Solo yo soy para ti (Solo nosotros 2) CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

Septiembre en Zahara tiene algo mágico. El sol sigue siendo generoso, pero el pueblo respira más despacio. Las calles están menos transitadas, los saludos entre vecinos se alargan y la cafetería El Portón se siente más tranquila. Sin filas. Sin prisas.

Scott y yo llegamos caminando desde donde dejé aparcado a Suki.

La entrada es discreta, pero al cruzar el umbral de lo que fuera una antigua casa familiar aparece un patio típico zahareño precioso: suelo de barro cocido, mesas de madera, farolillos colgando entre ramas de parra y árboles frutales que dan sombra.

Varias mesas están ocupadas. Una pareja mayor desayuna cerca del limonero; dos chicas jóvenes ríen bajito junto a la fuente; un hombre hojea el periódico con gesto distraído. Y en otra mesa, una mujer con gafas de sol y vestido largo escribe en una libreta mientras remueve su café.

Nos sentamos al fondo, junto a una pared de piedra decorada con flores frescas. El aire es suave. Una delicia.

Poco después entra un hombre de cincuenta y tantos, complexión fuerte, mirada amable. Lleva camisa clara y gafas de sol colgando del cuello. Se instala en una mesa cercana. No parece tener prisa.

Una camarera se acerca: morena, coleta alta, sonrisa amplia. Cuando llega a nuestro lado, sus ojos se desvían más de lo necesario hacia Scott. No es descaro. La entiendo. Es muy guapo. La sonrisa se le congela un instante y, al darse cuenta, carraspea y recupera el ritmo.

—Buenos días, pareja. ¿Os apetece desayunar algo especial?

Scott le devuelve la sonrisa, amable, sin darse cuenta de nada. Yo sí lo noto y me río bajito.

Él me mira sin entender.

—Buenos días. Yo quiero un mollete de multicereal con aguacate, tomate y queso fresco. Y un zumo de naranja natural, por favor —digo. Estoy hambrienta.

—Para mí lo mismo, pero con jamón serrano —añade, Scott, con su delicioso acento.

Aaaay… cómo les gusta a los guiris nuestro jamón. Sonrío por dentro.

—Perfecto. Enseguida os lo traigo —dice ella y se aleja con paso ligero.

—¿Qué pasa? ¿Por qué te has reído? —pregunta cuando nos quedamos solos, ladeando la cabeza.

—Nada… —respondo, divertida—. Solo que acabas de causar sensación. Como siempre.

—¿Sensación?

—Sí. Entre las mujeres. No te hagas el tonto. Ya sabes que gustas mucho. Siempre te miran como si fueras el postre más rico que existe.

Se ríe a carcajadas.

—¿Celosa?

—No. Ya no. Porque sé que ese postre es todo mío.

Sigue riéndose.

—Así es. Todo tuyo —dice, inclinándose para besarme.

La camarera vuelve con los desayunos. Esta vez, más centrada. Scott paga y, antes de irse, me lanza una mirada rápida, cómplice, que dice: «Qué suerte tienes, bonita».

Sonrío. Porque sí. La tengo.

El zumo está dulce, el mollete, crujiente. El sol se cuela entre las hojas de la parra y me acaricia los hombros. Hay algo que no hemos hablado y me ronda por la cabeza.

Me limpio los dedos con la servilleta, lo miro y bajo un poco la voz.

—Scott… quiero hablar contigo de un par de cosas.

Él deja el medio mollete sobre el plato. Me mira, atento.

—Tú dirás, bombón. ¿Qué dos cosas son esas?

—Lo primero es saber si has hablado ya con Emma. Estos días en el hospital no lo mencionamos, pero quería saber si le contaste lo de tu madre, las pruebas…

Suspira. Se pasa una mano por la nuca.

—No. No se lo he contado aún. Con lo del accidente… contigo… lo aparqué todo.

—Lo entiendo —susurro.

—Pero cuando volvamos a Nueva York, mi padre y yo hablaremos con ella. Juntos.

Le agarro la mano.

—Cuanto antes, mejor —le digo—. Tiene que saberlo.

Scott asiente. Me besa los nudillos y sonríe.

—¿Y lo segundo?

Respiro hondo. No quiero que se enfade.

—Lo segundo… —murmuro, bajando aún más la voz—. Es que quiero ver a Mario.

Scott cambia el gesto. No dice nada.

—No te lo he dicho antes porque no sabía cómo ibas a reaccionar. Estando en coma, Mario llamó a mi madre todos los días preguntando por mí.

Scott sigue sin hablar. Levanta una ceja. No está muy entusiasmado.

—Sabe que me he despertado.

Se pasa la lengua por los labios. Se queda serio. Me mira con intensidad.

—No me emociona la idea —dice, al fin—. Pero si quieres hacerlo, lo entiendo.

¿Lo entiende? Menos mal. Esas sesiones están dando fruto, sí señor. Hace tiempo, esta conversación habría sido un terremoto. Y él, convertido en dragón —como dijo Elliot—, habría escupido fuego por cada poro.

—Tengo que agradecerle que estuviera pendiente. Que se preocupara por mí.

Scott asiente. No sonríe.

—Está bien. Haz lo que creas conveniente.

—Gracias por no enfadarte. —Le regalo una sonrisa dulce—. Además, también le voy a decir que nos vamos a casar. Que nuestro gordito o gordita está en camino.

Su gesto apenas cambia, pero una sonrisa leve se le escapa.

—¿Y ahora qué? —pregunta tras apurar el zumo—. ¿Qué quieres que hagamos?

Vale, creo que el tema Mario queda archivado.

—Ahora… —alargo la palabra como una nota musical—. Ahora toca llenar de cosas ricas esa cocina nueva.

— Supermarket ?

— Supermarket —confirmo, guiñándole un ojo.

Sonríe, se levanta y me ofrece la mano. Salimos del patio de El Portón todavía con el sabor dulce del zumo en la boca y el sol calentándonos la espalda.

Caminamos despacio por las calles tranquilas del pueblo.

Scott entrelaza sus dedos con los míos y, durante unos metros, no hablamos; solo disfrutamos del paseo, del aire suave, de estar juntos.

Al llegar al supermercado, suelta mi mano para coger un carrito y lo empuja como si llevara haciéndolo toda la vida.

Yo camino a su lado, observándolo. Me hace gracia vernos así, tan normales, tan cotidianos.

Lo miro de reojo, divertida. No sé si mi bollicao habrá hecho muchas veces la compra —seguro que Nana se ha encargado siempre de todo—.

—Vale —digo, tomando el mando—. Fruta primero. Pan. Leche. Aceite. Cola Cao. Helado. Lo importante. Lo necesario. Después, los caprichos.

—¿Tu heladito es importante? —pregunta, con ese gracejo que le sale solo.

—Por supuesto —respondo, poniendo los ojos en blanco—. El helado no es capricho, es necesidad. Lo ha pedido el bebé. Yo solo obedezco. Y… vamos a coger palomitas también.

Se ríe. Me encanta cuando lo hace.

—Esta noche me encargo yo de la cena —dice de repente, mientras mete dos botellas de aceite en el carro—. No quiero que te canses. Seré tu chef.

—¿Ah, sí…?

Sonrío. Me intriga. Él me lanza una mirada rápida, cómplice.

—Te puedo ayudar, si quieres.

—No, no. Sorpresa —responde. Y entonces cambia el gesto—. Puedes quedar con el surfista ese hasta la hora de la cena.

Ya está aquí. La frase, con su veneno suave que cae sobre nosotros.

—Scott…

—Está bien… Lo siento —gruñe, bajando la mirada.

Le doy un cachete en ese culo tan bonito que tiene y seguimos caminando, pero al girar por el pasillo de los yogures, la veo.

O creo que la veo.

Una mujer. Me mira un segundo. Luego se da la vuelta. Se me congela el cuerpo. Es Alice. El Cola Cao se me resbala de las manos y cae al suelo.

Scott se gira, alerta.

—¿Qué pasa, cariño? —me pregunta al verme la cara desencajada.

—Alice. Ahí.

Sigue mi mirada, tenso. La mujer ya no está.

—¿Alice? —repite, con la voz más baja.

Da un paso hasta el final del pasillo, como si fuera a seguirla.

—¿Estás segura?

—No. No sé… —susurro, agachándome para coger el bote—. Me pareció verla.

Scott frunce el ceño. Mira a su alrededor, escudriñando entre los estantes, los pasillos, los rostros de la gente.

—¿Aquí? —pregunta con la mandíbula apretada.

—Sé que suena imposible —digo, sin mirarlo—. Pero por un segundo… fue como si estuviera justo ahí.

Scott se queda pensativo.

—Voy a echar otro vistazo —dice y se aleja unos pasos sin dejar de observarme.

Lo veo ir hacia los estantes de cereales.

Respiro hondo. Me obligo a recomponerme.

Cuando vuelve, niega con la cabeza.

—Nada. Nadie que se le parezca.

Me mira preocupado.

—Vamos, bombón. Acabemos con la compra. —Me acaricia la espalda.

—Sí, vamos. Ha sido mi imaginación —digo más para mí misma que para él.

Intento sonreír. Lo tengo demasiado reciente. El accidente. El miedo. Todo. Tiene que ser eso. Un fantasma en mi cabeza.

Seguimos avanzando por los pasillos, metiendo en el carrito lo que falta: pasta, yogures, verduras, alguna tontería que Scott coge sin mirar precios y que yo dejo pasar porque me hace gracia verlo tan aplicado.

Poco a poco, la tensión se diluye. Él suelta un comentario tonto sobre una marca de cereales, yo le respondo con otro, y la normalidad vuelve a instalarse entre nosotros.

Pagamos, regresamos a la villa y el resto de la mañana la pasamos organizando la cocina, los armarios, el inmenso frigorífico y, bueno… explorando algún rincón de la casa a nuestra manera.

Cuando por fin salimos, ya con el mediodía encima, nos dirigimos al restaurante de mis padres. Se abre mañana, hoy es solo para nosotros. Los de casa. Una comida íntima.

Las niñas y Pedrito también están. Mis padres han pasado la mañana ultimando mil cosas. Y cocinado. Mucho.

El señor Francisco ha preparado su atún rojo con tomate.

Mamá Carmen, ensaladilla de gambas y croquetas de carabineros, que saben a gloria.

Y mi tía —que me lo ha contado por mensaje—, ha hecho tocino de cielo de postre.

Parece que, aunque ha pasado la mañana con mi suegro, también ha encontrado tiempo de meterse en la cocina.

En ese mismo mensaje me ha confesado algo que me ha dejado el corazón blandito: que cada minuto con Henry la hace más feliz.

¿Será él… esa persona que lleva toda la vida esperando?

Scott y yo ayudamos a mi madre a poner bonita la mesa larga junto al ventanal. Mamá Carmen le pone ojitos. Será posible… ¿Es que lo va a querer a él más que a mí? Bueno, le quedan unos meses. Disfrútelos, señor Clayton. Cuando el bebé llegue, será destronado.

Alba charla con Henry en la barra. Mañana por la tarde han quedado con Scott para revisar un tema del holding: la adquisición de un edificio histórico en el Upper West Side que quieren reconvertir en viviendas de lujo con espacios culturales.

El proyecto lo lideran ellos, y Alba tiene que organizar los primeros pagos.

En la cocina, Pedro ayuda a mi padre a emplatar el atún. Le pone el perejil como si fuera la guinda de un pastel.

Rocío y mi tía Clara han abierto una botella de vino blanco y se han sentado en otra mesa.

Hablan de los planes de boda con Pedrito.

A ella le encantaría casarse en la iglesia del pueblo.

Es pequeña, sencilla, pero cuando el sol entra por el óculo que hay en el altar, la luz se vuelve dorada y cálida. Es mágica.

La comida transcurre entre risas, brindis y platos rebañados. Por Dios, el atún con tomate está de caérsete las lágrimas. Algunos se lo comen tal cual, pero mi bollicao y yo le hemos añadido un huevo frito con su puntillita. Creo que lo estoy convirtiendo en un glotón como yo.

Scott se ha sentado entre mi madre y Rocío, y lleva media comida entre cuchicheos y risas con ellas. Las tiene cautivadas. Aunque, de vez en cuando, me lanza miraditas y guiños para no desatenderme.

Cuando llega el tocino de cielo, Alba propone:

—¿Y si luego tomamos algo en el Pez Limón? Las caipiriñas de ese chiringuito son mi perdición.

Scott se tensa.

—Sofía no puede —dice sin levantar la vista del postre.

—¿No puedes? —pregunta Rocío, sorprendida.

—No —respondo, tranquila—. He quedado con Mario.

El silencio cae. Todas las miradas se dirigen hacia Scott. Tiemblan.

—Le escribí hace un rato. Solo para decirle que estoy bien y que, si quería, podíamos vernos. Me respondió enseguida.

Scott levanta una ceja, medio teatral. No dice nada, pero ese gesto —entre celoso y resignado— lo delata. Alba lo pilla al vuelo y sonríe. Mi madre también.

—Solo quiero que me vea. Que sepa que estoy bien. Y agradecerle que se preocupó por mí todos los días.

—Me parece bien, Sofía —dice Rocío, serena—. Fue un bonito gesto por su parte.

—Yo tampoco puedo ir a tomar algo —salta Pedro, cortando el momento—. He quedado con mi primo Carlos.

—Yo me voy a El Palmar a hacer surf, chicos —añade mi padre—. Y me llevo a Henry. Que le voy a enseñar a coger unas olas.

Scott se ríe.

—¿Vas a aprender a surfear, papá?

—Parece ser que sí —responde, sonriendo y subiendo los hombros, como si aún no se lo creyera del todo.

—Vente, Scott. Vente con nosotros —lo anima mi padre.

—No puedo, Paco. Me tomaré algo con las chicas y luego me iré. Hoy me encargo yo de la cena en casa. —Me guiña el ojo—. Prometo ir otro día. Sofía dice que eres un gran profesor.

Miro a mi padre, y su sonrisa crece orgullosa antes de responderle divertido:

—Madre mía, Scott. Tú solo con cuatro mujeres.

—Me voy a poner celosa —sonrío.

Él me hace un gesto pícaro, como diciendo: «Tú te lo pierdes. Por irte con tu ex».

Sonrío más.

Y entonces mamá Carmen, que lleva un rato callada, suelta:

—¡Qué maravilla, caipiriña con mi niño Scott! Voy a ser la envidia de mis amigas. Ya me veo presumiendo en la cola de la carnicería mañana.

Todos nos reímos con ella.