CAPÍTULO 40
Al abrir la puerta del dormitorio, me encuentro con un pasillo lleno de velas encendidas. Pequeñas llamas titilan sobre el suelo, en las escaleras, en cada rincón del salón. Camino despacio con la magnolia en la mano, como si estuviera entrando en un sueño.
Scott me espera en la puerta de la terraza. Dios mío, está… Lleva un pantalón de vestir y una camisa azul oscuro. Me quedo corta si digo que está para comérselo —que lo está— o que está de rechupete —que también lo está—. Está impecable. Lo está.
Me sonríe y me recorre de arriba abajo con la mirada. Me ruborizo, como siempre que me mira así. Me ofrece la mano.
—Señorita Barroso, está espectacular —dice, con voz suave y mirada cómplice—. Su mesa está lista.
Le devuelvo la sonrisa, pero no puedo evitar fruncir el ceño, divertida.
—¿Qué es todo esto, Scott? ¿El vestido? ¿Las velas? ¿La magnolia?
Él ladea la cabeza, como si no hubiera hecho nada fuera de lo común.
—Una noche bonita. Para ti. Porque has pasado días durísimos y porque quiero que te sientas como en una de tus series favoritas.
—Este vestido… voy medio desnuda —digo, mirándome.
—Lo sé. Por eso lo elegí. Pero solo te lo puedes poner para mí.
—Así que es un regalo con condiciones.
—Así es —murmura.
Me río. Le doy la mano y salimos a la terraza.
La mesa está preciosa. Solo un camino de lino natural, estrecho, que cae a los lados. Dos platos de cerámica mate de borde irregular. Copas finas, ligeramente ahumadas. Cubiertos dorados, sencillos. Servilletas de lino gris piedra. Y en el centro, una única magnolia blanca en un jarrón bajo.
Veo la comida dispuesta en bandejas de madera y cerámica y me río. No puedo evitarlo. Lo miro. Él me mira. Y le digo, con una sonrisa traviesa:
—Has hecho trampa. Esto no lo has cocinado tú.
Scott sonríe con aire inocente, con expresión de niño pillo, mientras me aparta la silla, galante, para sentarme.
—Te dije que me encargaba de la cena. No que la cocinase. Las cuatro preciosidades con las que he tomado algo me han ayudado. Han sido mis cómplices.
—¿Cómplices? —le digo, entendiendo ahora todo—. Por eso cuchicheabais durante toda la comida.
—Así es. Tus niñas me han traído las velas y las flores. Tu tía y mamá Carmen, la comida. Yo… —Hace una pausa, se rasca la nuca, como si le costara confesarlo—. Yo he puesto la mesa. He elegido el vino. Y he ensayado cómo no parecer un idiota al verte con ese vestido.
—Pues tengo que decirte que no lo has conseguido —le digo, divertida.
—Lo sé. Me has desarmado por completo.
Observo bien la mesa. Hay queso payoyo, cortado en triángulos perfectos, con membrillo casero.
Paté de caballa con limón, como el que sirve mi padre en el restaurante.
Tostas de pimientos asados con ventresca.
Las minibrochetas de langostinos de mi madre, con ese alioli suave que le sale bordado.
Aceitunas rellenas de almendra… Todo tiene una pinta espectacular.
Imagino que el postre será de mi tía. Como sea milhojas de merengue, me desmayo aquí mismo del gusto.
—¿Y ese vino? Cariño, no puedo.
—Es un espumoso sin alcohol.
Me río. Cojo la copa. Lo acerco a los labios. Las burbujas suben despacio, finas, elegantes. Qué rico. El aroma es floral.
—Está buenísimo. Lo has elegido muy bien. —Le hago un guiño.
—Me alegra que te guste.
Empezamos a picar. El queso tiene ese punto mantecoso que se funde en la boca. Las tostas de pimientos me hacen cerrar los ojos. Y las brochetas de langostinos… Dios mío. Mi madre. Su alioli. Es de otra galaxia.
Hablamos entretenidos durante la cena: del enamoramiento de Emma por Pablo —me pregunta varias veces si el tío es de fiar; yo le insisto en que sí, no quiere que le rompa el corazón a su hermana—. También de lo bien que ha llevado Grace la quimio, que ya ha pasado lo peor.
Y de nombres. Nombres para el bebé.
—Si es niña lo tengo claro —digo, mientras cojo una brocheta—. Olivia.
Scott se queda quieto.
—Es precioso —añado, bajando un poco la voz—. Suena igual en inglés y en español. Eso me gusta. Y además… es el nombre de tu madre.
Me sonríe, pero no dice nada al principio.
—¿Te parece bien? —pregunto, con cuidado.
Él asiente. Me toma la mano.
—Me parece… perfecto. Es un bonito detalle, bombón.
Me acaricia los dedos.
—¿Y si es niño? —pregunta él, recuperando el tono travieso.
—Ahí ya no lo tengo tan claro —respondo con una sonrisa.
—¿Qué te parece Hunter?
—¿Hunter? —repito, como si no lo hubiera oído bien—. ¿Cazador?
—Sí. Tiene fuerza. Suena a tipo que escala montañas.
—No, no. Olvídate. Además, no voy a tener un hijo que se llame como un rifle.
Scott alza los hombros, divertido.
—¿Y Simon?
Madre mía, será una broma.
—¿Simon dice? —le contesto, con cara de «estás loco » —. ¿Como el juego?
—Simon dice que es un nombre elegante —salta, ingenioso.
—Simon dice que no —le replico igual.
Nos reímos. Él se rinde un poco.
—Di uno tú —me dice con voz suave.
Me quedo pensativa. Miro la copa. Miro la magnolia. Miro sus ojos azules.
—No sé… —susurro—. Lo tengo que pensar. Pero esos no.
Scott se lleva la mano al corazón, teatral.
—Me has dejado herido, bombón.
—Te curo luego. Con besos. Y con un nombre decente.
—¿Decente…?
—Sí. Uno que no suene a videojuego o a comando especial.
Nos reímos otra vez. Seguimos cenando. Cuando se lo cuente a las niñas… Esta conversación va a volver, lo sé. Y querrá convencerme con nombres como Ryder, Colt o Maverick. Y de eso nada. Ni hablar.
Llega el postre. Lo reconozco en cuanto Scott se acerca con él: milhojas de merengue. El de mi tía Clara. El de las capas crujientes y el merengue suave.
—No puedo. No puedo. —Abro la boca, babeo por él.
—¿Cómo que no puedes? —se parte de la risa al dejarme el plato en la mesa.
—Esto es… regalo de dioses, Scott. Es el milhojas de mi tía.
—Ya, ya sé que es el milhojas de tu tía —sigue riéndose—. Ha preparado unos cuantos para el restaurante, pero me ha separado dos para nosotros.
—Sabia decisión —le digo.
Le doy el primer bocado. Scott también. Cierro los ojos. El crujido, el dulzor.
— Oh my God —murmura mi bollicao.
—Te lo dije. Es una pasada.
—Con lo goloso que es mi padre… Como le haga postres así, no la deja escapar.
Nos reímos. Pero yo me quedo pensativa. Miro el plato, luego a Scott.
—¿Tú crees que les va a ir bien? —pregunto, sin dramatismo, solo con curiosidad sincera—. Mi tía me ha dicho que le hace muy feliz. Pero… ¿tu padre?
Scott se toma un segundo antes de responder.
—No puedo hablar por él. Ya son mayorcitos. Pero nunca lo he visto con una mujer. Sé que ha tenido sus cosas… sus polvos.
—Scott —le riño, ruborizada—. No hables así.
Él se ríe, bajito, disfrutando de mi reacción.
—Pero es la verdad. Lo que quiero decir es que nunca lo he visto implicado con alguien en serio.
—¿Y con mi tía?
—Puede que sí. Puede que les vaya bien. Está aquí. Ha cruzado el océano para pasar unos días con ella.
—Ya, pero…
—No me vengas con que no es de su mundo. Que si el dinero, que si milloneti ni nada de eso. Ya sabes que esas cosas no nos importan ni a él, ni a mi hermana, ni a mí.
Sonrío. Parece que me estuviera leyendo el pensamiento. Asiento.
—Siempre creí que le pesaba mucho la ausencia y el amor que le tenía a mi madre. Quizá también se haya sentido liberado al contar la verdad sobre ella. Como si al soltar ese peso pudiera abrirse a algo nuevo. A ser feliz.
Lo miro. Tierna. Dulce.
—Ojalá les vaya bien —susurro.
—Ojalá —responde.
La cena ha terminado. El milhojas, devorado. Scott me observa mientras me relamo los labios.
—¿Te ha gustado la cena? ¿Estás bien? —pregunta, con voz suave.
—Estaba todo riquísimo. Estoy empachada, pero feliz.
Scott se estira un poco en la silla, mira hacia el cielo despejado.
—Hace una noche increíble —dice—. ¿Te apetece tumbarte un rato en las hamacas?
—¿Ahora?
—Sí. Para bajar el postre. Para ver las estrellas juntos, abrazados.
Le sonrío como una boba enamorada.
—Tengo champán especial sin alcohol preparado en una cubitera con dos copas. ¿Te convence la idea? —añade.
Asiento. Me levanto. Él me ofrece la mano y yo la acepto.
La brisa es suave. El cielo está limpio, lleno de estrellas. Las velas siguen encendidas. Nos acercamos a las hamacas. Junto a la mesita: la cubitera, las copas, unas fresas.
Seguimos de pie. Scott sirve el champán. Me pasa la copa. Brindamos en silencio.
—¿Ves eso? —dice, señalando el cielo.
—¿Las estrellas? —Alzo la mirada.
—Sí. Pero también nuestro futuro.
Me giro hacia él al escuchar la frase. Y entonces lo veo.
Scott se arrodilla frente a mí, con una cajita en la mano. Pequeña, cuadrada, de terciopelo burdeos. El logo dorado de Cartier brilla bajo la luz de las velas.
La abre despacio. Dentro, un anillo de oro blanco. Clásico, elegante, sin excesos. Un diseño limpio, con un diamante central redondo, engastado en cuatro garras. Perfecto.
Me tapo la boca. Me tiemblan las piernas. Me brillan los ojos.
—Sofía Barroso —dice con emoción—. Mi precioso y tímido bombón de ojos verdes. ¿Quieres casarte conmigo?
Me quedo quieta. Me arde el pecho. Me tiembla el corazón. Y entonces sonrío. Como en las pelis. Como en los cuentos bonitos.
—Sí —susurro—. Claro que sí.
Scott se incorpora. Me pone el anillo. Me besa. Me abraza. Y me pongo a llorar como una tonta.
—¿Pensabas que se iba a quedar todo en aquella pedida en el parque con donuts? —me dice al oído, con humor.
—Sí —me río suave.
—Pues de eso, nada.
Lo miro, parpadeando para apartar las lágrimas de felicidad. Me seca la cara con las manos y me vuelve a besar.
—Ven. Vamos a la hamaca —me dice cariñoso.
Nos tumbamos, yo sobre Scott. Su pecho, mi almohada favorita. Su mano descansa sobre mi vientre. Su caricia, pura ternura.
—¿Lo notas? —susurro.
—No. Pero sé que está ahí.
Suspiramos a la vez. Plácidos. A gusto.
—Bombón… —su voz se vuelve íntima, como si estuviera a punto de confesarme algo—. Creo que lo mejor es que nos casemos ya.
Me incorporo apenas. Lo miro. Tiene los ojos encendidos.
—¿Ya?
—Sí. Esta semana. Aquí, en la villa. No quiero esperar más. Estoy ansioso. Quiero volver a Nueva York con mi mujer.
Pensativa, me muerdo el dedo índice.
—Me dijiste en el avión que no querías casarte con barriga. Pues este es el momento. En una semana, ya. Si esperamos, nacerá el bebé, te olvidarás de querer casarte conmigo. Te dará igual porque estará él… o ella.
—No digas eso. ¿No querer casarme contigo? —niego con la cabeza, casi ofendida.
—Tu vida será el bebé y… se me acabará el sexo —resopla, medio en broma, medio en serio.
Le acaricio la mejilla con una mirada pícara.
—Siempre habrá sexo. Mucho. Con niño, con pañales y con biberones.
Sonríe, complacido.
—Scott. A mí también me gustaría que fuera ya. Pero piénsalo. No estamos todos.
—¿Todos? Estamos tú y yo. —Frunce el ceño.
—Cariño, Emma está en la universidad. Elliot, Emily, Oliver… tienen un juicio importante en unos días. Grace no está al cien por cien. Tu Nana… ¿no te hace ilusión que esté el día de tu boda? Álex se enfadará contigo.
—Sí, pero…
—Ese día tiene que ser especial. Con todos. Nuestra familia. Nuestros amigos.
—¿Y la luna de miel qué? ¿Vamos con el bebé? No fastidies, Sofía.
Me río. En eso tiene razón.
—Podemos hacerla ahora. Estos días. Tenemos el avión. Elige destino.
—¿Antes de la boda? No sé…
—Tengo una idea. Espera. Ahora vengo.
Me levanto. Subo al dormitorio. Entro al baño. Abro el cajón del mueble. Aquí están. Mis gomas del pelo de tela aterciopelada. Cojo dos: verde esmeralda y azul oscuro. Las sostengo. Sonrío.
Cuando regreso, los ojos de Scott me siguen, curiosos.
—¿Qué traes ahí? —pregunta, mirando mi mano cerrada.
Me siento a su lado. Le extiendo las dos gomas.
—Nuestras alianzas. Azul para mí. Verde para ti. Yo con tus ojos. Tú con los míos.
Las observa. Me observa. Sonríe.
—Casémonos. Solo tú y yo. Sin barriga. Aquí. Ahora. Como quieres. Y en unos meses… nos casaremos otra vez.
Cojo su mano, envuelvo su muñeca con la goma, ajustándola con delicadeza. Lo miro a los ojos. Me aclaro la voz.
—Yo, Sofía. Tu bombón. Tu universo. Te prometo que el próximo verano, aquí mismo, en nuestra casa, con nuestro bebé y toda nuestra gente alrededor, me casaré contigo por segunda vez.
Con vestido blanco, con mis padres emocionados, con Emma llorando y con Elliot haciendo chistes malos.
Con muchos donuts y Cola Cao para todos.
Te prometo desearte, amarte y ruborizarme para ti cada día de mi vida. Porque solo tú eres para mí. Te quiero.
Scott sonríe, enternecido. Toma la goma azul, me la coloca en la muñeca y, sin soltarme la mano, dice:
—Yo, Scott. Tu bollicao. Tu duque. Te prometo que esta noche, con el mar y las estrellas como testigo, me convierto también en tu marido.
Te prometo que el próximo verano, renovaremos los votos y brindaremos con toda nuestra familia y amigos.
Te prometo no volver a ser un celoso tonto del culo nunca más.
O al menos intentarlo. Te prometo hacerte feliz, hacerte reír y hacerte el amor cada día de mi vida. Porque solo yo soy para ti. Te quiero.
Me besa. Un beso largo. De esos que no se olvidan. De los que se quedan a vivir.
—Y ahora, llévame a ese estupendo dormitorio y cumple algunas de tus promesas.
—Está hecho, señora Clayton.
Me coge en brazos. En volandas. Como un príncipe a su princesa. Atravesamos la casa entre risas y miradas cómplices. Cruzamos el umbral del dormitorio como dos recién casados y terminamos nuestra noche de bodas con amor. Mucho amor.
Porque esa noche, en la villa, con el mar susurrando tras los cristales y dos gomas de pelo como símbolo, nos convertimos en marido y mujer. Sin papeles. Sin ceremonia. Solo promesas. Solo amor.
Y cuando llegue el verano, con vestido blanco y con nuestro bebé… lo volveremos a hacer.
Volveremos a casarnos.