Solo yo soy para ti (Solo nosotros 2) CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

Scott conduce a Suki.

Me quito las sandalias nada más entrar, como siempre. Apoyo la cabeza en la ventanilla. No hablo; no tengo ganas.

Mi bollicao me mira de reojo. Tampoco dice nada. Solo sigue al volante, tranquilo.

Respiro hondo y me giro un poco hacia él.

—Creo que tenías razón —susurro—. Cuando dijiste que era pronto para hacer el viaje.

No me responde. Mira al frente.

—Quizá deberíamos habernos quedado en Nueva York, Scott.

—¿Por qué dices eso ahora?

—Porque sí. Porque mi mente me está jugando malas pasadas.

Se gira un instante. Su mirada es pura ternura.

—Veo a Alice en todas partes. Creo que está ahí… pero luego no está.

Scott estira la mano y me acaricia la pierna sin apartar la vista de la carretera.

—Bombón, estuviste muchos días en coma. Date tiempo.

—Ya…

Se me escapa una sonrisa triste. Me encojo, como si quisiera desaparecer en el asiento.

—Quiero acostarme —susurro—. Estoy cansada.

—Claro. Es pronto, no son ni las seis. Cuando lleguemos, duermes un rato. Te despierto para cenar.

Asiento.

Al aparcar, agarro las sandalias, el bolso y salgo del coche. Camino con paso desganado, como si cada uno de esos pasos me costara más de lo que debería. Me entristece verme así.

Scott se coloca a mi lado, sonriendo de oreja a oreja. Se arrima, me hace carantoñas, me da golpecitos suaves en la nariz, en el hombro, en la cadera. Como si jugara a despertarme por partes.

—¿Y esta tortuguita que camina a mi lado? —dice con su precioso acento, queriendo animarme—. ¿Qué le ha hecho a mi bombón?

No respondo. Pero una sonrisa pequeña se me escapa.

—¿Sabes qué necesitas? —dice mientras abre la puerta de casa—. Una dosis urgente de Minnie Mouse y mimos nivel experto.

Me río bajito. No por lo que dice —bueno, un poco sí— sino por cómo lo dice. Como si quisiera desmontar mi tristeza con una sola frase.

Subimos las escaleras. Él detrás, haciendo ruiditos de robot cansado. Me hace reír sin querer.

—Scott…

—¿Sí?

—Gracias.

—De nada —responde, dándome un tierno cachete en el trasero.

Entramos en el dormitorio. La luz es suave. Huele a limpio. A casa.

Scott abre uno de los cajones de la cómoda y saca mi camisón de Minnie. Lo levanta como si fuera un tesoro.

—Aquí lo tenemos.

Me ayuda a quitarme el vestido. Me besa el hombro. Me pasa el camisón por la cabeza y me lo ajusta con cuidado, como si yo fuera frágil.

—Listo. Nivel ternura desbloqueado.

Lo miro. Sonrío y me apoyo en su pecho. Me abraza.

—A la cama —me dice al oído.

Me tumbo despacio. Él acomoda la almohada, me cubre con la sábana y me besa la frente, la nariz, los labios.

—Descansa. Te despierto en un rato.

—Vale…

—Te quiero —susurra, antes de salir.

Deja la puerta entreabierta.

Y yo me quedo ahí, en silencio.

Me despierto sobresaltada. Me falta el aire. Abro los ojos de golpe, el corazón latiendo fuerte. La habitación está en penumbra; la cortina se mueve con la brisa. Estoy empapada en sudor. El camisón se me pega al cuerpo.

Creo que grito. No sé si lo hago en voz alta o solo en mi cabeza.

Y entonces Scott aparece por la puerta.

—Sofía —dice, con cara de susto—. ¿Qué pasa?

Me incorporo temblando, intentando que mi voz no se quiebre.

—Alice —murmuro—. Me atacaba otra vez. Me gritaba. Decía que no había terminado conmigo.

Scott se acerca. Se sienta en el borde de la cama y me mira como si quisiera protegerme del mundo. Me aferro a esa mirada.

—Solo ha sido una pesadilla —susurra—. Estás aquí. Conmigo. A salvo, bombón.

Asiento, pero me cuesta respirar. Me cubro el rostro con las manos. Intento calmarme.

Scott me aparta un mechón de la frente y me envuelve con los brazos.

—¿Quieres que me quede un rato contigo? —pregunta en voz baja.

—Sí… por favor. No quiero estar sola —le confieso, con la voz rota.

Se tumba a mi lado y me acurruco junto a él. Siento su cuerpo cálido, firme, protector. Su mano en mi espalda se mueve despacio, como si dibujara círculos para calmarme.

—Estoy empapada en sudor —susurro, avergonzada.

—Me da igual —responde sin dudar.

—A mí no.

—Entonces… —susurra—. Te lo quitaré.

Sonríe, travieso. No puede evitarlo. Es parte de él. Y esa parte me encanta. Bueno, en realidad… me gustan todas.

Sus dedos juegan con el borde del camisón. Rozan mi muslo, mi cintura, mi espalda. Me lo quita con cuidado.

Y yo le devuelvo la sonrisa.

—Eres un marrano. ¿Qué quieres? —le digo, medio en broma, medio en serio.

No responde. Se limita a besarme el cuello, luego la clavícula.

Su mirada baja a mi pecho y se detiene ahí, sorprendido.

—Cariño, están…

Sonrío.

—Sí. Me han crecido un poco por el embarazo.

—Ya veo… —murmura, con esa voz grave que me enciende.

Sus labios rozan mi piel y por un instante me dejo llevar. Me hace olvidar. Me gusta. Pero lo detengo con una mano en su torso.

—Scott —susurro entre risas suaves—. Estás irresistiblemente guapo cuando te pones así, y tengo tantas ganas como tú, pero necesito una ducha. Sentirme limpia. Oler bien.

Él se queda quieto, me mira, y suelta un gruñido de oso algo teatral.

—Me dejas sin sexo —responde, exagerando el drama.

—Solo un rato. —Le guiño.

Suspira, derrotado pero divertido.

—Está bien. Te preparo la bañera. Agua caliente, espuma… lo que quieras. Y mientras, me ocupo de la cena.

—¿Mucho nivel, chef?

—Vas a alucinar.

Abro más mis ojos verdes y sonrío. ¿Alucinar? Me entra la curiosidad.

Me acaricia la mejilla antes de levantarse. Lo sigo con la mirada y mientras entra al baño, suspiro. Me doy cuenta de algo. Todo esto —sus besos, sus bromas, su forma de mirarme— han barrido la pesadilla.

Minutos después, ya estoy dentro. La bañera es un paraíso. Me sumerjo un poco. Agua caliente como me prometió, perfumada. La espuma me rodea como una nube amorosa.

Cierro los ojos y disfruto de la balada que me ha dejado preparada Scott, rebuscando en mi playlist . I Want to Know What Love Is, de Foreigner. Me encanta esa voz rasgada. Respiro hondo.

El baño es como el resto de la casa: blanco, con paredes encaladas, suelo de piedra clara, una planta colgante y una ventana abierta al mar.

Apoyo la cabeza en el borde. El colgante roza la superficie, como si también quisiera descansar.

Pienso en Alice. En su risa absurda. En su mirada… pero no. No esta noche. Cierro esa puerta. Hoy solo existe Scott. Cena. Risas. Amor.

Al salir, el vapor huele a lavanda y cítrico. Me envuelvo en la toalla. El suelo está fresco bajo mis pies, y esa sensación me gusta.

Respiro hondo. Me siento bien.

Seco mi pelo con mimo. Intento hacerlo como me enseñó Mauricio, aunque sé que el resultado no será el mismo.

Cuando regreso al dormitorio, me detengo en seco.

Sobre la cama, perfectamente extendido, hay un vestido de seda dorado. Lo toco con las puntas de los dedos. Es suave como el agua. Me acerco a la etiqueta. Zimmermann.

Espalda al aire, escote profundo, tirantes finos. Sexi. Elegante. Atrevido. A su lado, sandalias de taconazo a juego. También lencería.

¿Mi bollicao me ha comprado… —acaricio el tanga del mismo tono que el vestido— este capricho?

Es mínimo, delicado, con los bordes de encaje floral que parecen dibujados a mano. Lo levanto con los dedos. Es especial. Sensual.

Me muerdo el labio. Me brillan los ojos.

Encima del vestido, una magnolia blanca. Mi flor. Y una nota.

Te espero abajo. La cena está lista. Te quiero

S.

Parece el inicio de una noche de cuento. Scott sabe que adoro las sorpresas… pero esta supera todas.

Me visto despacio. Primero, mi minúscula ropa interior. Después, el vestido, que se desliza perfecto sobre mi piel. Me miro al espejo. El colgante que me regaló brilla en el escote. Estoy… deslumbrante.

Son cerca de las nueve. La hora perfecta para que esta princesa vaya en busca de su príncipe, de su duque, de su bollicao.