CAPÍTULO 34
Por fin.
El doctor Bennet nos da el visto bueno. Me voy del hospital. Suspiro. Scott también lo hace.
Es viernes, cinco de septiembre y, no veo el momento de salir de aquí, por muy habitación vip que sea. Me voy a casa. Pero a casa… casa.
Ha pasado casi un mes desde el accidente. Una semana desde que desperté. Siete días de pruebas, monitores y análisis diarios. Pero me siento fuerte. Muy bien. Mi gordito —o gordita, aún no lo sabemos y ya hay apuestas en marcha— está feliz dentro de la barriguita de mamá. Lo sé. Lo siento.
Durante este tiempo he negociado con Scott como si fuera una abogada de alto perfil, decidida a ganar el caso más personal de su carrera: regresar a casa. Solo unos días. Necesito volver a Zahara. Necesito ver el mar. Mi mar.
Todavía no puedo volver a L’étoile. Pierre me ha dicho que esté tranquila. Que cuando esté al cien por cien, me recibirán con los brazos abiertos.
Mis padres y mi tía tienen que marcharse.
El restaurante ha estado demasiado tiempo con las persianas bajadas.
Alba también viaja para resolver sus asuntos con el banco.
Pedro y Rocío comienzan las clases en el colegio del pueblo.
Y su padre… bueno, Henry quiere ir. Se toma unos días para estar con mi tía Clara.
Vaya dos. Realmente parecen adolescentes que no quieren separarse ni un segundo. ¿A quiénes me recuerdan?
Scott cedió. Volamos con ellos mañana. Creo que también lo hace porque empieza a ponerse nervioso.
Alice sigue sin aparecer. La policía no da con ella.
Parece que se la haya tragado la tierra.
Y ojalá fuera cierto. Él piensa que salir del país es lo mejor para mí.
Quizá en ese tiempo la policía consiga localizarla y podamos regresar a Nueva York con total tranquilidad.
Le he pedido que no me ponga ese estupendo guardaespaldas, de momento.
Allí no lo voy a necesitar y, con suerte, a la vuelta tampoco.
Lo que me faltaba: pasear por el pueblo como la Whitney Houston de Zahara de los Atunes.
No me ha dicho ni que sí ni que no, pero confío en que no venga con nosotros.
Lo que sí me da pena es que algunos no puedan venir. Emma ha empezado la universidad y está tan ilusionada con Pablo que me da que no quiere dejarlo solo en Nueva York. Álex se encuentra a tope en el gym . Septiembre, nos dijo, siempre es buen mes.
Oliver, Elliot y Emily van hasta arriba en el bufete; creo que tienen algún caso complicado.
El tema es que no se pueden mover. Además, está Grace, mi Grace…
no la van a dejar sola. Ya ha terminado la quimio, pero sigue en ese limbo en el que el cuerpo se recupera.
Le he dicho que solo serán unos días, que no me alejaré de su lado mucho tiempo.
Ella me sonrió y me dijo que pensara en ella al ver el mar.
Y eso haré.
—¿Estás segura de que quieres viajar mañana? Podemos ir en unos días. Quizá sea pronto para un trayecto tan largo —me pregunta Scott mientras me ayuda a guardar mis cosas en una pequeña maleta.
—Estoy segura, cariño. Necesito respirar ese aire. Bañarme en esas aguas y…
—Y… de surf, nada. Olvídate —sentencia mi bollicao, serio, pero con ojos brillantes—. No se puede durante el embarazo. No te voy a dejar ni oler la tabla.
—No era eso, tonto —me río mientras doblo una camiseta que huele a hospital y a ganas de salir corriendo.
—¿Qué es ese «y…» entonces?
—Y… —Me acerco y le abrazo por la espalda—. Hacer el amor en nuestra playa.
Deja lo que tiene en las manos y me rodea con los brazos, apretándome contra él.
—Oh, bombón… No vamos a parar de hacer el amor. Llevamos mucho tiempo sin sexo. Lo haremos en nuestra playa, en la ducha con vistas al mar, en la terraza, en la cama… en todos los rincones de tu pitufo casoplón.
—No, no. En casa… en todos los rincones, no. Que está tu padre.
Se ríe.
—No va a estar. Se queda con tu tía. Al parecer, también quiere intimidad.
Por Dios, solo de pensarlo se me suben los colores a las mejillas. Mi tía Clara y mi futuro suegro, enredados en algún momento de pasión… no, no, no. Hay pensamientos que deberían venir con candado.
Un ratito después, justo a las doce de la mañana, el doctor Bennet se despide con un apretón de manos y una sonrisa orgullosa.
Las enfermeras que me han aguantado estos días —mis madrinas de hospital— me abrazan una a una.
Me desean buen viaje, buena recuperación, buen todo. Me emociono más de lo que pensaba.
—Prometo no volver pronto —bromeo y todas se ríen.
Scott me pasa un brazo por los hombros mientras llegamos al aparcamiento.
El Porsche nos espera para sacarme de allí. Scott abre la puerta del copiloto con ese gesto tan… Scott. Elegante, protector.
—Al fin a casa —susurra mientras me ayuda a sentarme.
El trayecto se me hace eterno. Estoy ansiosa. Quiero llegar.
Y lo hago. Scott aparca y, cuando me ayuda a bajar, no puedo evitar girarme hacia la otra puerta del garaje. La famosa. La que guarda un recuerdo que todavía me encienden las mejillas.
Le lanzo una sonrisa traviesa, levantando apenas una ceja. Scott sigue mi mirada y su boca se curva en una sonrisa lenta, divertida, peligrosamente suya.
—Ahora no, bombón —murmura, acercándose lo justo para que solo yo lo oiga—. Hoy me voy a portar bien. Pero cuando volvamos de España… jugaremos ahí dentro otra vez.
Me río, apoyándome en su brazo mientras caminamos hacia el ascensor.
Scott marca el código del ático mientras me acaricia la mano con el pulgar.
—Ya casi estamos en casa —susurra.
Las puertas se abren con un ding suave. Y entonces…
Globos blancos y dorados. Un enorme cartel que dice «Bienvenida a casa, Sofía». Y, delante de todo eso, una multitud de rostros que quiero con locura.
Mis padres. Mi tía Clara, agarrada de la mano de Henry, ambos con unas enormes sonrisas. Elliot, Alex y Pedrito, radiantes. Emily, Rocío y Alba —mis niñas— emocionadas, corren hacia mí con los brazos abiertos.
Lorenzo, me observa tímido, con el famoso dinosaurio en la mano. Está con sus padres, Sebastián y Martina, ella parece estar a punto de dar a luz de un momento a otro.
Grace, apoyada en Oliver, con los ojos brillantes. Y junto a ellos, Valentina llorando a moco tendido, como si de pronto se le hubieran soltado todas las emociones del mes.
Nana tiene a su nieto en brazos, mientras Pierre y Diego aplauden al ver mi cara de sorpresa.
Y también Emma y Pablo, junto a mis compañeros del restaurante: Mia, Mateo, Tariq. Élodie y Luc… ¿Están agarrados de la cintura? ¿En serio? Alguien me va a tener que contar cómo pasó eso. Y por «alguien» quiero decir Élodie.
Están todos. Mi familia de sangre. Mi familia elegida. Mi familia construida.
La celebración se vuelve cálida, ruidosa, perfecta. Hay abrazos, brindis y, por supuesto, pizza barbacoa —mi preferida— y de pepperoni, como me prometió mi bollicao.
Lorenzo, ya sin un ápice de timidez, trepa a mi regazo en el sofá como si fuera su sitio natural y no se despega de mí, con el dinosaurio apretado contra mi costado.
Los primeros en marcharse son mis compis; tienen que trabajar. Los acompaño hasta el ascensor, despacio, todavía con el corazón lleno.
Cuando las puertas se abren, Élodie da un paso hacia mí, baja la voz y me susurra al oído, con una sonrisa traviesa:
—Me lancé. Una noche le pedí a Luc que me acompañara a casa… y lo besé.
Se ríe bajito, como si aún no se creyera su propia valentía.
—Y salió bien —añade, encogiéndose de hombros.
Sonrío. La miro a ella, luego a Luc. Ojalá Élodie sea su persona. Se les ve bien, felices.
Vuelvo con el resto para seguir disfrutando de mi celebración.
Scott ha puesto música que suena bajito.
Hay más brindis, más risas, más historias que se cruzan en el aire.
Mi madre insiste en servirme otro trozo de pizza, aunque ya no me cabe nada más; mi padre me mira como si no pudiera creerse que estoy ahí, delante de él.
Emma se emociona cuando hablamos del bebé.
Y Lorenzo me deja a su dinosaurio para que lo «cuide un momento», mientras va al baño.
El día avanza sin darme cuenta. La casa se llena de ese murmullo que solo aparece cuando la gente que te quiere está cómoda, contenta.
Poco a poco, empiezan las despedidas. Primero mis padres, que me abrazan como si aún fuera una niña.
Luego mis amigos, uno a uno, dejándome besos en la frente.
Lorenzo se aferra a mi cuello un segundo más de lo necesario antes de que sus padres lo carguen, medio dormido, con el dinosaurio colgando de su mano.
El ascensor se cierra tras el último adiós. La casa, que hace un rato estaba llena de voces, ahora respira silencio.
Estamos solos.
Scott me pasa un brazo por los hombros y, sin decir nada, caminamos juntos hacia el dormitorio. Estoy agotada, pero es un cansancio dulce, lleno de cariño.
En cuanto cruzamos la puerta, me dejo caer sobre la cama con un suspiro largo. Me quedo boca arriba, mirando el techo, dejando que mi cuerpo por fin se rinda.
Scott, en cambio, no se detiene. Empieza a doblar ropa con una concentración casi tierna. Lo observo, con la mejilla apoyada en el brazo.
—Tenemos que dejarlo listo —dice sin mirarme, pero con una sonrisa que escucho—. Mañana volamos temprano.
Me levanto, me acerco, lo rodeo con los brazos, apoyándome en su pecho, y cierro los ojos.
—Tu Zahara te espera, bombón. Tu casa.
—Nuestra casa —corrijo con suavidad.
Me sonríe. Y me besa.