Capítulo 11
Me desconecto sin esperar su respuesta y me veo ante el ordenador, casi sin aliento de tan emocionada que estoy y de lo audaz que he llegado a ser al desafiarlo así.
Me lo imagino en su estudio, o bien riéndose o bien de morros, mientras deja que sus dedos se pierdan entre los rizos de su pelo.
Sonrío solo de pensar en que volveré a ver cómo lo hace. Tiemblo ante la mera posibilidad de que no se presente, y de pronto caigo en la cuenta de que estoy completamente loca por haber organizado semejante cita.
Mi padre, mi madre, frente a Vadim el rebelde, el maleducado, el incontrolable.
Con su pelo revuelto, su vieja cazadora, sus Adidas gastadas y sin atar del todo, Su pick-up destartalada.
Su forma de hablar, siempre provocativa, siempre llevándoles la contraria a los demás.
Además de su forma de mirar como si te juzgara sin conocerte, o, aún peor, como si te tuviera calado.
Es cierto, seguramente mis padres lo odiarán.
Y la comparación con Timothy será terrible.
Vadim los maldecirá y no querrá volver a poner un pie aquí.
Alma Lancaster, maestra en el arte de cavar su propia tumba.
* * *
Este sábado ha sido el más largo de toda mi vida.
Sin embargo, he hecho todo lo posible por ocupar mi jornada y evitar darle demasiadas vueltas al tema.
Me he pasado largas horas contándoselo todo a Clémentine —bueno, casi todo—.
Les pedí permiso a mis padres y ellos aceptaron la invitación de inmediato, encantados de poder constatar que no me tomaba sus consejos en vano.
He ocultado los peluches que aún quedaban en mi habitación y he descolgado algunos pósters de películas que ya no me atrevía a seguir teniendo a la vista.
Me he probado distintos conjuntos, desde un vestidito que podría despertar sospechas hasta la sencilla opción de tejanos y camiseta, que realmente son de «domingo en casa».
No obstante, este domingo por la mañana nada sale bien.
La sudadera oversize me viene demasiado holgada, mi habitación se ve demasiado ordenada, la cama parece demasiado bien hecha, como si estuviera gritando: «Prohibido acercarse».
Lily está entusiasmada con esta visita imprevista y me sigue a todas partes sin dejar de sonreír; Basile refunfuña y me dice que no haga ruido, porque él sí tiene que estudiar y, lo más importante ni siquiera sé si mi invitado me hará el honor de presentarse.
No tengo la menor noticia de él desde ayer por la noche y no se ha dignado a responder a mis dos mensajes de esta mañana.
Está claro que a Arcadi le gusta hacerse de rogar.
O más bien va a dejarme plantada.
A las 15.05 el timbre me da un sobresalto. Salgo de mi habitación esforzándome por no correr escaleras abajo, pero mi hermana pequeña me alcanza y se me adelanta. Ya me han entrado ganas de matarla.
Georgia le abre la puerta a Vadim. Él responde educadamente y le estrecha la mano, un gusto que nadie le brinda; a ella le ha encantado y a mí me ha enternecido.
Algo cohibido, pero con un look de infarto —tejanos sin lavar y camiseta negra—, sostiene la chaqueta en la mano.
Estoy segura de que se ha esforzado. Aunque no demasiado.
Solo lo necesario para que no se note que lo ha hecho.
Antes de que intercambiemos una sola palabra ya me he derretido.
Y cuando alza los ojos hacia mí, me cuesta sostenerle la mirada.
Una vez a su lado, no sé qué hacer, si siquiera se me ocurre cómo debo saludarlo. Posa una mano en mi hombro y ese gesto inesperado me pone de los nervios. Vadim esboza una sonrisita profunda que me desconcierta.
En serio, estoy para que me encierren.
—Alma, ¿crees que todo irá bien?
La voz burlona de mi hermana pequeña me devuelve a la realidad.
Arrastro a Vadim hacia el interior de la casa y le presento a Lily, que lo estaba deseando, y le suelta sus mejores chistes.
Lo conduzco hasta el salón, donde están mis padres, ocupados en sus cosas y en silencio.
Empiezo a hablar en francés, pero enseguida vuelvo al inglés para que mi invitado pueda entender lo que digo.
—Os presento a Vadim Arcadi, trabajamos juntos en el proyecto de un cortometraje para el final del semestre. Para la clase del señor Abrams.
—Buenos días —saluda él sin acercarse.
—Buenos días, joven —responde mi padre, levantándose para estrecharle la mano—. ¿De dónde es originario el nombre Vadim?
—Es eslavo. El diminutivo de Vladimir. Soy de origen ruso por parte de padre.
—Encantada de conocerte —añade mi madre, que también se levanta a saludarlo y así poner fin a la incomodidad del momento—. Entonces, tú también perteneces a una doble cultura. Nosotros cohabitamos con Francia e Inglaterra bajo el mismo techo desde hace treinta años. ¡Y no siempre es fácil!
—Me imagino que debe de ser duro —comenta Vadim en un tono levemente irónico mientras recorre el salón burgués con la mirada.
No ha podido evitarlo. Típico de Arcadi.
Mi padre frunce las cejas, pero cambia expresamente de tema.
—¿Y de qué trata vuestra película?
Ahora intervengo yo, forzándome a sonreír. Y a respirar.
—Eso es lo que vamos a decidir hoy. Tenemos que presentar nuestro tema al señor Abrams esta semana.
—¡Alma nos habla todos los días de su profesor! ¡Debe de ser un hombre brillante para enseñar en esta universidad!
—Creo que, si pudiera escoger, preferiría ser director de cine. O si tuviera el suficiente talento —remata Vadim con insolencia.
En la sala de inmaculadas paredes la tensión entre los dos hombres va en aumento.
—Bueno, al menos ya habéis comprendido algo: el talento no siempre basta para labrarse una gran carrera. Por eso hay que trabajar duro…
—De hecho, vamos a empezar ya —intervengo para atajar la discusión.
—También se pueden crear cosas bellas sin necesidad de aspirar por encima de todo a una «gran» carrera. Ni a una gran casa ni a una gran fortuna —insiste Vadim, enfatizando tres veces el mismo adjetivo.
Mi padre no está acostumbrado a que cuestionen sus grandes frases y menos aún a que le lleven la contraria. Ahora sus cejas forman una única línea sobre su frente.
—Muchacho, créeme, hay que soñar a lo grande, aunque solo sea para hacer realidad una pequeña parte. Eres joven, idealista, pero puedo asegurarte que ganarte bien la vida no tiene nada de desagradable.
—Y yo le aseguro que todo el mundo no ve la vida así. Pero está en su derecho.
Se queda mirando fijamente a mi padre, quien parece desconcertado, y se encoge de hombros.
Su indiferencia me aterroriza y me fascina a la vez. Mientras que yo me estoy ahogando en un océano de pánico, Vadim ni se inmuta. Nunca. Así que, antes de que la cosa vaya más lejos, le tiro del brazo y me lo llevo hacia la escalera.
—Tenemos trabajo que hacer, ¡ya arreglaréis el mundo en otra ocasión!
Lily se interpone en nuestro camino y me dice: «¡Me encanta!
», moviendo los labios, sin articular ningún sonido.
Subimos las escaleras en silencio, pasamos por delante de la gran habitación, abierta de par en par, de Basile, que no se digna a levantar la vista de los libros para saludarnos, y nos encerramos en la mía.
Por fin solos. Me dejo caer deslizándome por la puerta cerrada, me siento en el suelo y dejo escapar un gemido de frustración.
—No ha ido tan mal, ¿no te parece?
Apoyado en la pared, Vadim me mira satisfecho.
—¿Realmente tenías que restregarles por la cara su casa, sus privilegios y su dinero?
—No soporto a quienes se lamentan cuando lo tienen todo. Y que creen saberlo todo solo porque tienen más que el resto…
—Sí, mi padre es rico. Y todos disfrutamos de ello. ¡Pero él trabaja duro para que así sea! ¿Acaso pretendes que se avergüence?
—Esto no ha sido buena idea, Alma. Debería irme.
—¡Acabas de llegar!
—Sí, y ya tengo ganas de marcharme. No me siento cómodo, no…
—¿Casi los has insultado y quieres que te reciban con los brazos abiertos?
—No, hubiera preferido que me abrazaras tú.
El corazón me da un vuelco.
—¿Es mucho pedir? —musita mientras se deja caer a mi lado, apoyándose en la puerta.
Ya vuelvo a tener el corazón acelerado.
Inclino la cabeza y acerco mis labios a los suyos, pero procuro mantenerlos a un centímetro de su boca.
—Chico malo…
—Chica perfecta…
Siento su aliento cálido, su aroma embriagador, la suave piel de su brazo desnudo en contacto con la mía.
El corazón me va a estallar de un momento a otro.
Nos desafiamos con la mirada, ambos dispuestos a no ceder. Vadim se humedece los labios y logra que baje los ojos hasta la punta de su lengua. Observo su pequeña cicatriz. Nuestras respiraciones se aceleran.
Por fin él rompe el silencio con un murmullo ronco.
—Si me lanzo, no sabes lo que sería capaz de hacerte después…
—Todo lo que quieras.
Vadim se me echa encima, me inmoviliza sobre el parquet y me besa…
como un chico malo. Los dos rodamos por el suelo con nuestras bocas unidas como imanes, las lenguas entrelazadas, los cuerpos ardiendo.
Este beso arrasa con todo a su paso. Las manos de Vadim se escabullen bajo mi ropa y van al encuentro de mi piel.
La parte más íntima de mi piel. Mi habitación de adolescente se convierte en el escenario de una representación que nunca pensé que vería. Ardiente y silenciosa.
Vadim me toca, me acaricia con los dedos y me acalla con su boca. Estoy perdiendo la cabeza.
Mi hermano está justo al otro lado de la pared, mi hermana y mis padres en el piso inferior, todos bajo el mismo techo, pero yo no renunciaría a esto por nada del mundo.
—¡Alma, abre!
Basile está llamando a la puerta de mi cuarto.
El corazón se me sale del pecho. Vadim se incorpora de un salto, me levanta con la fuerza de sus brazos y me empuja hacia la puerta que mi hermano no cesa de golpear. Durante unos segundos recobro el aliento y admiro su sangre fría, su aplomo, su perfecto dominio de la situación.
Todo ello, antes de preguntarme si no estará reaccionando así porque lo han pillado in fraganti más de una vez.
Se instala en mi escritorio como si llevara allí todo el día, coge un libro de la asignatura y yo abro por fin la puerta mientras me aliso el pelo con los dedos. Basile pone cara de estar muy enfadado, tiene el rostro contraído, congestionado.
—Joder, ¿por qué has tardado tanto? ¡Alma, ven a ver esto! ¡Y tú, ahí atrás, no te muevas!
Mi hermano me tira del brazo con violencia.
—¡Eh, con cuidado, que vas a rompérselo! —le grita Vadim a nuestra espalda.
Se levanta y nos sigue hasta la otra habitación. Al cabo de diez segundos los tres estamos frente a la pantalla del ordenador de Basile. En esta hay un correo electrónico con una foto oscura y un poco borrosa.
Pero en la imagen nos reconozco a nosotros perfectamente.
Él, pegado a mí, de pie, ambos medio desnudos, en el apartamento de Vadim, donde estábamos esa noche. Mi primera vez.
Debajo de la imagen, distingo un pie de foto en negrita.
Vigila a tu hermana. Vergüenza para la familia Lancaster.
Apenas me da tiempo a girarme y ver el rostro descompuesto de Vadim. Y el puño de Basile a punto de estrellarse en su cara.
No obstante, soy yo quien está noqueada.