Capítulo 9 #3
Mi zona íntima experimenta algo parecido al dolor cuando se encuentra por primera vez con la boca de Vadim.
Él la roza apenas y me interroga con su penetrante mirada, como si yo no fuera a dar mi consentimiento a todas aquellas deliciosas sensaciones.
Por toda respuesta mis dedos juguetean con sus rizos castaños mientras me deleito viendo cómo hunde el rostro entre mis muslos.
Su lengua me descubre imaginativos tesoros que me vuelven loca.
Ignoraba que se pudiera hacer todo esto.
Que se pudiera sentir algo así.
Ya no sé lo que hago, dónde estoy, adónde voy. Todo mi cuerpo se tensa, echo la cabeza hacia atrás, arqueo la espalda, mi pelvis tiembla al ritmo de sus acometidas, mis manos se aferran a su pelo.
Me siento engullida por un torbellino, tengo miedo de caerme, de perder el control. Pero Vadim me sujeta, me abraza y yo me elevo de entre sus dedos, de entre sus labios enloquecidos, floto durante un largo instante y me abandono por completo a ese vértigo.
El chico que acaba de hacerme perder el sentido se tumba de nuevo sobre mí, posa con delicadeza la frente en mi pecho, que aún sube y baja al ritmo de mi respiración jadeante, como si quisiera evitar que mi corazón estallase.
Me rodea la cintura con los brazos, yo le rodeo el cuello con los míos, hundo la nariz en su sedoso cabello, embriagándome con su olor; cierro los ojos para registrar por siempre este recuerdo en mi memoria.
Tendidos en el sofá, permanecemos abrazados de este modo un largo instante sin hablar, sin movernos.
No sabía que existiera la felicidad perfecta.
Poco a poco vuelvo a la realidad, pero de pronto me asalta una duda y rompo el silencio.
—¿Y tú?
—¿Yo? —repite con su bonita voz grave.
—No sé si sabré hacerte… eso.
—Yo no te pido nada, Alma.
—Sí, dime. ¿Qué te gustaría?
—Quiero esto, solo esto —me susurra, estrechándome más fuerte contra él.
—Pero yo quiero más. ¡Lo quiero todo! ¡Te quiero a ti! —exclamo abalanzándome sobre él y dándole mil besos en el pecho, en las mejillas, en la boca.
Nos enzarzamos formando una maraña de brazos y piernas hasta que acabamos cayéndonos del sofá con un ruido sordo sobre el frío parquet.
Vadim ha puesto la mano bajo mi cabeza y ha amortiguado el golpe con el brazo.
La seguridad que me transmite, su forma de protegerme, de pensar primero en mí…
no hay nada que me haga sentir mejor. Él me transporta lejos de todos mis miedos y dudas, me atrae inexorablemente hacia sí.
Tomo su rostro entre mis manos, le acerco lentamente los labios y lo beso como si fuera la primera vez. Nuestras lenguas se entrelazan, jamás había saboreado nada tan delicioso. Prolongamos el beso hasta que ya no puedo respirar. Hasta que siento cómo me invade este nuevo deseo.
Noto cómo crece su erección, en contacto con mi muslo, y me sorprendo a mí misma disfrutando de esa sensación.
La chispa surge justo ahí, en el bajo vientre, como un dolor apenas perceptible que él puede aliviarme.
Mi pelvis se adhiere a la suya, en busca del remedio, y se contonea ligeramente para adaptarse mejor a él.
Este contacto, el peso de su cuerpo sobre mí, hace que mi deseo se vuelva aún más violento, más impaciente.
Deslizo temerariamente una mano entre nuestros cuerpos imantados hasta que doy con su miembro. Se tensa, lo rozo con mis dedos y lo rodeo, vuelvo a posar los dedos encima y lo sujeto con delicadeza. No estoy segura de qué debo hacer. Pero a Vadim parece gustarle. Oigo como suspira cerca de mi oído.
—Me vas a volver loco, Alma.
Intento no gemir cuando él me mordisquea el cuello, me chupa el lóbulo de la oreja y contornea con la lengua la línea de mi mandíbula. Mi cuerpo quiere más. Aunque mi boca no sabe cómo pedírselo.
—Vadim, te deseo. Estoy lista… —jadeo.
Intercambiamos una mirada llena de deseo, de turbación, de urgencia, y entonces él pasa su brazo por encima de mi cabeza.
—Solo tengo que hacer esto.
Coge una cajita que hay sobre un mueble de madera, cerca del sofá, y saca lo que me imagino que debe de ser un preservativo.
Observo cómo rasga el envoltorio y se lo pone con una mano.
El corazón se me acelera. No puedo esperar más.
Vadim me sonríe, adivinando mi impaciencia.
Se tumba entre mis piernas al tiempo que las abre y me rodea el rostro con sus manos.
—Dímelo otra vez, Alma.
—Ven.
Sus cálidos labios se fusionan con los míos.
Vadim me introduce la lengua al mismo tiempo que su sexo se hunde lentamente en mí.
Puedo sentir cómo me invade, milímetro a milímetro.
Esta sensación única y vertiginosa me provoca un calor intenso.
Tras un leve dolor, ahora solo siento un nuevo placer insospechado.
Toda mi piel vibra. No hay nada mejor en el mundo.
Ni nada más importante que su cuerpo moviéndose sobre el mío, que mi cuerpo abandonándose al suyo.
Durante unos largos e interminables minutos ya no contengo ningún gemido.
Me arqueo, tiemblo, jadeo, y entonces Vadim me abraza y me mira mientras me corro, liberando su placer al mismo tiempo.
Una lágrima se desliza por mi mejilla. Él la recoge con sus labios.
Naufrago en sus brazos.
Después, ya no recuerdo nada.
Solo eso.
Vadim Arcadi fundido conmigo. Ambos entrelazados.