Solo yo soy para ti (Solo nosotros 2) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

Eran las cuatro y veinte de la madrugada cuando el sueño nos venció. Yo, acurrucada sobre su regazo, con nuestras piernas entrelazadas como si quisiéramos retenernos el uno al otro. Hablamos y hablamos sin importar el cansancio. Podía más la necesidad de estar juntos, de contarnos todo.

Scott me fue desgranando cada prueba del hospital —unas agotadoras, otras absurdamente largas— y yo lo escuché en silencio, acariciándole el brazo con ternura.

Luego, con un brillo precioso en los ojos, me habló de cómo consiguió la adquisición del edificio financiero de Boston.

No entiendo nada de ese mundo de cifras y contratos, pero me emociona ver su entusiasmo.

Me encanta cómo se le ilumina la cara cuando habla de lo que le apasiona.

Yo le conté mi primera semana en el restaurante: lo bien que me han acogido, lo mucho que estoy aprendiendo y lo segura que me siento en ese trabajo.

De Alice, nada. Cero.

Le dije que no quería hablar de ella. La quiero fuera de mi vida y de mi mente. Mañana, lunes, tomaremos las decisiones necesarias para cerrar ese capítulo. Sin titubeos.

Después le enseñé la primera imagen de nuestro gordito.

Se le humedecieron los ojos al ver la ecografía. Se quedó en silencio unos segundos. Y entonces me besó. Me besó a mí y a mi vientre. Hoy quiere contárselo a todos. Gritárselo al mundo.

Estoy despierta. Envuelta por la sábana. Y por Scott.

Le acaricio la cara despacio, como si estuviera rompiendo un hechizo. Sus ojos se abren poco a poco.

—Hola —susurra, con voz ronca de recién despertado.

—Buenos días.

—Es pronto, Sofía. Las nueve y cuarto —murmura, mirando el reloj de la mesilla—. Apenas hemos dormido.

—Lo sé. Pero no quiero dormir más.

—Y como tú no quieres dormir más… ¿me despiertas a mí? —Frunce el ceño.

Sonrío mientras le acaricio el pecho.

—Sí. Tengo hambre.

—¿Hambre, bombón?

—Mmm… sí, estoy hambrienta.

—¿Ah, sí…? ¿De qué?

Me muerdo el labio. Su mirada se enciende.

—De… dónuts. Tenemos hambre de donuts —le digo, acariciándome el vientre con suavidad.

Se ríe, se ríe de mi pequeño engaño y de mi capricho. Aparta la sábana, se incorpora, me quita la camiseta con calma y me contempla. Frunce el ceño de nuevo.

—¿Dónde está el colgante?

—En casa. No me lo pongo para ir a trabajar. No quiero estropearlo ni perderlo. Es demasiado caro.

—Sofía, da igual lo caro que sea. Quiero que lo lleves siempre —dice, mientras me recoge el pelo detrás de la oreja.

Asiento y le sonrío. Yo también lo contemplo. Está espléndido.

—Tengo una propuesta para ti. Primero… haremos el amor —dice, mirándome fijamente y tirando de la goma de mis braguitas de corazones—. Después nos ducharemos juntos y, más tarde, te llevaré a ti y a nuestro gordito a probar los mejores donuts de Nueva York.

Me río. No puedo evitarlo. Su forma de decir «nuestro gordito» con ese acento suyo me derrite. Me imagino a un bebé con mofletes rellenos y esa mirada azul que seguro heredará de Scott. Un auténtico mini bollicao.

—¿Qué te hace tanta gracia?

—Nada… no es nada. Me gusta que lo llames así —sonrío.

Me besa fugazmente y luego se detiene.

—¿Te parece bien mi propuesta?

—Me parece muy bien.

Observo esa cara a la que tanto quiero. Se inclina hacia mí y me besa.

Sé que me desea, que me necesita. Lo beso. Sabe a Scott. Huele a Scott. A mi Scott. Me dejo envolver por ese olor, por sus manos, por su piel. Nuestros cuerpos se buscan con las ganas acumuladas de tantos días echándose de menos.

Scott desliza sus manos por mi cintura con una delicadeza que me estremece. Su boca recorre mi cuello, lenta, cálida, dejando un rastro de suspiros que se mezclan con los míos.

Mis dedos se enredan en su pelo mientras él se acomoda sobre mí, sin prisa. Me besa los hombros, el pecho… y el vientre, con una increíble dulzura.

Nos movemos juntos, en una danza suave, íntima. Me mira a los ojos. Porque sí, los tengo abiertos para él. No ha tenido que pedírmelo. Son suyos mientras nuestros cuerpos se funden.

Su respiración se entrecorta. Mi cuerpo tiembla bajo el suyo. Nuestro amor nos envuelve como la sábana que aún nos cubre a medias.

—Eres mi vida, Sofía.

Y claro que lo soy. Toda entera. Para siempre.

Un rato después, al salir de la ducha, observo cómo el vapor queda suspendido en el aire. El espejo está algo empañado. Scott se enrolla la toalla en la cintura, se acerca por detrás y me rodea con sus brazos. Me besa el cuello y luego se marcha al dormitorio sin decir nada.

Yo me quedo en el baño, frente al espejo, secándome el pelo, tranquila. El vaho empieza a disiparse y mi reflejo aparece poco a poco. Acaricio mi vientre. Un gesto que ya me sale automático, íntimo.

Entonces suena mi móvil en el dormitorio. Me asomo al umbral de la puerta, envuelta en la toalla.

—¿Puedes cogerlo tú? —le digo a Scott, que ya está en la habitación poniéndose una camiseta—. Puede que sea Grace. Anoche le mandé un mensaje. Hoy es la exposición de Sebastián.

Asiente sin decir nada. Escucho cómo lo coge.

—¿Hola? —dice con voz suave.

Lo veo salir del dormitorio. ¿A dónde va? ¿Por qué no habla aquí?

Salgo del baño justo cuando él vuelve. Me sonríe.

—No era Grace —dice—. Era mamá Carmen.

—¿Mi madre? ¿Has hablado con ella?

—Sí. Con ella y con tu padre también. Estaban juntos.

Se sienta en la cama.

—Ah… ¿sí? ¿Y qué te han dicho?

Me siento a su lado, curiosa.

—Nada especial. Hemos hablado de nuestras cosas, ya sabes… de su nieto —sonríe—. Se han emocionado. Me han dicho que ya te llamarán mañana, que quieren dejarnos tranquilos hoy.

Apoyo la cabeza en su hombro. Me imagino a mamá Carmen con los ojos brillantes, conteniendo las lágrimas, y al señor Francisco fingiendo que no se le quiebra la voz. Me los imagino juntos, abrazados.

Media hora después, rugimos por el barrio de Bedford-Stuyvesant en Brooklyn montados en la Ducati roja.

Scott conduce con soltura, esquivando taxis, ciclistas y algún que otro peatón despistado.

Nos detenemos frente a Fan-Fan Doughnuts, un local discreto en Lafayette Avenue.

La fachada es sencilla, con un toldo blanco y letras negras.

Al cruzar la puerta, el suelo de madera clara cruje bajo nuestros pies.

Las paredes están decoradas con ilustraciones de donuts flotantes y el aire huele a vainilla, mantequilla y azúcar tostada.

Pedimos una caja para llevar: seis piezas, cada una más extravagante que la anterior.

Glaseado de mango y cardamomo. Relleno de crema de queso con crumble de nuez.

Frambuesa, flores comestibles y merengue.

Crema de maracuyá. Y dos bombas de caramelo y nueces hechas con masa de donut. Un festín.

De nuevo en la moto, con la caja apoyada entre ambos, cambiamos de barrio. Nos dirigimos a Dumbo. Pasamos frente a murales vibrantes, lavanderías con puertas abiertas, y ancianos sentados en sillas plegables que nos miran al pasar.

Aparcamos cerca de Main Street Park. Me bajo yo primero con nuestro precioso tesoro dulce, y estiro las piernas.

Apenas caminamos, cuando encontramos el lugar perfecto.

Nos tumbamos sobre el césped, y la ciudad ante nosotros parece el fotograma de una película.

A mi derecha, el imponente puente de Manhattan, de acero azul y cables tensados.

A la izquierda, el puente de Brooklyn, con su silueta inconfundible y sus torres de piedra.

Enfrente, los rascacielos se elevan con elegancia.

El One World Trade Center parece una escultura de vidrio suspendida entre las nubes, y más abajo, los edificios del distrito financiero parecen miniaturas desde esta orilla del East River.

Scott se inclina hacia la caja de cartón mientras yo me dejo caer hacia atrás, mirando el cielo azul.

—Hace un día precioso. Perfecto —digo.

—Sí, precioso y perfecto —responde, sin apartar la vista de los donuts.

Me incorporo. Saca el de glaseado de mango y cardamomo, lo parte en dos y me ofrece la mitad. Lo cojo. Sonríe. Mastica.

—Este sabe a verano. A algo dulce. Nuevo. Como nosotros.

—¿Nos estás comparando con un donut tropical? —me río.

—Estoy diciendo que estamos en algo dulce. En un momento nuevo e inesperado. —Hace una pausa breve y continúa—. Sofía… ahora que vamos a tener un bebé… esto ya no es solo vivir juntos. Es más grande. Más serio.

Lo miro. Tengo la mitad del donut aún en la mano. El ruido del río, de la ciudad, del mundo entero, parece apagarse. Y no sé por qué, pero me estoy empezando a poner nerviosa.

—Quiero que vivas aquí conmigo para siempre. Que este sea tu hogar.

Hace una pausa. Me mira, como si necesitara asegurarse de que lo estoy escuchando de verdad.

—Te gusta estar aquí, ¿no? Te gusta tu trabajo.

Trago saliva. Asiento apenas.

—Y si tú quieres… después de trabajar con Pierre, yo… yo te monto el restaurante más bonito de Manhattan. Uno que lleve tu nombre.

Mi corazón empieza a latir más rápido.

—Sé que en España están tus padres, tus amigas… pero recuerda que tenemos una casa preciosa allí. La compré por ti. Es tuya. Nuestra. Iremos las veces que quieras. Tenemos el avión de la empresa.

Dios mío, ¿qué quiere decir con eso?

—Nos queremos y ahora hay un bebé.

Él respira hondo. Sus ojos brillan.

—Cásate conmigo.

Me quedo en silencio. Miro el donut que tengo en la mano, luego a Scott. El puente de Manhattan parece inclinarse ante nosotros, como queriendo escuchar mi respuesta.

—¿Me lo estás pidiendo aquí… mientras nos comemos unos donuts?

—Pues… sí. —Sube los hombros con un aire divertido—. Acabas de decir que hace un día precioso y perfecto, ¿no?

Lo miro. ¡Dios mío, lo quiero tanto!

—Sí —susurro, y me río, porque no puedo creer que esté pasando esto—. ¡Sí! Quiero casarme contigo.

Y le beso.

Él sonríe de oreja a oreja y sus ojos se iluminan como los de un chiquillo.

Y le vuelvo a besar.

Siempre he querido casarme. Desde niña. Y ahora…

ahora está pasando. Tal vez demasiado rápido.

En solo mes y medio, he conocido a Scott, me he enamorado, estoy embarazada…

y el hombre de mi vida me pide matrimonio mientras compartimos un donut tropical en el parque.

Es de locos. Es un sueño. Uno que no sabía que podía tener.

Me echo sobre él. Lo abrazo fuerte. Reímos. Me besa. Lo beso. El universo entero se queda en pausa. El East River, los puentes, los rascacielos… todo parece aplaudirnos por la noticia.

—Me muero de ganas de contárselo a mis padres, Scott. Al tuyo. A Elliot. A Emma. A las niñas…

—Tus padres ya lo saben. Y al resto se lo contaremos hoy.

—¿Cómo que mis padres ya lo saben? —pregunto, sorprendida.

—Sí —sonríe—. Les he pedido su consentimiento por teléfono antes de preguntártelo a ti. Por si no les gusto como hijo político.

—¿Su consentimiento? —me río—. Mira que eres. Les vas a dar un precioso nieto. Tienes pase vip para entrar en la familia. Además, sabes que para mi madre eres su niño. Su niño Scott.

Se ríe.

—¿Y Henry? Sé que a tu padre le caigo bien, pero… nieto, boda… ¿no pensará que he ido a por tu dinero ni nada de eso, verdad…? Yo no quiero nada, Scott. Te lo juro. Firmo lo que quieras que firme para que vea que es así —digo, más seria.

—Sofía, por Dios. ¿Qué dices? —me tranquiliza—. Desde que te escuchó por teléfono la primera vez, supo que el dinero del milloneti no te interesaba. No pienses eso de él. Mi padre te adora —me sonríe, acariciándome la mejilla.

—Pero yo no necesito dinero, de verdad. Ni lujos ni nada.

—Sofía… siento decirte que los tendrás. Tendrás lujos. Vas a ser la mujer de un millonario. Tendrás dinero. Mucho.

—No. Es tu dinero. No mío —respondo, tozuda.

—Bueno, dejemos esta conversación para otro momento. Hoy no es el día de hablar de dinero —dice, cogiéndome de la barbilla y dándome un beso rápido—. Comámonos estos donuts.

—Llevas razón. Hoy no es el día. ¿Cuándo se lo vas a contar a Emma y a tu padre?

—Hoy. Quizá podríamos decírselo a todos en la galería. ¿Qué te parece? Al terminar el evento. Mi padre y Emma irán. Seguro que también va tu amigo Pablo con mi hermana. No se despegan el uno del otro.

Me río bajito.

—Grace… Oliver. Emily con Elliot también estarán —dice.

—Sé que Grace les mandó una invitación a Alex y a sus padres —le cuento—. Y hasta me hizo darle una a Pierre y a Luc. Me puse como un tomate cuando les dije que salía yo en algunas fotos de la exposición —sonríe al escucharme—. Aunque no tengo claro que vayan a ir. No me dijeron nada.

—Perfecto. Lo hacemos así. Estaremos todos.

—Todos no. Las niñas no saben nada y… no van a estar. Tendré que hablar con ellas.

Asiente.

—Claro que sí. Y ahora ven aquí y dame un beso de donut. Ya sabes lo mucho que me gustan.

Y se lo doy. Uno. Dos. Mil.