Solo yo soy para ti (Solo nosotros 2) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

Elliot me acerca al restaurante. Durante el trayecto, no digo ni una palabra. No tengo ganas. Estoy apagada. Triste. Me limito a observar la ciudad por la ventanilla.

—¿Estás bien, pitufa? —pregunta sin apartar la vista de la carretera.

—Sí.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—¿Seguro que no te pasa nada?

—Seguro.

—Venga, cuéntamelo. ¿Estáis enfadados?

—No.

Elliot entrecierra los ojos y me lanza una mirada de «te conozco y sí lo estáis» .

—Si quieres, le doy una paliza cuando vuelva de Boston. Estoy muy cachas.

Me giro hacia él. Nos cruzamos la mirada. Me río, bajito. Mi renacuajo siempre sabe cómo arrancarme una sonrisa, incluso cuando no me queda ni una.

—No hace falta. Puede que se la dé yo.

Se ríe. Yo también.

En el restaurante, tampoco soy la alegría de la huerta, pero me esfuerzo por mantener la concentración.

—Muy bien, españolita. Lo estás haciendo genial —me felicita Luc, con su encantador acento francés, mientras dejo caer, una a una, gotas de jugo de remolacha en el baño de calcio.

—Guauu… Es una pasada —digo mientras las observo transformarse en pequeñas esferas brillantes que luego estallarán en la boca.

—¡Chicos! —interrumpe Diego en la cocina—. Necesito que alguien vaya ahora mismo a la vinoteca de la esquina de la 45.ª con Lexington. Me falta el vino Opus One. No me queda ni una botella. Y esta noche viene ese cliente que lo pide siempre.

—Voy yo, si quieres —me ofrezco.

—No, mon chéri. Tú no, y menos sola —dice Pierre, serio, sin levantar la vista de su mise en place.

—Tiene razón, Sofía. Tú sola… —añade Luc, con una mirada de preocupación.

—Iremos juntas —interviene Élodie—. Tengo muy avanzado el trabajo.

Me sonríe con complicidad.

—Sí, por favor. Eso estaría bien —les pido, poniendo ojitos.

Se miran entre ellos. Luc encoge los hombros.

—Bueno, está bien. Pero no tardéis —nos da el visto bueno Pierre.

La vinoteca está a solo un par de manzanas. Salimos a paso rápido, esquivando el bullicio de la ciudad, y llegamos en un suspiro.

El lugar es bastante grande, con techos altos y estanterías de madera que se elevan como catedrales del vino.

Mientras Élodie habla con el dueño para pedir dos botellas, yo me pierdo entre los pasillos. Hay etiquetas de todos los rincones del mundo. Es increíble.

Entonces, lo siento: un roce en la espalda. Me giro. Alice está ahí. Me sonríe.

— Hi , Sofía.

—Alice… ¿Qué haces aquí? No puedes acercarte a mí. Tienes una orden de alejamiento —le digo, con la voz temblorosa.

Me llevo la mano al vientre sin pensarlo. El miedo me paraliza.

—Tranquila, ya me voy. No te preocupes —dice con una sonrisa que no encaja en su cara—. Solo quería decirte una única cosa.

—Vete, Alice. Por favor.

Élodie se acerca con una bolsa en la mano. Lleva el vino. Observa la escena. La miro, alarmada.

—¿Sofía, es ella?

Asiento, con el corazón golpeándome en el pecho.

—Te vas a quedar sin novio, zorra. Scott te va a dejar muy pronto —escupe Alice, con una voz que hiela.

—Sal de aquí ahora mismo o llamo a la policía —le dice Élodie, firme.

Alice la observa. Luego me mira a mí.

—Muy pronto —repite y se da la vuelta.

Desaparece entre los pasillos como si nunca hubiera estado allí. Pero el temblor en mis manos dice lo contrario.

Durante el camino de vuelta, Élodie me mira de reojo en varias ocasiones.

Está preocupada. En un momento, al ver que sigo en silencio, alarga la mano y me acaricia suavemente el brazo.

Yo le devuelvo una sonrisa pequeña, agradecida, pero no me da para más.

Mi cabeza sigue atrapada en lo que ha pasado. En lo que Alice me ha soltado.

¿Qué me va a dejar? Está loca. Miente. Es cruel. Pero… Scott está distante, eso es cierto. Ella no sabe nada del hospital, de las pruebas. ¿Por qué otra cosa se alejaría él de mí? Me quiere.

—Élodie, ahora voy. Necesito unos minutos —le digo al llegar al restaurante.

—Claro —responde y entra.

Me siento en el bordillo de la acera. Inhalo con fuerza en varias ocasiones. Respira, Sofía. Respira, me repito.

—Élodie nos ha contado lo que ha sucedido. ¿Le contaste lo de esa mujer? —escucho la voz preocupada de Luc.

Pierre y él han salido a buscarme. Los miro. Asiento.

Luc se sienta a mi lado. Pierre permanece de pie, observándonos.

—¿Estás bien, ma chérie ?

Vuelvo a asentir.

—¿Quieres que te lleve a casa? —pregunta Luc.

—No —digo, por fin.

Me apoyo en él. Reposo la cabeza en su hombro. Me rodea con el brazo. Me arropa.

—Me ha dicho que me voy a quedar sin novio. Que Scott me va a dejar —les cuento.

— Petit, Sophie . No le hagas caso. Diría cualquier cosa con tal de hacerte daño —intenta consolarme Pierre.

—Es como si lo supiera con certeza. Como si tuviera más información que yo. Y Scott… está raro. Lleva dos días distante. Frío.

— Scott t´aime . Scott te quiere, Sofía.

—Pierre tiene razón. Mañana, cuando os veáis, te darás cuenta de que Clayton suspira por ti, españolita.

Lo miro. Me da un beso en la mejilla y sonríe. Los tres lo hacemos.

—Sí. Es cierto. Esa tía está pirada —digo, intentando sonar convincente, aunque por dentro algo se me revuelve.

—Ven, vamos dentro. La cocina pronto se convertirá en un campo de batalla y te necesito. —Me tiende la mano Pierre.

Se la doy. Tira de ella y me abraza. Entramos dentro los tres.

Después de cerrar el restaurante, Luc me deja en casa. Subo en el ascensor todavía con la cabeza dando vueltas y, al entrar en el dormitorio, me encuentro a Oliver sentado en mi cama. Me mira. Su cara es muy seria. Vaya. Está claro que sabe lo que ha pasado.

—¿Cómo te has enterado? —le pregunto, bajando la mirada.

—Pierre llamó a Elliot. Y Elliot a mí —responde, visiblemente irritado—. ¿Te das cuenta de lo que te podía haber pasado? ¿Y si te hubiera hecho daño? Tenías que ir, sí o sí, a por el maldito vino.

Nunca Oliver me había hablado así. Tan enfadado. Levanto la vista. Mis ojos lo buscan, tímidos.

—Vas a llamar a Scott. Ahora mismo. Cuéntaselo todo o lo haré yo. No pienso esperar a que regrese. Se va a enfadar, y con razón. Tenías que haberla denunciado en su día.

Las lágrimas empiezan a caer sin que pueda detenerlas. Él se ablanda. Me mira con ternura, se acerca, me rodea con los brazos y me estrecha contra su pecho.

—Cielo, no llores. Pero tienes que entender que es una mujer trastornada. Podía haber llevado un arma. Y tú… tú eres mi responsabilidad.

—Lo siento —susurro entre sollozos. No puedo parar de llorar.

—Ya sé que es muy tarde, pero lo de llamar a Scott va en serio. No me voy a echar atrás, aunque me llores.

—¿Ahora?

—Sí, ahora. Mañana hablaré con él. Espero que cuando lo haga, ya lo sepa por ti. Tú verás.

—Pero, tío Oliver…

—No hay «tío Oliver» que valga, Sofía —me dice, limpiándome las lágrimas con los pulgares—. Llámalo.

Lo hago. Lo llamo en cuanto sale del dormitorio. Aunque no quiero. No se lo merece, no después de cómo se ha comportado estos días. Pero… se lo he prometido a Oliver.

No contesta. Qué novedad. Bueno, la verdad es que es muy tarde y puede que duerma.

Mando un mensaje:

Yo: Scott, tenemos que hablar. Es importante. Llámame si estás despierto o en cuanto te levantes por la mañana, por favor. Tengo que contarte algo.

Dejo el móvil sobre la cama. Me tumbo boca arriba y fijo la vista en el techo. Segundos después, el teléfono vibra. Me está llamando. El corazón me golpea el pecho.

—Hola —susurro.

—Hola, Sofía —su voz suena seria. Cansada. Apagada.

—Scott… yo… —No sé cómo empezar.

—Tú dirás. Te escucho. ¿Qué me tienes que contar tan importante?

Genial. No parece dispuesto a ayudar. Trago saliva.

—¿Te han dado ya los resultados?

—¿Eso es lo que me tenías que decir? ¿Quieres hablar de mis pruebas? Sí, Sofía, tengo los resultados.

—Quiero hablar de todo, Scott —le digo triste—. Llevas dos días sin querer hablar conmigo, diciéndome que estás ocupado.

—Y lo estaba. Estaba revisando una información importante.

—¿Todas las noches?

—Sí, Sofía. Todas las noches —responde seco.

—Bueno, da igual. Los resultados. Dímelos —le digo formal, preparándome para lo peor.

—Son negativos. Estoy limpio. No me convertiré en un demente.

Pero no suena aliviado. Ni feliz. Parece no importarle estar bien.

—¡Scott, es increíble! ¡Oh, Dios mío! Cariño, es una noticia increíble —repito, emocionada, olvidando el enfado, a Alice, todo.

—¿Cariño? No me llames así. Tú sí que eres increíble. Me has tenido engañado todo este tiempo —sube el tono.

Me quedo en silencio un instante, intentando procesar sus palabras, antes de responder.

—Scott… —susurro—. ¿Qué estás diciendo?

—Que lo he visto todo, joder. He visto las putas fotos —grita.

—¿Qué fotos? No te entiendo.

—Las fotos con tu amiguito Luc. ¿También le has dicho que solo él es para ti?

¿Luc? Parpadeo, confundida.

—Luc es mi superior en el trabajo. Ha sido amable. Todo un caballero. No sé de qué fotos hablas.

—Todas las noches me han llegado imágenes vuestras. Juntos. Abrazándote, tocándote, besándote. Te ha llevado a casa en su moto de mierda. Tú sonriéndole. Feliz. Comiéndote un pastel. ¿También te lo has comido a él? ¿Te lo has tirado?

Mi cara se hiela. Me paralizo. Estoy en shock . Hasta que lo entiendo. Hasta que sé quién está detrás.

—¿Ha sido ella? ¿Te las ha enviado Alice?

—¿Y eso qué más da? Las fotos están ahí.

—¿Te manda unas fotos y tú confías en ella sin preguntarme nada a mí? ¿Crees a una persona que me ha hecho tanto daño? ¿Que ha intentado separarnos antes? —le pregunto, herida.

—Las fotos están ahí —repite.

—Contéstame. ¿La crees? —susurro, destrozada.

—Sí —dice, con la voz rota por la rabia.

—No tengo nada más que hablar contigo —le digo casi sin voz.

—He visto las fotos, joder.

Al parecer esa es su obsesión. Las fotos. Las malditas fotos.

—Tenía algo que contarte, pero ya da igual. Buenas noches, Scott.

Cuelgo.

El móvil empieza a pitar. Mensajes de Scott. Muchos. Los abro.

Imágenes. Imágenes en las que solo salimos Luc y yo: cuando me abrazó, cuando me limpió las lágrimas, cuando me besó en la frente para calmarme tras ver a Alice la primera vez.

Tomando el pastelito en aquella bonita cafetería.

Subiéndome a su moto. Tirando de mí con cariño en el mercado porque me quedaba atrás.

Hoy, sentado a mi lado, arropándome al volver a verla.

Bollicao: ¿Qué ves aquí? Dímelo.

Me escribe en el último mensaje.

Yo: Lo mismo que tú, no. Vete a la mierda, gilipollas.

Apago el teléfono. Derrotada. No puedo más. Es tarde. Muy tarde. Me tumbo de lado, abrazándome al vientre.

—Gordito. Papá es tonto del culo.