CAPÍTULO 36
Me despierta su voz. Grave, suave, cerca.
Estoy en una cama enorme. El colchón es… —me estiro— tan cómodo. Me envuelven unas sábanas de algodón egipcio que huelen a nuevo, a fresco.
—Buenos días, dormilona —susurra.
Parpadeo. El sol se derrama por los ventanales. Frente a mí hay una pared de cristal. Más allá, el mar: azul, inmenso. Y esa luz… esa luz que solo existe aquí, en el sur.
Scott está sentado en el borde de la cama, mirándome con esa cara perfecta. Solo lleva el pantalón del pijama. El torso desnudo. El pelo revuelto. Me sonríe como si llevara horas esperándome.
—¿Estamos en…? —pregunto, con la voz aún empapada de sueño.
—En casa —responde.
La memoria empieza a encajar. Me quedé frita. Recuerdo sus brazos rodeándome mientras subíamos unas escaleras. Mi duque. Sonrío sin poder evitarlo.
—Me trajiste dormida.
—Sí. Quería enseñártela, pero estabas tan agotada… —Me acaricia el pelo.
Me incorporo despacio. La camiseta gris que llevo no es mía: es suya. El vestido rosa que llevaba ayer ya no está. No sé cómo ni cuándo me lo quitó, pero ahora solo tengo puesta su camiseta. Larga. Suave. Con su olor.
La vista me roba el aliento. El dormitorio se abre al océano Atlántico. Es amplio, de líneas limpias y estética minimalista, con una paleta de blancos, beige y madera lavada que transmite serenidad. Las vigas vistas en el techo, tratadas en tonos claros, aportan calidez.
A cada lado de la cama, mesillas flotantes de madera reciclada sostienen lámparas de mimbre trenzado. Frente a ella, una alfombra de yute cubre parte del elegante suelo de cemento pulido.
En una esquina, una butaca de ratán con cojines mullidos parece susurrar: «Siéntate». Sobre una cómoda baja, una vasija de barro con ramas de lavanda perfuma el aire. Todo está en su sitio; nada sobra.
—Es una preciosidad… —susurro, casi sin voz—. Increíble.
Scott sonríe satisfecho.
—Y solo has visto el dormitorio. Venga, arriba —dice, dándome un golpecito en la punta de la nariz—. Quiero enseñártela entera.
Se incorpora, pero le agarro del brazo y lo hago sentarse de nuevo. Ladeo la cabeza, me muerdo el labio y lo miro con picardía.
—Tengo una propuesta para ti. Sé que te encantan.
Él arquea una ceja, divertido.
—¿Ah, sí…?
—Sí. Primero… —me acerco y deslizo la punta de los dedos por su pecho desnudo—, quiero que hagamos el amor en nuestra cama.
Scott se ríe. Esa risa que me vuelve loca.
—Ajá…
—Después me enseñarás nuestra maravillosa villa.
—Ajá…
—Y luego, cuando estemos duchados y radiantes… te llevaré a desayunar a un lugar estupendo. Estoy segura de que la cocina será una joya, pero estará vacía.
Scott se inclina hacia mí, con esa sonrisa traviesa dibujada en los labios. Sus ojos intensos y cálidos se clavan en los míos.
—Me encanta tu propuesta —susurra, acercándose, hasta que su aliento roza mi cuello—. Vamos con el primer punto.
Sus manos se deslizan por mi cintura y me tumba con delicadeza sobre las sábanas, sin dejar de mirarme.
Sus labios rozan los míos, suaves, provocadores.
Me quita la camiseta despacio, como si cada centímetro de piel descubierta fuera un regalo y me recorre como si quisiera memorizarme con las yemas de los dedos.
Su torso se inclina sobre mí y su mirada azul se vuelve más intensa, más profunda. Me besa la clavícula, el cuello, el borde de la mandíbula. Mis manos exploran su espalda, su pecho, su nuca. Lo acerco más. Lo quiero más cerca.
—Te quiero —sale de mis labios con amor.
—Te quiero —responde él, con voz baja, seductora, mientras sus dedos bajan por mi vientre y me hacen arquear la espalda.
El algodón egipcio se convierte en cómplice. El murmullo del mar, en banda sonora. Nos perdemos el uno en el otro sin prisa. Sus manos me conocen como si fueran mías. Me susurra cosas al oído que me hacen reír, suspirar, temblar. Me dice que soy suya. Le digo que lo soy.
Nuestros cuerpos se buscan, se encuentran. El calor sube mucho —muchísimo—, mientras la villa entera parece contener la respiración.
Termino tumbada en sus brazos. Agotada. Satisfecha. Me acaricia el cuello con la nariz.
—Sofía…
—Dime.
—Del uno al diez… ¿cuánto?
Le escucho reírse y alzo la mirada hacia él.
—Qué tonto eres —le digo, poniendo los ojos en blanco.
Él sonríe, desliza su dedo índice por mis labios y murmura:
—Tú sigues siendo mi perfección. Mi cien, cariño.
—Tú… tú no has estado nada mal —le digo, divertida.
—Mentirosa. Soy un mil. Lo dijiste.
Nos reímos y, como aquella vez, se lanza a hacerme cosquillas. Me revuelvo. Me atrapa. Me besa de nuevo hasta conseguir mi rendición. Y por un momento, volvemos a perdernos.
Más tarde, duchados y relucientes, me preparo para mi tour.
—Ven. Vamos. —Toma mi mano—. Tiene que conocer su casa, futura señora Clayton.
Abrimos la puerta del dormitorio.
Desde el pasillo, observo todo con ilusión. Esta casa la he visto un millón de veces, pero siempre desde el otro lado, desde la playa. Siempre imaginándome cómo sería por dentro.
La luz lo inunda todo. El suelo de cemento pulido continúa bajo mis pies. A la derecha, una pared de piedra natural, rugosa, da textura al espacio. A la izquierda, una serie de fotografías en blanco y negro muestran escenas del mar. De Cádiz.
—Tendremos que poner una de las tuyas, bombón —me guiña el ojo.
En la misma planta hay tres dormitorios más.
Y uno de ellos me roba el aliento. Está al final del pasillo, junto a la biblioteca.
Nada más verlo, nos miramos. Está decidido: será el cuarto del bebé.
Puedo imaginarme una cuna preciosa, una mecedora blanca con un cojín bordado, una estantería con cuentos ilustrados, peluches de lino, una guirnalda de luces cálidas.
Y… una alfombra, sí. Mullidita. Donde pueda gatear.
Llegamos al salón y se me escapa un suspiro. Es amplio, abierto. Un sofá en forma de L, tapizado en lino crudo, se extiende frente a una chimenea moderna de hormigón. Sobre la mesa de centro hay una bandeja con conchas, velas y una pequeña escultura de cerámica blanca.
Las puertas correderas de cristal están abiertas, dejando entrar la brisa marina. Más allá, la terraza. Y más allá aún, la playa de los Alemanes, con su arena dorada.
Me rodea por la espalda, me besa el cuello y murmura:
—¿Te gusta?
—Es un sueño, Scott —respondo sin apartar la vista.
Salimos al jardín. La piscina infinita se funde con el océano. Palmeras altas, tumbonas de madera clara y, al fondo, un sendero privado que desciende hacia la playa.
Entramos de nuevo. La cocina está al fondo, integrada en el espacio, con una isla central de mármol blanco. Minimalista. Elegante. Vacía, como predije, pero lista para llenarse de muchos desayunos juntos y comidas entre amigos.
—Este lugar… —musito, incapaz de terminar la frase.
—Es nuestro —completa él.
Lo miro. Su expresión. La forma en que me observa. Como si me hubiera estado esperando toda su vida. Me acerco despacio.
—¿Sabes qué es lo mejor de esta casa? —susurro.
—¿Qué?
—Tú.
Scott sonríe, pero no dice nada. Solo me coge de la cintura y me sienta sobre la encimera de mármol. El contraste entre el frío de la piedra y el calor de sus manos me eriza la piel.
—¿Qué haces? —pregunto, divertida.
—Explorar mi cocina —responde, mientras se coloca entre mis piernas y me besa el hombro, lento—. Te dije que íbamos a tener sexo en cada rincón.
Sus manos suben por mis muslos, por debajo del vestido de flores, y su boca encuentra la curva de mi cuello. Me estremezco.
—Scott…
—Sí…
—Tengo que desayunar. Necesito coger fuerzas para tanto sexo —le susurro.
Se aparta ligeramente de mí y resopla entre gruñidos.
—Está bien. Llevas razón. Continuaremos con esto más tarde.
Me da un beso, me ayuda a bajar y me da una palmada juguetona en el culo.
—Vamos, bombón. Llévame a ese lugar tan estupendo para desayunar.
Salimos de la villa. Scott con bermudas azules y camisa blanca de Hugo Boss. Yo, con mi moño alto y el vestido de flores ondeando por la brisa.
Y entonces lo veo.
Rojo, brillante, impecable. Aparcado justo frente a la entrada. Mi amor sobre ruedas.
Me detengo. Lo miro.
El corazón me da un vuelco. Suki está aquí de verdad.
Luego giro la cabeza hacia Scott. No digo nada. Solo lo miro, y él ya entiende que le estoy dando las gracias.
Echo a correr hacia el coche. Lo abrazo como si tuviera pulso. Como si pudiera devolverme el abrazo. Apoyo la mejilla sobre el capó, acaricio el retrovisor como si fuera una oreja. Cierro los ojos. Me río.
—Te lo dije ayer —dice Scott, divertido, acercándose.
Me giro, lo abrazo fuerte, con los ojos emocionados.
—¿Cuándo lo trajiste?
—Anoche. Mi padre… tu padre. Los dos me ayudaron. Lo dejamos aquí mientras dormías como un angelito.
—Te quiero —susurro, besándole.
Me monto. Scott se acomoda de copiloto. Deslizo los dedos por el volante. Lo arranco. Pero antes de ponerlo en marcha, hago rugir el motor, como aquella vez. Fuerte. Vibrante.
Scott me lanza una mirada alegre.
—Suki te agradece que lo hayas traído junto a mí. Dice que también te quiere —salto, guiñándole un ojo.
Nos reímos. Y nos ponemos en marcha, rumbo a ese delicioso desayuno.
Conecto el móvil. Mi lista de Spotify se abre. Comienza a sonar Just Like Heaven, de The Cure. La guitarra inicial llena el coche. Sonrío.
—Perfecta —susurro.
Y desde el asiento de al lado, noto cómo Scott disfruta viéndome contenta. Feliz.