Capítulo 8
A primera hora de la mañana me voy del apartamento de Vadim, y es como si tuvieran que arrancarme de sus brazos. Podría quedarme allí toda la vida. Pero ya ha amanecido y la realidad vuelve a imponerse.
Nunca había sentido algo igual. Ser uno solo, en nuestra propia burbuja.
O más bien en un torbellino. Ese beso tan profundo, ese deseo tan potente…
Y esa burbuja tan frágil que podría estallar en cualquier momento.
Este chico es un imán, una bomba de efecto retardado.
Me ha hecho perder la cabeza, el control, todos mis referentes, en cuestión de pocas horas.
Y, sobre todo, me ha inducido a dar el primer paso. Yo, Alma, he besado a Vadim Arcadi.
Bailando más que caminando, me paso por casa de Clémentine antes de que comiencen las clases. Llamaré a mis padres, me daré una ducha, cogeré ropa de mi cómplice y le contaré la noche tan surrealista que acabo de vivir.
Es demasiado bonito para ser real… ¿Lo habré soñado?
No obstante, contra todo pronóstico, bajo la deslumbrante luz del día, en la diminuta habitación de estudiante de mi mejor amiga, mi euforia se desinfla como un suflé.
De repente me invade una sensación de malestar.
No puedo describir con palabras lo que ha pasado, lo que he sentido, y la reacción de Clémentine, que se ha quedado boquiabierta, hace que empiece a ser consciente de lo que he hecho.
Casi me había olvidado de que tenía novio.
No pretendía engañar a Tim. Creo que simplemente no pensé en ello.
De pronto siento pánico solo de pensar que yo soy esa chica.
No conozco a esta Alma que besa a otro chico, que se pasa toda la noche en vela, que duerme fuera de casa y miente a sus padres.
Los pensamientos se agolpan en mi cabeza, me pitan los oídos y las piernas me tiemblan.
—Alma, todo irá bien…
—¿Tú crees?
Tengo miedo. Puede que toda la facultad ya sepa lo que he hecho. Tengo miedo de que me lleven de vuelta a Francia. Miedo de no volver a ver a Vadim. Miedo de mí. De él.
Estaba en una nube y la caída está siendo terrible.
Me obligo a ir al campus, con los tejanos un poco demasiado grandes de Clémentine y su sudadera gris de la universidad, dentro de la cual puedo ocultarme.
Mi compañera ha recuperado su habitual sonrisa y su energía tras un matcha y lo que quedaba de un paquete de galletas.
Me ofrece su brazo y me repite al oído, como si fuera la gurú de una secta, que todo irá bien.
Que es genial, que no podría haberme pasado nada mejor.
Que es mi propio sueño americano. Aunque más bien sería ruso.
Nos unimos a los demás frente al aula del señor Abrams, quien al parecer llega tarde.
Distingo a Vadim entre los estudiantes. Un poco más alto que los demás, guardando las distancias, muy distinto del resto. Nuestras miradas se cruzan, pero no pasa nada. Ni una sonrisa ni un guiño ni una seña. Ni siquiera un imperceptible movimiento de su barbilla apuntando en mi dirección. Nada.
¿Cómo es posible que algo tan ridículo como la palabra «nada» me rompa el corazón de esta manera?
Vadim aparta la mirada y parece estar analizando el horizonte, con el semblante serio y la preocupación reflejada en sus ojos. Su aire misterioso, sombrío, que tan seductor me parecía anoche, ahora me hiere.
Sigo observándolo discretamente, oculta tras Clem, que sabe perfectamente lo que estoy a punto de hacer y tiene la buenísima idea de no impedírmelo. Se limita a mirarme mientras yo tiro como una loca de la manga de su sudadera, esperando que le salgan agujeros de un momento a otro.
Veo que se acerca alguien, posiblemente aquel a quien Vadim buscaba con la mirada.
Y comprendo mejor su expresión contrariada cuando reconozco al tipo que él me describió como su educador.
Keith, creo que se llama. Un tío muy fornido cuyos músculos parecen a punto de estallar bajo su camiseta blanca.
Sin embargo, sus facciones son armoniosas, tiene la mirada amable y camina despacio.
Me parece más tranquilizador que intimidante; esboza una media sonrisa, pero Vadim no parece estar de humor.
Se saludan con frialdad y empiezan a hablar.
Bueno, más bien es Keith quien habla mientras mi compañero de grupo se limita a asentir con la cabeza.
Un montón de veces. El educador anota algo en una pequeña libreta que se ha sacado del bolsillo, le da una palmada en el hombro y se marcha.
—Fíjate en ese trasero —comenta entusiasmada Clem, que no ha podido evitar girarse.
Ni hablar en voz alta.
Pero yo no la escucho, pues Vadim viene directo hacia nosotras.
—¿Qué estás mirando?
—Nada. A ti.
Esboza una media sonrisa y se mira las zapatillas.
—¿Estás bien?
—Ya ves. Ayer por la noche no me presenté a una cita con Mamá Keith. Y no está nada contenta. Acaban de echarme la bronca como si yo fuera un chiquillo.
—Lo siento. No lo sabía.
—¿Y cómo ibas a saberlo?
—Tendrías que habérmelo dicho, habríamos podido…
—¿Para qué? En cualquier caso, eso no es asunto tuyo, Lancaster.
Vadim se encoge de hombros. Su frialdad se me clava como un puñal en el corazón.
Yo pensaba ingenuamente que la noche de ayer había significado para él tanto como para mí, pero está actuando como si no hubiera pasado nada.
Ahora comprendo que él debe de haber vivido lo mismo decenas de veces, con decenas de chicas, y yo solo he caído en la trampa.
Yo era su pequeño desafío de aquella velada.
¿Cómo he podido ser tan tonta?
Clémentine percibe mi desconcierto y acude en mi ayuda:
—¿No quieres presentarme a tu… «Míster Mamá»? Espero que tenga otro nombre.
Vadim no le responde. En ese momento llega el señor Abrams, con la chaqueta arrugada bajo el brazo, refunfuñando algo acerca de una plaza de aparcamiento.
—¡Entrad! ¡Deprisa! Y espero que no me hagáis perder el tiempo como esos estúpidos. ¡Procurad mostraros brillantes, hoy!
El señor Abrams nos observa mientras nos sentamos, repicando impaciente en el suelo con el pie, y arremete contra el primer chivo expiatorio que se le pone a tiro. Un blanco ideal.
No, que no le toque a él. Hoy no…
—Arcadi, te agradecemos de todo corazón que nos hayas concedido el privilegio de contar con tu presencia.
¿Hoy no tenías nada mejor que hacer? La verdad es que no quiero saberlo.
Espero por vuestro bien que hayáis venido a hablar de vuestro proyecto de cortometraje.
Levántate y recoge por el camino a tu compañera.
Si ella se cree que puede desaparecer solo con bajar la cabeza…
—En realidad no servirá de nada que nos levantemos —lo interrumpe Vadim—. No hemos encontrado ningún tema.
—¿Nada? ¿Nada de nada? ¿No ha brotado ni una simple chispa de vuestros pobres cerebros juveniles? —le espeta Abrams alzando la voz.
—Bueno, yo tengo mis ideas, ella tiene las suyas. Pero no nos ponemos de acuerdo.
—Escuchad a este pobre joven al que la creatividad le ha dado la espalda.
Él es tan distinto que no puede vivir con los demás.
Está tan orgulloso de sus ideas que se niega a compartirlas.
¡No eres un artista maldito, Arcadi! ¡Quítatelo de la cabeza!
¡Eres un cliché ambulante y de mente estrecha, estás convencido de que tienes razón y eres incapaz de cuestionarte a ti mismo!
Te haces la víctima porque no te atreves a hacer otra cosa.
—¿Qué derecho tienes a decirme todo esto? ¡Deja ya de creerte Dios! —estalla Vadim.
—Solo sé una cosa, Arcadi: no tienes tema porque no tienes nada que contar.
¡Ábrete al mundo, joder! ¡Ábrete a los demás!
¡Lancaster tiene tanto que enseñarte…! Si al menos le permitieses que lo hiciera…
Si te miraras un poco menos el ombligo, verías cuánto puede aportarte ella.
¡Su inteligencia, su mirada, su sutileza!
¡Es alguien muy distinto del personaje estereotipado en que la has encerrado!
Al verse acorralado, mi compañero me lanza una mirada cargada de angustia, a la cual no sé qué responder. Leo en sus ojos que acabo de decepcionarlo.
—Vamos, Alma, repítele tus brillantes ideas —me suelta Vadim.
—Yo… no sé, creo que no eran buenas después de todo.
Me arrepiento de haber balbuceado. De tener tan poca seguridad en mí misma.
—¿Y cómo no iba a ser así? —replica el profesor alzando la voz—. ¡Tú no estás con ella, tú estás contra ella! ¡Aliméntate de su talento, de su mirada, de su inocencia, en lugar de rechazarlos!
Los ojos de Vadim siguen atravesándome. Quisiera reaccionar. Apoyarlo, salir en su defensa. Y en la mía. Oponerme a Abrams, poner fin a su delirio. Pero me quedo paralizada, incapaz de actuar o de hablar.
—¿Tal vez porque ella está conmigo? —susurra Vadim.
Se pasa la mano por el pelo, coge su mochila, atraviesa el aula con su habitual pose orgullosa, casi indiferente, y sale dando un portazo. En la clase reina un silencio sepulcral. Todas las miradas recaen en mí.
Me paso el resto de la clase mirando el suelo y rehuyendo la mirada del profesor, satisfecha de él y compungida por mí.
Su pequeña actuación teatral ha logrado que olvidemos su retraso, ha hecho callar a los alumnos.
Aunque reconozco que ha demostrado tener valor al plantarle cara al rebelde indómito de la clase.
Al mismo tiempo también me ha humillado a mí con sus elogios exagerados y su favoritismo fuera de lugar.
Durante el resto del curso solo seré Alma Lancaster, la niña rica medio francesa, la enchufada, sumisa y sin personalidad.
Y peor aún, la joya de la corona de un cuarentón desquiciado.
No sé si seré capaz de soportarlo. Y tampoco sé si después de esto Arcadi Vadim volverá a dirigirme la palabra.
Para tratar de subirme la moral, Clem me invita a un batido en el Sunset Café, que me da asco solo de mirarlo.
No veo llegar a Timothy con tres amigos de baloncesto hasta que Clem me asesta un codazo en las costillas.
Casi me caigo del taburete, pero logro recuperar el equilibrio en el último momento, aunque vuelco el vaso sobre la mesa.
La sudadera de mi amiga queda para el arrastre y siento cómo el líquido frío impregna mis tejanos.
Solo quiero irme a casa y acostarme…
Tim acude a socorrerme con un puñado de servilletas de papel y una sonrisa llena de ternura.
Se muestra afectuoso, atento, y yo estoy a punto de echarme a llorar.
Porque después de lo que he hecho no soporto que me toque, que me consuele, que se compadezca de mi torpeza.
Porque él me quiere tal y como soy, mientras que el otro me detesta por todo lo que no soy.
Porque siento que la trampa del chico malo se está cerrando sobre mí.
Y porque mi novio intenta besarme, pero yo soy incapaz de corresponderle.
Salto de mi asiento y echo a correr, dejando a Tim, Clémentine, Cassius y los demás perplejos en medio de la cafetería. Mi carrera desenfrenada me conduce directamente allí donde no debería ir. Lo sé, pero nada podría impedirlo.