CAPÍTULO 42
Diez minutos después, encuentro hueco frente al mercado. Septiembre es otra cosa. Aparcar aquí en julio habría sido ciencia ficción.
Oigo jaleo. Voces infantiles, risas, algún llanto. El colegio está justo al lado. Recuerdo que hoy empezaban las clases Rocío y Pedrito. Me acerco. Me encantaría enseñarles mi anillo de compromiso.
Me detengo tras la valla metálica. Busco entre las figuras que vigilan el patio.
Y entonces veo a Rocío agachada junto al tobogán, melena pelirroja, camiseta blanca.
Ata el cordón de un crío pequeño. Cuando termina, se incorpora y me ve.
Su cara se ilumina. Se acerca a la valla esquivando niños como si fueran conos de entrenamiento.
—¡Pero bueno! —exclama, apoyando las manos en la verja—. ¿Qué hace mi niña por aquí?
—Venía al mercado… pero he oído el barullo y me he desviado. —Le guiño un ojo.
De seguido, levanto la mano, de forma descaradamente intencionada, apoyándola en uno de los barrotes de la valla. El anillo queda justo delante de ella, brillando como si estuviera posando para una foto.
Rocío sigue mi gesto. Y sonríe.
—Vaya preciosidad —suelta, tierna.
—Sí —me quedo como una tonta sin saber qué más decir.
—Ya te dije yo en Tánger que el americano babeaba cada vez que te miraba.
La sonrío.
—¿Y la boda? ¿Dónde? ¿Cuándo? —pregunta, curiosa.
—Después de la tuya. En verano. Aquí. Cuando nazca el bebé. Ahora es correr mucho.
—Me parece bien.
Una niña de unos cinco años viene corriendo, llorando.
—Señorita Rocío. Manuel me ha quitado el bocadillo.
—Tranquila, no llores. Vamos a hablar con él —dice con voz dulce, secándole las lágrimas con la mano.
Nos miramos y sonreímos.
—A nosotras no nos pasaba eso —le digo—. Teníamos a nuestra Alba, la justiciera.
—Es verdad. Nos defendía de los abusones —se ríe.
La niña tira de su camiseta. Rocío la acaricia y me lanza una mirada.
—Te dejo, que tengo que mediar en el conflicto del bocadillo. Luego me das más detalles de cómo fue ayer, ¿vale?
Asiento.
—Te llamo esta tarde —le prometo.
Se aleja con la niña de la mano y yo me giro y camino hacia el mercado.
Las puertas están abiertas de par en par. Huele a mar. Es pequeño, coqueto. El techo está decorado con pinturas que simulan un fondo marino: atunes, algas, burbujas.
A la derecha, el puesto de Luis. El hielo brilla y el atún ocupa el centro. También hay pez espada, doradas, lubinas… pero yo lo tengo claro.
—¡Sofía! Hoy tengo oro puro —dice, señalando el atún rojo.
—Perfecto. Dame ventresca y un trozo generoso de morrillo.
—¿Algo más, reina? —me pregunta María, su mujer, mientras él me prepara el atún.
—Sí, María. Ponme medio kilo de coquinas y nueve de esos carabineros que parecen recién sacados del mar.
En la frutería, cojo los tomates de Conil. Rojos, firmes, con olor a huerta. Me llevo cuatro y un manojo de albahaca.
Justo cuando estoy pagando me doy cuenta, el señor amable del otro día espera su turno en el puesto de al lado.
Me sonríe. Qué vergüenza. Fue testigo del numerito que monté ayer en el chiringuito de Mario, cuando creí ver a Alice.
Le devuelvo la sonrisa, algo incómoda. Él asiente tranquilo.
Me cae bien. Tiene pinta de ser de los que ven, entienden y callan.
Paso por delante de Do Fish . Marisco cocido, guisos marineros, ahumados. Me tienta, pero hoy cocino yo.
Al fondo, la abacería La Plaza. Chacinas, conservas, y un buen tapeo. Lo apunto: tengo que venir con las niñas. Compro pan y jamón ibérico, que a mi americano le encanta. Mientras me lo prepara, mando un audio rápido a Scott:
—Ya tengo todo. Llego en diez minutos. Te quiero.
Salgo del mercado bien cargada. Cruzo la calle. Mi Suki me espera. Guardo la compra en el maletero. El pan, los tomates, el atún… todo. Abro la puerta del conductor y me siento al volante. Respiro hondo. A casa.
Y entonces, la puerta del copiloto se abre de golpe.
Oh, Dios mío. Alice.
Se sienta como si fuera su coche y me apunta con una pistola sin temblar.
—Arranca —dice en inglés, con voz seca.
Me quedo congelada, pero por dentro, mi corazón me golpea como un tambor descontrolado. No eran imaginaciones mías. La vi. La vi. Era ella.
—¿Qué haces? —susurro, sin atreverme a mover las manos del volante.
—Al faro. Ya —grita, arrimando el arma a mi vientre.
Obedezco llena de miedo. Arranco. El coche avanza por las calles del pueblo, como si nada ocurriera. Pero ocurre: Alice, a mi lado, me apunta con el arma sin parpadear.
—No tienes que hacer esto —le digo, intentando tener la voz firme—. Podemos hablar.
No me responde. Silencio.
—Alice, por favor.
—Cállate —escupe.
Llegamos a la zona alta, donde se encuentran las villas. Cerca está la nuestra. Rezo y suplico por dentro para que Scott se alerte al no llegar a casa.
El asfalto termina y lo dejo en una pequeña zona para aparcar. El faro está más allá, al fondo, sobre el cabo y solo podemos acceder a pie.
— Out! —ordena.
—No.
— Out! —me apunta de nuevo. El cañón roza mi piel.
Obedezco de nuevo.
El viento sopla fuerte. Camino delante de Alice por la cuesta de tierra. El faro se acerca. No hay nadie. Solo nosotras.
—¿Por qué? —pregunto, con la voz rota.
—Porque me robaste la vida —responde con rabia infinita—. Lo tenía todo pensado. Scott y yo… Volvíamos a ser amigos. A trabajar juntos. Estaba esperando mi momento. Pero tú… tú tuviste que aparecer a robarme mi sitio. Mi historia.
—Alice… nos queremos. Tú también encontrarás a alguien, aunque aún no lo veas…
—¡Él es mío! —grita, con los ojos desbordados—. ¡Estúpida!
El faro está frente a nosotras. El mirador. El vacío. El mar.
—Vas a saltar —dice, sin gritar ya, como si fuera lo justo.
—No voy a hacerlo. Alice, estoy embarazada.
—Lo sé —dice, sin moverse—. El día que te atropellé vine a España.
Hace una breve pausa.
—¿Dónde mejor que en tu pueblo? Nadie pensaría en buscarme aquí. Creí que te había matado, pero poco después me llegó el rumor de que estabas viva, que esperabas un bebé. Este sitio es pequeño. La gente habla y sabía que volverías tarde o temprano a casa.
Respira hondo y me susurra.
—Esa villa… la gestioné yo para Scott. Debería ser mía.
—Alice —digo muy asustada—. Scott estará preocupado. Si no llego a casa, llamará a la policía. Estoy segura.
—Cuando aparezcan será tarde.
—Alice, por favor…
—Vas a saltar —repite. Su voz suena hueca. Como si ya no fuera suya.
—No. No voy a hacerlo.
Ella da un paso más, se acerca con intención. El borde está a menos de un metro. Dios mío, no quiero morir. No así. No ahora. No con mi hijo dentro.
Y entonces, una voz:
—¡Alice! —grita Scott. Corre hacia nosotras, con Henry detrás. El señor amable viene con ellos. ¿Qué hace ese hombre aquí?
Alice gira la cabeza. Me sigue apuntando.
—No tienes que hacer esto. Escúchame —dice Scott, acercándose despacio, con las manos en alto—. Por favor. Déjala ir. Podemos hablar tú y yo.
—¡Tú eras mío! —grita. La pistola tiembla por primera vez.
—No. Nunca lo fui. Lo nuestro se acabó antes de que apareciera Sofía. Tú lo sabes.
—No es cierto. Ella lo estropeó todo.
—Alice, mírame. Mírame, te lo suplico. Déjala marchar. Está embarazada. No puedes hacerle daño.
Alice me mira. Me odia.
—Él es mío —susurra—. Tú no deberías haber aparecido. Tú no deberías existir.
—Déjala ir —insiste Scott, con la voz rota—. Haré lo que me pides, me quedaré contigo. Solos tú y yo. Eso es lo que quieres. Que ella se vaya.
Alice duda, pero da un paso más. No cree sus palabras. Ya no le escucha y me empuja. Me tambaleo. El borde está justo ahí. El vacío.
Y entonces, el disparo. Seco. Preciso. El señor amable la ha disparado en el costado.
Alice se desequilibra. Cae hacia atrás. Me agarra del brazo. Me arrastra con ella. Grito.
El mundo se inclina. El viento me empuja. El mar me llama. Pero Scott me agarra, me sujeta. Henry también, y tiran hacia atrás.
Alice cae. Su cuerpo desaparece entre las rocas y yo me quedo en el suelo, temblando.
Henry me cubre con su chaqueta. Scott me abraza. El hombre amable se acerca. Y el sonido de unas sirenas se escuchan cada vez más cerca, mientras el viento sigue soplando.
Scott no me suelta. Me repite que ya está, que todo ha pasado.
Cuando llega el coche de policía, Henry habla con los agentes. El señor amable les muestra algo. Una placa.
—¿Quién es ese? —pregunto, apenas un susurro—. ¿El guardaespaldas?
Scott me mira. Niega despacio.
—Es un policía de Nueva York. Lleva el caso desde el principio. Le hablé del viaje. Tuvo la intuición de que Alice aparecería para terminar…
—Conmigo —acabo la frase.
—Sí. Y acertó.
—¿Me estaba vigilando?
—Protegiendo —corrige Scott—. En la distancia.
—¿Con él hablabas antes por teléfono?
—Sí.
Una ambulancia con sanitarios se acerca. Más policía también. Luces, sirenas, voces que se cruzan. Uno de los médicos me examina con rapidez: pulso, pupilas, presión. Me pregunta si siento dolor.
Estoy bien. Y el bebé… también. Solo quiero una cosa.
—Llévame a la villa —le pido a Scott.
Él asiente. Me rodea con el brazo y me ayuda a levantarme.
Mientras nos alejamos, veo de reojo cómo Henry y el policía se quedan con los agentes, respondiendo preguntas, reconstruyendo lo ocurrido. Ellos se encargan ahora.
Nosotros empezamos a caminar, bajamos la cuesta. El faro queda atrás. El mar también. El miedo. El viento me despeina. Scott me sujeta. Y los dos, volvemos a casa.
Estoy triste. Me da pena cómo ha terminado todo. Me da pena Alice. Morir así. No quiero pensar que era mala; prefiero creer que estaba rota.
Todo ha terminado. El miedo. La amenaza. Ella. Todo.
Y ahora sí, por fin, empieza lo nuestro.