Solos contra todos (TU + YO 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Esta vez llego a la cita antes de la hora.

Vadim aún no está aquí. El Sunset Café empieza a vaciarse, aun así compruebo que no haya ninguna cara conocida en la zona.

No tengo nada que ocultar, pero prefiero que Tim no esté al corriente de mis actividades nocturnas con mi compañero de clase, al que detesta más que a nadie.

Mi pareja de grupo llega dos minutos tarde, acompañado de un chico que debe de tener más o menos nuestra edad.

No me han visto, lo cual me obliga a ir a su encuentro cuando se acomodan en una mesa del fondo.

—Hola, no sabía que íbamos a ser tres —saludo, algo más agresiva de lo que me hubiera gustado.

—¿Qué hay? No sabía si vendrías.

Vadim me sonríe y me hace una seña con la mano para que me siente.

—Te presento a mi colega Felix Alonso. No se quedará.

El amigo en cuestión me saluda con un imperceptible gesto de barbilla y se dedica a examinarme de arriba abajo sin molestarse en entablar conversación.

Y, al parecer, sin la menor intención de marcharse.

No es muy alto, tiene la tez morena y las facciones marcadas, el pelo castaño muy corto y una fina franja de barba rodea su mandíbula.

Tiene los ojos tan negros como Vadim los tiene de claros.

Repantigado en su silla, abre las piernas de par en par, enfundadas en unos pantalones de color beige que le vienen demasiado grandes, dejando a la vista los bóxers, y un descolorido tatuaje que sobresale por la sudadera con capucha serpenteando por su cuello.

Si no le tuviera algo de miedo, le diría que el palillo que lleva encajado en la comisura del labio está un poco de más.

—Bueno, Fe, ¿te vas o qué?

—Vale, ya lo pillo.

—Nos vemos mañana —le recuerda Vadim.

—Cuento contigo. Hasta luego, tío.

Dicho esto, se marcha arrastrando los pies y contoneándose.

—¿Tu amigo no se habla con las chicas?

—Solo con las que le gustan.

Vadim me observa mientras me siento frente a él.

—Se le veía muy conversador, ¡debo de estar perdiéndome algo!

—¿No habrás venido para discutir con él, supongo?

No.

—Pero ¿quién es?

—Felix Alonso, ya te lo he dicho.

—¿Qué tiene que ver contigo?

—Es un amigo de la infancia. Mi más viejo amigo. Uno de los pocos. A veces resulta algo desagradable, pero es buen tío.

—Un retrato muy profundo, sí.

—Eso os hace tener algo en común.

Su sonrisa de autocomplacencia se hace más amplia y me obliga a desviar la mirada. Procuro cambiar de tema enseguida.

—¿Por qué creías que no iba a venir?

—Porque es la segunda noche seguida que debes maquinar una mentira para papá Lancaster. Y para Timy.

—El primero no sabe que existes, y el segundo no dicta cómo debo comportarme.

—Me alegro de que así sea.

—Esto no es una cita, Vadim, tú mismo lo has dicho. No tengo por qué pedir permiso para ver a un amigo.

—Entonces ¿por qué me detesta tanto?

Esta situación parece divertirlo mucho.

—A él le traes sin cuidado. Tendrás que búscate otro chivo expiatorio.

—Lástima, me caía bien… ¿Quieres tomar algo?

—No me apetece quedarme aquí.

—¿Ah, no? Le has pillado el gusto a mi chatarra… ¿A qué hora debes volver esta vez?

—A medianoche.

—Increíble —se burla Vadim.

—Ya vale. ¿Adónde vamos?

—Tenemos tiempo de ir a ver el océano. ¿Santa Mónica? ¿Es lo suficientemente distinguido para ti?

—Tú, yo, tu pick-up, La ruta 66: de ahí saldría una película muy mala.

—Por eso te lo he propuesto. ¿Vamos?

Sonríe. Sonrío.

Y la noche cae arrastrándonos, envolviéndonos.

Los veinte minutos de carretera que nos separan de la bahía de Santa Mónica transcurren en total silencio.

A excepción de la música que suena entrecortada en la radio.

Puede que yo esté a punto de creer que este anodino paseo no lo es tanto, que este coche me induce a traspasar nuevos límites con cada kilómetro recorrido.

Puede que Vadim esté pensando en otra cosa, sin más.

En cada semáforo rojo su mirada se pierde en el vacío y de vez en cuando tengo que decirle: «¡Verde! » para que arranque de nuevo.

Conduce con el codo izquierdo apoyado en el borde de la ventanilla, peinándose y despeinándose el pelo ondulado una y otra vez con la mano.

Procuro no fijarme en su belleza, aunque tengo la impresión de que la redescubro cada vez que lo miro.

Nunca había visto unas pestañas tan largas en un chico.

Ni unos labios tan bien definidos en un rostro tan varonil.

Hay cierta perfección oculta en todas sus imperfecciones.

Después de aparcar el coche, caminamos hasta el muelle suspendido sobre pilotes que domina la playa y el océano. Aún deambulan algunos transeúntes, sobre todo parejas de enamorados que caminan lentamente por el espacioso puente de madera.

Hacemos una breve parada para pedir dos refrescos. Vadim añade una bolsita de Skittles y paga.

La noche ya ha caído del todo y los pescadores han abandonado el extremo del muelle donde suelen ponerse.

Nos apoyamos en la barandilla desgastada, el uno junto al otro, rozándonos, pero sin decirnos nada.

Las luces fluorescentes de la gran noria se reflejan en el agua, las vistas del océano Pacífico me dejan sin aliento.

O puede que se deba a que nunca respiro muy bien cuando estoy cerca de Vadim.

El viento marino me provoca un escalofrío; ahora me arrepiento de no haber cogido el puñetero jersey.

Vadim se mete un caramelo en la boca, me pasa la bolsa y por fin rompe el silencio.

—¿Sabías que aquí mismo se rodaron algunas escenas de Titanic ? Y también de Forrest Gump . Cuando él y su camarada de guerra, aquel que era un poco tonto, ya sabes, compran un barco camaronero.

—Bubba. Me encanta esa película.

—¿Has visto Titanic varias veces? —me pregunta Vadim sonriente.

—Me gusta el océano, me cae bien la gente ingenua, la envidio. ¡Y me encantan los Skittles!

Me decido a deslizar los dedos en la bolsa de caramelos Skittles que me sigue tendiendo, pero no logro coger ninguno.

Sospecho que Vadim está apretando el puño para impedírmelo.

Observa cómo lo intento en vano, yo lo miro mientras me hace quedar en ridículo, y entonces se desata el drama.

Clavo mi mano con todas mis fuerzas en la suya, él suelta la presa y los caramelos de colores vuelan en todas direcciones antes de caer al agua.

Resulta casi bonito.

—¡La has soltado! —exclamo.

—¡La has tirado! —me replica.

—Eso era lo que querías, ¿no?

—Al menos he podido comerme uno.

Me mira con insolencia, con esa jodida sonrisa de seductor en los labios. Me consuelo tomando unos sorbos de mi refresco.

—¿Te vale con la pajita, o también quieres que te sostenga el vaso?

—No sé cómo me estoy reprimiendo de arrojártelo a la cara.

—Yo tampoco lo sé. ¿Serías capaz de hacerlo? —me desafía.

Dudo durante una milésima de segundo. Quizá una milésima de más.

—Vale, ¿Tom Hanks o Leonardo DiCaprio?

—Hanks, sin duda —mascullo.

—¡Tiene sesenta años como poco!

—Al menos no se acuesta con chicas que son la mitad de jóvenes que él. Y además no has especificado para qué debía elegirlo.

—Teniendo en cuenta que te lo montarías con Abrams, tu respuesta tiene sentido.

—De eso nada. Pero al parecer, solo basta con mirar a Vadim Arcadi para que pienses que toda la humanidad quiere acostarse contigo.

—Ah, entonces ¿tú también quieres acostarte con Vadim Arcadi?

Abre de par en par sus bonitos ojos, haciéndose el inocente.

—¡Ni loca!

—Así pues, ¿qué preferirías, morir o acostarte con Abrams?

—Morir… No, a decir verdad, me quedo con Abrams, después de todo no creo que sea algo tan terrible.

—Te veo muy indulgente. ¿Morir o casarte con Timothy Wallace?

—¡Eres terrible! ¿Morir o salir con Hannah Goldberg?

—¡Mátame aquí mismo!

Se baja el jersey gris y deja al descubierto la piel desnuda a la altura de su corazón.

—¿Clémentine d’Aragon o Nicki Scott?

Hago todo lo posible por apartar la mirada de su pecho, cuyos músculos puedo intuir.

—Nicki para una noche, Clémentine para toda la vida. Pero en cualquier caso prefiero morir.

Nos pasamos gran parte de la velada debatiendo, tomando decisiones improbables entre Guatemala y Guatepeor, sacando a relucir mutuamente nuestros puntos débiles, hablando de relaciones, de amistad, de sexo sin parar, y también discutiendo sobre cine, cuando el terreno se vuelve demasiado resbaladizo.

A pesar de nuestras diferencias, coincidimos en que Gattaca es una obra maestra del siglo pasado.

No puedo creerme que considere mediocre La milla verde , Los puentes de Madison muy mala y Bailando con lobos una sucesión de tópicos. «Son películas para hacer llorar».

—Bueno, es un topicazo, pero como veo que te están castañeteando los dientes, te dejaré mi cazadora.

—¡Antes prefiero morir!

—Vamos, me encantaría ver a Alma Lancaster con una cazadora de cuero, aunque solo sea una vez en la vida.

Me lanza un enésimo desafío con los ojos, pero el teléfono me salva de cometer una estupidez. Rebusco con torpeza en el fondo de mi bolso, con las manos entumecidas por el frío y logro descolgar en el último instante.

—Alma, son las doce y veinte. Espero que ya estés de vuelta.

—Sí, papá, ahora iba a llamarte.

El estrés se apodera de mí. Tapo el auricular con la mano para advertir a Vadim de que mi padre está al aparato.

Le echa un rápido vistazo al reloj y se golpea la frente con un gesto teatral.

Me susurra: «Quédate». Mientras mi cerebro se activa y gira a toda velocidad, Vadim sigue susurrándome cada vez más alto, se planta frente a mí y me lanza un nuevo desafío con su insistente cantinela: «Quédate, quédate, quédate, quédate».

—Alma, ¿estás ahí? ¿Va todo bien?

—¡Sí! Bueno, no. Clémentine se ha mareado al salir del cine. Pero ya está bien. La he acompañado a su casa y…

Vadim empieza a bailar una danza de la victoria, silbando y dando saltitos a mi alrededor. Lo obligo a guardar silencio tapándole la boca con la mano. Él se detiene y alza las manos. Siento sus cálidos labios contra mi palma.

—¡Es la de ella esa voz que se escucha detrás? ¿La ha visto un médico? ¿Alma, necesitas que vaya?

—No, no, es… ¿sabes?… cosa de chicas.

—Ah, entiendo.

—Si os parece bien me quedaré con ella. Me prestará lo que necesite para mañana. No me atrevo a dejarla sola.

—Alma, ya sé que Clémentine es muy importante para ti, pero esto no es lo que habíamos acordado.

—Las hemorragias menstruales tampoco formaban parte de nuestro acuerdo. Papá, estoy en su habitación del campus, no corro ningún peligro, estoy pasando la noche con mi mejor amiga, como he hecho miles de veces. Eso es todo.

Mi padre duda, y yo me escucho a mí misma mintiéndole como si llevara toda la vida haciéndolo.

—Llámame a cualquier hora si surge algún problema, y mañana por la mañana, a primera hora, para decirnos que todo va bien

—¡Te lo prometo! Buenas noches, papá.

Cuelgo y retiro la mano de la boca de Vadim, que no se ha movido ni un centímetro. El corazón casi se me sale del pecho. No sé si es por la mentira… o por la verdad que me niego a afrontar. Si es la hazaña que acabo de llevar a cabo… o todo lo que esta implica.

O puede que sea por ese primer contacto físico.

—Mentirosa profesional, entre otras muchas cosas… —comenta con ironía el chico alto y moreno que acaba de dar un paso atrás—. No dejas de sorprenderme, Lancaster. ¿Así que toda la noche, eh?

—Te lo advierto, no pienso dormir en la playa ni en tu coche. Estoy muerta de frío.

—Entonces vamos a mi casa, pero solo si te pones mi cazadora.

Empieza a quitársela y el pánico me invade.

—Más te vale que me cedas tu cama —murmuro.

—No hay problema. Siempre y cuando yo también esté en ella. —La situación se me escapa de las manos por completo.

—Tú sueñas, Arcadi.

Arropada por la calidez de su cazadora, aprovecho el trayecto en coche para llamar a Clémentine y ponerla al corriente del giro de los acontecimientos.

Lo hago tanto para cubrirme las espaldas como para escuchar una voz familiar.

Necesito saber que no estoy a punto de cometer una estupidez descomunal.

Pero todo lo que obtengo son sus agudos chillidos y su risa nerviosa.

Ella no me dice que dé media vuelta, que huya, que vaya a su casa, o que vuelva a la mía.

Ella me deja vivir. Vivir a mi manera.