Solos contra todos (TU + YO 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

Ignoro cómo Vadim se enteró de que soy medio inglesa, medio francesa. No es de los que se informan. O quizá lo hace con la misma discreción que rige su misteriosa vida. Puede que la discreción sea lo único que tenemos en común.

Hasta hace dos meses yo vivía en un barrio pijo de París con mi familia. Gracias a que saqué matrícula de honor en el bachillerato, mis padres me concedieron un año sabático.

Para mí, estudiar cine es un sueño. Para ellos, un capricho.

Sin embargo, aceptaron pagarme la mejor facultad de Cine, la de Los Ángeles.

Las cosas, o se hacen bien o no se hacen, ese es uno de los grandes principios de los Lancaster.

Mi padre ha aprovechado una oportunidad profesional en California, perfecta para su carrera, y mi hermano puede proseguir sus cursos universitarios en inglés, lo cual le irá perfecto de cara al futuro.

Y como ya hacía unos años que no nos habíamos cambiado de lugar de residencia, mi madre y mi hermana me siguieron la mar de contentas.

Este verano nos mudamos todos: Edward, mi padre, un aristócrata inglés convertido en magnate inmobiliario, posee filiales en casi toda Europa y Estados Unidos.

Ha tejido una red de amistades en los cuatro puntos cardinales, lo cual le ha abierto prácticamente todas las puertas.

Es de esa clase de cabezas de familia que no están muy presentes; es exigente pero cariñoso.

De esos a los que no querrías decepcionar.

Desde que tengo memoria siempre me he esforzado para complacerlo.

Admiro a mi padre tanto como lo temo.

Mi madre, la burguesa francesa en todo su esplendor, amante del lujo y pletórica de amor, es un ama de casa que lleva veinte años siguiendo a mi padre allí adonde vaya, apoyando con entusiasmo sus proyectos más descabellados, sufriendo su ausencia a cambio de la vida tan cómoda que él le ofrece.

Es una esposa entregada. Una mamá sobreprotectora.

Un pilar en la sombra que emplea todas sus energías en sostener a la familia; resuelve conflictos, alivia las penas y se sacrifica por la felicidad de todos.

Quiero a mi madre tanto como la compadezco.

Basile, mi hermano mayor, sigue los pasos de mi padre.

Y como a sus veinte años no siente la menor preocupación por su futuro, disfruta de todo el tiempo libre para joderle la vida al prójimo entre dos cursos de marketing sobre los que cree saberlo todo.

No obstante, aún no ha tenido tiempo de averiguar quién es, aparte del hijo de buena familia que se espera que sea.

Mi hermano mayor me horripila tanto como me enternece.

Y mi hermana pequeña, Lily, de doce años, el bebé que tuvieron fuera de tiempo porque mi madre se aburría y a mi padre le pareció conveniente probarle a su esposa que la quería pese a todo y que le importaba más esta familia que sus negocios.

Esta bebé sorprendió a los Lancaster más de lo que jamás se hubieran podido imaginar.

Salió completamente distinta a sus hermanos.

Indisciplinada, artista de corazón y libre de mente, ajena a las presiones familiares, con una inclinación innata a ser feliz corriéndole por las venas.

El patito feo de irresistible encanto que siempre se sale con la suya.

Mi hermana me agota tanto como me causa envidia.

Así pues, dispongo de un año, ni un solo día más, para demostrarles a mis padres que estoy hecha para trabajar en el cine, que podría hacerme un hueco en el mundillo, un nombre en esta industria.

Que puedo hacer cosas mejores que las películas de bodas o fiestas de Navidad que monto desde que me regalaron mi primera cámara.

Tengo de plazo un curso universitario, antes de que mi padre me devuelva a Francia para aprender un oficio «de verdad».

O de que mi madre me aconseje que me case con un hombre joven que solvente mis necesidades sin que tenga que buscarme otra profesión que no sea la de esposa y madre.

Respeto a quienes eligen ese camino, pero no es para mí.

—A ti no te gusta que te juzguen, pero eso es exactamente lo que estás haciendo conmigo, ¿no te parece? —le espeto a Vadim—. Tú no me conoces.

Me esfuerzo en sostener su mirada hostil.

—¿Quién te ha dicho que tengo ganas de conocerte?

—En cualquier caso, vas a tener que trabajar conmigo, te guste o no.

—Puede que llegue a gustarme, Lancaster. Eso depende de ti…

Me susurra esas palabras con una media sonrisa que me desconcierta.

—Ya te he dicho que me llamo Alma. ¿Y qué se supone que debo hacer?

—Podríamos empezar por largarnos de aquí. No puedo trabajar con todo este alboroto. Míralos. Todos están entusiasmados pensando que van a hacer cine como los grandes. Solo quieren complacer a Abrams. Y tu colega francesa nos está observando como si fuéramos dos animales de feria.

—¿Nunca haces nada como los demás y aun así no quieres que te miren? Vaya, ¿cómo eres capaz de convivir con tus propias contradicciones?

Me observa en silencio, sorprendido por mi respuesta.

—Solo nos quedan tres cuartos de hora. Alma, ¿vienes o te quedas?

Se levanta sin esperar mi respuesta y se planta en el umbral de la puerta. Su mochila casi vacía cuelga de sus dedos y se balancea como el péndulo de un reloj impaciente. Y sus ojos rasgados me apremian a abandonar la clase de inmediato.

Permanezco en mi silla, indecisa durante un instante que se me hace eterno, hasta que Clémentine se pega a mi espalda, me rodea con sus brazos y me susurra al oído:

—¡Vamos! ¿A qué estás esperando?

—No lo sé. ¿A que me den permiso?

—Ya tienes el mío. Venga, muévete antes de que se harte. ¡Y llámame esta noche!

—¿Esta noche? ¿Qué estás diciendo? Estaré aquí cuando vuelva el profesor.

—Bueno, eso ya lo veremos.

Y con una sonrisa maliciosa me empuja hacia la salida.

Clémentine es mi mejor amiga, mi alma gemela, mi segunda hermana.

Soy yo, pero en pelirrojo, con algunas curvas más y muchos menos límites.

Es mi doble aventurera. Mi red de seguridad.

El diablillo posado en mi hombro que siempre me susurra que me lance.

Y el angelito siempre dispuesto a recogerme.

Nos conocemos desde la guardería, siempre hemos ido a la misma clase, nos hemos sentado en el mismo pupitre, codo con codo, incluso durante los años en que estuve viviendo en el extranjero.

Hubo un momento en que llegué a creer que mi familia acabaría adoptándola de tanto tiempo que pasaba en mi casa; e incluso sus padres, divorciados y ocupados a todas horas, parecían haberse hecho a la idea…

En el instituto elegimos las mismas asignaturas optativas para no tener que separarnos.

Ella lo hacía sin rechistar. Cuando acabamos el bachillerato, con todo el dolor de mi corazón, tuve que decirle que mis padres habían accedido a enviarme a Los Ángeles.

Y ella me respondió sin pensarlo, muy seria: «¿Cuándo nos vamos? ».

Con Clémentine d’Aragon no hay problema, siempre solución.

Ese es su dicho preferido. De modo que también me ha seguido en esta aventura, con la conformidad de sus padres, que han confiado su hija a los míos con los ojos cerrados.

Clem ha preferido instalarse en una pequeña habitación de estudiante en el campus en lugar de venirse a vivir con nosotros, según su explicación oficial: «para no interferir en nuestra intimidad» —contrariamente a lo que nos ha tenido acostumbrados todos estos años—.

Oficiosamente, lo ha hecho para disfrutar de más independencia.

Sin duda ella quiere más a los Lancaster que a su propia familia, pero sabe guardar las distancias.

Puede parecer interesada, superficial, pero es increíblemente perspicaz.

Siempre sale indemne de situaciones imposibles y su única ambición es vivir el presente, tomando lo que la vida le da sin meterse en problemas.

Por lo demás, el cine no le interesa en especial.

Digamos que no más que el resto de las cosas.

Mi mejor amiga lo ama todo, pero en pequeñas dosis.

No siente verdadera pasión por nada en concreto, pero tiene una prodigiosa capacidad de adaptación.

Allí donde se encuentre se funde con el decorado, hace amigos y se siente como pez en el agua, mientras que en ese mismo instante yo sigo preguntándome si voy a dar o no el gran salto.

Clémentine siempre va hacia delante. No sabe adónde se dirige, pero sabe que llegará.

Adoro eso de ella.

Y otras muchas cosas. Que nos tomen por hermanas porque ambas tenemos pecas.

Que se queje porque, al ser pelirroja, ella nunca se ve bronceada, mientras que yo tengo la piel dorada desde el inicio del verano.

Que siempre desafine al cantar, pero que aun así lo haga el doble de fuerte.

Que se pase horas examinando el contenido de su plato bajo la mirada ofendida de mi madre, porque no soporta la piel de los tomates asados.

Que jure que nunca tendrá hijos, pero lo diga en voz baja porque teme ser castigada con dos pares de gemelos.

Que se lamente de sus cuatro o cinco kilos de más después de acabarse mis patatas fritas.

Y que me diga que soy demasiado tonta como para darme cuenta de lo guapa que soy.

Creo que yo la admiro más a ella que ella a mí.

Posiblemente esta sea la clave de nuestra bonita amistad.

—¿Hay alguien ahí? —suspira Vadim, pasando la mano por delante de mi mirada ausente.

—Eh, ¿qué?

—No sé dónde estás, Lancaster, pero conmigo seguro que no.

—Lo siento. ¿Decías…?

—Puedes volver a clase si no te apetece estar aquí.

—Ya te vale, quejica, ¡estoy aquí! ¿Acaso crees que voy a echarme a llorar porque estemos sentados en la hierba en lugar de estar en clase? Me da lo mismo trabajar aquí que allí.

—Entonces ¿puedes decirle a tu mano derecha que deje de arrancar el césped que hay a su alrededor?