Solo yo soy para ti (Solo nosotros 2) CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

Me despierto despacio. Me siento distinta. Más ligera. Más fresca.

Scott está a mi lado. No en la cama, pero casi. Su cuerpo está medio encajado entre la butaca y el borde del colchón, como si hubiera intentado dormir cerca sin invadir mi espacio. Su mano roza la mía. Está dormido. Su respiración es tranquila, su rostro relajado.

Me muevo un poco, y eso basta. Su mano se tensa, sus ojos se abren de golpe. Se sobresalta.

—Eh… —dice, confundido, hasta que me enfoca—. Sofía.

—Estoy bien —susurro, para calmarle—. Me siento mejor.

Su expresión cambia. Se suaviza, me acaricia el pelo y juega con mis rizos.

—Elliot ya no está —me dice en voz baja—. Le dije que se fuera tranquilo.

Asiento.

—¿Qué hora es?

Scott mira el reloj de su muñeca.

—Las seis de la tarde.

—Vaya… he dormido casi todo el día.

—Lo necesitabas.

Lo miro.

—Tengo hambre.

Scott sonríe, pícaro.

—¿De…? —pregunta con su juego de siempre.

—De todo. De comida, aunque… sobre todo… de ti —le digo, atrevida y sonrojándome.

Se ríe.

—Yo también tengo ganas de ti, bombón. —Me regala un beso en los labios—. Voy a decirles que te traigan algo rico para comer —dice, ya medio levantándose.

Lo agarro del brazo.

—Pero vuelve rápido. No quiero estar sola.

Asiente, y me da otro beso antes de salir.

Mientras lo espero, echo un vistazo a la habitación. Tiene unos ventanales de suelo a techo que bañan de luz natural cada rincón, y desde mi cama contemplo el perfil de la ciudad.

Las paredes están pintadas en tonos verde salvia y marfil.

Las cortinas son de lino y, frente a mí, una televisión de pantalla plana enorme.

En vez de diplomas o carteles clínicos hay cuadros enmarcados.

Todo parece demasiado elegante para alguien que apenas puede sostenerse en pie, pero agradezco cada detalle.

Solo quiere lo mejor para mí. Lo sé. Y, como me dijo hace unas semanas, tendré que acostumbrarme a todos estos lujos de ahora en adelante.

La cena llega pocos minutos después que Scott: sopa de calabaza con jengibre, panecillos tibios, un pequeño filete de salmón con puré de boniato y una mousse de chocolate que huele de maravilla.

Mi Bollicao me ayuda a incorporarme. Me siento como una princesa débil y mimada. Scott se acomoda en la butaca junto a la cama, acercándola lo suficiente para que nuestras manos se rocen sin esfuerzo.

Empiezo a comer con ansiedad. Scott sonríe, pero me riñe —antes nunca lo había hecho—. Le encanta verme comer así, aunque su instinto protector sale a flote: teme que me siente mal.

Cenamos juntos. Le han traído el mismo menú. Me imagino que lo tendrá incluido en el desorbitado precio por la habitación. Él desde su asiento, mientras yo permanezco en la cama, con la bandeja sobre el regazo.

Después hablamos con mis padres. La videollamada se abre y los veo: sus caras, sus sonrisas.

Mamá no para de preguntarme por las pruebas y por lo que he comido.

Papá habla poco, aunque me cuenta que un día se acercó al restaurante con Henry y que le presentó a Pierre y a Luc.

Que todos fueron muy atentos con él y que hasta les dio una de sus recetas secretas con atún.

Grace y Oliver salen también, guapísimos.

Tío Oliver me mira como si aún le costara creer que estoy despierta; lo noto muy emocionado.

Grace está preciosa, aunque más delgada.

Me dice que solo le queda una sesión de quimio y que mi tía Clara ha ido con ella.

Que lo ha llevado mejor de lo que esperaba.

Me confiesa que me ha echado de menos cada segundo, y añade que Conrad me manda un beso muy fuerte, al igual que Sebastián.

Nos despedimos entre risas y lágrimas, hasta el día siguiente.

Luego hablo con Emma, mientras Scott llama a su padre porque no están juntos.

Ella entre sollozos, me dice que me quiere y que cuando se enteró que iba a ser tía no pudo parar de llorar.

Me cuenta que Pablo está encantado en el restaurante y que todos allí saben ya que he despertado. Que esperan mi vuelta.

También nos conectamos con las niñas, con Alex y con Pedrito.

Elliot y Emily están con ellos en manos libres, todos juntos, gritando mi nombre, contándome cosas a la vez.

Alba repite una y otra vez que tiene que darme una noticia, que le pregunte a Scott.

Me río. Lo miro. Él también se ríe. ¿Qué noticia será?

Y al colgar, me doy cuenta.

—¿Y mi tía? —pregunto, frunciendo el ceño—. ¿Dónde está mi tía Clara? No estaba con mis padres en casa de Grace y Oliver.

Scott me mira y sonríe, como si estuviera a punto de soltar algo.

—Está con mi padre.

—¿Cómo que está con tu padre?

—Pues eso, Sofía. Que se queda en casa con él. No en casa de Oliver.

—Pero si tienen sitio de sobra…

—Bombón —se ríe—. No se queda porque no haya sitio. Se queda porque quieren estar juntos.

—¿Juntos? ¿Con Henry?

Me quedo en silencio. Parpadeo. Intento procesarlo. Y luego me río.

—¿Mi tía Clara y tu padre…?

Scott asiente, divertido.

—La vida no deja de sorprendernos, Sofía. Se conocieron y no se han separado. Han conectado.

—Madre mía, los Clayton sois irresistibles. —Lo miro con deseo y me muerdo el labio.

Resopla.

—No me pongas esa cara —sonríe—. Sé lo que quieres cuando la pones y tengo que ser bueno. Tienes que recuperarte.

—Quizás mañana… seas malo en esta maravillosa habitación del hospital.

Se ríe.

—No. No lo seré.

Le miro con el ceño fruncido.

—Scott —gimoteo—. ¿Dónde está mi novio pervertido?

—No está, se ha ido a dar una vuelta. ¿Te suena?

Él sonríe divertido y yo frunzo el ceño aún más.

Me acomodo entre los almohadones, aún con el sabor de la mousse en la boca, y lo miro mientras recoge la bandeja. Entonces lo recuerdo.

—Scott…

—¿Sí? —responde sin levantar la vista.

—Alba me dijo que tenía que contarme algo. Que te preguntara a ti.

Deja la bandeja en la mesa auxiliar y vuelve a sentarse en la butaca, cerca de mí.

—Sí. Pensé que querría decírtelo ella. Pero ya que me lo preguntas… Alba se queda en Nueva York.

—¿Cómo que se queda? ¿A vivir?

Asiente, con una sonrisa tranquila.

—Papá y yo le ofrecimos el puesto de directora financiera del grupo inmobiliario. Ha hecho un trabajo increíble estos días. Nos ha ayudado con todo. Tu amiga es brillante. Y además… está Álex. Me insinuó que quería pedirle en este viaje que se quedará con él.

—A mí también me dejó caer algo en España —sonrío, enternecida.

—Pues se lo pidió. Y con el empleo… bueno, no ha tardado en decidirse. Es un puestazo. Y estás tú, está él. Solo le queda cerrar unos asuntos con el banco en España. Nada más.

Me alegra. Me emociona. Alba aquí, conmigo. Con Alex. Todo parece encajar.

—¿Y el tío de Alice? —pregunto, bajando la voz—. Ese era su puesto en la empresa.

Scott se tensa un poco.

—Se despidió. Estaba avergonzado. No podía mirar a nadie a los ojos. Y aunque lo sentimos… no quiero a nadie del entorno de esa chiflada cerca de mi vida.

—Pero él no tiene la culpa… ¿Se fue sin nada?

—No. Fueron muchos años en la empresa. Papá se encargó de que no se fuera con una mano delante y otra detrás. Le ofreció una especie de jubilación anticipada. No volverá a trabajar con nosotros, pero tampoco le faltará nada.

—Vaya. Menos mal —asiento, aliviada.

Scott se inclina y me besa en la frente.

—Ahora a descansar, bombón.

—Antes quiero… hacer pis —susurro, sintiendo cómo me arde la cara—. Y lavarme los dientes.

Sonríe al verme colorada.

Me acompaña hasta el baño. Me ayuda a sentarme en el inodoro con cuidado, como si fuera de cristal. Deja la puerta entornada, pero se queda cerca, apoyado en el marco.

Mientras hago pis, lo escucho cantar bajito. Me resulta familiar. Me concentro… I Wanna Be Your Boyfriend? Sonrío.

—¿Estás cantando a los Ramones? —pregunto, divertida.

Lo escucho reír.

—Claro, me sé unas cuantas de memoria. Te las he puesto todos los días mientras estabas en coma. Pensaba que te ayudarían a volver.

Me quedo en silencio. El corazón se me aprieta. Cuando salgo, no digo nada. Solo lo abrazo. Me aferro a él con fuerza, como si pudiera fundirme en su pecho. Él me rodea sin decir palabra, respirando hondo, como si también necesitara ese abrazo.

Cuando por fin me suelto, él acaricia mi mejilla y me besa. Después prepara los cepillos de dientes.

—¿Pasta con sabor a menta o a coco? —pregunta, divertido.

—¿Coco? ¿En serio?

—Habitación vip, cariño. Aquí hasta los dientes se lavan con glamour.

Nos reímos. Me cepillo con calma, él a mi lado, haciendo lo mismo. Nos miramos en el espejo. Me guiña un ojo.

Cuando termino, me pasa una toalla suave, me seco las manos y, antes de que pueda decir nada, me da un beso en la frente.

— Come on, my queen . Hora de volver a su trono.

Regresamos a la cama. Me acomoda, me cubre con la sábana y se queda de pie, mirándome.

—A descansar.

—¿Y tú? —le digo en voz baja—. ¿No vas a descansar conmigo?

Scott duda un segundo. Me mira. Sonríe.

—Si me haces hueco, me meto contigo.

Me aparto un poco. Él se tumba con cuidado, sin tocarme demasiado. Pero yo me acerco. Apoyo la cabeza en su pecho. Su brazo me rodea.

—Mmmm… hueles de rechupete —susurro.

Se ríe bajito. Me responde con un beso y nos quedamos así, juntos.