Solo yo soy para ti (Solo nosotros 2) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

Hay voces.

Lejanas.

Como si alguien hablara desde el fondo de una piscina, como si vinieran de otro mundo. No entiendo lo que dicen. Son palabras sueltas. Ecos.

—… estables.

—… el bebé…

—Scott, por favor…

No sé si estoy soñando o atrapada en un lugar que no es del todo real. Hay luz detrás de mis párpados. Un pitido constante. Olor a desinfectante. Alguien me acaricia la mano.

—Ha movido los dedos. Mira. Está reaccionando —escucho.

Intento moverme. No puedo. Me pesa el cuerpo.

La cabeza me arde.

Mi boca está seca, como si llevara días sin hablar.

Abro los ojos.

La luz me ciega. Parpadeo, despacio.

Todo está borroso. Blanco.

La habitación se revela poco a poco. Es pequeña, pero luminosa.

Viernes 29 de agosto. Siete y diez de la tarde. Lo leo en el monitor a mi derecha.

Tengo una vía en el brazo; la noto tirante. Tengo sed. Mucha sed.

Mi madre está sentada a mi lado. ¿Mi madre? ¿Qué hace aquí? Es su mano la que siento. Me acaricia con suavidad, como si temiera romperme. Tiene los ojos emocionados y sonríe al verme.

—Dios mío, tesoro —susurra—. Ya estás aquí.

Al otro lado de la cama, Scott.

Tiene la cara desencajada. Me mira como si no creyera que estoy viva. No dice nada. Está muy delgado, con barba y el pelo algo más largo. Le toco la mejilla. Con la barba parece mayor, pero sigue igual de guapo.

Sonrío.

Después bajo la mirada. Me toco el vientre.

No sé qué espero sentir. No sé si está. Si lo he perdido.

El miedo me sube por la garganta.

—Scott… —susurro.

No responde. Me coge la mano. La suya está helada.

Lo miro y le pregunto, con la voz rota:

—¿El bebé?

Scott cierra los ojos. Respira hondo y me aprieta la mano con más firmeza.

—Está bien, bombón —dice por fin—. Ha aguantado. Tiene la misma entereza que tú.

Mi corazón late fuerte en el pecho, como si despertara por segunda vez. Mi madre se lleva las manos a la boca y rompe a llorar. Yo solo puedo mirar a Scott.

—¿De verdad?

Él asiente. Se inclina y me besa en la frente. Su voz se quiebra.

—Desde el diez de agosto, Sofía. Diecinueve días sin saber si volverías. Y él bebé… él está ahí. Esperándote.

Me toca el vientre con cuidado. Yo también lo hago.

No siento nada, pero ahora sé que está. Que sigue.

Mi madre pulsa el botón junto a la cama.

En segundos, la puerta se abre. Entran dos doctores y una enfermera. Batas blancas, rostros serios.

—Sofía —dice uno de ellos, acercándose—. Soy el doctor Bennett. Has despertado. ¿Sabes dónde estás? —habla en inglés.

—En el hospital —susurro—. En Manhattan.

—Exacto. En el New York-Presbyterian. Sufriste un atropello. Te golpeaste la cabeza y eso te dejó en coma muchos días. Tus lesiones físicas están controladas y el embarazo sigue adelante.

Me mira con cuidado. Asiento. Estoy aquí. Estoy viva.

La enfermera me toma la presión. El otro médico revisa los monitores, la vía, el goteo del suero. El líquido baja lento, constante.

Me hacen preguntas: nombre completo, edad, si reconozco a las personas de la habitación.

Respondo a todo. Estoy cansada pero lúcida.

—Vamos a comprobar tu sensibilidad —dice el doctor Bennett, con voz pausada—. Solo queremos asegurarnos de que todo responde como debe.

La enfermera se acerca al pie de la cama. Me descubre las piernas con cuidado. El aire fresco me roza la piel.

—¿Sientes esto? —pregunta, mientras me toca el tobillo derecho.

Asiento.

—¿Y aquí? —La rodilla. Luego, el muslo.

—Sí. Lo siento todo.

—¿Puedes mover los dedos de los pies?

Me concentro. Tardo unos segundos, pero lo consigo.

—Perfecto —dice la enfermera—. Es una muy buena señal.

—Haremos una ecografía en unos minutos. Mañana, una evaluación neurológica.

No queremos que te agotes. Necesitas descansar.

Si todo sale bien, después de la prueba te trasladaremos a planta —explica el doctor—.

Queremos confirmar que todo sigue como hasta ahora.

Pero, por lo que vemos… estás estable. Y él también.

Él. Mi bebé.

Cierro los ojos. No por agotamiento, sino por gratitud.

Salen de la habitación y nos quedamos los tres.

Scott me acaricia la mano. Mi madre me acomoda la almohada y me besa la frente.

—Fue Alice —susurro, de pronto—. Estaba allí. Y vino… directa a por mí.

Scott y mi madre se miran. Él se tensa. Luego me observa, pero no dice nada.

—Me atropelló. Lo hizo a propósito. Yo… caí de espaldas. Sentí el golpe seco en la cabeza contra el bordillo. Después, nada.

—Lo sabemos, cariño. Y la policía también. Vimos las cámaras de la calle. Pero ya hablaremos de eso. Ahora tienes que descansar —dice mi madre, con voz baja y firme.

Asiento. Tiene razón. Pero el recuerdo sigue ahí, nítido.

—Tengo mucha sed. Quiero un poco de agua, por favor —susurro, con la voz rasposa.

—Ahora mismo te la traigo —dice Scott—. Y de paso aviso a todos. Tienen que saber que has despertado.

Me besa y sale de la habitación con el móvil en la mano.

—¿Cuándo viniste a Nueva York, mamá? —pregunto.

—Vinimos al día siguiente del accidente. Scott nos mandó el avión.

—¿Vinimos? —repito, confundida.

—Sí, hija. Todos. —Me acaricia la cara—. Papá, tu tía Clara, Alba, Rocío y Pedro. No sabíamos si…

—¿Si me iba a despertar? —termino por ella—. ¿Queríais despediros de mí?

Mi madre rompe a llorar.

—No llores, por favor —susurro, con la piel erizada—. ¿Y dónde están? Quiero verlos.

—No permiten más visitas por ahora. Solo a dos personas. Nos vamos turnando. Pronto los verás.

Guarda silencio unos segundos, intentando estabilizar la voz.

—Están todos pendientes de ti. También… —titubea—. También Mario, hija. Se enteró. Ya sabes cómo corren las noticias en el pueblo. Me llama todos los días.

—Vaya, Mario. Que detalle —le digo y mi madre sonríe.

—Te trajeron aquí, al New York-Presbyterian —continúa—. Es uno de los hospitales más exclusivos de Manhattan. Scott insistió. No quiso que te llevaran a ningún otro sitio.

Hace una pausa y ordena lo que viene después.

—Se está haciendo cargo de todo, Sofía. No se ha movido del hospital. Solo se va por las noches, porque no le permiten quedarse contigo en la UCI, pero consiguió una suite privada en este mismo edificio para no alejarse de ti.

—¿Una suite privada en el hospital? —pregunto, sorprendida.

—Sí, hija. Las tienen.

Me acaricia la mano, con los ojos brillantes.

—No ha habido forma de convencerlo de que descanse. Se siente culpable. Por esa mujer. Por no haber sido él quien salió a buscar el regalo. Por todo.

La puerta se abre. El doctor Bennett y la enfermera vuelven a entrar con una máquina portátil.

Scott viene detrás con el agua.

—Vamos a hacer la ecografía aquí mismo —dice el doctor—. No queremos moverte todavía, Sofía.

Scott se coloca a mi lado y me ayuda a beber. La vía tira un poco, pero no me importa. Tengo mucha sed.

Mi madre se aparta hacia la puerta, quiere dejarnos espacio.

—Mamá Carmen, acércate, por favor —le pide, Scott.

Ella regresa a nuestro lado y me dedica una sonrisa dulce.

La enfermera me descubre el vientre. El gel está frío. El doctor mueve el transductor con cuidado.

Todos guardamos silencio.

Y entonces, el sonido.

Ese latido. Rápido. Fuerte.

—Ahí está —dice la enfermera.

Nuestro gordito. Lo escucho. Scott y yo nos miramos, emocionados.

—Mide veinticinco milímetros. Tiene cabeza, cuerpo y… mira, se mueve —explica el doctor.

Observo la pantalla con lágrimas en los ojos.

—¿Está bien? —pregunta Scott.

—Perfecto. Late, se mueve y está justo donde debe estar —responde.

—Gracias, doctor —digo, sincera.

—Ahora toca descansar, Sofía —dice el doctor Bennett mientras limpia el gel de mi vientre con una toalla suave—. Tu cuerpo ha hecho un esfuerzo enorme al despertar.

Asiento, aunque hay algo que necesito.

—Doctor… ¿puedo hablar por teléfono con mi padre? Sé que no puedo recibir visitas, pero… quiero que escuche mi voz. Quiero decirle que estoy bien.

El doctor me mira unos segundos y sonríe.

—Claro que sí. Solo unos minutos, ¿de acuerdo?

—Gracias —susurro.

Scott ya está sacando el móvil del bolsillo antes de que termine de hablar. Lo desbloquea, busca el contacto. ¿Tiene el número de mi padre? Me acerca el teléfono al oído.

Los médicos salen de la habitación.

—Scott.

—Soy yo —susurro, apenas audible.

Silencio. Luego una respiración entrecortada. Y después, su voz temblorosa.

—¿Sofía? ¿Eres tú?

—Sí. Estoy bien, papá.

—Dios mío… —su voz se rompe—. ¿Cómo estás?

—Bien. Cansada, pero bien. El bebé también. Lo hemos visto. Late con mucha fuerza.

—Mi pequeña… Grace está aquí, llorando. Oliver…

—Diles que los quiero. Que mañana quizá me pasen a planta y pueda veros.

—Se lo digo. Ahora descansa. No te agotes.

—Hasta mañana, señor Francisco.

Oigo una risa suave.

—Hasta mañana, hija.

Scott guarda el móvil. Me acaricia la mano una vez más y luego mira a mi madre.

—Mamá Carmen, te llevo a casa. Tú también necesitas descansar —dice con suavidad firme.

Mi madre duda. Me mira.

—Estoy bien, mamá —le digo—. Solo quiero dormir un poco.

Asiente. Me besa en la mejilla.

—Te quiero, hija.

—Yo también a ti.

—Solo serán unos minutos, Sofía. Ahora vuelvo —dice Scott.

La ayuda a recoger su bolso. Antes de salir, mi madre me lanza un beso.

La habitación queda en silencio, apenas roto por el pitido del monitor y el susurro del suero.

Me acaricio el vientre.

—Gordito mío… mamá está aquí. Descansemos un poco.

Cierro los ojos.