CAPÍTULO 27
Nada más abrirse las puertas del ascensor, lo siento: está vacío. No está en casa. Pero, por si acaso mi instinto falla, me quito las Jordan y recorro el ático. Nada.
¿Dónde se ha metido? Puede que haya quedado con Elliot o con Emma para cenar. Me invade una tristeza tonta: probablemente que viniera a recogerme al trabajo no era tan importante para él como yo creía. Ni el hablar conmigo. Ni mi perdón.
Sofía, ¿qué esperabas? Ha intentado hablar contigo y tú no has querido. ¿Ahora te molesta que no haya ido a buscarte o que no esté en casa?
Suspiro, resignada. Mi yo coherente tiene razón.
Salgo a la terraza. Miro el cielo nocturno y esa preciosa panorámica de Manhattan a mis pies. La ciudad luce espectacular desde aquí arriba.
Entro y me dejo caer en el precioso sofá. ¿Debería irme? Niego con la cabeza. Tenemos que hablar. No solo de Alice. Tiene que saber que estoy embarazada, y este momento es tan bueno como cualquier otro.
Me acuerdo en este instante de que no he dicho nada en casa. Le escribo un mensaje a Grace: que estoy en el ático de Scott, que tenía que hablar con él y que me acuerdo de la exposición. Cien por cien estará dormida, pero en cuanto se despierte lo leerá.
¿Dónde le espero? ¿En el dormitorio? No, no. En su cama no. Sería como lanzarme a sus brazos sin haberle reñido como Dios manda. Mejor aquí, en el sofá. Aunque… estoy molida. Tal vez en otra habitación. En otra cama. Sí, eso es.
Me meto en la cama donde hicimos el amor la primera vez que vine al ático, y no creo haber elegido el dormitorio correcto. Los recuerdos me invaden una y otra vez. No consigo dormir. Doy vueltas. Miro el reloj de la mesilla: las dos y diez de la madrugada. ¿Dónde está?
Me rugen las tripas. Mi gordito y yo tenemos hambre. Me levanto y camino hacia la cocina en bragas y con la camiseta de Blondie. No tengo claro que vaya a encontrar algo comestible. Aunque… sí, recuerdo que hay una caja de leche en la nevera sin abrir. Me haré un Cola Cao.
Por Dios, ¿es una broma? ¿Por qué lo guarda en este armario? Está altísimo. Me estiro al máximo, apoyada solo en las puntas de los pies, alargo el brazo todo lo que puedo, pero nada. El bote se burla de mí desde la repisa.
—¡Mierda! —exclamo, frustrada—. ¡No llego!
—¿Necesitas ayuda? —dice su voz cálida detrás de mí.
Me paralizo. Mi corazón late con fuerza. Me giro despacio. Y ahí está. Scott.
Sus ojos azules me recorren con la misma intensidad que aquel primer día que lo conocí. Sonríe, suave y cómplice, al verme igual que entonces: con la misma ropa, en la misma escena. A su lado, la maleta que preparamos juntos antes de su viaje.
—Hola —susurro, bajándome la camiseta con timidez, intentando cubrirme un poco.
—Hola.
—¿Llegas ahora de Boston? —pregunto, sorprendida.
Me alivia saber que, si no ha venido a buscarme, es porque aún no había regresado.
—Sí… el vuelo fue un desastre —responde, soltando un suspiro largo—. Nada más despegar, una tormenta eléctrica nos obligó a volver. Lo que iba a ser un trayecto corto se convirtió en horas de espera.
—Vaya, lo siento —digo con voz tierna, sin saber si acercarme o mantener la distancia.
Lo observo. Está guapísimo, incluso con esa expresión de cansancio. Parece triste.
Lleva esos vaqueros que me vuelven loca. Y esa camisa de Armani, del mismo azul que sus ojos, que desabrocharía ahora mismo. Por Dios… voy a lanzarme a sus brazos en cualquier momento.
No. Aguanta. Me ordena mi yo enfadado.
—No esperaba encontrarte aquí, Sofía —dice, acercándose poco a poco.
Madre mía… cómo huele. Me obligo a mantenerme fuerte.
—Ya… bueno… dijiste que querías hablar —digo, con voz firme.
Saca el bote de Cola Cao del armario sin esfuerzo.
—Ya… bueno… dijiste que no querías volver a verme nunca más —responde, devolviéndome mis propias palabras.
Me ofrece el bote. Lo cojo. Nuestros dedos se rozan.
—Estaba muy enfadada. Estoy muy enfadada —digo con la voz rota, dejando el bote con un golpe seco sobre la encimera—. ¿Qué esperabas que dijera? Me llamaste golfa a la cara, Scott.
Tengo sus ojos azules observándome tristes.
—Desconfiaste de mí por unas estúpidas fotos que te mandó esa loca. Me ha seguido por toda la ciudad, por Dios bendito. ¡Por supuesto que no quería verte! —le grito mientras las lágrimas comienzan a caer por mi cara.
Él baja la mirada. Su mandíbula se tensa. Su voz se vuelve grave, casi un susurro.
—¿Y por qué has venido?
Lo miro un segundo. Dos. No digo nada. Me doy media vuelta y me dirijo al dormitorio.
—¡Sofía! —me llama, con urgencia—. Respóndeme.
Me detengo. No me giro y antes de continuar caminando respondo con la voz cargada de emoción:
—Porque te quiero.
Oigo sus pasos detrás. Me alcanza. Me gira con suavidad. Me atrae hacia él. Sus labios rozan los míos sin llegar a tocarlos.
—Repítelo —susurra, clavándome sus ojos suplicantes.
—Porque te quiero, Scott. Incluso cuando te comportas como un tonto del culo y me haces daño. Siempre te querré —digo, con restos de lágrimas en los ojos.
Él cierra los suyos un instante. Cuando los abre, están llenos de arrepentimiento.
—Sofía… he sido un imbécil —dice con la voz quebrada—. Cometí un error por mis estúpidos celos, un error que ni yo mismo me perdono. Lo siento más de lo que imaginas.
Le acaricio el pelo. Está suave. Me inclino y le doy un beso en los labios. Dulce, lento.
—Oh, señor Clayton, ¿qué voy a hacer con usted? —susurro—. Yo sí te perdono.
Se le escapa una sonrisa mínima mientras me aparta un mechón del rostro.
—No volverá a pasar. Te lo juro.
—Hoy también te ha mandado imágenes, ¿no es así?
—Sí, pero no las he abierto. Créeme. La he bloqueado. Quiero que desaparezcan las fotos y ella. No hay nada en este mundo que me haga alejarme de ti —dice con convicción.
—¿Estás seguro?
—Segurísimo.
Lo miro. Trago saliva.
—Scott… yo… estoy embarazada.
Sus ojos se abren. Está quieto. Como si su cuerpo se hubiera congelado por un instante. No reacciona.
Oh, no… ¿Por qué no dice nada?
Me observa en silencio, como si las palabras necesitaran tiempo para asentarse dentro de él.
—¿Qué…? —murmura, apenas un suspiro.
Y otra vez, el silencio.
Maldita sea… Tenía que haber esperado a mañana. Está agotado. No tiene fuerzas para digerir esta noticia ahora.
—Ven. Vamos a sentarnos un momento en el sofá —le digo mientras le tomo la mano.
Lo miro de reojo mientras caminamos. Su piel ha palidecido.
Joder, lo he dejado en shock .
Nos sentamos. Me mira. Luego baja la mirada hacia mi vientre. Y por fin, rompe el silencio.
—¿Cómo la sabes? ¿Estás segura?
—Sí, Scott. Muy segura. El lunes la ginecóloga me hizo dos pruebas y una ecografía. Yo tampoco me lo creía, pero sí. Estoy embarazada. Es real.
—Oh… es cierto. Se me olvidó que tenías consulta —dice con tono culpable por no haberlo recordado—. Pero, Sofía, ¿cómo ha podido pasar? Tomamos precauciones. Usamos preservativos todas las veces.
No hay reproche en su voz. Solo incredulidad.
—Scott… yo…
—¿Qué pasa? —Frunce el ceño, confundido.
—No me he quedado embarazada ahora. Estoy de un mes y medio.
—¿Cómo? ¿Qué dices? Nos conocimos hace mes y medio, Sofía. ¿No será de…? —Su expresión cambia.
—No, Scott. No es de Mario. De eso estoy completamente segura —le digo, y noto cómo su mirada se suaviza—.
Fue un error mío. Después de lo que pasó con él, dejé de tomar las pastillas dos o tres días.
Se me olvidó. Pero las retomé antes de estar contigo.
Pensé que no pasaba nada. Fueron pocos días, pero…
la doctora Foster me explicó que, si estaba en mi momento de ovulación, el riesgo de quedarme embarazada era importante. Y… lo fue. Me quedé.
—¿Me estás diciendo…? —Se lleva la mano a la nuca y la desliza por su cabello intentando ordenar sus pensamientos—. ¿Qué te dejé embarazada la primera vez que estuvimos juntos? —pregunta en voz baja.
—Sí, bueno… o la segunda.
—Por Dios…
Scott baja la mirada. Suspira.
—Sofía… Fue un descuido tremendo. Somos jóvenes. Muy jóvenes.
Sus palabras no son duras, pero duelen igual. No grita, no se altera, pero su tono me cala. Me entristece.
—Ya lo sé —respondo, bajando la voz.
Levanta la cabeza, como si fuera a seguir hablando, pero no le doy tiempo.
—Y también sé que tú no quieres tener hijos. Nos lo dejaste claro en la villa, a Elliot y a mí. Dijiste que nunca los tendrías.
Me arde la garganta. Me cuesta mantener la voz firme.
—Pero ¿sabes qué? Me da igual. Estoy feliz con esta noticia. Aunque sea pronto. Aunque sea inesperado. Aunque tú no lo quieras. Yo sí. Lo voy a tener. Contigo o sin ti.
Scott me mira como si acabara de decirle que el mundo se ha detenido.
—¿Sin mí?… —susurra, con una sonrisa que se le escapa—. Sofía… tú eres mi vida.
Se acerca y pone la mano en mi vientre.
—Este bebé… es mi vida también. Es nuestra vida.
Me quedo quieta. El corazón me late tan fuerte que parece que él pueda oírlo.
¿Has escuchado, gordito? Papá no se va corriendo. Somos su vida.
—Oh, Scott…
—Bombón, estoy sorprendido, asustado. Mi manera de ver la vida antes…
era otra y sabes porqué. Todo está yendo a la velocidad de la luz.
Conocerte. Quererte. Tenerte. ¿Y ahora un bebé?
Me hubiese gustado disfrutar contigo como pareja más tiempo.
Solos. Tú y yo. Y saber, de repente, que seremos tres…
—Cariño, ya sé que ninguno de los dos estábamos preparados para esta noticia, pero nuestro gordito va a ser el mejor bebé del mundo —digo con la voz emocionada.
—¿Gordito? —Me mira con ojos divertidos.
—Sí. —Me acaricio el vientre con una sonrisa tímida.
—Eres increíble, cariño. Ven aquí.
Scott me atrae hacia él y me sienta en su regazo.
—Te quiero —susurra.
—Y yo a ti.
—¿Se lo has contado a alguien? —me pregunta.
—Lo sabe Grace. Me acompañó a la consulta. Estaba conmigo cuando la doctora Foster me dio la noticia. Y bueno… mis padres. Tenía que contárselo. Estaba muy nerviosa. ¿Te molesta que lo supieran antes que tú?
—No. En absoluto. Lo entiendo. Ojalá me lo hubieras contado a mí, así no me hubiera comportado como un gilipollas. Aunque también entiendo que esperaras.
Me abrazo a él. Lo apachurro, literal, Por su comprensión. Por cómo ha actuado ante la noticia. No es fácil. Lo sé.
—¿Querrá nuestro gordito dormir con papá hoy? —Me besa el cuello.
—Lo está deseando, aunque… —sonrío con aire travieso.
—¿Aunque…? —Alza la ceja.
—Aunque primero quiere un Cola Cao. Le encanta, como a mí. Y tiene hambre. Mucha —susurro junto a sus labios.
Me roba un beso y dice:
—Pues papá le preparará uno.