CAPÍTULO 35
El cielo está despejado. La pista del aeropuerto Teterboro, en Nueva Jersey, permanece tranquila. Son las siete de la mañana y, en apenas media hora, despegaremos. El jet nos espera bajo el sol de este precioso día.
El aire fresco me acaricia el rostro mientras avanzamos hacia el avión. Respiro hondo.
Si no surge ningún imprevisto, entre las horas de vuelo y el cambio horario, llegaremos a Jerez sobre las nueve de la noche. Sé que acabaré agotada, pero mi paraíso bien merece el esfuerzo.
Scott me rodea la cintura con una mano firme y me ayuda a subir las escalerillas. No es necesario, pero le dejo hacerlo.
—Bienvenida a bordo, señorita «quiero volver a casa» —dice con una sonrisa traviesa—. ¿Lista?
—Más que lista, señor «no te vas a acercar a una tabla de surf» —respondo con un guiño.
Dentro, todos están preparados. Somos los últimos en llegar. Nos acomodamos en los asientos de cuero mientras recibimos sus sonrisas.
Mis padres me miran con ternura. Mamá Carmen se derrite por Scott. El título de presidenta de su club de fans lo tiene más que ganado. Desde que recibió aquellas rosas blancas y soltó su «está para comérselo», su rendición fue absoluta.
Alba ya está instalada, portátil abierto, auriculares puestos, tecleando sin descanso. Los Clayton no le dan tregua. Me río por dentro.
Rocío está acurrucada contra Pedro, con la cabeza apoyada en su hombro, mirando por la ventanilla.
Y luego están ellos… Henry y mi tía Clara. Él le susurra cosas que la hacen reír bajito. Viven en su burbuja con forma de corazón, ajenos al resto del mundo.
Del señor guardaespaldas, ni rastro. Mi bollicao parece haberme hecho caso. Menos mal.
El comandante Brown nos saluda con voz de anuncio. En cuestión de minutos, el motor ruge. Aprieto la mano de Scott durante el despegue y él me lanza una mirada de «me estás pulverizando los dedos», pero no dice nada. Por su bombón, lo que sea.
Me descalzo en cuanto el avión estabiliza el vuelo. Scott me cubre con una manta suave. Cree que el vestido verde que llevo es demasiado ligero.
Comienzo a sentirme inquieta, incómoda, aunque no sé exactamente por qué. Me observa y frunce el ceño. Tal vez sea agotamiento o… no sé, quizá los recuerdos tristes que guardo de este avión.
—¿Estás bien?
—Sí. No es nada —respondo, aunque ni yo misma sé si suena convincente.
Scott no insiste. Solo me mira en silencio.
Henry se acerca. Se inclina hacia mí, me da un beso en la frente y susurra:
—Deberías acostarte en la cama. Es un vuelo largo, Sofía. El bebé y tú tenéis que estar cómodos.
Asiento sin pensarlo. Scott me acompaña y me ayuda a acomodarme. Me tumbo. Él se acuesta a mi lado y me rodea con los brazos. El silencio es acogedor, pero mi mente no coopera.
—La última vez que estuvimos aquí… —susurro.
Scott no tarda en responder.
—¿Por eso estás así? No quiero que lo recuerdes.
—Es difícil no hacerlo —murmuro.
—Me equivoqué. Fue un error. —Me mira sincero—. Yo no estaba bien. Tenía un caos en mi cabeza y tú… tú me dijiste con tanta verdad que me querías que me asusté.
Le acaricio el pelo, despacio.
—También fue un día terrible para mí, Sofía. Te quería, pero no sabía cómo sostenerlo.
Vaya. No quería hacerle sentir mal. Sé cuánto ha avanzado y que fue un gran esfuerzo pedir ayuda.
Me acerco más y lo beso en los labios. Él cierra los ojos un segundo.
—Eso quedó atrás, bombón. Estamos bien. Estamos felices. Te vas a convertir en mi esposa.
Sus palabras me acarician el alma.
—¿Cuándo? ¿Cómo? —pregunto—. No lo hemos hablado.
—Cuando tú quieras. Como tú quieras —responde sin dudar—. En Zahara, en Nueva York, en la playa, en la terraza de casa, en pijama o en traje de gala. Me da igual. Solo quiero casarme contigo.
Me río bajito, pero luego suspiro.
—No sé cuál será el mejor momento. Estoy embarazada, acabo de salir del hospital, Alice sigue sin aparecer… Y no quiero casarme con la barriga gorda. De eso nada. Aunque, la verdad, todavía ni se me nota.
Scott se ríe y me besa.
—Solo quiero que sea romántica. Muy romántica. Porque cuando me lo pediste fue precioso, pero romántico…
Frunce el ceño.
—Pero… pero me encantó —añado, acurrucándome más en su pecho—. Fue nuestro. Y eso lo hace perfecto.
Cierro los ojos con una sonrisa y él me besa en el pelo con ternura. Nos quedamos así, pegados, sin decir nada. Ese silencio me afloja entera y el sueño me cae encima de golpe.
—Despierta, bombón —me susurra, acariciándome la mejilla.
El comandante anuncia el descenso. Nos unimos al resto. Scott me ayuda con el cinturón, coge mi mano, la besa y mi padre, que lo observa, nos dedica una sonrisa tranquila.
El avión vibra suavemente al tocar tierra. Qué ganas de llegar a casa. Recogemos nuestras cosas y bajamos por la escalerilla. En cuestión de minutos, estamos repartidos en los coches.
Scott conduce el Range Rover Sport negro que ha alquilado Henry. Lleva una mano en el volante y la otra sobre mi muslo. Su pulgar dibuja círculos suaves sobre mi piel.
En la parte de atrás van Henry y mi tía Clara. Me giro un instante y los veo entrelazando los dedos. Qué monos. Qué surrealista. Qué todo.
Mis padres van en su coche. Lo dejaron en el aeropuerto, igual que el de las niñas. Imagino a mi madre hablando sin parar y a papá poniéndole música de los ochenta para relajarla.
En el otro vehículo, Alba conduce; Rocío va de copiloto y Pedrito viaja atrás como un señor.
Me acomodo en el asiento y suspiro.
—Tengo ganas de ver a alguien —digo, sin mirar a Scott.
Él sonríe sin apartar la vista de la carretera.
—¿Alguien… o algo?
—Ya sabes a quién me refiero.
—¿Suki?
Asiento con una sonrisa que me nace del alma.
—¿Quién es Suki? —pregunta su padre, intrigado.
Mi tía se ríe.
—Suki… Mi Suki. Es mi amor sobre ruedas.
Scott se ríe.
—Papá, le brillan los ojos más por ese coche que por mí.
—Qué tonto eres —me río yo también—. No es verdad. Tú me haces brillar por dentro, pero Suki… Suki es otra cosa.
—Tendré que conocerlo —dice Henry, risueño.
—Mañana lo tendrás en la puerta de casa cuando te despiertes, bombón. Yo me encargo.
—¿En serio?
—En serio. Estará reluciente, con las llaves puestas y listo para ti.
—Eres el mejor.
Le lanzo un beso al aire. Él lo atrapa con una mano y se lo guarda en el bolsillo de la camisa de lino azul.
—Lo sé.
El coche se llena de risas.
Después de hablar de Suki, el cansancio me vence de nuevo. ¿Cómo puedo tener tanto sueño después de todo lo que he dormido en el viaje? Tiene que ser cosa del embarazo.
Apoyo la cabeza en la ventanilla y cierro los ojos. No sé si llego a dormir o si simplemente me dejo ir, pero todo se vuelve suave, como si flotara.
Entro en una especie de limbo. Noto que el coche se detiene. Escucho la voz lejana de mi tía, risas apagadas, puertas que se abren y se cierran. Y luego… brazos. Brazos fuertes que me levantan con cuidado.
—Tranquila, bombón. Ya estamos —me susurra su voz, suave como una caricia.
Intento abrir los ojos, pero no puedo.
—Scott… susurro, medio dormida.
Los abro por fin. Me lleva en brazos, subiendo unas escaleras.
—Tu duque te ha traído a casa, cariño.
—Oh… mi duque.
Los cierro de nuevo y me acurruco más contra su pecho.