Solos contra todos (TU + YO 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

Nunca había mantenido una conversación tan larga, tan profunda con mis padres como la de ayer por la noche.

Cuando mi padre terminó de manifestar su enfado y mi madre su angustia, se tranquilizaron.

Entonces pude explicarles que no me había dado cuenta de que el tiempo había pasado tan deprisa y que sentía mucho haberlos preocupado.

Pero también me atreví a explicarles que necesitaba más libertad. Que siempre había sido una chica razonable, digna de su confianza, y que ya iba siendo hora de que me permitieran tener dieciocho años. No doce.

Ignoro de dónde saqué toda esa audacia, toda esa determinación.

No es verdad.

Se llama Arcadi Vadim.

Seguí explicándoles que tenía la sensación de que solo existía si estaba con ellos, en su casa, a través de ellos, y de mis ganas de emanciparme.

Parecían desconcertados, pero se mostraron comprensivos.

Aproveché para decirles que los quería, que eran unos padres maravillosos y no pretendía decepcionarlos, pero que debían permitirme crecer si querían que llegara a ser alguien.

Nunca pensé que sería capaz de hacerme oír ante ellos.

Acabaron dándome la razón, aunque pusieron sus condiciones: que me centrase en cuerpo y alma en mis estudios, que respondiera siempre a sus llamadas y que no traicionara su confianza.

Sin duda esta última promesa sería la más difícil de cumplir.

Sin embargo, acepté el compromiso sin titubear y ellos me abrazaron con fuerza.

Entre lágrimas, mi madre me llamó por los apelativos cariñosos que empleaba cuando yo era pequeña, no sé si para hacerme enfadar o para despedirse de la niña que he dejado de ser.

Mi padre, con una amplia sonrisa, confesó que estaba muy orgulloso de mí y de la «persona» en la que me había convertido.

Me fui a dormir con el corazón ligero y la cabeza llena de imágenes y pensamientos alocados.

* * *

Esta mañana he llegado antes a la facultad para cumplir tres objetivos: lograr que Tim, a quien no he vuelto a ver desde anoche, me perdone; encontrarme con Vadim para asegurarme de que la velada de ayer no fue un sueño; y buscar a Clémentine para contárselo todo. Aunque no sé en qué orden.

En primer lugar, encuentro a mi novio en el campus con cara de pocos amigos.

Él es tan rubio como Vadim moreno, tan solar que el otro resulta tenebroso, tan de fiar que Arcadi me parece peligroso.

Le doy un beso para ahuyentar su inquietud y él me lo devuelve.

Ya más tranquilo, recupera la alegría de vivir y el orgullo al mismo tiempo.

Aún sigo entre sus brazos cuando Vadim pasa por allí y nos da un breve empujón con su mochila al hombro.

Como no podía ser de otro modo, Tim responde a la provocación.

—¿No piensas disculparte, Arcadi?

—¿Por qué? Ah, es que no os había visto. Lo siento, colega.

—¿Qué me has dicho? Deja ya de hacerte el listo conmigo…

—Acabo de decir que lo siento. ¿No sabías que es sinónimo de pedir disculpas?

Vadim dice esas palabras exagerando la pronunciación y Tim se cabrea.

—¡Lárgate de aquí! ¿No ves que estamos ocupados?

—Sí, ya lo veo. Alma, aprovecha para explicarle el significado de la palabra «sinónimo».

—¡Voy a romperte los dientes como no borres esa sonrisa de mierda de tu cara!

Tim alza la voz y noto que está empezando a perder la sangre fría. Retrocedo unos pasos y me libero de nuestro abrazo.

—Vale ya, ¿han terminado ya de una vez los machos dominantes? —intervengo, lanzando un suspiro.

—Me estoy dirigiendo a Alma. ¿O acaso no tiene derecho a responder cuando está contigo?

—Te he dicho que te pires.

—¿Has cambiado de opinión sobre mis dientes? —lo provoca de nuevo Vadim sin dejar de sonreír.

—¡Ya os vale a los dos, parad de una vez!

—Oh, Wallace, ¿has visto? ¡Ha hablado sin tu permiso!

—Joder, Arcadi, ¿qué pasa contigo? —le replica Tim sacando pecho.

Vadim se acerca despacio, con la mirada fija y las manos en los bolsillos de sus tejanos negros.

Arrogante, apunta con el mentón hacia mi novio y espera sin pestañear.

Tim se planta frente a él y avanza, cada vez más tenso.

De pronto, mi compañero de grupo desliza discretamente un pequeño pedazo de papel en el hueco de mi mano libre y se aleja de espaldas.

—Hasta la próxima, Wallace. Alma, te dejo que le metas la lengua en la boca, así evitarás que diga tonterías.

Ese gilipollas me está diciendo que bese a mi novio, y lo peor es que eso me produce una sensación… desagradable.

Siento un pequeño pinchazo en el pecho. Pero no me da tiempo a seguir preocupándome: impido como puedo que Tim salga tras él mientras oculto el trozo de papel secreto en el bolsillo.

Tengo que esperar hasta ir a los aseos para desplegarlo con manos temblorosas y descifrar la anárquica caligrafía de Vadim.

Mismo lugar, misma hora, esta noche.

Esto NO es una segunda cita.

V.

La frase me hace sonreír y me pregunto si debería arrojar el mensaje al remolino de la cisterna.

Finalmente, vuelvo a doblarlo con cuidado, lo guardo y cierro los ojos mientras un familiar estremecimiento de excitación asciende por mi nuca.

Salgo de los aseos y me apresuro a cruzar el campus para llegar a mi próxima clase y ver por fin a Clémentine.

—¡No me lo puedo creer! Esto solo puede pasarte a ti. Parece una comedia romántica con un toque «dramático».

—Sí, bueno, aunque no estoy segura de querer ser la heroína de esta historia.

—¡Pero puede ser genial! Normalmente, en la película, la chica se enamora del chico malo y se da cuenta de ello cuando va a acostarse con el chico bueno, que es un muermo, ¡y entonces le confiesa que no puede casarse con él!

—¡No voy a acostarme con nadie, y aún menos a casarme!

—Ah, entonces lo más probable es que haya sexo…, pero no con quien yo creo. ¡Alma, tú ya te has enamorado!

—¿De quién?

—¡Adivínalo! —grita mi amiga en medio de la clase.

—¡Shhh! Clem, hace quince años que te conozco y aún no has aprendido a hablar en susurros…

—Lancaster, D’Aragon, yo no retengo a nadie contra su voluntad. Si esto no os interesa, podéis salir —nos espeta el señor Abrams, que desde luego no tiene un buen día.

—Lo siento, señor, ha sido culpa mía —se disculpa Clémentine con una sonrisa.

—¿Acaso tengo pinta de poli? Me da igual que os delatéis la una a la otra.

Y también me da igual si faltáis a clase.

Pero, Lancaster, dile a tu compañero que está a punto de echar a perder el curso.

En fin, no soy yo quien os paga la matrícula.

D’Aragon, ¿podemos proseguir, o todavía tiene que soltar algún grito más?

—Creo que ya es suficiente —responde mi amiga al borde de la carcajada.

Vadim no ha pisado la facultad en todo el día.

Sigo sin saber qué proyecto de fin de semestre voy a presentar, aún no he cumplido el tercer objetivo del día y tampoco he decidido qué haré por la noche.

Después de clase, Clémentine y yo vamos a pasar el rato al Sunset, con los del equipo de baloncesto.

La idea ha sido de ella, porque se ha encaprichado de Cassius Banks, un chico negro alto y simpático con unas rastas cortas que mueve todo el tiempo.

«Tiene los bíceps más bien definidos de todo el equipo y el trasero más bonito», según ella.

Aunque, para mi gusto, viste unas camisetas sin mangas demasiado holgadas y unos pantalones baggy demasiado caídos.

Pero allí, sentada junto a mi novio, no consigo entrar en la conversación.

La programación de los próximos partidos, el legendario mate del capitán, las proezas de la nueva cheerleader y las últimas Jordan con una amortiguación alucinante me dejan indiferente.

Ni siquiera los rumores de que el entrenador está saliendo con una jugadora del equipo femenino logran captar mi atención.

Y el nuevo coche de Tim con todos los extras incluidos tampoco me dice nada, solamente me recuerda el cacharro de Vadim Arcadi.

Todo me reconduce a él.

¿Por qué ni siquiera hay luz en el techo de su pick-up? ¿Acaso forma parte de la trampa?

Aquí estoy yo, balanceando las piernas en el vacío y escuchando cómo discuten sin intervenir.

A lo lejos observo a Clémentine jugando con las trenzas de Cassius, que no parece indiferente a su juego.

De vez en cuando siento la mano de Tim acariciándome la espalda, el costado o el muslo. Me aparto discretamente.

¿Por qué permití que Vadim tirase de mi jersey, sabiendo lo que sería capaz de hacer?

Las conversaciones se suceden una tras otra, en bucle, con los temas de siempre: el dinero, el deporte, las fiestas y las historias del corazón.

No recuerdo que eso me molestase hasta ahora.

Diría que hasta me sentía orgullosa de ser la novia del capitán, el más guapo y el más popular.

Orgullosa de que me hubiera escogido a mí, feliz de poder integrarme, tranquila al pensar que contaba con alguien que me protegería, que me mimaría.

¿Por qué el hecho de ha ber pasado una hora encerrada en un coche arreglando el mundo convierte todo lo demás en algo superficial, soso, sin interés?

Me aburro, me asfixio, me pregunto qué estoy haciendo aquí, ya no siento que este sea mi sitio. Me levanto y tiro del brazo de mi mejor amiga para que me acompañe al baño.

—Clem, basta con decir que esta noche tenemos sesión de cine, solo las chicas.

—¡Ja, ja, por fin te has decidido!

—Creo que sí…

Veo en sus ojos que está orgullosa de mí.

—Estoy hasta las narices de este sitio, ¿nos vamos? —le propongo.

—¡Estás de broma! Cassius Banks está a punto de besarme…

—Tengo la impresión de que le gustas. Se le agitan las rastas cada vez que te mira.

Ella lanza un gritito agudo y se abanica con la mano.

—¡Dilo conmigo, Alma! Repite: «Pronto yo no seré la única que tenga citas secretas…».

Obedezco, y ella gira sobre sí misma de alegría.

—¡Vale a lo de esta noche, pero después me llamas!

Mis padres no tendrán nada que objetar a esta sesión de cine con mi mejor amiga deprimida.

Precisamente, aprovechan la cena familiar para interesarse por ella y me sugieren que la vea más a menudo.

También se sorprenden de que ya no les hable sin parar de ese profesor al que tanto admiro ni de mis estudios.

Por mi parte, a mí misma me sorprende que no les haya hablado del proyecto de cortometraje, y mucho menos de quién es mi compañero de grupo.

Por el contrario, les hablo del futuro novio de Clémentine, el flamante coche de Timothy, mis clases de Historia del Cine y las últimas frases lapidarias del señor Abrams.

Tras unas cuantas recomendaciones y una visita al baño, por fin puedo salir de casa. Aunque una vez más, mi hermano mete las narices en mis asuntos.

—¿Realmente necesitabas cambiarte de ropa y retocarte el maquillaje para ir a ver a Clémentine? ¿No sabías que en un cine todo está a oscuras?

—¿Y tú no sabías que en este mundo hay gente que se pone algo más que unos tejanos y un jersey azul marino para vestirse? ¿Y que podrías buscarte otro pasatiempo que no consistiera en joder a todos los que te rodean, Basile?

—¡Esa boca, Alma! —exclama mi madre desde el sofá del salón, alzando la nariz de su enorme novela—. Y coge un jersey, que en esta época del año refresca.

—Hasta luego, mamá. No me esperes despierta.

—Te quiero aquí a medianoche, Alma, ni un minuto más —añade mi padre por enésima vez.

—Ya lo sé. Aquí estaré.

Por último, le hago un último gesto con la cabeza a Georgia, nuestra ama de llaves, a la que adoramos desde hace años, que está a punto de irse a dormir. Cuando cierro la pesada puerta tras de mí, ella me hace un afectuoso guiño.

Y vuelvo a sentir el pequeño pinchazo en el pecho.