Solo yo soy para ti (Solo nosotros 2) CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

Me incorporo de golpe. ¡No puede ser! Otra pesadilla.

El dormitorio está en silencio y Scott no está en la cama.

Un nudo me aprieta el estómago hasta que lo veo junto a la cristalera, mirando el mar.

En cuanto nota que estoy agitada, se gira.

Solo lleva el bóxer negro de Armani. Se acerca y se sienta conmigo en la cama.

—No te asustes, bombón. Estoy aquí —dice con voz suave.

Me aparta el pelo de la cara con delicadeza. Con ese gesto, mi cuerpo se relaja.

—Pronto se acabarán esos sueños, ya lo verás —añade, intentando sonar convincente.

—Estoy bien, Scott —le sonrío, aunque no del todo. No quiero que se preocupe, aunque el accidente, Alice y su cínica sonrisa siguen persiguiéndome —. ¿Mirabas el mar?

—Sí. A esta hora está increíble —responde, dejando un beso suave en mi sien.

—¿Ah, sí…? ¿Más increíble que su esposa, señor Clayton? —pregunto, levantando una ceja.

Scott sonríe, ladeando la cabeza como si evaluara mi provocación. Luego se inclina y murmura contra mi cuello:

—Eso es imposible. Nada ni nadie es más espectacular que usted, señora Clayton.

Le robo un beso rápido.

—¿Ni cuando tenga una enorme barriga y parezca una bola de Navidad?

Ríe.

—Ni entonces. Serás la bolita de Navidad más espectacular.

Me besa de nuevo, esta vez con más intención. Enredo los dedos en su pelo y lo acerco. Nuestras bocas se encuentran sin prisa; sus manos recorren mi espalda y las mías se pasean por su pecho, sus hombros, su cuello.

—Eres mi lugar favorito —susurra antes de besarme otra vez.

—Y tú el mío.

Su mano se cuela bajo mi camiseta. La tela le estorba y la hace desaparecer entre risas suaves y caricias que se alargan sin proponerlo.

—Mmmm… Huele de maravilla, señora Clayton.

—Y usted… —Le acaricio con la nariz, como si pudiera quedarme a vivir en su olor.

Nos dejamos llevar, nos perdemos y celebramos nuestro primer amanecer como marido y mujer.

Más tarde y enredados entre las sábanas, miro que el reloj digital marca las diez. Scott desliza la yema de los dedos por mi piel, dibujando círculos lentos, hipnóticos.

—¿Sabes qué hora es? —pregunto, aunque ya lo sé. Solo quiero oír su excusa para no levantarnos todavía.

—Hora de seguir en la cama —responde, besándome la frente.

Sonrío. Me aprieto amorosa a él. Me quedaría en esta cama increíble toda la eternidad. Abrazados y recibiendo esos mimos que me da.

Pero de repente, vaya, el móvil de Scott vibra sobre la mesilla. Él se estira para cogerlo sin soltarme del todo.

—Es mi padre —dice, tras mirar la pantalla.

Le beso el hombro y me incorporo despacio.

—Habla tranquilo. Me voy a la ducha.

Scott asiente y coge la llamada.

— Good morning, Dad —dice con voz tranquila.

Y yo entro al baño con la sonrisa aún dibujada en mis labios. El agua me acaricia la piel como lo ha hecho Scott hace unos segundos. Me toco la muñeca y juego con la goma de pelo. No puedo parar de sonreír. Recuerdo nuestra pequeña ceremonia de anoche y me emociono.

Levanto la mano y observo el anillo. Es precioso, perfecto y desde luego, brilla con descaro, de esos que gritan lujo.

—Mi marido milloneti… —susurro, divertida.

Me enjabono, disfruto del aroma a jazmín y luego me aclaro despacio.

Envuelta en la toalla, me miro al espejo. Estoy guapa. Radiante. Tiene que ser por el embarazo; nunca he tenido este cutis tan resplandeciente.

Abro la puerta y entonces lo escucho.

Scott sigue hablando por teléfono, pero ya no es con su padre, aunque también lo hace en inglés. Su voz suena distinta. Más seria.

—… discretion, please .

Me detengo en seco. Él no me ve. Ésta de espaldas, junto a la cristalera. Como antes, pero esta vez desnudo, sexi, muy sexi. Se alborota el pelo.

—Gracias. Manténgame informado.

¿Con quién hablará? Siento curiosidad, aunque ese culo celestial me distrae.

Scott cuelga la llamada y, al girarse, lo admiro en todo su esplendor.

Me encuentra en el umbral del baño. Su expresión cambia. Sonríe y se acerca despacio.

—¿Admirando las vistas? —pregunta—. ¿Te gustan?

Ups… pillada. Mis mejillas se sonrojan al momento, pero intento disimular.

—No te lo tengas tan creído, ricura —le respondo, alzando una ceja mientras me apoyo en el marco de la puerta, envuelta en la toalla.

Lo tengo delante, riéndose. Me rodea con los brazos y, sin dejar de mirarme a los ojos, desliza la toalla hasta que cae al suelo. Me deja desnuda y su mirada azul recorre mi cuerpo como si fuera un regalo.

—Creo que no te has duchado a conciencia —murmura, rozando mi clavícula con los labios—. Tendrás que volverlo a hacer.

Me río, divertida.

—Pues tendrás… que venir conmigo para que lo haga mejor —susurro, tirando con suavidad de su mano.

Y entonces entramos, y nos duchamos con esa excusa tonta para estar juntos.

Cuando salimos aún empapados, seguimos jugando como si el baño no hubiera terminado. Scott me envuelve y me seca con una toalla grande, blanca, cálida.

—Me gusta esto —dice, bajando la voz—. Secarte. Tocarte.

—Y a mí que lo hagas —respondo, apoyando la frente en su pecho.

—Viene mi padre a comer —dice, separándose un poco y acariciándome la mejilla.

—¿Eh? —alzo la cabeza, sorprendida.

—La llamada de antes… era para decirme que cuando deje a tu tía en el restaurante, se pasa por aquí. Nueva York va seis horas por detrás, así que comerá aquí y luego trabajamos.

—¿Y Alba? Ibais a quedar con ella, ¿verdad?

—Sí, se pasará más tarde. Le ha dicho a mi padre que llega para el postre.

—¿Postre? —repito entrando en pánico—. ¿Y qué preparo para comer?

Scott se encoge de hombros.

—Lo que sea estará bien. No te agobies.

—¿Cómo que lo que sea? ¡No hay de nada!

—¿Nada? Si ayer hicimos la compra…

—No, no —le corto, alzando un dedo—. Eso no cuenta. Tengo que ir al mercado.

Scott me mira divertido, como si mi súbita energía le encantara.

—¿Y qué vas a comprar, bombón?

—Atún rojo fresco. Unas coquinas. Carabineros. Y tomates. Pero no cualquier tomate, ¿eh? Tomate de Conil. Para una buena ensalada. De esas que están de…

—¿De rechupete? —se adelanta, sonando gracioso con su acento.

—Eso es. De rechupete —confirmo, dándole un beso en la punta de la nariz.

Nos reímos. Él me abraza por la cintura y me alza un poco, haciéndome girar en el aire.

Poco después, Scott sale del dormitorio con una sonrisa, diciendo que va a preparar el desayuno, mientras yo me quedo un momento más eligiendo la ropa.

Me visto en un suspiro y me recojo el pelo en un moño alto mientras camino por el pasillo. Llevo puesta la minifalda vaquera, las converse y una blusita marfil de lino vaporoso. Me siento cómoda y un poco coqueta.

Bajo las escaleras al galope. Scott me espera en la cocina con el Cola Cao en la mano. Está en su punto. Me los prepara como nadie: fresquito y con los grumos justos. Me lo bebo casi de un trago y me relamo.

—Estás muy guapa.

—Lo sé —respondo, guiñándole un ojo.

Le doy un beso rápido en los labios, pero él parece querer más. Me atrapa entre sus brazos y me da otro, más largo, más sabroso.

—Mmmm… sabes a chocolate.

—Scott, estate quieto. Tengo que irme —le digo entre risas.

Me separo de él y camino hacia la entrada. Abro la puerta con energía y, justo entonces, Henry aparece en el umbral, con una caja blanca entre las manos.

—¡Vaya! —exclama—. Hola.

Me acerco para darle un beso en la mejilla y, al hacerlo, él me coge la mano con cariño… y observa el anillo.

—Ya es oficial —murmura, con una sonrisa amplia y cálida.

—Sí.

—Enhorabuena, cariño.

—Gracias —susurro—. ¿Ya lo sabías?

—Todos lo sabíamos —contesta, guiñándome un ojo justo cuando su hijo aparece por detrás.

Me ruborizo sin querer.

—¿A dónde vas, preciosa?

—Al mercado —respondo, intentando sonar natural—. Voy a traerte unos tomates que están de rechupete.

Él suelta una risa breve.

—Has llegado antes de lo previsto, papá —dice, acercándose.

—Sí. Tu tía. —Me mira de nuevo—. Quería ir pronto al restaurante.

Asiento. Lo entiendo. Hoy reabren después de varias semanas.

—Nos ha preparado esto de postre. —Levanta la caja—. Tarta de galleta.

—Clara es la mejor —dice Scott.

—Sí. Lo es —responde su padre con una sonrisa boba.

Scott y yo nos miramos y sonreímos, cómplices.

—Yo me voy. En menos de una hora estoy de vuelta —les digo a los dos, saliendo por la puerta—. No os portéis mal.

Me sonríen. Scott me lanza un beso, que yo atrapo al vuelo y luego cierra la puerta.