CAPÍTULO 24
Al bajar, Luc ya me espera en la moto, casco en mano, y esa sonrisa picarona.
Me lo tiende; subo detrás de él y arrancamos.
He avisado a Elliot; hoy no tiene que hacer de niñera.
De Scott, nada. Aunque sigo molesta —aun no entiendo por qué no me cogió el teléfono—, le he escrito otro mensaje deseándole un bonito día.
Mi madre me ha llamado preocupada. Grace le ha contado lo de Alice.
He intentado tranquilizarla, pero aun así me ha echado la bronca por no habérselo dicho yo.
Dice que tengo que pensar en la personita que llevo dentro.
Que ya basta de ser blanda, que en cuanto Scott vuelva la denuncie y la mande a la mierda de una vez.
Y quizá tenga razón. Si esa loca me hiciera algo a mí… o a mi gordito.
En menos de diez minutos llegamos al mercado. Luc avanza con paso firme —demasiado rápido para mí— entre los puestos, y yo le sigo como puedo, curioseando a ambos lados, distraída con los colores y los aromas.
—Vamos, españolita. Rápido —me dice, tirando de mi mano con suavidad.
Me atrae hacia él y me abraza como un buen amigo.
—Mira esto. —Señala un puesto de especias—. Pimienta de Sichuan. No pica como la cayena, es eléctrica. Despierta el paladar.
La huelo, sorprendida.
—Es como… cítrica. Nunca la he usado.
—Por eso quería que la vieras. Nuestro menú cambia con las estaciones, pero también con lo que descubrimos. Cocinar es explorar.
Nos acercamos a un puesto de mariscos. El vendedor saluda a Luc con complicidad.
—¿Lo de siempre? Hoy tengo algo especial.
Nos muestra vieiras con el coral intacto, langostinos azules y ostras de Maine. Todo brilla como recién salido del mar.
—¿Cogemos algo? —Me guiña.
—Las vieiras. Pero solo si el coral está fresco.
Luc sonríe, satisfecho.
—Buena elección.
Tras nuestras compras, seguimos caminando por el mercado hasta toparnos con una cafetería que nos detiene al instante. La fachada, llena de detalles cuidados y un interior cálido tras los ventanales, destaca entre los puestos. En el escaparate, unos pastelitos de ensueño me obligan a detenerme.
—Luc, ¿has visto eso? Qué pinta. Quiero ese, el del glaseado rosa.
Se ríe al verme prácticamente salivar y entramos.
Él no pide nada, solo un té verde, mientras yo devoro mi pastelito y un batido de chocolate con mucha nata. Puro exceso. Pura felicidad. Quizás sea mi primer antojo de embarazada.
—¿Dónde os conocisteis Scott y tú? —pregunta de repente.
—En España. Es amigo de Elliot, que es como mi hermano. Vino a mi pueblo de vacaciones. Cuando nos miramos por primera vez, lo supimos. Nos enamoramos. Aunque a él le costó un poco más reconocerlo.
—Scott enamorado… Todavía me cuesta imaginármelo.
—Ya sé por qué lo dices. Ha estado con muchas chicas. Pero cuando llega tu persona… ya no hay nadie más en el mundo, Luc.
Le sonrío con ternura.
—Yo también creí haber encontrado a mi persona —dice de pronto, sin mirarme del todo—. Fue hace un par de años. Ella era… especial. O eso pensé.
Levanta la vista y me dedica una sonrisa amarga.
—Al final resultó que tenía otra historia por detrás. Otro chico. Yo era su plan B… o C. Ni lo sé. Me dejó bastante tocado.
Guardo silencio, dándole espacio. Él se encoge de hombros, como quitándole importancia.
—Desde entonces prefiero no complicarme. Salgo, me divierto y ya está. Sin promesas. Sin líos. Aunque… —me mira de reojo, con una medio sonrisa— escucharte hablar de Clayton me da un poco de envidia. De la buena, ¿eh?
Le sonrío, con el corazón apretado.
—Luc, cuando menos lo esperes, te llegará. Quizá la tienes cerca y ni siquiera te das cuenta —le digo, guiñándole un ojo.
Asiente.
—Puede ser. Quién sabe —responde, sonriendo.
Terminamos y regresamos al restaurante. El trayecto es corto; en cuanto cruzamos la puerta de la cocina, cambiamos el chip. Toca ponerse en marcha.
El servicio ha vuelto a ser un vendaval. Los fuegos rugían, las campanas no paraban y los cuchillos volaban como si tuvieran vida propia.
Entre gritos de «¡marchando!» y platos que desaparecían antes de tocar la pass , he sobrevivido a otra jornada en esta jungla de precisión y caos.
Hoy no solo he preparado una emulsión de avellana tostada con mantequilla noisette y caldo de ave infusionado con jengibre y citronela —sí, suena sofisticado, y lo es—; también he montado un tartar de lubina con aire de lima, he regenerado un risotto de apionabo con trufa negra y he terminado un postre que parecía más arquitectura que cocina.
Y con el delantal manchado de gloria, no he podido evitar pensar en mi padre. Sé que el señor Francisco daría lo que fuera por verme aquí, moviéndome entre sartenes y estrellas, como si siempre hubiera pertenecido a este mundo.
Élodie ha estado un rato seria conmigo. Me vio llegar del mercado con Luc. Sabe que me lleva a casa, aunque no entiende por qué.
Durante uno de los descansos he hablado discretamente con ella. Le he contado los motivos. Me ha abrazado sin dudar y me ha confesado que está enamoradísima de él. Lo sabía. Se lo noté el primer día.
Ese arranque de amor me hizo olvidar mi malestar con Scott por no responder a mi llamada. He aprovechado para llamarlo, pero no he tenido suerte. Seguro que estaba en el hospital.
Cuando por fin terminó el servicio, tenía el cansancio pegado en los huesos. Luc me lanzó una mirada rápida —de esas que no admiten discusión— y me señaló con la barbilla hacia los vestuarios y me dijo:
—Te llevo a casa, españolita.
Ahora estoy en la ducha. Qué gusto. El agua calentita cae sobre mi cuerpo y se lleva el cansancio del día. Cierro los ojos un segundo. Respiro.
Al salir, me envuelvo el pelo en una toalla, me seco deprisa y me pongo el pijama. Me tumbo boca abajo en la cama, con el móvil en la mano. Es la una y cuarto. La pantalla se enciende de pronto. Un mensaje de mi bollicao. ¿Tan tarde? Sonrío como una tonta. Lo leo:
Bollicao: Hola. He visto tu llamada. Estaba ocupado. Espero que lo hayas pasado bien con tus nuevos compañeros. Pronto nos vemos.
¿Perdón? No es que esté mal… pero no parece él. Está raro. Otra vez.
Le escribo al ver que está en línea:
Yo: Hola. Sé que es tarde, pero… ¿te puedo llamar?
Bollicao: Mejor no, Sofía. Tengo trabajo pendiente.
Me quedo mirando la pantalla, helada. ¿Trabajo pendiente? ¿Qué le pasa? ¿Me está evitando? ¿Irán mal las pruebas?
Yo: ¿Me estás ignorando? ¿Qué estás haciendo?
Lo llamo. Suena. No me coge. Mando un mensaje:
Yo: Quiero hablar contigo, Scott.
Bollicao: Yo también quiero hablar contigo. Pero ahora no, Sofía. Mañana.
Yo: Quizá mañana no quiera hacerlo yo.
Bollicao: Como quieras. El sábado nos vemos entonces.
¿Cómo? ¿De qué va? Lo está haciendo. Se está alejando otra vez. Me prometió que no lo haría pasara lo que pasara con las pruebas.
Dejo el móvil a un lado. Se me encoge el pecho.
—Oh, gordito mío… Tu padre a veces me saca de mis casillas —susurro, acariciándome el vientre—. Pero no voy a ceder. No pienso llamarlo. Ni un mensaje.
Estoy a punto de llorar, pero me contengo. Inspiro hondo para mantenerme entera.
—Vamos a dormir. Los dos tenemos que descansar.
Y lo intento, pero el sueño no llega. Me doy la vuelta una vez, otra, y otra más. Echo de menos su respiración, su calor, su brazo rodeando mi cintura. Echo de menos sentirme segura con él.
Toco mi vientre, buscando consuelo.
—Menos mal que te tengo a ti —susurro.
El móvil vibra de repente. Me sobresalto. Lo agarro con el corazón en la garganta pensando que quizá… pero no. No es Scott. Es Elliot.
Elliot: Sé que es tarde. ¿Despierta? ¿Estás bien?
Yo: Sí. Estoy bien. Solo cansada.
Elliot: Si necesitas hablar, llámame. Lo de Alice se solucionará. Te lo prometo.
Yo: Gracias, renacuajo. Buenas noches.
Elliot: Buenas noches, pitufa.
Dejo el móvil en la mesilla.
Suspiro.
Si Elliot supiera que no solo me preocupa Alice…
Si supiera que lo que más me duele ahora mismo es Scott. Su distancia. Su frialdad.
Me giro boca arriba, luego de lado. La garganta me arde. No quiero llorar. Me abrazo a la almohada y cierro los ojos con fuerza.
—No pasa nada… —me susurro, sin saber si intento convencerme a mí o al bebé—. Estamos bien. Estamos juntos.