CAPÍTULO 29
La videollamada ya está en marcha. Y ahí aparecen, acurrucadas en el sofá como dos adolescentes conspirando.
Aunque no lo veo, sé que el ventilador del techo del apartamento de Alba está encendido: la melena pelirroja de Rocío se mueve como si tuviera vida propia.
En la pantalla, todo parece igual que siempre, pero yo estoy a miles de kilómetros, en Nueva York, con el corazón acelerado por lo que voy a contarles.
—¡Niña! Pero qué guapa estás. Te está sentando de maravilla la Gran Manzana —me saluda Rocío, con ese tono cálido que tanto echo de menos.
—¿Qué nos tienes que contar? Dijiste en el mensaje que querías tenernos juntitas a las dos.
¿La ha vuelto a preparar…? —Alba levanta la ceja—.
¿La ha vuelto a liar el cobardica? Mira que en unos días voy para allá.
Tengo el billete comprado y le digo cuatro cositas bien dichas —salta, con su energía habitual y ese carácter sin filtros.
Me acomodo en la cama y respiro hondo antes de contestar.
—No. No ha liado nada… Bueno, sí.
—¿Bueno, sí…? —repite Rocío.
—La hemos liado los dos. Sobre todo, yo.
—¿Tú…? —pregunta Alba, desconcertada.
—Quería deciros que… estoy embarazada.
—¡¿Qué?! —gritan las dos a la vez.
Asiento, con una sonrisa tímida que no puedo contener.
—Sí. Mes y medio. De la primera vez que estuvimos juntos. Fue un fallo mío con las pastillas.
—Por Dios… ¿de la primera vez? —murmura Alba, con los ojos como platos.
—Pensé que iba a salir corriendo, pero cuando se lo conté anoche… sí, se quedó sin habla. Pero estaba feliz. Y hoy, en el parque… me ha pedido matrimonio.
Silencio. Rocío se queda con la boca entreabierta. Alba se tapa la cara, como si necesitara procesarlo todo en cámara lenta.
—Un bebé… —susurra Rocío.
—Una boda… —añade Alba, incrédula.
Durante unos segundos nadie dice nada. Solo escucho el zumbido del ventilador colándose por la pantalla.
—¡Decid algo más, por favor! —me río, nerviosa.
—Vale, vale. Yo tengo que decir algo más: el cobardica se ha portado como un caballero —declara Alba con solemnidad exagerada.
Me hace reír. Mucho.
—No ha salido corriendo. Retiro el apodo. Es oficial —añade, levantando la mano como si jurara ante un tribunal.
—Sofía… tu cara. Es felicidad pura, cariño —dice Rocío, con los ojos brillantes—. ¿Y cómo te sientes? ¿Estás bien?
Asiento, sonriendo.
—Estoy tranquila. Al principio, fue un shock , claro. Me pasé media noche dándole vueltas, pero ahora estoy ilusionada. Veo a Scott bien. Mis padres me apoyan, como siempre. Y saber que mi bebé va a tener unas tías maravillosas también me da fuerza.
Se les ilumina la cara con mis últimas palabras.
—Hombre, está claro. Prepárate. ¡Vamos a ser las tías más guais del universo! —dice Alba, con una sonrisa.
—Os quiero muchísimo —susurro, con la voz entrecortada.
—Y nosotras a ti —responde Rocío, con lágrimas en los ojos—. ¿Y quién más lo sabe?
—Mis padres. Grace también, aunque solo lo del embarazo, no lo del matrimonio. Y ahora vosotras. Sois las siguientes.
Se miran entre ellas con complicidad.
—¡Nos sentimos privilegiadas! —dice Alba, llevándose la mano al pecho como si aceptara un premio.
—Y en un rato lo sabrán todos. Vamos a dar la noticia en la galería, al final de la exposición. Así que no le digas nada a Álex si hablas antes con él, Alba.
—Tranquila —responde—. Y otra cosa: por favor, nada de nombres absurdos para el bebé. Nada de Sky o River si es niño.
—Y si es niña… Alba o Rocío son preciosos y con carácter —añade Rocío, guiñándome un ojo.
—Prometo consultarlo con vosotras antes de decidir —me río—. Ahora os dejo, que viene Mauricio.
—¿Mauricio? —pregunta Rocío, curiosa.
—El peluquero y estilista de Grace. Viene a maquillarnos antes de ir a la galería.
—Pero bueno, Sofía. Si todavía no te has casado con tu milloneti y ya vives como una ricachona —se carcajea Alba—. Pues dile al tal Mauricio que yo llego en unos días. Cógeme cita, que Álex me tiene que ver como una diosa.
Las tres reímos, como siempre que estamos juntas.
Cuelgo la llamada justo cuando suena el timbre.
Perfecto. Mauricio.
Apenas abre la puerta Valentina, su energía brasileña ilumina la casa.
— Minhas musas! —exclama al vernos.
Grace y yo nos echamos a reír. Trae su maletín como si fuera un cofre mágico y despliega brochas, paletas y espráis antes incluso de que Valentina le ofrezca algo de beber.
Nos observa con ojos de artista y anuncia que nos va a dejar preciosas. Naturales. Divinas.
A mí me suelta los rizos y los peina en una melena suave y libre que cae con gracia sobre los hombros. Me miro en el inmenso espejo del dormitorio y me reconozco, pero con un brillo nuevo.
Luego le toca el turno a Grace. Se sienta frente a él con el pañuelo azul, aunque enseguida aclara que hoy quiere llevar su armadura.
Así llama a la peluca. Mauricio asiente y empieza a acomodar el encaje sobre la cabeza con una delicadeza casi ceremonial, como si preparara a una reina para su coronación.
Mientras trabaja, le cuento —bajo la mirada curiosa de Mauricio— lo feliz que estoy de que Scott se haya tomado tan bien lo del embarazo. Me esperaba dudas, distancia… pero no. Está ilusionado.
Él se detiene un segundo, pestañea como si hubiera escuchado mal y exclama:
— Você está grávida?!
Lo dice con una mezcla de sorpresa y alegría que nos hace reír otra vez.
—Sí, estoy embarazada —respondo risueña.
Se lleva una mano al corazón, teatral, y anuncia que ahora sí tiene que dejarme radiante. La futura mamá más guapa del evento.
Grace me pregunta por mi enfado con Scott. Ayer, Oliver le dijo que estaba furiosa, pero ya le he explicado que eso quedó atrás. Y que de esa persona —de Alice— nos ocuparemos mañana.
Grace me sonríe, me aprieta la mano y asegura que se me nota, que tengo esa luz de quien empieza algo bonito.
Lo que no le cuento —y me cuesta guardármelo— es que Scott me ha pedido matrimonio. Queremos que sea una sorpresa para todos. Para ella también.
Mauricio da los últimos toques, rocía un poco de fijador en el aire como si bendijera la habitación y declara que ya estamos listas. Recoge su cofre y, antes de irse, nos abraza con cariño y nos desea una maravillosa velada.
Grace y Oliver se van media hora después; quieren estar los primeros. Yo me preparo con calma y salgo del apartamento cuando Scott me avisa de que está abajo.
El ascensor tarda un poco más de lo normal. Cuando por fin llega, bajo al hall, donde el portero me saluda con una sonrisa familiar —creo que ya se ha acostumbrado a verme—.
Al girar la mirada hacia la calle, lo veo.
¿En serio? ¿Ha venido a buscarme en el Batmóvil para ir a la galería?
Mi futuro marido —qué bien suena— está apoyado en el Aston Martin con aire casual. Pantalón y camisa negra ligeramente desabrochada, manos en los bolsillos y esa mirada azul que… bueno, lo hace irresistible. Él, el coche y yo: todos de negro. Vamos a juego.
No sé si es la emoción o las hormonas, pero una parte de mí quiere arrancarle la ropa y fundirme con él ahí mismo, en ese cochazo. Me acaloro solo de pensarlo.
Me muerdo el labio mientras me acerco. Scott me recorre con la mirada de arriba abajo y frunce el ceño. ¿Qué pasa? Me toco el cuello. Sí, está ahí. Llevo el colgante.
¿Por qué esa cara? ¿No voy guapa? ¿Llevo el vestido mal? Bajo la mirada. Lo reviso. Todo en orden.
—Hola, bombón. —Me besa en los labios—. Ese vestido… tiene muy poca tela. Creo que te lo dije una vez —añade, serio.
—Pensé que te gustaba —respondo, tímida.
—Y me gusta. Mucho. Muchísimo. Estás preciosa. Sexi y…
—¿Y…?
—Y te lo quitaría ahora mismo y te haría exactamente lo mismo que la primera vez —me susurra, cerca.
Me abre la puerta del copiloto.
—Lo que me hiciste aquella vez… está aquí. —Me toco el vientre con una sonrisa cómplice.
—Qué bruja eres. Entra —dice, dándome una palmada en el culo.
Sonrío. Él pone los ojos en blanco y cierra la puerta. Rodea el coche, se sienta al volante y me mira antes de resoplar. Yo me río.
Arranca. ¡Uau! Este coche tiene potencia.
—Tengo que pasar por casa un momento antes de ir a la galería, Sofía —dice de repente, girándose hacia mí.
—¿Y eso? ¿Te has dejado algo?
—Sí. Un regalo. Le compré un dinosaurio a Lorenzo en Boston. Quiero dárselo.
—¿En serio? Qué detalle, cariño —susurro, mirándolo con ternura.
Me lanza una mirada rápida y se ríe.
—Vale, pero subir y bajar. No podemos llegar muy tarde.
—No tardaremos. Tranquila.
Posa su mano en mi rodilla. La acaricia con suavidad mientras conduce, como si no tuviera prisa. Luego empieza a subirla, lenta y decididamente, por mi muslo. Todos mis músculos se tensan. Él bufa otra vez.
—Scott, para. ¿Qué haces? —Le aparto la mano, fingiendo indignación—. No seas guarro. No es el momento.
Lo miro. Sonríe, travieso. Yo también, aunque solo por dentro. Me encantan sus travesuras provocadoras, aunque no lo admita.
Segundos después, vuelve al ataque.
—Ese vestido tiene algo que me vuelve loco, bombón —susurra, mientras me toma la mano y la acerca con descaro hasta su entrepierna.
Madre mía. Está… Me está provocando. Aparto la mano enseguida e intentando mantener la compostura.
—¡Scott! Eres un pervertido —le riño, con las mejillas encendidas.
—La culpa es tuya. Por ponértelo —se ríe, disfrutando demasiado.
Entramos en el garaje. Luego al segundo, el privado. Aparca junto a la moto y lo salta, lo dice sin pestañear:
—Quiero hacerlo ahora mismo, cariño. Aquí. Ahora. Y tú también. Lo sé.
—¿Yo? Yo no… —miento—. Vamos a por el dinosaurio. Nos están esperando.
Salgo del coche. Scott viene detrás. La puerta metálica se cierra, dejándonos dentro. Me vuelvo. Ha sido él.
—¿Qué haces? No juegues —me río, nerviosa.
Miro hacia el techo, hacia las paredes. Las lucecitas de las cámaras se apagan una a una.
—Fuera cámaras —dice, mientras las desconecta desde su móvil.
Ladea la cabeza y me observa unos segundos. No dice nada. Solo me mira, sabiendo lo que va a pasar. Y yo… bueno, yo me acerco incapaz de resistirme.
—Eres un descarado —susurro.
—Y a ti te encanta que lo sea —responde, deslizando los tirantes de mi vestido por los hombros, como aquella vez.
Y como aquella vez, se desvanece hacia el suelo con la misma facilidad que mi autocontrol.
Sus dedos recorren mi clavícula y bajan por mi piel, encendiendo cada punto que tocan. Me estremezco. El aire se carga de deseo y de esa electricidad que siempre surge entre nosotros. Apoyo las manos en su pecho, sintiendo el calor que desprende bajo la camisa entreabierta.
Me besa despacio, como si saboreara cada segundo. Yo me aferro a él, y ese beso se vuelve más profundo, más urgente. Me alza y me sienta sobre el capó con una facilidad que me hace sentir ligera. Sus manos recorren mis muslos y mi respiración se desordena.
Oigo el sonido de la cremallera. Me rodea la cintura y me acerca a él.
—Te quiero —murmura bajo mi cuello.
Todo se reduce a su cuerpo y a su voz. Me pierdo en él, con ternura, con fuego.
—Te quiero —susurra de nuevo, con la voz rota en lo más profundo de mí al terminar.
Me acaricia la mandíbula con la nariz y me regala pequeños besos en la mejilla y la sien. Yo me dejo caer sobre él, todavía temblando, mientras él apoya la cabeza contra mi cuello.
—¿Se ha quedado contento, señor Clayton? —le pregunto, sin aliento.
Siento su sonrisa contra mi piel.
—Mucho —responde, con un hilo de voz.
—¿Podemos subir a por el dinosaurio ya?
—No hace falta. Está en el maletero.
Me incorporo, frunciendo el ceño.
—¿Qué…? Eres un sinvergüenza.
Me sonríe en respuesta y me besa en los labios.
—Vamos a ver lo guapa que has salido en esas fotos.
Me ayuda a vestirme con delicadeza. Subimos al coche y salimos de allí.
Aparcamos en la acera de enfrente quince minutos después.
—Seguro que llegamos los últimos —le digo lanzándole una mirada de falsa reprimenda mientras cerramos las puertas del Aston Martin.
Él se ríe, encantado de sí mismo, cuando cruzamos la calle cogidos de la mano y me besa en el cuello justo antes de entrar a la galería.
—La culpa es de ese vestidito tuyo —susurra, divertido.
Le empujo con suavidad, fingiendo molestia, aunque la sonrisa se me escapa igual.
Dentro se respira elegancia. Hay movimiento de gente, voces suaves, copas tintineando y música ambiental que acaricia los oídos. Todo está cuidado al detalle.
Reconozco a los padres de Álex charlando con Oliver cerca de una barra improvisada.
Elliot, Alex y Emily conversan animadamente junto a una escultura de metal muy moderna, muy «esto cuesta diez mil dólares y nadie sabe por qué».
El renacuajo me guiña un ojo: ha captado al instante que Scott y yo estamos reconciliados.
Emma y Pablo están con Diego, Pierre y Luc. Qué ilusión verlos aquí. Se giran al vernos y nos saludan desde lejos, Luc me mira cariñoso y nota en mi cara que anoche fue todo bien. Emma sonríe con expresión de enamorada y Pablo la mira con ese orgullo tranquilo sabiendo que su historia va en serio.
Conrad, el asistente de Grace, se desliza entre los invitados con la soltura de quien conoce cada rincón.
Henry habla con Grace y Sebastián, que parece estar dándoles una explicación artística sobre varios retratos en blanco y negro colgados en la pared lateral.
Valeria, embarazadísima, está junto a su marido y lleva de la mano a Lorenzo, que parece inquieto, como si la energía de la sala lo desbordara.
Henry nos hace un gesto para que nos acerquemos. Al hacerlo, Lorenzo se gira. Nos ve. Se suelta de su madre y corre hacia nosotros con una sonrisa que le ilumina la cara.
—¡Scott! —grita el niño.
Scott se agacha y lo recibe en sus brazos. Lo alza, lo gira, lo abraza. Yo me quedo quieta, observándolos. Y me emociono. Pronto estará así con nuestro gordito.
—¿Cuándo vamos a ir a ver a los dinosaurios? —le pregunta Lorenzo, con los ojos brillantes.
—¿Y para mí no hay saludo? —le digo, fingiendo estar molesta.
Se ríe, travieso.
—Sí. Hola, Sofía ¿Cuándo vamos a ir a ver a los dinosaurios? —me repite, igual de emocionado.
Scott y yo nos miramos. Lo recordamos al mismo tiempo.
—El dinosaurio… —murmuro.
—Está en el coche —dice él.
—Dame las llaves, ya voy yo —le digo, viendo que Lorenzo se ha acomodado en sus brazos.
Me las entrega. Me guiña un ojo.
Me giro, cruzo la puerta de la galería y salgo a la calle. El aire caliente me golpea la cara.
Camino hacia el Aston Martin con paso ligero. Y entonces lo veo. Un coche blanco. A toda velocidad. No frena. No duda. Va directo hacia mí. Y dentro… ella. Alice.
Sus ojos desorbitados. Su gesto desencajado. Está fuera de sí. ¿Qué hace? ¿Está loca?
Intento moverme. Gritar. Saltar. Pero no hay tiempo.
Todo se ralentiza, se vuelve confuso. El sonido se distorsiona, se apaga. La calle, la galería, el calor… todo se difumina.
Pienso en Scott. En nuestro hijo. En todo lo que aún no ha ocurrido. Y entonces…
El impacto me lanza al aire. Siento cómo mi cuerpo se despega del suelo, como si flotara. Luego, el golpe. Violento. Mi espalda contra el asfalto. Mi cabeza contra el bordillo. Un crujido seco. El dolor.
Y después del dolor… el vacío.
Todo se vuelve borroso. El mundo se apaga en un susurro.
Silencio.