CAPÍTULO 38
Caminamos descalzos por la playa, de la mano y rodeados por las chicas. Al fondo, la música suave de El Pez Limón se mezcla con el rumor del mar. Cuando llegamos, Scott se detiene.
— Girls ! —dice con una sonrisa —. Ahora vuelvo. Acompaño a Sofía. No tardo.
Alba lo observa con una ceja levantada. Sabe que no se trata solo de acompañarme. Rocío y mi tía le sonríen. Mamá Carmen le lanza un beso al aire y le dice:
— Okay, baby . Pero vuelve pronto.
Scott le da un beso en la mejilla y mi madre se derrite.
Nos alejamos despacio. El siguiente chiringuito es el de Mario.
Cuando estamos a unos metros, lo veo tras la barra; él también nos ve. Scott levanta la mano en un saludo breve, sin entusiasmo. Mario responde con un gesto parecido, sin más.
Me río bajito. No puedo evitarlo.
—Relájate —le susurro a Scott—. Todo va a ir bien.
Él me mira. Suspira.
—Cuando vuelvas a casa, conduce con cuidado —dice, como si se tratara de una despedida más seria de lo que es—. A mí me llevará Alba a la villa.
Antes de que pueda responder, se acerca. Me rodea con los brazos y me besa despacio. No es un beso cualquiera: es largo, firme, con intención. Me acaricia la espalda, me aprieta contra él y lo hace justo cuando Mario sale de la barra.
Lo veo de reojo: se detiene y observa.
Scott lo sabe. Lo está haciendo para él. Para que lo vea.
Cuando se separa, me mira con una sonrisa ladeada, con un punto travieso.
—Te quiero —dice, sin bajar el tono.
—Lo sé —respondo, divertida.
Me da un último beso en la frente, y luego se gira y se aleja.
Cuando estoy a un paso de Mario, me detengo. Lo miro. Lleva una camisa blanca, abierta en el cuello y el pelo algo revuelto por la brisa. Está más delgado, como cada verano, después de tanto trabajo.
—Hola —digo con una sonrisa suave.
Mario me abraza con emoción y yo también lo hago, con ternura.
Nos separamos despacio. Me acaricia el brazo. Tiene los ojos brillantes.
—Estás aquí. Estás preciosa —susurra.
Se me suben los colores.
—¿Cómo te encuentras, Sofía?
—Estoy bien —respondo—. Quería que lo supieras.
Nos sentamos en una de las mesas. Yo, con los pies hundidos en la arena. Él, a mi lado.
Echo un vistazo alrededor: una pareja toma algo en la mesa de al lado; unos chicos charlan apoyados en la barra, con cervezas. No veo a Juan, su socio. Solo a una camarera que limpia vasos con calma.
—No sabes lo que sentí cuando me dijeron lo del coma. Me quedé helado —dice, agarrándome la mano—. Hablé con tu madre. Pensé en ir a Nueva York, pero imaginé que tu chico estaría contigo y que no era mi lugar.
—Sé que preguntabas por mí todos los días —le digo, con los ojos húmedos—. Mi madre me lo contó.
—Estaba preocupado —responde, bajando la mirada—. No estamos juntos, Sofía. Pero tú siempre vas a ser importante en mi vida.
Asiento. Sonrío.
—Tú también lo eres para mí, Mario.
—¿Qué tal estás con tu americano?
—Bien. Muy bien.
—Me alegro —dice y lo dice de verdad; lo noto, aunque le cuesta.
—Gracias por llamar.
—No podía hacer otra cosa —responde, mirando la arena—. Tu madre me contó que te atropelló una loca que estuvo con…
—Con Scott. Se llama Scott.
Le cuesta ponerle nombre.
—Sí. Scott —dice, al fin—. Me dijo que esa mujer te ha hecho la vida imposible.
Asiento.
—Sí. Pero estoy bien. Aunque… todavía no la han detenido.
—¿Y eso? —se sorprende.
—Está desaparecida —le digo, encogiéndome de hombros.
—Seguro que pronto darán con ella. —Me acaricia la mano.
Nos quedamos un segundo en silencio. Me observa.
—Estás distinta, Sofía.
—Bueno… algo sí que lo estoy. Estoy embarazada —le digo, con timidez.
Sus ojos se abren un poco.
—Vaya… —susurra.
—Nos vamos a casar.
Ahora sí que se queda callado. Mira al horizonte.
—¿Lo quieres? —pregunta.
—Sí. Estamos muy enamorados.
Suspira.
—Siempre quisiste una boda bonita —dice con una sonrisa triste.
—Tú estás con alguien. Lo recuerdo.
—Sí. Seguimos juntos. Es muy buena.
—Me alegro.
Entonces, la camarera se acerca a Mario.
—Perdona —le dice, con voz suave—. El señor de la barra me ha pedido un cóctel que no sé preparar bien.
Mario gira la cabeza y mira al cliente. Yo también lo hago y lo reconozco.
Es el mismo hombre de cara amable que vi esta mañana en la cafetería, mientras desayunábamos Scott y yo.
Mario se levanta.
—No tardo nada, Sofía —me dice.
Camina hacia el cliente. Le sonríe.
Yo me quedo sola y miro hacia la playa. La gente toma el sol, se baña, ríe. Una niña corre hacia el agua con un flotador rosa. Una pareja juega a las palas. Todo parece normal.
Pero entonces… ocurre otra vez. La veo. O creo verla. Una mujer. De pie, cerca de la orilla. Me está mirando y se ríe. No es una risa amable; es una risa que me hiela.
Me quedo paralizada. No puede ser.
—¡Mario! —grito, sin pensarlo.
Él se gira. Vuelve corriendo.
—¿Qué pasa?
—Está ahí. Alice.
—¿Alice? —pregunta, mientras sigue la dirección de mi mano.
Mierda, Mario no la conoce.
—La que me dejó en coma. Esa loca.
Miro de nuevo, pero no hay nadie. Solo el mar. Solo la gente.
—¿Estás segura de que era ella?
—No. No lo sé… —susurro.
Dios mío, creo que me estoy volviendo loca.
Mario me observa. Me toca la mano.
—Cálmate —dice, con voz tranquila.
Respiro poco a poco. El hombre amable nos mira, igual que el resto de los clientes.
—Atiende a ese señor, Mario. Estoy bien.
—Vengo ahora, Sofía.
Minutos después, Mario vuelve. Me mira.
—Sofía…
Me estoy tocando el vientre. Me duele, aunque no es un dolor fuerte: solo es una molestia, una presión rara.
—¿Te encuentras mal? —pregunta, acercándose rápido.
—No, no. Estoy bien.
—¿Quieres que llame a tu madre? ¿A Scott? ¿Vamos al hospital?
Niego despacio.
—No. No quiero que se asusten.
—Pero tú estás asustada. Te conozco.
Asiento.
—Un poco —me tiembla la voz—. Llama a mi madre. Está con Scott. Con las niñas.
Mario no duda. Me toca el brazo con suavidad.
—No te muevas.
Se aleja unos pasos. Saca el móvil. Lo veo marcar. Camina hacia el lateral del chiringuito, buscando algo de intimidad.
Yo me quedo sentada con la mano en el vientre y la mente revuelta.
Scott aparece minutos después corriendo por la arena, solo. Tiene la cara desencajada. Se agacha junto a mí. Me sujeta las manos. Me besa en la frente.
—¿Qué ha pasado? ¿Te duele?
—Ya no. La molestia ha desaparecido. Pero quiero irme a casa.
—Te llevo ahora mismo.
—¿Mi madre? —pregunto.
—Tu madre. Todas. Querían venir, pero les he dicho que no. Les he prometido mantenerlas informadas.
—Vale —susurro.
Se gira hacia Mario. Le tiende la mano.
—Gracias, Mario.
La acepta. Asiente.
—Sofía cree haber visto a esa tal Alice —dice, mirándolo con preocupación.
Scott me observa. Yo bajo la mirada.
—No sé si era ella… o si fue mi cabeza. Otra vez.
—Ya está, bombón —dice, en voz baja, mientras me ayuda a incorporarme.
Nos despedimos de Mario con un gesto cariñoso. Me da un abrazo lento, sentido, y me dice:
—Descansa. Hablamos estos días.
—Claro. Gracias por todo.
Scott me da la mano y nos alejamos despacio, mientras la brisa arrastra el olor a sal.