Solos contra todos (TU + YO 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

Aterrizo en el estudio de Vadim Arcadi, que según los rumores es un infame picadero.

Sin embargo, me encuentro un pequeño apartamento bien amueblado con un sofá cama plegado, un escritorio en orden, la vajilla secándose junto al fregadero y una enorme colección de DVD vintage clasificados por años.

Me agacho para inspeccionarlos, fascinada.

Vadim se ofrece a prepararme un té para que entre en calor, y de paso bromea sobre mis orígenes ingleses.

Sin duda, es su forma de hacer que me sienta cómoda.

No sé qué hacer, por lo que acabo acurrucándome en un extremo del sofá, con las manos ocultas en las mangas demasiado largas de su cazadora.

Desplazo la mirada hacia tres fotos alineadas verticalmente en la pared: una pareja abrazándose, ambos guapísimos, la misma pareja con un niño de dos o tres años, que deduzco que es Vadim, y un retrato de familia con la incorporación de un nuevo bebé.

—Te pareces mucho a tu padre —comento, dirigiéndome a la pequeña cocina abierta de la estancia principal.

—Es posible. Ya no lo recuerdo. Son las únicas fotos que tengo de ellos.

—¿Están…?

—¿Muertos? Sí, hace años. No mucho después de la foto de abajo.

Su voz suena serena, pero oculta un dolor que imagino inmenso.

—¿Y el bebé?

—Mi hermano, no lo conozco.

Vadim regresa con dos tazas humeantes, se sienta en el suelo con la espalda apoyada en el sofá y sigue respondiendo a mis preguntas sin mucho entusiasmo.

Voy obteniendo retazos de su pasado, aunque solo los que está dispuesto a revelar: Volodia, su padre, un ruso emigrado a Estados Unidos, muy bien parecido, se convirtió en actor un poco por casualidad.

Se enamoró a primera vista de Jane Howard King, una joven actriz estadounidense que estaba empezando a triunfar y que también se enamoró de él por su acento eslavo.

Se casaron enseguida porque ella estaba embarazada.

Pero su fulgurante carrera y su apasionado amor se vieron truncados tres años más tarde.

Ignoro cómo murieron. No me atrevo a preguntar.

Después me explica que lo separaron de su hermano, me habla del típico periplo de los huérfanos como él, de las familias de acogida con las que nunca duró mucho tiempo porque era un niño insoportable.

Resultaba imposible quererlo. También me habla de su encuentro con Felix, otro caso perdido al que nadie quería adoptar.

Su educador era un tal Keith Johnson, que siguió sus pasos desde la adolescencia. El único que ha sabido comprenderlos, encauzarlos, el único en quien confían. Y quien los ha sacado de apuros en más de una ocasión.

En su voz hay emoción. Pero no tristeza.

Más bien una rabia contenida, una furia sorda, y también desilusión. Nunca habría dicho que Vadim sería capaz de abrirse así. Nunca me habría imaginado que alguien podría haber vivido tantas vidas solo en veinte años.

Nunca habría pensado que un día llegaría a descubrir, tras esa actitud tan arrogante, indiferente y provocadora, tantas heridas de la infancia que aún no han cicatrizado.

—Oh, Vadim… lo siento.

—No quiero tu compasión, Alma.

No sé cómo ha sucedido, pero ahora me encuentro tumbada boca abajo con los dedos enredados en los rizos castaños de Vadim, que sigue sentado en el suelo, pero ha echado la cabeza hacia atrás y la tiene apoyada en el canto del sofá.

De vez en cuando me mira y me lanza alguna puya, o me repite que no quiere mi compasión.

Lo hago callar tapándole la boca con la mano y él se apresura a mordérmela.

No para hacerme daño, sino para desconcertarme.

Y lo consigue. Una extraña sensación me recorre todo el cuerpo, como si unas diminutas alas de mariposa revoloteasen por mi vientre.

Ya no tengo frío. El contacto de la boca de Vadim en la palma de mi mano me pone la piel de gallina.

Sin embargo, dejo que juegue con ella, que la bese, que la mordisquee.

Y me dejo deslizar suavemente por el capullo de mi incipiente deseo.

No creo haberme sentido tan bien en toda mi vida.

—¿Vadim?

—¿Mmm?

—No, déjalo.

—Sí, dime.

—Tendremos que ponerle fin a esta noche, ¿no?

—Creo que ya ha amanecido. Ven, vamos a verlo —me susurra, levantándose y cogiéndome de la mano.

Nos acercamos lentamente a la ventana que da a la calle, apartando cada uno un paño de las cortinas que siguen echadas.

El día apenas acaba de alzarse. Las farolas nocturnas aún alumbran.

Su luz amarilla nos hace entornar los ojos.

Con un mismo gesto, ambos soltamos las cortinas a la vez y nos sumimos de nuevo en la reconfortante oscuridad.

—Podríamos hacer como si aún fuera de noche —murmura, cerrando los dedos alrededor de mi mano.

—O podríamos hacer como si yo no fuera Alma Lancaster y tú no fueras Vadim Arcadi.

—¿Y eso en qué cambiaría las cosas?

—Yo no sería tan tímida, tú no serías tan orgulloso y… no sé.

—Sí lo sabes.

—Tal vez uno de los dos debería dar el primer paso.

—Fui yo quien lo dio la primera vez, recuérdalo.

—Pero fue Abrams quien te obligó —rebato con una sonrisa, bajando la mirada.

—No quiero que te sientas obligada ni que seas otra persona distinta de Alma. —Las palabras que acaba de susurrarme impactan en mí con tanta fuerza que se me hace un nudo en el estómago. Me mira como nadie lo había hecho hasta ahora.

Y por fin me atrevo a expresar lo que siento, en lo más profundo de mi ser.

—No quiero a nadie más que a ti, Vadim.

Me pongo de rodillas, movida por no sé qué fuerza sobrenatural y poso mis labios en los suyos.

Sin dudarlo. Cierro los ojos y Vadim acerca su mano a mi mejilla y entreabre la boca para besarme como nunca nadie lo había hecho jamás.

Nuestras lenguas se entrelazan, nuestros labios se exploran, se entremezclan con pasión, casi a cámara lenta.

Deslizo una vez más mis dedos por su sedoso cabello, su cuerpo se pega al mío y me sujeta la cara con ambas manos.

Nuestras bocas se separan para volver a encontrarse con más ganas, como si fueran imanes, como si estuvieran hechas la una para la otra.

Se me va la cabeza, el suelo empieza a dar vueltas bajo mis pies. El tiempo parece haberse detenido al fin. El beso dura una eternidad, ha sido el más dulce, el más loco y el más profundo de los besos.

Deseo que esta noche no acabe nunca.

Prefiero morir antes que dejar de besarlo.