unos cuantos metros.

El educador tiene una fuerza descomunal.

Clem se queda boquiabierta, pero yo me percato de que Vadim ha dejado de ofrecer resistencia.

El pequeño grupo se dispersa tan deprisa como se había formado.

Tim se incorpora, ayudado por sus amigos, y lanza un patético: «¡Aún no he acabado contigo, Arcadi!

». Me quedo plantada allí un momento junto a mi mejor amiga, lo suficiente como para escuchar retazos de la conversación que están manteniendo un furioso Keith y Vadim, que se sujeta las costillas, se arregla la ropa y esboza su insoportable media sonrisa.

Su irresistible sonrisa.

—Estás volviendo a ir por el mal camino, Vadim.

Y yo no estaré siempre aquí para sacarte de los problemas.

¡Madura! Céntrate en tus estudios y procura que no te expulsen: solo te pido eso.

¡No te conseguí esta beca para nada! Y mantente a distancia de tu supercolega. Me consta que te vuelve a rondar.

Vadim no sonríe. Se pasa la mano por el pelo, como siempre que está nervioso.

—Tengo una cita con otro caso como tú, pero volveré a pasarme a verte mañana. Hablaremos de lo que ha sucedido. Hasta entonces, no te metas en líos.

El chico moreno observa cómo se aleja su educador. Y Clémentine, embelesada, hace lo mismo

—¡Se te cae la baba, D’Aragon!

Vadim se burla de mi amiga al tiempo que se frota la barbilla con el dedo.

—Yo también necesito que él me eduque… ¡Os dejo, aún puedo alcanzarlo!

Me acerco a Vadim y le echo un vistazo a su cara, que no ha sufrido muchos daños.

—No me ha hecho nada. Estoy seguro de que Tim pega tan mal como besa…

—Deja de buscar problemas, Vadim.

—¿Por qué? ¿Acaso no lo has encontrado entretenido?

Su sonrisa de chico malo me hace reír por un instante. Los estudiantes pasan por nuestro lado y nos observan antes de seguir su camino.

Detesto ser el centro de atención.

—¿Estabais hablando de Felix?

—¿Qué? ¿Quién?

Vadim deja de examinarse los puños enrojecidos y se me queda mirando.

—Keith. ¿Te ha pedido que evites a Felix? ¿Por qué?

—Por nada. Su trabajo consiste en vigilar con quién me relaciono. Quiere cobrar su sueldo a fin de mes, ¿sabes?

—A decir verdad, no sé casi nada de ti, más bien me da la impresión de que me ocultas cosas.

—Oye, ¿no sería mejor que hablásemos de mi aplastante victoria contra un gigante de dos metros, de mi valor y de mis heridas de guerra? ¿De que he salido en tu defensa cual valiente caballero y estás orgullosa de mí o algo por el estilo?

Vadim se ríe, saca pecho en plan teatral, me lanza una mirada desafiante y espera a que le haga un cumplido.

—Llevas el pelo lleno de polvo, se te han roto los tejanos, tienes las manos magulladas, has provocado a Tim a propósito y ahora pretendes cambiar de tema para no responder a mis preguntas…

—Eres un coñazo, Alma Lancaster. Nunca estás contenta. Y yo tengo ganas de besarte.

Al final se saldrá con la suya.

—Aquí no. No si antes no me lo explicas.

—¿Explicarte el qué? Él te agarraba del brazo, y no soporto que los hombres empleen la fuerza contra las mujeres, eso nunca debería suceder.

—¡Explicarme lo de Keith! ¿Qué es lo que teme que puedas hacer con Felix?

—Por cierto, ¿has cortado con él? ¿No habré montado todo esto para nada?

—¡Vadim! —exclamo, presa de la frustración

—¡Alma! —grita él a su vez, parodiándome.

Me arranca una sonrisa. Se me acerca más y me rodea con el brazo. Acerca su rostro al mío, se detiene a un centímetro de mis labios y me susurra:

—Entonces ¿ya está? ¿Somos Tú + Yo?

No cedas… aún no…

—Si vamos a ser Tú + Yo, tendrás que hablar conmigo. A veces tengo la impresión de que no te conozco.

—Todo eso forma parte de mi pasado.

—Los secretos lo destruyen todo.

—Yo nunca cometo el mismo error dos veces.

—Pero ¿qué errores? ¿Qué pasado? Tú me reprochas que pertenezco a mi pequeño mundo, liso y perfecto, pero te niegas a salir del tuyo. O a dejarme entrar en él.

Vadim suspira y da un paso atrás. Le ha cambiado el semblante. Ahora tiene una expresión dura, fría. Puede que más hermosa. Pero a mucha distancia de mí.

—Creo que ya no me apetece besarte.

Y se va. Con paso lento pero decidido. Huye de mí, pero esta vez no lo retengo. He dejado a mi novio por él, él se ha peleado por mí… y ni siquiera hemos llegado a besarnos.