CAPÍTULO 26
Voy medio dormida, dando tumbos por el pasillo camino de la cocina. No he pegado ojo. Y encima, mi estómago está revuelto. Mi gordito también está enfadado con… don Carajote, y me lo hace saber con cada náusea.
Anoche me volví loca buscando mis braguitas de minicorazones.
Las necesitaba con urgencia y nada. Esta mañana, como por arte de magia, han aparecido en un rinconcito del segundo cajón del sifonier, como si hubieran estado jugando al escondite conmigo.
Ahora las llevo puestas, bajo los vaqueros.
Encima, mi camiseta de Blondie y las Jordan.
—Buenos días —me saluda Valentina con mi Cola Cao recién preparado entre las manos.
Me lo ofrece con cariño.
—Buenos días… ¿Estás sola? —pregunto, frotándome los ojos.
—Grace sigue acostada.
Vaya. Quizá haya pasado mala noche.
—¿Y el tío Oliver?
—En su despacho.
—¿Ha ido al bufete? Pero, si hoy es sábado.
—No, no. Aquí. En su despacho. Desde temprano.
—Ah, claro.
Me tomo a pequeñas cucharadas el Cola Cao. Valentina le ha cogido el punto y deja los grumitos como a mí me gustan.
—Sí, está aquí —escuchamos decir a Oliver al entrar en la cocina. Viene hablando por teléfono.
Me mira. Me tiende el móvil.
—Es Scott. Quiere hablar contigo.
—No quiero hablar con él. Que no me llame nunca más en su vida. Se lo dices de mi parte —le suelto, enfadada.
Oliver y Valentina se miran, confundidos.
—Sofía, está en la otra línea. Te está escuchando.
—Perfecto. Si me ha escuchado —alzo exageradamente la voz—, ya no hace falta que se lo digas.
Oliver se lleva el aparato de nuevo al oído.
—Scott… Sí, vale. Sí. Luego hablamos. Ahora vendrá Elliot para llevarla al restaurante. Lo intentaré. Buen viaje.
Cuelga. Me mira con cara de «¿qué ha pasado aquí?».
—¿Discutisteis anoche? ¿Por eso no te has querido poner?
—Sí. Es un gilipollas —digo, tajante—. ¿Le has contado lo de Alice?
—Sí, Sofía. Tú no lo hiciste.
—No me dio opción. ¿Qué le has contado?
—Todo. Que se te apareció frente al trabajo. Que me pediste no decírselo a él para no preocuparlo. Pero que como ayer te sorprendió en la vinoteca y te soltó… lo que te soltó, te obligué a contárselo.
Hace una breve pausa, cogiendo impulso para seguir.
—Que Pierre y Luc estaban preocupados. Y que decidimos entre todos que Elliot te llevara al trabajo y Luc te trajera de vuelta, hasta su regreso de Boston.
—¿Y él… qué ha dicho?
—Nada, la verdad. Solo que necesitaba hablar contigo. Pero tú no has querido.
—Ni voy a querer. Se pasó mucho, tío Oliver. Mucho —le digo con los ojos brillantes, conteniendo el temblor de la voz—. Mejor me voy a lavar los dientes. Seguro que Elliot no tardará en venir a por mí.
Le doy un beso en la mejilla y salgo con rabia de allí.
En el coche estoy como ayer. Callada. Mirando el bullicio de Manhattan a través de la ventanilla. A mi gordito parece que le gusta el Cola Cao —como a su mamá—; el estómago está más tranquilo.
—Vaya susto con la majareta esa ayer, pitufa.
—Sí. —Lo miro mientras conduce—. Me asusté.
—Ya me imagino. Hoy llega Scott. Todo se arreglará.
Resoplo.
—Por mí, como si se queda en Boston para siempre.
—¿Todavía estáis enfadados? —pregunta, medio riendo.
—¿Enfadados? No te rías, Elliot. No quiero verlo ni oírlo en mi vida.
Su móvil suena. Se conecta automáticamente al manos libres del coche. Es Scott.
—Pues si antes lo dices… —se ríe—. Scott, ¿qué pasa?
—¿Está contigo en el coche? Sofía… —me llama.
Niego con la cabeza, para que Elliot le diga que no.
—Eh… no. Acabo de dejarla en el restaurante.
—Elliot, no me mientas. Sofía, sé que estás ahí. Tenemos que hablar. Tú y yo. Solos. Esta noche, cuando termines, te recojo en el restaurante.
—No —salto de repente—. No quiero verte. No vengas. Me iré con Luc a… a… a tirármelo por ahí. Ya te mandaremos una foto.
Corto la llamada desde la pantalla del coche.
—Joder, pitufa. ¿Por qué le has dicho algo así? —dice, flipando.
—Porque sí. Porque ayer no paraba de acusarme de que lo engañaba. Alice le mandó fotos en las que salíamos Luc y yo, y pensó que teníamos un lío. Estuvo en contacto con ella, joder. Y la creyó. Es imperdonable, Elliot.
—Sofía…
—Elliot, no.
Aparcamos delante del restaurante. Mi renacuajo me da un abrazo fuerte.
—Tienes que hablar con él. Solucionarlo. Sabes que pierde los papeles con los celos. Pero no podéis vivir el uno sin el otro —me susurra y me da un beso en la mejilla.
Le dirijo una mirada molesta, dramática, como hacen los pequeños cuando se sienten incomprendidos. Él sonríe. Después bajo del coche.
Sé que tiene razón, y eso me enfurece aún más. No puedo vivir sin él. Lo necesito como el aire. Pero esto no se arregla con un simple «tenemos que hablar», ni con un «lo siento». No basta con besos ni con un «te quiero, bombón». Esto va más allá. Esto duele de verdad.
Como cada día, suelo ser de las primeras en llegar.
— Bonjour , Pierre.
— Bonjour , ma chérie.
— Bonjour , Luc.
— Bonjour , españolita.
Lanzo los saludos al aire, sin detenerme. Cruzo la cocina con paso firme y me meto directamente en el vestuario. Me cambio rápido. Cuando regreso, Pierre está al teléfono.
— Oui, oui , Scott. Está aquí —dice Pierre.
—Dile que no quiero hablar con él. Que no insista más. Que me deje en paz y que ni se le ocurra venir a buscarme —grito desde la puerta, asegurándome de que me escuche.
Pierre se incomoda. Cubre el micrófono con la mano y me responde en voz baja:
— Non, mon amour . Scott quiere hablar con Luc.
¿Con Luc? ¿Y qué quiere hablar con él?
—Ah… vale —murmuro, algo cortada, sintiendo como la rabia se disuelve en una mezcla de sorpresa y vergüenza.
Luc se acerca, le coge el móvil y se cruzan una sonrisa cómplice.
— Bonjour , Clayton —dice con su suave acento parisino.
Me quedo observándolo. Está en silencio, escuchando. Me lanza una mirada fugaz antes de salir de la cocina. Minutos después, regresa con la misma calma con la que se fue. Le devuelve el teléfono a Pierre, me sonríe y vuelve al trabajo. Como si nada.
Lo miro de reojo. Esa sonrisilla suya me intriga.
—¿Qué te ha dicho Scott? —le pregunto, acercándome con timidez mientras revisa con Pierre si hay peticiones personalizadas o alergias.
—Me ha dado las gracias por cuidarte estos días —responde, sin borrar la sonrisa.
—A mí también. Es que Scott es encantador —interviene Pierre.
—¿Encantador? —bufo, indignada—. Es tonto del culo. A mí que no me hable, ya se lo he dicho.
— Ma chérie , ¿por qué os habéis peleado? —pregunta Pierre, conciliador.
—Por unas fotos —contesta Luc, con una risita baja.
—¿Te ha contado lo de las fotos? —salto, sorprendida.
El rubor de mis mejillas me traiciona.
—Sí. Quería explicarme el malentendido y disculparse.
—¿Qué fotos? —pregunta Pierre, curioso.
—Alice malmetió. Le envió fotos de Luc y mías, y él pensó que nos habíamos liado. Me dijo de todo. Y ahora que sabe que ha hecho el ridículo quiere pedirme perdón. Pues no me da la gana perdonarlo.
Los dos se miran conteniendo la sonrisa.
—Sofía, entiendo que estés enfadada, pero tenéis que solucionarlo. Si dejáis de ser novios… la pirada esa, como dices tú, ganará —afirma Pierre.
Mierda. En eso tiene razón.
—Tienes a Clayton desesperado. No le hagas sufrir mucho, españolita —añade Luc, risueño—. Además, alguien me dijo hace poco que cuando llega tu persona… ya no hay nadie más en el mundo —me recuerda, guiñándome el ojo.
Sus palabras me emocionan. Y por un instante, me abandono al amor que siento por él. A las ganas de verlo, de tocarlo. Pero no, no, no. Frunzo el ceño. No lo va a tener nada fácil. Confiar en ella y no en mí fue un sinsentido. ¿Cómo ha podido?
—Pues va a sufrir. Y bien de veras, además. No lo va a tener nada fácil —les digo a los dos, mosqueada. Y ellos, de nuevo, se miran divertidos.
Termina el servicio. En el vestuario mientras me cambio, el silencio es todo un lujo. Después de tantas horas de gritos, vapores, campanas y cuchillos, el cuerpo empieza a flojear. Por Dios, me arden los pies.
Mañana es domingo. Cerramos. Descansamos hasta el martes. Lo necesito. Pablo se incorpora la semana que viene; su talento nos vendrá bien. El ritmo de esta noche ha sido brutal. Lo repaso mentalmente, como si necesitara confirmar que fue real.
Las ostras, examinadas una a una.
Las emulsiones, montadas al límite.
La de hinojo firme.
La de miso y yuzu, a punto de cortarse, pero salvada con un giro de muñeca y un baño de agua helada. Magia de cocina.
El rodaballo. Cinco kilos fileteados en tres minutos sin romper la piel, gracias a Élodie, que ha estado fina como un bisturí.
Con Mía, el postre. Montado en veinte segundos.
Lo llamamos el bosque suspendido. La base es un crumble de cacao que simula tierra húmeda.
Sobre él, frambuesas, grosellas y arándanos dispuestos como si brotaran del suelo.
Pequeñas nubes de algodón de azúcar aromatizadas con limón flotan sobre pinchos invisibles, creando la ilusión de estar suspendidas en el aire.
Y un hilo de caramelo serpenteando como una raíz que conecta todo. Pura fantasía.
Y antes de eso, quince tartaletas de mango con gel de albahaca, ocho esferas de coco rellenas de crema de lima y una torre de milhojas que se nos ha caído justo antes del pase, pero que hemos reconstruido sin que Pierre lo notara.
Cada menú degustación. Doce pases.
—Ostra con granizado de pepino y gin.
—Tartar de gamba roja con aire de tomate.
—Rodaballo con beurre blanc de limón.
—Lubina con crema de apionabo y caviar.
—Bosque suspendido.
Y más, mucho más. Cada plato una coreografía. Cada pase, una carrera contra el reloj.
Y aun con todo, Scott ha estado rondando en mi cabeza. No ha habido momento en que no pensara en él. Sé que le grité que no viniera, pero mientras me quito la goma del pelo y me suelto la melena, hay una parte de mí que desea verlo ahí fuera, esperándome.
Sigo enfadada. Mucho. Pero lo necesito.
Hace una semana que no veo esos ojos azules que, cuando recorren mi cuerpo, me hacen sonrojar sin remedio. Una semana sin esos labios que me saborean lento. Una semana sin sus dedos deslizándose por cada rincón de mi piel.
Suspiro frente al espejo.
Salgo.
No está. No ha venido. Por una vez —por una maldita vez— ha sido obediente.
Quizá no quiera luchar tanto por mí. Quizá no le interese tanto que lo perdone. O, quién sabe, quizá respete mis palabras y quiera darme espacio. Tiempo.
No lo sé. Lo único evidente es que no ha venido a recogerme.
Luc, generoso como cada noche, siempre listo para llevarme a casa, me mira con cara de circunstancia.
—¿Decepcionada? —pregunta.
Asiento despacio, sin entusiasmo. No hace falta fingir.
—Le pediste que no viniera, Sofía.
—Lo sé. Pero nunca obedece —respondo con la mirada baja, sintiendo cómo se me encoge el pecho.
Luc sonríe con ternura.
—¿No querías hacerle sufrir? Dijiste que no lo ibas a perdonar, así como así y… mírate, españolita.
—Sigo muy enfadada con él, Luc. No confió en mí. Estuvo en contacto con ella. La creyó. No me entra en la cabeza cómo pudo hacerlo.
—¿Y qué pesa más: el enfado o lo que sientes por él?
Me quedo callada. Lo pienso. Lo siento.
—Lo quiero. Lo quiero demasiado.
—Pues díselo. ¿Te llevo a su casa?
—No lo sé. No sé si es buena idea, Luc.
—Claro que lo es. Clayton se va a alegrar de verte allí.
—¿Estás seguro?
—Segurísimo. Le escuché por teléfono. Él también te quiere.
—Vale. Está bien. Iré. Pero le voy a reñir bien de veras antes de lanzarme a sus brazos —refunfuño, con el ceño fruncido.
Se ríe. Me ayuda a colocarme el casco y subo a la moto.