Solo yo soy para ti (Solo nosotros 2) CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

El clic de la puerta me despierta. Parpadeo, aún adormilada, y veo a Scott entrando con una bolsa en la mano. Tropieza con la esquina de una silla y suelta un « Shit » en voz baja.

—Hola.

Se detiene, sorprendido al escucharme y me mira con expresión culpable.

—Lo siento, bombón. No quería despertarte.

—No pasa nada.

Se acerca despacio, deja la bolsa en la mesita y se sienta junto a mí.

—Te he traído algo —dice con una sonrisa tímida—. Unas toallitas, bálsamo para los labios… y bombones. Aunque no sé si puedes comerlos aún.

—Gracias, cariño —susurro—. El bálsamo me viene muy bien… y lo de los bombones suena a gloria.

Justo entonces, la puerta se abre de nuevo. Es la enfermera. Lleva una bandeja con un vaso de plástico, una pastilla y una jeringa.

—Hola, Sofía. ¿Cómo te sientes? —pregunta en inglés con voz amable.

—Mejor. Me duele un poco la cabeza, pero es soportable.

—Perfecto. Vamos a revisar la vía y darte un analgésico oral. Ya puedes tragar sin problema, así que no hace falta administrarlo de forma intravenosa.

Scott se aparta para dejarle espacio. La enfermera revisa el monitor, ajusta el goteo y me ayuda a incorporarme ligeramente.

—Toma esto. Es paracetamol. Nada fuerte, solo para aliviar el dolor.

Trago la pastilla. El agua me alivia la garganta seca.

—Gracias —le digo.

—De nada, preciosa. Descansa.

Antes de salir, se detiene junto a Scott.

—Me ha dicho el doctor que esta noche puedes pasarla aquí —le comenta con una sonrisa.

Él asiente, agradecido.

La puerta se cierra y Scott se acerca de nuevo a la cama.

—Deberías dormir un poco —susurra—. Tu cuerpo lo necesita.

—Creo que mi cuerpo necesita esos bombones que me has traído. Solo uno… o dos —le digo en voz baja, como si fuera una travesura compartida.

Mi bollicao se ríe. Qué ganas tenía de volver a ver esa sonrisa. Aunque esté escondida bajo esa barba, sigue siendo perfecta.

—Solo uno —dice, como si fuera un pacto secreto.

Saca una cajita dorada, la abre con cuidado y me da un bombón. Lo saboreo despacio: suave, dulce, reconfortante. Él coge otro. Lo disfruta. Lo hacemos juntos. Sonreímos.

—Y ahora… —susurro—. Métete conmigo en la cama.

Scott me mira, dudando.

—¿Contigo? ¿Aquí? No. Dormiré en el sillón.

—Sí, por favor —le suplico—. Solo un rato. No me muevo, tú tampoco. No pasa nada. Quiero sentirte cerca.

Duda. Mira la cama, luego a mí. Finalmente, se quita los zapatos, se acomoda con cuidado en el borde. Se tumba de lado, frente a mí, y su brazo rodea mi cintura con delicadeza.

—¿Así está bien? —me pregunta.

—Perfecto.

Apoyo la frente en su pecho. Siento su respiración, su calor, su olor. Dios mío, su olor.

—Mi madre me ha dicho que te sientes culpable —susurro, acariciándole el pecho con la yema de dos dedos—. No fue tu culpa. Nada de esto lo es.

Él suspira, pero no guarda silencio.

—Claro que es mi culpa —dice con la voz rota—. Si no hubiese estado con ella… Maldigo el día que la conocí.

—Scott…

Él aparta la mirada un instante. Cuando vuelve a mirarme, sus ojos están húmedos.

—Cuando te vi en el suelo… —su voz se quiebra—. No te movías.

Hace una pausa. Traga saliva. Su pecho sube y baja con un temblor que intenta disimular.

—Pensé que habías muerto —continúa, más bajo—. Sentí un miedo que no sabía que existía.

Su brazo me rodea con más fuerza, como si temiera que pudiera desvanecerme entre sus manos.

—Ese miedo me ha perseguido cada noche —admite—. No podía dormir. No podía respirar. Cerraba los ojos y solo veía tu cuerpo en el suelo.

Se detiene de nuevo. Respira hondo. Yo también.

—He tenido que llamar al doctor Anderson varias veces —confiesa—. Ir a su consulta era alejarme de ti. Y no podía. No podía con la idea de que no despertaras. Me decía que era normal, que el trauma necesita espacio. Pero yo solo quería que volvieras. Que despertaras.

Su voz se apaga. El silencio que sigue no es incómodo; es necesario. Lo abrazo despacio, dejando que apoye la frente en mi cabello.

—Scott… —susurro, besándole la mandíbula—. Ya estoy aquí.

Él cierra los ojos, como si mis palabras fueran un bálsamo.

—Sí —murmura—. Estás aquí.

—Has adelgazado mucho, Scott. Tienes ojeras. Y esto… mañana lo quiero fuera —digo, tocándole la barba.

—¿No te gusto con ella? —sonríe débilmente.

—Siempre me gustas, pero te prefiero suave para mí.

—Si mi bombón me quiere suave, mañana desaparecerá —dice antes de regalarme un beso tierno en los labios.

Me humedezco los labios, saboreo ese beso.

—Lo siento —susurro—. Por todo. Por haceros sufrir. Por el caos. Por la galería y por Sebastián. Su exposición se fue al traste. ¿Lo vio Lorenzo? ¿El niño?

Scott se queda en silencio unos segundos. Luego asiente.

—Sí. Estábamos cerca de la puerta.

Hace una pausa.

—No vio el impacto, pero escuchó el ruido. Gritó. Sebastián lo abrazó enseguida.

Suspira, agotado.

—Todos salimos corriendo. Oliver, Elliot, Emma… fue terrible. El coche se alejó a toda velocidad, tú en el suelo, la gente gritando…

Su voz se apaga.

—Yo… —Su garganta tiembla—. Yo te vi salir despedida. Y mi mundo se rompió en mil pedazos.

—Scott… —me estremezco, llevándome una mano a su brazo.

Él niega suavemente para que no me preocupe por él.

—Por Sebastián, tranquila. Vendió todas las obras. A mi padre le gustó mucho su trabajo. Las compró para el nuevo edificio en Boston.

—¿Todas?

—Bueno, todas menos tres. —Me guiña el ojo—. Las tuyas las compré yo.

Me sonrojo. Se ríe bajito.

—Cómo he echado de menos esas mejillas vergonzosas.

Sonrío, rodando los ojos.

—No pudimos decirles nada —susurro—. Ni que estaba embarazada. Ni que me pediste matrimonio.

Scott me acaricia la mejilla.

—Se enteraron en el hospital. Tuve que decirles a los médicos que estabas embarazada. Todos menos Grace se quedaron en shock .

Hace una pausa. Me mira con ternura.

—Después les conté que ese día te había pedido matrimonio. Que íbamos a casarnos. Que eres mi vida. Que solo tú eres para mí. Que te tenías que despertar. Que no podía perderte.

Sus palabras me emocionan.

—Solo yo soy para ti —susurro, con la voz temblorosa.

Él me sonríe con amor.

—Solo tú, cariño.

Cierro los ojos. Me dejo envolver por su voz, por sus palabras, por su calor.