Solos contra todos (TU + YO 1) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Nunca había pronunciado esas palabras… Jamás había soñado con algo así. Y, sin embargo, nunca había estado tan segura de mí misma.

Cuando Vadim me besa de nuevo, ya no duda.

Emplea gestos lentos, delicados, sensuales pero seguros.

Sus dedos recorren mis mejillas, acarician mis labios, descienden por mi cuello, rozan mis pechos a través de la tela, vuelven a ascender, se dirigen a mi vientre y, por fin, se cuelan bajo mi sudadera.

Mi piel se estremece al sentir el contacto y sus manos continúan su lenta conquista.

Siento cómo exploran la curva de mis caderas, dibujando el contorno de mi columna vertebral.

Atraviesan el cuello de mi sudadera y vuelven a emerger para sujetarme la nuca.

Me besa con tanto ímpetu que me hace perder el equilibrio.

La lentitud de sus caricias es una delicia y una tortura al mismo tiempo.

—¿Quieres que me quite algo?

—Sí, pero no dejes de besarme.

Se saca la camiseta por la cabeza, separándose de mi boca solo un segundo, y vuelve a pegarse a mis labios como un imán.

Mis manos se aventuran por su pecho, por su vientre.

Su piel es suave, sin vello, como la de un bebé, a excepción de una línea marrón que desciende desde su ombligo y muere tras la cintura de los tejanos. Solo de pensar en ello, me vuelvo loca.

—Ahora te toca a ti, ¿no? —propone, como si me pidiera permiso.

Dejo de besarlo y empiezo a subirme la sudadera para él. Me pierdo en sus ojos grises mientras él asciende siguiendo mis costillas con una parsimonia infinita. Se tumba a mi lado, y al ver que estoy temblando —de frío o de miedo, no sabría decirlo— me envuelve con sus fuertes brazos.

Me aparta el pelo y juega con los tirantes de mi sujetador lila.

Los desliza por mis hombros mientras me besa el cuello y las clavículas.

Su cálido aliento me pone la piel de gallina.

Atrapo sus añorados labios al tiempo que me desabrocha el sujetador sin la menor dificultad empleando dos dedos.

La prenda cae a mis pies y siento cómo mis pechos rozan su piel. Es una sensación increíble.

—¿Sigo? —me pregunta en un susurro.

—Tú primero —le respondo, precavida.

—No, los dos a la vez.

Pega su frente a la mía: nuestras narices se tocan, nuestros alientos se mezclan. Empieza a acariciarme las nalgas antes de deslizar la mano entre mis muslos. Siento una oleada de calor.

Desabrocha el primer botón de mis tejanos con los dedos mientras los míos descubren temblorosos el bulto que empieza a crecer en su pantalón. Bajo sin prisas la cremallera al tiempo que él desabrocha el resto de mis botones.

Vadim desaparece de mi campo visual, se agacha y desliza la tela a través de mis piernas.

Me encanta cómo me mira; nunca había visto una mirada tan tierna e intensa en una mezcla perfecta de deseo, paciencia, sensualidad y dulzura.

Le acaricio con la mano el cabello ondulado y deslizo los dedos por su frente, sus cejas, la línea de su nariz, la curva de los labios, incapaz de apartar la mirada de su rostro.

Él acerca la boca a mi vientre, deposita un beso justo por encima de mis bragas y otro en la tela, en el punto donde nace mi deseo.

Todo lo que hace me vuelve loca.

—¿Nos libramos de esto? —sugiere, pasando el dedo por la costura, cerca de mi cadera.

Mi corazón aumenta la intensidad de sus latidos.

—Sí, pero no mires.

—Alma, quiero verlo todo de ti.

Me captura con la mirada y con dedos hábiles desliza mis bragas hasta el suelo.

—No te imaginas hasta qué punto eres preciosa.

Sus palabras me dan alas.

—¿Y tú? Muéstrame algo…

Se incorpora, se quita los tejanos sin pensárselo dos veces y se me queda mirando cómo si me preguntara: «¿Algo más?».

—Esto —señalo, mirando sus bóxers grises.

—¿Qué pasa, es que no te gustan?

Su juguetona pregunta me arranca una sonrisa tímida.

—No me acaban de convencer…

—Pues entonces ayúdame —me reta.

Nuestros dedos se encuentran a la altura de sus caderas, entre la tela y la piel.

Y ahí estamos, desnudos en medio del salón, frente a frente, a unos centímetros el uno del otro.

Yo, muy nerviosa; él, totalmente seguro de sí mismo.

Lo observo sin perderme detalle: su perfil sólido y esbelto, sus abdominales marcados bajo su piel, que parece seda en la penumbra.

Me olvido de que estoy desnuda. Los latidos de mi corazón agitan todo mi cuerpo.

—Ahora estamos en igualdad de condiciones —me susurra para romper el silencio.

—Todo en ti es bonito.

Me abraza con una sonrisa irresistible. Su piel y la mía vuelven a unirse como imanes. Mis manos parten a explorar sus nalgas, firmes y redondeadas, más perfectas de cómo me las había imaginado. Me asalta un cúmulo de sensaciones desconocidas y embriagadoras.

¿Y ahora?

Da el primer paso, Vadim, porque yo no creo que sea capaz.

Como si me hubiera escuchado, este chico que tanto me perturba da un paso más, y luego otro.

Mientras yo miro embelesada sus ojos claros, me conduce de espaldas hasta el sofá; una vez allí nos dejamos caer.

Nuestras risas nerviosas retumban en el pequeño apartamento silencioso.

Vadim hunde su rostro en mi pelo y el gesto me conmueve.

Este chico que nunca le teme a nada, de pronto me parece tímido, casi frágil, y lo abrazo con todas mis fuerzas. Siento por él una mezcla de deseo y ternura tan intensos que me parece cosa de locos.

Es un sentimiento desbordante, mi corazón late con tanta fuerza que casi me duele.

Vadim me besa el cuello, sus labios y su lengua trazan curvas abstractas en cada milímetro de mi piel; en el lóbulo de la oreja, en la comisura de los labios, en la garganta, en el pecho, en el nacimiento de los pechos.

La calidez de su aliento sobre los rastros húmedos que ha dejado su boca en mi cuerpo me provocan un estremecimiento.

Me sumerjo de nuevo en un dulce sopor mientras acaricio su espalda, su nuca y sus nalgas, que él me descubre guiándome con sus manos.

Tumbado encima de mí, recorre las líneas de mi cintura, asciende por mis costados, me masajea los senos con delicadeza y acaricia mis pezones.

Cuando se yerguen apuntando hacia él, sigue estimulándolos con la punta de la nariz, antes de acariciarlos con la lengua y envolverlos con sus labios.

Yo me enciendo cada vez más con cada beso que desciende por mi vientre, alrededor del ombligo y más abajo todavía.

Ignoraba hasta qué punto el deseo podía desterrar el miedo.