Solos contra todos (TU + YO 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

Vadim no está en su casa.

No se ve luz en las ventanas, no responde al timbre ni tampoco se oye ningún ruido tras la puerta de su apartamento.

Recorro la acera, no sé si volver a casa; me lo pienso mejor, cambio de opinión otras diez veces, antes de divisar en la esquina de la calle su esbelta silueta vestida de negro.

La noche empieza a caer, pero lo reconocería aunque fuera plena noche.

No está solo, lo acompaña su amigo Felix.

Me acerco discretamente, me oculto tras el grueso tronco de un árbol y asomo apenas la cabeza.

Tengo la sensación de que en cualquier momento los chicos oirán los latidos de mi corazón, que late a mil por hora en mi pecho.

Vadim le pasa a Felix lo que me parece un fajo de billetes enrollados mientras mira a su alrededor.

Se le acerca, le da un abrazo y en el último momento desliza un pequeño paquete en el bolsillo delantero de la sudadera de su colega.

Tras lo cual se dirige a la entrada de su edificio mientras yo sigo escondida con el pulso aceleradísimo.

—Serías una pésima policía, Alma Lancaster.

—…

Como si no responder bastase para hacerme invisible…

—Te he visto desde el principio —añade, girándose hacia mí.

—No me estaba escondiendo.

—Ah, entonces ¿¡intentabas trepar por el árbol? Podría haber sido divertido, en vista de tu legendaria destreza —me suelta mientras observa la enorme mancha en mis tejanos—. ¿Qué se te ha caído esta vez?

—¿Acaso te importa?

—Tienes razón. No me importa. No soy yo quien está esperando abajo, frente a mi casa.

Se encoge de hombros y entra en el edificio.

Lo persigo escaleras arriba. Ya está en su apartamento cuando llego al rellano.

Inspiro profundamente, alzo la mano para llamar a la puerta, pero esta se abre antes de que llegue a tocarla y aparece Vadim con expresión burlona.

Su mirada provocadora aún lo hace más guapo.

Por un instante estoy tentada de darle un puñetazo.

Aunque, siendo honesta, tengo unas ganas locas de besarlo.

—¿Puedo ayudarte en algo?

—Sí, estoy buscando a mi pareja de grupo, Vadim Arcadi. No lo he visto desde esta mañana a primera hora.

—Pues no lo conozco. Debe de haberse equivocado de dirección.

—Verá, es un chico alto, moreno, con el pelo ondulado, siempre se pasa la mano por el cabello cuando se siente incómodo. Un poco como usted ahora.

—No acabo de reconocerlo. ¿Algún rasgo más? —inquiere, metiéndose la mano en el bolsillo.

—Es más bien arrogante, seguro de sí mismo, y no le gusta que le lleven la contraria.

—Entonces debe de ser un gilipollas, ¿no?

—Diría que es muy inteligente, buen conversador, aunque al parecer solo por las noches. Y besa como un dios, pero se transforma en un capullo cuando sale el sol.

Nos desafiamos con la mirada. Él me sondea, yo lo fulmino.

Vadim se abalanza sobre mí, desliza una mano por mi nuca y une sus labios a los míos.

—Eres un…

Mi intento de rebelión fracasa. Se impone su boca. Posa su otra mano en mi cintura y estrecha su cuerpo en tensión contra el mío. Reprimo un escalofrío y me abandono a esa dulce vorágine.

Es demasiado bueno.

Temo desmayarme, pero él se detiene de pronto. Demasiado pronto. Y retrocede hacia el interior de su apartamento.

—Alma, ¿adónde nos lleva esto? Tú y yo somos tan distintos…

—¿No te atreves a dejarme entrar?

Mi audacia lo sorprende. Le gusta. Se aparta y me deja vía libre. Se queda plantado en medio del salón y yo recupero espontáneamente mi plaza en el sofá. Mi taza vacía de ayer sigue en el mismo sitio. No sé por dónde empezar.

Aún siento la calidez de su boca en la mía.

—Vadim, debemos encontrar un modo de poder trabajar juntos.

Obtengo un silencio por toda respuesta.

—En cualquier caso, estamos obligados a encontrar un tema.

—¿Obligados? Yo no le debo nada a Abrams. Y desde luego no pienso darle esa satisfacción.

—Entonces ¿le damos la razón? Tú seguirás siendo el artista maldito que no tiene nada que contar y yo la favorita que se dedicará a halagarlo todo el curso.

—Ah, lo admites por fin…

—Lo que tú quieras. Pero ¿vamos a darle la razón y a dejar que nos humille?

—No pienso volver a poner los pies en esa clase.

—¿Así que huyes a la primera dificultad? ¿Eso no se llama cobardía? ¿Cómo cuando me has ignorado esta mañana?

Él deja escapar un largo suspiro y juguetea con la alfombra empleando la punta del pie.

—¿Por qué haces esto, Vadim? ¿Es que no es importante para ti? ¿No hay nada importante para ti? —le digo con una voz que no esperaba que sonase tan desesperada.

—Tú tienes a tu chico, Alma. Yo solo soy el número dos, ¿no lo recuerdas? Y aunque lo quisiera, no podría ser el número uno. No nos parecemos en nada. No tenemos nada que ofrecernos. Nada que funcione.

—Todo eso no parecía preocuparte cuando me besaste anoche…

—Y tú te fuiste como una ladrona esta mañana. Como si te avergonzaras…

Sus ojos se encuentran con los míos, pero al instante los rehúye.

Él está aquí mismo, muy cerca, y sin embargo parece encontrarse a kilómetros de mí.

—¡Solo fui a casa de Clémentine para cambiarme antes de empezar las clases! ¡Y luego me trataste como si no fuera nadie!

—¡Tú me evitabas, escondida tras tu amiga!

—Solo estaba esperando que dejases de fingir que no me conocías…

—¿No sabías que la gente normal simplemente se da los buenos días?

—¡Tendrías que haber sido tú quien viniera!

—Tú chasqueas los dedos y yo aparezco. ¿Así es cómo funciona? Claro, estás tan acostumbrada a que te sirvan, Lancaster…

—¡Yo fui quien te besó primero!

—Nadie te obligó a hacerlo.

Su imponente cuerpo se queda en suspenso, hasta que por fin se vuelve y me mira.

—¡Deseaba hacerlo! ¿Por qué seguimos llevando un marcador?

—Porque eres una causa perdida de antemano. —Suspira.

—¡Vadim, esto no tiene por qué ser necesariamente un combate!

—Puede que no para ti. Pero eso es lo que he hecho toda mi vida, luchar.

—Pues bien, deja de hacerlo —le susurro, acercando mi mano a su pelo.

—Tú lo ves muy fácil.

Aparta la cabeza para esquivar mi mano.

—Esta mañana, en clase, me he enfrentado yo solo. El profesor me culpó a mí de todo, se ensañó conmigo y tú no moviste ni un dedo.

—Vadim, no sabía qué decir.

—Abrams también te faltó al respeto a ti y no reaccionaste. Todo te da miedo, Alma —murmura, y el corazón se me estremece—. Miedo de mí, miedo de él, incluso miedo de ti misma.

Me esfuerzo por contener las lágrimas… y en reprimir mis ganas de desaparecer.

—Yo también tengo la sensación de estar luchando a todas horas. Contra mí misma. Contra mi timidez, mi emotividad, contra mi educación, que me ha encerrado en esa minúscula jaula de la que se supone que no debo salir. ¿Crees que es fácil hablar cuando solo te han enseñado a estar callada?

Apoyado en la pared de enfrente, junto a una lámpara de pie que ilumina su oscura silueta, el chico moreno me escucha atentamente. Me observa en silencio, pero no logro descifrar su mirada.

Y eso me asusta. Tengo miedo de que lo nuestro se acabe aquí. Mi coraza se viene abajo; sin sus brazos rodeándome, siento frío.

—¿Sabes, Vadim? Me gustaría haber nacido con tu coraje, tu fuerza, tu audacia. Es lo que más admiro, lo que más me gusta de ti.

—Solo nací con eso.

—Pues enséñame…

Nuestros ojos dialogan en silencio durante largos minutos.

Estoy en vilo, suspendida ante este chico que me obsesiona y el vacío.

—¿Por qué lloras, Alma?

Su voz se vuelve más suave y hace que libere unas palabras que guardaba bajo llave muy adentro.

—¿Sabes? Yo no tengo miedo de ti. Tengo miedo de que me guste esto. Tengo miedo de quererte…

Se me queda mirando, perplejo.

—¿Lo ves, Arcadi? Por ti, soy capaz de atreverme…

Ya no sé si estoy llorando o estoy riendo.

Vadim se pasa la mano por la nuca, se despeina, me mira, duda y por fin se lanza.

—¿Qué voy a hacer contigo, Lancaster?

Una leve sonrisa se dibuja en sus labios.

—A mí también me encantó la noche pasada.

Tuve la impresión de vislumbrar a la verdadera Alma.

No a la niña de buena familia que se oculta detrás de su papá.

La que me envió a tomar viento la primera vez que hablamos.

La que me planta cara. La que rechaza mi cazadora aunque tenga frío.

La que nunca está de acuerdo conmigo. La que solo me hace las preguntas adecuadas.

La que me besa cuando menos me lo espero, la que comprende lo que los demás no.

No quiero que cambies. Solo quiero que seas tú de verdad.

Como ayer. Íntegra, libre, sin filtros, sin límites…

No lo dejo terminar.

Me incorporo de un salto del sofá, hundo mis manos en su pelo y pego mi rostro al suyo. Lo beso como la primera vez.

No, esta vez es más intenso.

Lo beso como si mi vida dependiera de ello.

Jamás nadie había pintado un retrato de mí como él lo ha hecho.

Nadie había visto a esa Alma. No quiero que pronuncie ni una palabra más, solo quiero que me abrace, que me bese, que me toque, que no exista nada más que él y yo en este mundo.

Pegarme a él para que ya no volvamos a estar el uno contra el otro.

Vadim masculla algo directamente en mi boca.

Me devuelve el beso, me inmoviliza contra la pared y nos dejamos llevar por el torbellino de emociones.

De repente ya no me basta con besarlo. La fuerza que nos arrastra vence mi resistencia.

Deslizo las manos bajo su camiseta y el contacto con su cálida piel tan suave me electriza.

Ya no sé cómo parar. No quiero. Le beso el cuello, me embriago con su olor.

Sus manos me acarician las caderas, la cintura, la espalda y cerca de las nalgas; luego vuelven a mi rostro y me apartan el pelo.

Se separa de mi boca para mirarme y me susurra, sin aliento:

—Alma…

—No pares.

—¿Estás segura?

—Es la primera vez.

—No tienes que demostrarme nada.

Su voz ronca está teñida de una dulzura que me emociona. De pronto tengo la extraña certeza de que este chico habita en este planeta solo para mí.

—Tengo ganas, Vadim.

—¿Tienes miedo?

Puede que un poco.

—No. Solo tengo ganas de hacerlo. Ganas de ti.

De él.