Solos contra todos (TU + YO 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

Mi padre no tuvo el menor problema a la hora de encontrar nuestra casa de Los Ángeles un mes antes de que aterrizásemos aquí.

Hizo unas cuantas llamadas, un viaje de ida y vuelta desde París dedicando un único día a visitar propiedades, y un segundo viaje con mi madre para mostrarle esta villa.

«Seguro que te encantará», le dijo, como suele repetirles a sus clientes.

Al cabo de una hora ya teníamos nuestro nuevo hogar, que yo no descubrí hasta nuestra llegada a Estados Unidos este verano.

Esta lujosa mansión está situada muy cerca de la facultad, lo cual nos viene que ni pintado a Basile y a mí. Se encuentra en el elegante barrio de Westwood, ideal para mi padre. Además, ya está amueblada y decorada siguiendo un estilo clásico, distinguido y atemporal, tal como soñaba mi madre.

A Lily, en cambio, le ha parecido «demasiado beige».

Paredes de un blanco roto en todas las estancias, moqueta color crema en la planta de los dormitorios, una gran cocina familiar con multitud de armarios blancos y una isla central de madera clara, un inmenso salón con sofás y sillones tapizados en color arena y una chimenea de mármol color topo sobre un piso de roble macizo.

Todas las cortinas y cojines, elegidos por mamá, son de lino crudo, «para que haya más luz».

No obstante, tuvo serias dudas con la tonalidad «cáscara de huevo».

Los seis dormitorios y los tres baños tienen los mismos tonos, salvo el de Lily, multicolor y «customizado» a su gusto.

En cuanto a la mía, me he contentado con colgar una guirnalda luminosa y unas cuantas fotos en una pared.

Probablemente Abrams diría que la habitación tiene tanto carácter como yo.

Los tonos oscuros se han reservado para la gran terraza que hay detrás de la casa: mobiliario de jardín en ratán de color chocolate, enormes macetas de terracota color óxido con flores, paredes vegetales y tablas de maderas exóticas alrededor de la imponente piscina.

Esta mansión es el orgullo de mi madre, pero ella siempre se hace la modesta cuando los Wallace entran y se quedan boquiabiertos.

Llegan puntuales, como siempre, con Timothy y su segundo hijo, Matthew, una copia exacta del primero y que hace todo lo posible por demostrar que también existe. Tiene catorce años y le gusta mi hermana pequeña, pero Lily sabe perfectamente cómo mostrarse hostil cuando quiere.

Tomamos el aperitivo en la terraza aprovechando las agradables temperaturas del otoño californiano y después los nueve nos sentamos a la mesa mientras yo observo mi reloj de reojo.

Tim me hace varios cumplidos a propósito de mi vestido sin mangas azul marino y yo me pregunto si no me habré pasado, tanto por la escenita de antes como por la cita posterior, aunque en realidad no sea una cita propiamente dicha.

Ya estamos tomando el postre cuando veo que la aguja del gran reloj del salón se acerca a la hora fatídica de la llamada telefónica.

Procuro controlar mis gestos de nerviosismo, sin conseguirlo.

Mi novio me da un discreto golpecito con el pie por debajo de la mesa, pero mi pierna, que no para de agitarse, le envía señales contradictorias; él me dedica una sonrisa pícara que procuro ignorar.

La llamada de Clémentine suena por fin, descuelgo y me alejo, bajo la mirada reprobatoria de mi padre.

—¡Estamos en la mesa, Alma, eso puede esperar!

—Clem debe de tener algún problema; si no, no me llamaría a estas horas.

Suelto el cuento lo mejor que puedo y cuelgo enseguida.

Vuelvo a la mesa y dejo caer mi trola lo más deprisa que puedo para zanjar el tema.

La tensión nerviosa que estoy sufriendo por el hecho de mentirles contribuye a hacer más creíble la escena.

Pero mi madre parece sentirse tan compungida por mí como por mi amiga.

—¡Lo siento, pero no puedo dejar que pase sola la noche, está fatal!

—Dile que venga a casa, puede dormir aquí —propone mi padre.

—Ella no quiere ver a nadie, y menos a un adulto. Solo será ir y volver, y en cuanto vea que está mejor, me marcho.

—¡Que te acompañe Timothy! —exclama el señor Wallace, lanzándole una mirada apremiante a su hijo.

—No es necesario, está muy cerca. Acabad de cenar tranquilamente, yo estaré de vuelta en una hora como máximo.

—¿Estás segura, Alma? A mí no me importa acompañarte.

—No te preocupes, Tim, no pienso privarte de esta tarta pavlova…

Le sonrío a mi novio ideal —según todos los presentes—, que ya se ha servido dos raciones.

—Y además ya conoces a Clémentine, no tiene ganas de ver a nadie cuando se pone así.

Retrocedo lentamente hacia la salida, rezando para que mi verborrea haya bastado para convencerlos.

—Date prisa, y llévate un jersey, que a esta hora suele refrescar —me susurra mi madre, tan preocupada por mí como por la buena marcha de su cena.

—¡Y vigila cuando cruces la calle, Alma! ¡Y sobre todo no hables con desconocidos! —añade Lily.

Su pequeña parodia me ha salvado. Los comensales sonríen y las dos madres de familia se enfrascan en una conversación sobre las preocupaciones de los padres y lo difícil que resulta dejar volar a los hijos.

Yo aprovecho para escabullirme tras darle un beso en la mejilla a Tim, al que noto un poco receloso. Aunque mucho menos que mi hermano, que me observa fijamente entornando los ojos, como si tratara de descubrir si oculto algo.

Camino a paso ligero por la calle —apenas puedo creerme que me haya salido bien la jugada— y echo a correr en cuanto la casa deja de estar a la vista.

De camino al Sunset, apenas sin aliento, llamo a Clémentine para contarle toda la escena.

Emocionada me dice a gritos que está muy orgullosa de mí y me da los últimos consejos para que la «Operación Rusa» sea un éxito.

* * *

Me encuentro a Vadim apoyado en la barra del café y, dejándome llevar por el momento, sin pensarlo dos veces le doy una palmada en el hombro revestido de cuero. Él se vuelve de golpe y su pelo castaño revolotea sobre su cabeza.

Y al instante sus ojos se funden con los míos.

—Justo a tiempo, Lancaster. ¿Te han dejado salir?

—Puedo marcharme otra vez si piensas burlarte de mí toda la noche.

—Puedes quedarte —añade con una sonrisa—. Pensaba que no vendrías.

—¿Qué querías decirme?

—«Toda la noche», ¿eso quiere decir que tienes permiso hasta medianoche? ¿Nos sentamos? ¿Qué te apetece tomar?

—En realidad, dispongo de cuarenta y cinco minutos. Ni uno más.

—¿Cuarenta y cinco? ¿Bromeas?

—La verdad es que no, deben de quedarme treinta y dos minutos, si cuento el trayecto de vuelta.

Entorna los ojos, con aire descontento, y se pone a jugar con su vaso. En el interior, el líquido transparente forma pequeñas olas.

—Resumiendo, has venido para decirme que no podías venir.

Su voz ahora suena como un gruñido.

—¡He hecho lo que he podido, me he presentado! Y sigo esperando a saber por qué.

—Así que he logrado intrigar a la niña modélica… ¿Y se ha escapado de casa por mí?

Le quito el vaso de la mano y lo golpeo contra la superficie de la barra.

—Vale, ¿qué quieres de mí, Arcadi? ¿Te aburres? ¿No habías quedado con nadie? ¿O simplemente te apetece humillarme?

Vadim se gira hacia mí. Su sonrisa arrogante ha desaparecido por completo.

—Solo pretendía que pudiéramos hablar sin tu belicoso guardaespaldas y sin tu amiga fisgona. Y sin tener que hacerlo porque Abrams te lo ha pedido.

—El señor Abrams cree que formamos un buen equipo, que podemos llegar lejos, solo con que…

—¡Me importa una mierda lo que él piense! Es un fracasado que cree que soy su hijo espiritual. Y en cuanto a ti, solo busca…

—¡Eso no es cierto! A ver, ¿qué quieres?

No sé qué acaba de pasarme. Vadim Arcadi me convierte en una chica que desconozco; impulsiva, provocadora. Pero cuya naturaleza tímida vuelve a imponerse con demasiada rapidez. Me ruborizo, y ya no sé qué hacer conmigo misma.

—Si solo nos quedan treinta minutos, tendrás que reconocer que es muy poco tiempo —responde con expresión divertida.

—Eres un presuntuoso. Y acabamos de desperdiciar cinco minutos. Si no tienes nada más interesante que ofrecerme, me voy…

—O, por una vez, no haces lo que se espera de ti.

—¿Lanzarme desafíos se ha convertido en tu nuevo pasatiempo?

—Sí. No eres capaz de pasar la noche fuera.

—No, sobre todo porque no me apetece.

—¿Aunque yo me llamase Timothy Wallace?

—Tim nunca me propondría algo así. Me acompañaría a casa para que llegara a la hora.

Vadim alza los ojos al cielo en señal de desprecio y se queda pensativo.

—Si te llevo en coche te ahorrarás el tiempo del trayecto de vuelta, ¿no?

—No pretenderás que me monte en tu cacharro.

—¿Porque no es lo suficientemente bueno para ti, o porque tienes miedo de lo que pueda pasarte?

Esta vez no me dejaré liar. No pienso concederle esa victoria.

—¿Por qué crees que te tengo miedo, Arcadi?

—Ah, no, lo que yo creo es que tienes miedo de ti misma, Lancaster. De lo que podrías llegar a tener ganas de hacer. Además, ¿por qué no te has ido aún?

Por primera vez percibo su deslumbrante sonrisa de seductor. No la que juzga, desdeña o se burla, no la que promete la luna. Y mi traicionero corazón se acelera.

Creo que ya sé por qué ninguna estudiante se le resiste.

Es desconcertante, guapísimo, siempre tiene una respuesta a punto.

Sus fascinantes ojos grises son la encarnación de la pureza, pero en el fondo su mirada te hace intuir mil peligros.

Además, es difícil no caer rendida ante la pequeña cicatriz blanca que se recorre su labio inferior cuando sonríe.

—De acuerdo, me acompañarás a casa. Al menos, si conduces, no tendré que mirar de frente esa cara tuya tan segura de sí misma. Pero nada de desvíos ni falsas averías, iremos directos a mi casa.

—¿Sabes una cosa? Mi «cacharro» no es fácil de controlar. Con él uno nunca puede estar seguro de nada.

—¿Sabes? Mi espray de pimienta tampoco es fácil de controlar en cuanto sale de mi bolso Chanel…

* * *

Ya llevamos hablando más de una hora de esto y de aquello, de la facultad, de las clases…

Mucho de mi vida, un poco de la suya, de los otros estudiantes, de la promoción, de aquellos a los que detesta y de los que tolera, de Abrams y del proyecto que aún no hemos decidido, de las películas que le gustan y de mis referentes, que a menudo le parecen un rollo, meros clichés.

Como ya ha transcurrido más de una hora, le digo que tengo que volver a casa y cojo el teléfono, que ha recibido un montón de llamadas perdidas. De mis padres, de mi hermano, de Tim y de Clémentine.

El móvil sigue vibrando en la palma de mi mano, iluminando intermitentemente el habitáculo de la pick-up sumido en la oscuridad.

A Vadim parece divertirle, y me desafía a quedarme más rato.

Le explico la estratagema que he urdido con mi mejor amiga: no para de reírse.

Finjo que estoy ofendida y mi reacción lo enternece.

Hace más de una hora que me he olvidado de todo.

De mi madre, que debe de estar muerta de inquietud; de mi padre, que me va a matar; de mi novio, que estará de morros.

Yo no conocía el sabor de la libertad, el estremecimiento que te provoca desafiar lo prohibido, pero ya siento que le he cogido el gusto, y que tendré que pagar un precio por ello.

Ahora sí que ha llegado el momento.

Me bajo del coche, Vadim lo ha aparcado a unas cuantas casas de la mía. Doy la vuelta al vehículo para situarme delante de la ventanilla abierta de mi chófer mientras juego nerviosamente con un botón de mi chaqueta para tener las manos ocupadas. Me está costando un montón separarme de él.

—Han sido los treinta minutos más largos de la historia —me susurra Vadim sin dejar de mirarme.

—Siento mucho haberte hecho pasar una velada tan desastrosa…

—Un auténtico calvario. Estoy muy contento de que se acabe.

Miente.

—Lo mismo digo. Creo que te detesto aún más de lo que pensaba.

Yo también acabo de mentir.