Capítulo 1
Diez meses antes
—Alma Lancaster y Vadim Arcadi.
La voz áspera, cargada de tabaco y whisky, desgrana los nombres de las parejas designadas para el proyecto del primer semestre.
Sentada en primera fila, escucho religiosamente al señor Abrams, que resulta tan impresionante de ver como de escuchar —aunque su marcado acento estadounidense a veces me exige esforzarme para entender lo que dice—.
Su americana de pana fue una prenda elegante antes de perder la forma y el color, y de desgastarse por completo a la altura de los codos.
Su rostro fatigado, repleto de arrugas, conserva los vestigios de una belleza pasada.
Sin embargo, en cuanto termina de pronunciar la frase, aparto la vista del docente al que ya considero mi mentor…
y dirijo la mirada hacia el fondo de la clase.
Allí donde siempre se sienta Vadim Arcadi.
O, mejor dicho, allí donde se balancea sobre su silla y mira por la ventana desde que comenzó el curso. Él también ha desviado la vista del paisaje que parecía tenerlo absorbido y me contempla.
Mientras los demás alumnos se ponen en pie para abrazarse, chocar los puños o lamentarse de la pareja que les ha tocado, Vadim me observa detenidamente con sus ojos gris desvaído.
Resulta imposible sostener esa mirada que irradia todo el insolente descaro propio del rompecorazones de la facultad y, al mismo tiempo, todo el desprecio que le provocan las chicas como yo.
Las francesas. Las «hijas de papá» ricas.
Esas que no necesitan una beca. Las que cursan un grado de Cine como quien va a un campamento de verano.
Seguro que me detesta. Me pregunto cómo vamos a entendernos. A hablar, siquiera.
—Nada de reclamaciones, nada de cambios de pareja y nada de protestas.
No quiero oír ni una sola palabra al respecto.
Ya no estáis en el instituto, debéis aprender a trabajar juntos.
Solos no llegaréis a ninguna parte en este mundo de locos.
Además, no habéis sido emparejados al azar.
¡Nunca sucede nada por casualidad! ¿Queréis hacer cine?
Pues hacedlo. No importa en qué condiciones.
—Pero, señor… —prueba a decir Nicki Scott, mi compañera de detrás, gimoteando.
—¡Silencio! Tenéis una hora para decidir el tema del cortometraje y presentármelo.
Poned toda la carne en el asador, dejaos la vida en ello.
Escuchad, negociad, discutid. No os dejéis pisar.
Imponed vuestras ideas. Si son buenas, claro.
Si no lo son, seguid buscando. ¿De acuerdo? ¡Basta de lamentos, Scott, a trabajar!
—Sí, señor Abrams —asiente Nicki con resignación.
Leonard Abrams, artista fracasado, pero profesor carismático.
Su signo distintivo: tiene a toda la clase rendida a sus pies en menos de un mes.
—Arcadi, Lancaster, ¿tendré que cogeros yo de la manita o es que estáis esperando a que el otro dé el primer paso? Vamos, Romeo y Julieta, espabilad. ¡Una hora! Time is money!
Vadim, visiblemente molesto, mueve la silla hacia delante haciendo chirriar con estrépito las patas metálicas contra la baldosa, y por fin se levanta y se dirige con parsimonia hacia la primera fila, sin apartar la vista del profesor.
Ni el uno ni el otro piensan bajar la mirada.
Y yo preferiría desaparecer de aquí, en lugar de ser el trofeo de una pelea de gallos perdida de antemano.
Abrams es el primero en ceder, sin duda impaciente por salir a fumar.
Vadim suspira, se deja caer en la silla que hay libre a mi lado y se hunde de nuevo en su cazadora de cuero gastado.
Entre nosotros se instala un pesado silencio cargado de electricidad.
Busco una frase inteligente para la ocasión, pero me veo absorbida por su silueta viril y aniñada al mismo tiempo.
La delicadeza de sus rasgos, su piel clara, pero bronceada por el sol californiano, su nariz recta y casi arrogante, sus labios carnosos y bien definidos, salvo en un punto donde una pequeña cicatriz le surca la boca.
Además de esa masa de pelo ondulado y en desorden, contrastando con su rostro de ángel.
Y bajo las largas pestañas morenas, sus indefinibles ojos, de un gris tan claro que a veces parecen transparentes.
Aunque se oscurecen en cuanto los gira hacia mí de repente, con las cejas fruncidas en una expresión contrariada.
—Yo ya he dado el primer paso, Chanel. Ahora te toca a ti.
Le lanza una mirada burlona al bolso vintage que le he birlado a mi madre. De pronto me siento avergonzada sin saber por qué.
—Me llamo Alma.
—Ya sé cómo te llamas, Alma Lancaster.
—Preferiría que usaras solo mi nombre, Vadim Arcadi.
—Y yo preferiría trabajar solo. Pero en esta vida uno no siempre obtiene lo que quiere. Ah, pardon , salvo tú, posiblemente, Lancaster. —Lo pronuncia con un marcado acento british .
Aunque hable inglés con fluidez, aquí, en Estados Unidos, el acento londinense heredado de mi padre siempre me convierte en una especie de extranjera.
Le muestro el pulgar a Vadim, como dándole a entender que me ha parecido gracioso, y en ese momento capto la mirada divertida de mi compañera Clémentine, francesa de pura cepa.
A ella le importa un bledo su mal acento, al igual que otras muchas cosas.
Esta acosadora impertinente ya ha debido de percibir la tensión física que reina entre nosotros.
Solo con intercambiar cinco frases, nuestros mundos ya han colisionado.
Pero creo que es más que eso.
Vadim me intriga, no sé por qué. Me desafía y me entran ganas de saber más de él. Me desconcierta y al mismo tiempo siento ganas de agradarle.
Es la primera vez que lo veo salir de su refugio de tío tenebroso para hacer un chiste.
De hecho, es la primera vez que me dirige la palabra, y nunca lo había visto hablar con nadie, salvo para desafiar a los profesores que han intentado, más mal que bien, imponerle su autoridad.
Y salvo por todas las chicas del campus que han sucumbido a sus encantos, pero a las que, aparentemente, no les ha prometido nada.
Aquí se sabe todo.
Al cabo de un mes ya se rumoreaba que este chico solitario no tenía ningún problema en llevarse a las chicas de la universidad al pisito de soltero que tiene a la vuelta de la esquina.
No se rodea de amigos, apenas tiene unos pocos conocidos cuya compañía simplemente tolera.
Al contrario que la mayoría de nosotros, él no necesita estar acompañado de gente para existir.
Los chicos de la facultad le temen, fingen despreciarlo para no tener que enfrentarse a él.
Y en cuanto al género femenino, pueden distinguirse tres grupos en función de cómo se relacionan con Arcadi.
Las sufridoras, despechadas, que lo persiguen aunque él las rechaza educadamente con el mismo encanto que empleó para enamorarlas; de modo que ellas aún se sienten más enganchadas.
Las audaces que esperan captar su atención y que él finge ignorar hasta que se fija en una de ellas, con total discreción.
Y las tímidas, como yo, que nunca se han atrevido a hablarle.
Ya sea porque tienen demasiado miedo a ser rechazadas con una simple mirada indiferente, o porque él no forma parte de su mundo y su educación les impide traspasar esa línea roja.
Evidentemente, yo ya me había fijado en Vadim Arcadi.
A mis dieciocho años, y después de llevar toda mi vida a expensas de los numerosos viajes y mudanzas de mis padres, no creo haberme topado nunca con un chico de una belleza tan singular.
Aunque los chicos de su edad suelen dárselas de rebeldes, Vadim no tiene nada en común con ellos.
Él parece estar «vivido», como si solo él conociera los secretos de la existencia.
Hace el papel del alumno indisciplinado que pasa de todo, pero su pasión por el cine sobrepasa con creces la de todos nosotros juntos.
Y en esta universidad, donde la mayoría de los estudiantes provienen de un entorno privilegiado, él se hace notar, sin lamentarse por ello ni ocultarlo.
No se sabe gran cosa de él, pero todos tienen claro que la vida le ha dejado cicatrices.
Vive solo, se salta las clases a menudo para dedicarse a no se sabe qué, conduce una pick-up destartalada que ni siquiera posee el encanto de los coches americanos antiguos, y su única familia es un hombre negro alto y musculoso que suele visitarlo en el campus.
Vadim Arcadi lo tiene todo para suscitar curiosidad.
Y, sin saberlo, también lo tiene todo para poner celosos a los jóvenes que corren por aquí, con sus vidas demasiado monótonas y ordenadas.
Jóvenes de los cuales yo soy un ejemplo perfecto.