Solo yo soy para ti (Solo nosotros 2) CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

La luz entra por la ventana con esa calidez que solo tiene el sol de la mañana. El monitor emite su sonido suave y constante. El suero sigue goteando con paciencia. Scott no está.

Me incorporo despacio. Sobre la mesita hay una nota doblada.

He ido a hablar con el doctor. Vuelvo enseguida. No te muevas mucho. Te quiero.

S.

Tocan la puerta, apenas un golpe. Elliot se asoma, con una sudadera gris y jeans , y al verme despierta, sonríe. Yo, al verle, rompo a llorar.

—¿Puedo pasar, pitufa?

—Claro —digo entre lágrimas.

—No llores. Si lloras, me voy —advierte, acercándose con una mirada tierna.

Asiento. Se sienta en el borde de la cama y me limpia las lágrimas con el pulgar. Está tan emocionado como yo, pero se hace el fuerte.

—¿Cómo te encuentras?

—Bien. He descansado. Estoy mejor.

—¿Y las pruebas que te iban a hacer?

—Imagino que me las harán ahora. Tan solo son… —miro el monitor— las ocho y diez de la mañana.

—¿Dónde está Scott?

—Creo que hablando con el doctor Bennett.

—¿Y mi sobrina? ¿Cómo está?

—¿Sobrina? —me río, aún con la emoción a flor de piel.

—Sí, claro. Me vas a hacer tío de una preciosa pitufa. Ya sé que mamá Carmen insiste en que será niño —no para de repetirlo—, pero me apuesto lo que sea a que será niña.

—Está bien. Perfecta… o perfecto.

Sonríe, pero su gesto se endurece. La mirada se le vuelve seria.

—Si te llego a perder… Te lo juro, cuando encuentren a esa zorra, voy a encerrarla para siempre.

—¿Cuándo la encuentren? ¿No la detuvieron?

El miedo me sube por la garganta.

—Eh… pensé que te lo había contado Scott.

—¿Contado el qué? —dice mi bollicao al entrar.

Lleva una camiseta blanca con el caballito de Ralph Lauren bordado en el pecho y unos vaqueros azules. Se ha afeitado y se le nota más descansado; está guapo a rabiar.

—Vale, está bien. No te enfades. Pensé que ya sabía que Alice está desaparecida.

—Joder, Elliot. Tienes la boca como una chancla —murmura Scott, molesto.

El renacuajo se empieza a reír. No puede evitarlo. Yo tampoco. Me río al escuchar su intento de usar una de mis palabrejas en español.

—Es bocachanclas, cariño —le corrijo entre risas.

Scott se rinde a la sonrisa, aunque aún le queda algo de tensión en la mirada.

—Bueno, pues eso. Eres un puto bocachanclas —dice, con una mezcla de enfado y afecto.

—Lo siento, de verdad —responde Elliot, sincero.

—Está bien. Ya está. No os enfadéis por eso.

Scott se sienta al otro lado de la cama y me acaricia el pelo.

—No quería que te preocuparas. Alice desapareció después del atropello. La policía la busca. No han dado con ella todavía, pero lo harán.

—Estuvieron en su casa —añade el renacuajo—. Está obsesionada con Scott. Encontraron fotos, vídeos de él y… bueno, también de ti, Sofía. Esa pirada tiene fijación por acabar contigo.

—¡Elliot! Vale —lo corta, Scott.

—Mierda. Lo siento —se disculpa otra vez.

—¿Y si intenta algo de nuevo? —pregunto.

—No va a hacerte nada —dice Scott con firmeza—. No mientras yo respire.

Elliot asiente, serio. Sus caras me tranquilizan. El silencio se instala unos segundos. Solo se oye el monitor y el goteo del suero.

—La policía está haciendo su trabajo, y nosotros el nuestro —me explica, Scott—. He contratado a alguien de seguridad para cuando salgas del hospital.

—¿Me vas a poner un guardaespaldas? —pregunto, asombrada.

—Algo así. Es un profesional. Ni te vas a enterar de que está. Será tu sombra en la sombra.

Dios mío. Esto parece de película. Pero si Scott lo ha decidido así, sinceramente, me quedo más tranquila. Quiero dejar atrás a Alice. De verdad. La policía la encontrará, darán con ella y todo se acabará.

—¿Sabéis una cosa? —rompo el silencio y la seriedad del momento—. Cuando salga de aquí, quiero comer pizza. De la buena. De la de Nueva York. Me apetece con pepperoni y aceitunas negras.

Scott sonríe.

—Hecho. Pizza. La tendré preparada en casa para ti.

—Me apunto. Y Emily también —dice Elliot—. Pero sin aceitunas. Qué asco. Ya sabes que no me gustan.

—Bocachanclas y delicado —me río.

—Vaya, has vuelto con tu poca gracia intacta.

Se ríe. Me río. Nos reímos los tres.

En ese momento, una enfermera joven, con coleta, alta y mirada amable, entra con una silla de ruedas. Es moderna, acolchada, con reposabrazos.

—Sofía, ¿estás lista para las pruebas?

Scott se pone de pie al instante.

—Voy contigo —dice, como si fuera obvio.

—Yo también —añade Elliot, medio incorporándose.

La enfermera sonríe.

—Lo siento, chicos. No podéis. Son protocolos. Sofía estará ocupada cerca de tres horas.

Scott me mira. Elliot también. Sus caras son un poema de frustración contenida.

—¿Tres horas? El doctor Bennett no me ha dicho que fueran a durar tanto. Acabará agotada —dice, frunciendo el ceño.

—Son varias pruebas señor. Yo no le puedo decir más.

—Está bien. He quedado con él en que luego la trasladarán a la habitación privada que tengo aquí, en el Greenberg Pavilion.

—Sí, así es. La llevaremos allí. Pero hasta que el doctor Bennett diga lo contrario, las visitas seguirán siendo restringidas.

Los dos asienten.

Scott y la enfermera, Sarah Morales —según indica la placa de su uniforme—, me ayudan a incorporarme con cuidado. Me siento en la silla. Elliot se agacha frente a mí.

—Vas a estar bien, pitufa. Te esperaremos en la habitación. Avisaré a todos ahora.

Después me da un beso en la frente y se incorpora.

La enfermera empieza a empujar la silla. Justo antes de salir, Scott la detiene, se acerca y me da un beso suave en la sien.

—Te quiero —susurra.

—Yo más —respondo y me dejo llevar por el pasillo.

Horas después, regreso a la habitación. Nada más entrar, los veo. Scott está de pie junto al ventanal, con las manos en los bolsillos. Se gira, y al verme, su cara se ilumina. Elliot está sentado en el sillón, con una botella de agua en la mano y el móvil en la otra.

—¡Por fin! —dice, levantándose.

—Ahora pasará el doctor Bennett —explica la enfermera Morales mientras me ayuda a meterme en la cama.

—Perfecto —responde mi renacuajo.

Scott se acerca. Me acomoda las almohadas, me cubre con la sábana y me acaricia la mejilla.

—¿Todo bien? ¿Las pruebas? —pregunta en voz baja.

—Sí. Todo bien. Me han vuelto a decir que el bebé está perfecto. Yo estoy un poco mareada.

Me mira, preocupado.

—Solo estoy cansada, cariño. Nada más.

En ese momento, el doctor Bennett entra.

—Doctor, está muy pálida —le dice Scott.

—Señor Clayton, Sofía está bien. Hemos realizado muchas pruebas. Ha sido un gran esfuerzo para ella, pero todas han salido perfectas. Ayer se despertó de un coma de muchos días. Solo necesita dormir y comer para coger fuerzas. Hoy no quiero que tenga visitas. Mañana podrán verla sin problema.

Estoy agotada. Me pesan los párpados, los brazos. Hasta los pensamientos. No quiero hablar. Ni pensar. Ni recordar. Solo dormir.

Elliot me da un beso en la frente.

—Voy a avisar a todos, que sepan que estás bien. Iban a venir tus padres, pero tienes que descansar —su voz suena suave.

Asiento apenas. Lo escucho salir.

Scott habla con el doctor Bennett. No entiendo todo, pero capto su tono. Quiere llevarme a casa. Lo dice con firmeza.

—Una semana —responde el doctor—. Está bien, pero necesita tiempo. No podemos correr.

Sus voces se vuelven un murmullo. No digo nada. Me dejo llevar. Y me duermo.