Solos contra todos (TU + YO 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

Vadim no ha regresado.

Nadie se balancea en la silla que hay al fondo de la clase, y la que tengo a mi lado está desesperadamente vacía.

Todos los estudiantes se han sentado por parejas: los hay nerviosos, enfadados, satisfechos, revolucionados y visiblemente entusiasmados tras pasarse una hora reflexionando intensamente.

Yo me he pasado la primera mitad de la mía discutiendo con mi compañero y la segunda preguntándome dónde estaría y qué podía presentarle al profesor.

Cuando el señor Abrams aparece de nuevo, arrastrando consigo una repulsiva nube de humo de tabaco y un café frío, en el aula reina un alegre ambiente de caos.

Los olores en cuestión bastan para acallar a la multitud, aunque también podría deberse al aura que desprende el profesor…

Su abrumadora presencia acentúa en mayor medida mi incomodidad.

Lanzo una mirada nerviosa a la puerta y rezo para que esta se abra y aparezca un sombrío Vadim, mascullando una frase inaudible a modo de excusa por su retraso.

Pero nada, ni un ruido ni movimiento ni siquiera unos pasos lejanos en el pasillo que me permitan albergar esperanzas. Solo el silencio de los diligentes alumnos, ansiosos porque les pregunten, y el del profesor, que mantiene el suspense y nos observa con una mirada curiosa y deliberadamente cruel.

Nos va a dar un buen repaso a todos, a mí la primera. Y ni siquiera contaré con un solo aliado para hacerle frente…

Abrams comienza la ronda de presentaciones con el improbable dúo Lee-McPherson, que se lleva las primeras críticas, aunque salen más bien airosos.

«Hay idea, pero falta fondo; debéis profundizar más».

La pareja Scott-Perkins pierde impulso por culpa de las zalamerías de Nicki.

«Aletear las pestañas no es un tema. ¡Menos postureo y más materia!

». Clémentine supera la prueba con creces tras dejar hablar a su compañera de equipo, la brillante Hannah Goldberg, cinco años mayor que nosotras y a la que toda nuestra promoción llama la Spielberg.

«¡D’Aragon, usted brilla por su ausencia, lo cual en este caso no está nada mal! ».

Las exposiciones y las sentencias se suceden. Yo me estoy derritiendo mientras trato de dar con una idea brillante en el mejor de los casos, y en el peor, con una excusa creíble.

No, mi abuela no ha podido morirse entre este último rato y ahora mismo…

Cuando ya todos han pasado por la criba de Abrams, me encojo en mi silla, furiosa por la huida de Vadim, decepcionada por él, por mí misma, por Tim, y mortificada por la mera idea de causar una decepción.

Pero justo cuando Clémentine me lanza una mirada que pretende ser alentadora, el profesor se salta mi turno e inicia un vibrante monólogo sobre la inspiración.

Suena el timbre salvador. Mis compañeros, arrobados de admiración, no parecen tener prisa en abandonar el aula, así que yo aprovecho para escabullirme hacia la salida. Pero una voz ronca me frena en seco:

—Lancaster, no tan deprisa. No me gusta ver que entregas el examen en blanco, pero aún me gusta menos ver que te vas como una ladrona. ¡Sé franca conmigo! ¿Arcadi te lo está poniendo difícil? ¿Se ha negado a trabajar contigo?

—No, no, señor. No hemos llegado a ponernos de acuerdo, eso es todo. Pero trabajaremos en ello.

—Ah, así que te ha enviado sola al frente. ¡Menudo caballero!

—Le ha surgido un imprevisto. Tenía que hacer algo muy importante.

—Tampoco me gusta que me mientas. ¿Por qué lo encubres?

Lancaster, me inclino a pensar que es debido a tu educación, pero no tienes por qué pasarte la vida defendiendo a huérfanos y viudas.

No les debes nada. ¡Así que deja de sacrificarte!

¡Sal de las sombras! ¡Créeme, tú podrías brillar con luz propia si no te empeñases en apagarte!

¡Ay! La puñalada ha sido profunda. Lucho por contener las lágrimas.

—Lo siento, señor.

—¡Deja ya de disculparte, por lo que más quieras!

¡Pides perdón hasta por existir! Te he asignado esta pareja de trabajo para que demuestres lo que vales.

Sé que estás a la altura. Tus ojos irradian inteligencia, así como tu creatividad, tu sutileza, salta a la vista que tienes un gran potencial.

La única persona que no lo ve eres tú. Pero si no permites que aflore, te irá carcomiendo por dentro.

Te matará lentamente. No has llegado hasta aquí por ser la hija de Lancaster.

La película que presentaste para tu prueba de ingreso es extraordinaria.

—Gracias, señor Abrams.

—Alma, ¿comprendes lo que te estoy diciendo?

Llámame Leonard. Las buenas maneras deberían reservarse para los niños y ancianos.

¡Exprésate! ¡Libérate! Quiero que aceptes este desafío.

Hazte valer, imponte, domestica a Arcadi.

Porque él es tu mayor desafío. No lo es el cortometraje.

Ni el diploma. Ni siquiera que tu padre se sienta orgulloso de ti. ¡Se trata de tu vida!

—Es posible, pero no sé cómo hacerlo… —le respondo con un nudo en la garganta y los ojos repletos de lágrimas.

—Deja que Vadim Arcadi te zarandee. Que te derribe. Cuestiona todas tus creencias. Y cuando no sepas nada, ni siquiera cómo te llamas, entonces podrás existir. Quiero que cuestiones tu vida entera, como te estás cuestionando a ti misma en este momento. Que te cuestiones tú y que lo cuestiones todo.

—Lo intentaré, señ… Lo intentaré.

—Este es mi número privado. Llámame si algo va mal. Cualquier momento será bueno. No tienes ni idea de lo que te espera… Conviértete en quién eres realmente. Arcadi ya lo ha comprendido. Llegará lejos. ¡Y tú también, si al fin decides emprender el camino adecuado!

De repente no sé si este hombre es un pobre chiflado que no deja de divagar o un ser superior que me está revelando la verdad.

No sé si ha descubierto algo en mí y, para mi sorpresa, cree en mi potencial, o si simplemente me está halagando.

Tampoco sé si Vadim Arcadi a estas alturas puede cambiarme ni si realmente quiero que lo haga.

Me gusta mi vida tal como es.

O eso creo.

Sin embargo, todas estas posibilidades me producen vértigo.

Quisiera salir de la sala, correr, gritar con todas mis fuerzas en medio del campus, vaciar los pulmones y la cabeza.

Que cesen las dudas. Pero, en lugar de eso, el señor Abrams me conduce de nuevo a la puerta y, sin duda agotado tras pronunciar su monólogo, me invita a salir sin más dilación.

Aunque por fin vuelvo a respirar aire fresco, me cuesta creer lo que acabo de escuchar. Pero Clémentine se me echa encima de repente y me devuelve a la realidad.

—¿A qué viene esa cara? ¿El profesor te ha soltado un sermón?

—Sí, algo parecido.

—¡Pasa de todo! Tengo una cosa para ti.

—¿Ah, sí?

—¿No quieres saber qué es?

—¿Qué es?

—¡Eres de lo que no hay! ¡Vamos, Alma, suplícame un poco, porfa!

—…

—Es de parte de tu Romeo…

—¿Qué gilipollez es esa, Clem?

—Toma. Te estaba buscando. Y me ha dado esto para ti.

Si nadie te retiene esta noche, podríamos empezar de nuevo. Intentémoslo. Reúnete conmigo en el Sunset. 22 h.

V.

Releo mentalmente el mensaje al menos diez veces. Tanto para descifrar la caligrafía ilegible de Vadim como para cerciorarme de su contenido.

Es una invitación. Garabateada a toda prisa por la mano de un zurdo cabreado, o de un alumno de primaria, en un trozo de papel rasgado.

¿Una cita? Nunca en la vida. Él me detesta, no tendría ningún sentido.

¿Una reunión de trabajo? Pero ¿por qué en el Sunset Café?

¿Un lugar bullicioso, animado, que frecuentan muchos estudiantes de la facultad?

¿O será un desafío? Para que me vean con él.

Para que Tim no gane la partida. Entonces ¿por qué ha doblado el papel hasta dejarlo tan pequeñito, como si con ello protegiera el más inconfesable de los secretos?

¿A Vadim Arcadi le da vergüenza dar un paso más para acercarse a mí?

¿Darle una nueva oportunidad a la hija de los barrios pijos, después de haber sido humillado públicamente por su novio?

Balanceo mi peso de un pie al otro, nerviosa, perpleja, sin apartar el mensaje de mi vista.

—¿Qué te dice? —me apremia Clémentine, que ya ha dado muestras de una paciencia infinita.

—Que acepta trabajar conmigo.

—¿Eso es todo? ¡Pues vaya misterio!

—Esta noche, a las diez, en el Sunset.

—¡Ah, allí, eso ya me parece más interesante! ¿Irás?

—Tim y sus padres vienen a cenar a casa —contesto con voz robótica.

—¿Es que viven ahí o qué? ¡Los Wallace cenan en vuestra casa tres veces por semana!

—Casi. Normalmente los lunes y los jueves.

—¡Cancélalo, Alma! ¡Diles que esta vez no puedes!

—Sí, y que he quedado en un bar a las diez de la noche para hacer los deberes con un desconocido…

—¡Es la verdad! Iréis allí a currar, ¿no?

—Como si fueran a creerme…

—¡Pues busca otro motivo!

—En cualquier caso, no me dejan salir entre semana. No creo que haya solución.

—¡Encontraremos una! Aún tenemos toda la tarde por delante.

—¿Puedes seguir pensando mientras caminas? Llegaremos tarde a la siguiente clase.

—Espera, no he comido nada desde ayer por la noche, ¡voy a desmayarme si antes no tomamos algo!

—Vi cómo te zampabas dos Twix a las once. Aún tienes chocolate aquí.

Me río mientras apunto mi dedo hacia su labio.

—¡Mentira, lo he compartido con Andrew! Verás, me pidió un poquito, pero se tragó toda la barra de golpe. Me ha decepcionado y he decidido que no me casaré con él…

Mi mejor amiga, que nunca ha tenido suerte con Andrew, se ha propuesto hacerme reír y lo logra.

Pasamos el resto de la tarde cuchicheando en clase y urdiendo un plan.

Clem decide llamarlo la «Operación Rusa».

No sacamos nada en claro de esta cumbre, y yo sigo sin poder sacarme la cita de la cabeza. Y menos aún a Vadim Arcadi.

Ni siquiera tengo su número de teléfono para avisarlo de que no me presentaré. Y dejarlo plantado aún sería peor que declinar su invitación.

—Se lo tomará como una afrenta y nuestra pareja de trabajo implosionará definitivamente —le murmuro a mi aliada.

Pero ¿acaso esa no sería la solución a todos mis problemas?

Al terminar la última clase acompaño a Clémentine hasta su habitación de estudiante, demorando al máximo el momento de regresar a casa y prepararme para la cena. Me desplomo en su cama, exhausta.

Una melena pelirroja entra en mi campo visual mientras me dedico a mirar fijamente el techo. Mi amiga acaba de saltar de rodillas, haciendo temblar toda la cama.

—¡Ya lo tengo! —grita a dos centímetros de mi rostro.

—¡Mis tímpanos!

—¡He dado con la solución! Escucha: ve a la cena, no cambies nada de tu rutina. Entonces yo te llamo a menos diez, presa del pánico, llorando, como si estuviera medio ida.

—Eso seguro que lo harás de maravilla.

Sonrío mientras juego con uno de mis mechones.

—¿Y después?

—Una depresión de las gordas, mal de amores, sola en el mundo. ¿Y quién suele consolarme en estos casos? ¡Mi amiga del alma! Tienes que acudir en mi ayuda inmediatamente para subirme la moral. Porque no tengo a nadie más aquí, en Estados Unidos. Solo te tengo a ti, ¿entiendes?

—Ya lo he pillado, respira.

La abrazo.

—Vendrías, ¿a que sí?

—Por ti, siempre. Pero mi padre querrá acompañarme con el coche…

—Le dirás que estoy fatal y que no quiero ver a nadie más que a ti. ¡Vivimos a quince minutos caminando!

—Por intentarlo que no quede. ¿Aunque tendrás que montar la escena de verdad, eh? Con lágrimas, gritos, el maquillaje corrido y la nariz llena de mocos. Por si la cosa no sale según lo previsto y tengo que venir acompañada.

Mi soldadito asiente.

—Si tardo pongamos que una hora en consolarte, me dará tiempo a cubrir el trayecto hasta el Sunset Café, estar media hora con Vadim y volver.

Me incorporo y me pongo en pie de un salto, ahora me siento las piernas más ligeras y sin el menor rastro de cansancio. Le estampo un largo y ruidoso beso en la mejilla a mi persona favorita y la dejo en su habitación.