Capítulo 2 #2
Suelto el puñado de hierba arrancada que asoma entre mis dedos y doy unos golpecitos con la palma de la mano, como si con ello pudiera hacer que las briznas vuelvan a crecer de nuevo. Extiendo las piernas para tratar de relajarme, pero la verdad es que no sé qué estoy haciendo aquí.
No sé cómo hablarle.
Ni siquiera me atrevo a mirarlo.
Y, sobre todo, no sé qué vamos a presentarle al señor Abrams dentro de unos minutos. Intento ponerme cómoda una vez más. Me tumbo sobre un codo, casi me caigo hacia atrás, desisto y me incorporo, cruzo las piernas y empiezo a retorcer los cordones de mis zapatillas.
—Tu mano derecha ha vuelto a las andadas. Nunca sueltas la presa, ¿eh? —Se burla Vadim, de buen rollo—. ¿Qué te pasa?
—¡Nada, ya te lo he dicho!
—Sí, estás tensa, inquieta. Eso no me gusta. Me da miedo que te eches a llorar y tenga que consolarte.
No sé si está bromeando o no, pero la mirada que intercambiamos dura demasiado.
—Tengo novio, ¿sabes? Timothy.
—Lo sé. Tim Wallace, el capitán del equipo de baloncesto. Es de locos ser tan alto e insignificante al mismo tiempo. Pero hacéis muy buena pareja, él y tú.
Ha vuelto a aparecer esa maldita sonrisa.
—Es alto, sí. Al menos te saca una cabeza. Y no formaría parte del equipo universitario si fuera tan tonto como insinúas. Pero tus prejuicios y tú también hacéis muy buena pareja.
Conocí a Tim antes de empezar el curso, a través de nuestras respectivas familias.
Nuestros padres ya habían trabajado juntos en el pasado, y mi madre nunca le pone pegas a una cena para socializar.
También era una ocasión perfecta para presentarme a otro estudiante que me ayudaría a integrarme.
Y un chico guapo, además. Sano, deportista, musculado y con buenos modales.
Sin duda, mi hermano superprotector también pensaba que un boy friend de dos metros de altura sería ideal para defenderme.
O para vigilarme, como prefiera cada cual.
Después de dos veladas, una en casa de los Lancaster y otra en casa de los Wallace, Tim me llevó a visitar el campus, desierto en el mes de agosto, acompañados de Clémentine.
Después me invitó oficialmente a salir, los dos solos.
Una sesión de cine y un paseo en coche más tarde, me dejó delante de mi casa y me besó por primera vez.
Cuatro citas: el protocolo fue respetado escrupulosamente.
En realidad, Tim le gustaba más a Clémentine que a mí, pero no me lo confesó hasta más adelante, y no tardó en encontrar algo con lo que consolarse.
Podríamos decir que me cae bien: es un chico majo, atento, alegre, muy popular en la facultad y está rodeado de numerosos amigos.
Llevamos pasándolo muy bien poco más de dos meses, me presta su chaquetón —que me viene enorme— cada vez que tengo frío, me hace reír y besa bastante bien.
No hay nada más que destacar por el momento.
Esta pequeña historia sin grandes emociones ya me va bien, yo no tengo la personalidad apasionada de Clémentine y quiero centrarme en mis estudios. A triunfar. A labrarme un futuro.
Lo cual demuestra que el lavado de cerebro al estilo Lancaster ha hecho mella en mí.
—A ver, ¿qué tema te gustaría tratar? —Retoma impaciente mi compañero.
Vadim se me queda mirando y se lleva el bolígrafo a los labios. Vuelvo a la tierra.
—¿Un deportista de élite que sufre una grave lesión la víspera de la final? —propone con ironía—. ¿Tienen que hacerle una amputación, su vida se ha arruinado, empieza a tomar drogas y se convierte en un desecho de la sociedad porque no sabe hacer otra cosa que no sea jugar a la pelota?
—Tronchante. ¿Y qué tal un seudoartista maldito que cree que llevar una cazadora de cuero y faltar a las clases lo convierte en un tipo duro, pero refunfuña como una criatura cuando no le gusta la pareja que le ha tocado?
Lo miro desafiante; él suelta una risita.
—¡No está mal, pero yo tengo una mejor! ¿Una chica que vive en una jaula de oro, y a la que quieren casar por la fuerza, pero se enamora perdidamente de su guapo profesor veinte años mayor que ella que la abandonará el día que la deshereden? —añade Vadim con aires de satisfacción.
—¿Y qué tal el tío que no quiere a nadie, pero se ve en la situación de tener que pagar diez pensiones alimenticias con apenas veinte años porque ha dejado embarazadas a todas las chicas que estuvieron dispuestas a acostarse con él, solo porque se sentía solo por las noches?
Mi adversario alza una ceja.
—Hablas de cosas que desconoces, Lancaster…
Su voz grave me cosquillea por dentro. Empiezo a percatarme de hasta qué punto me encanta provocarlo.
—Y tú hablas y hablas, pero no dices nada, Arcadi. Aún no tenemos tema.
—¡Eh, Alma! ¿Qué haces aquí?
La voz de Tim interrumpe nuestra conversación. Me levanto para ir a besarlo y saludar a los colegas que pululan a su alrededor. Mi novio me pasa el brazo por el hombro y retoma su interrogatorio mirando fijamente a Vadim, que sigue sentado en la hierba.
—¿No tenéis clase?
—Sí, sí. Tenemos que volver dentro de media hora. Debemos encontrar un tema para nuestro proyecto del primer semestre.
—¿Y no disponéis de un aula en el curso de Cine? —bromea Tim para divertir a su público.
—¿Sabías que los estudiantes son ciudadanos libres de circular por este hermoso país que es Estados Unidos? —le replica Vadim con una sonrisa forzada.
—Arcadi, Arcadi… eso no suena muy estadounidense que digamos, ¿no te parece? Seguro que aquí se está mejor que en Polonia.
—¡Tim!
—Soy de origen ruso —lo corrige Vadim—. Y he nacido en Estados Unidos. Pero gracias por preocuparte, Wallace.
Aquí todo el mundo se dirige a los demás por el apellido, incluso entre amigos. A mí ya ha dejado de sorprenderme. Pero el tuteo que emplean estos dos no tiene nada de cordial. En el mejor de los casos suena desdeñoso; en el peor, suena letal.
Presiento que se acerca el peligro. Tim aumenta la presión alrededor de mi hombro e ignora el último comentario de Vadim.
—Vale, si no tienes nada que hacer durante la próxima media hora, vamos a tomar un bocado con los chicos, ¿te vienes?
—Me gustaría, pero no creo que me dé tiempo.
—Tenemos que ponernos a currar, Alma —me recuerda mi compañero de grupo.
—¿Te importa? Estoy hablando con mi chica —sisea mi jugador de baloncesto cada vez más nervioso.
—«Tu chica» acaba de decirte que no tiene tiempo.
—No hables por ella, Arcadi.
—Solo estoy repitiendo lo que al parecer tú no has captado…
—¿Y crees que mi puño en tu cara si lo captarás?
—¡Tim!
Mi cabeza oscila del uno al otro como si estuviera asistiendo a un partido de tenis a cámara rápida. Vadim se pone en pie finalmente y, con su habitual indolencia, coge su mochila, se pasa la mano por el pelo y al hacerlo le cae una brizna de hierba.
—Déjalo correr, Lancaster. Si necesitas un guardaespaldas y no tienes ganas de comprometerte, podemos trabajar cada uno por su cuenta. Puedes decirle a Abrams que todas las ideas son tuyas. O que quieres cambiar de compañero. Yo paso…