CAPÍTULO 23
Mmmm… Scott está juguetón. Me acaricia el cuello con sus besos y luego mordisquea el lóbulo de mi oreja.
—Buenos días, bombón —me susurra.
—Buenos días —respondo, casi sin voz.
Me sonríe, y sus ojos azules brillan solo para mí. Me dejo envolver por su piel cálida y la ternura de su mirada.
La luz suave de la mañana se cuela por la ventana. Parpadeo, aún sonriendo, y abro los ojos despacio.
El dormitorio está en silencio. Vacío.
Scott no está.
Estoy sola.
Suspiro con resignación y nostalgia. Qué ganas tengo de que ese sueño sea real.
Miro el móvil. Nada suyo. Ni un mensaje, ni un audio, ni un «Buenos días, bombón». Solo mensajes de las niñas preguntando por mi primer día en el restaurante.
Dios mío… las niñas. Cuando se enteren de esto…
Me llevo las manos al vientre.
—Gordito, vas a tener a las mejores tías del mundo. Te van a consentir muchísimo. Tendré que poner límites, aunque dudo que me hagan caso. Sobre todo, la tía Alba. Es más mandona que yo, y ya es decir.
Cuando entro en la cocina, todas las miradas se giran hacia mí. Elliot y Emily, que se quedaron a dormir, callan de inmediato. Oliver y Grace sonríen, curiosos. Valentina deja de exprimir las naranjas para el zumo. Creo que todos están deseando saber cómo me fue ayer.
—¿Cómo te encuentras? —le pregunto a Grace, dándole un beso en la mejilla.
—Mejor, cielo. Ayer estuve adormilada todo el día y con el estómago raro, pero hoy estoy mejor. ¿Y tú? —me pregunta con complicidad por nuestro secreto.
Asiento con una sonrisa tímida, que solo entendemos las dos.
—En el restaurante todo fue genial, aunque… bueno, tengo que contaros algo.
Grace me aprieta la mano, emocionada. Cree que voy a contar lo del bebé. Quizá piensa que Scott ya lo sabe.
—¿Qué pasa, pitufa? —pregunta Elliot.
Respiro hondo.
—Es sobre Alice.
El ambiente cambia de golpe. Oliver frunce el ceño al instante y Grace me pregunta mientras deja su taza en la mesa:
—¿Ha pasado algo?
—Sí. Ayer la vi. Al salir del restaurante estaba en la acera de enfrente. Quietísima. Mirándome con una expresión… no sé, me dio miedo. Pierre y Luc se quedaron conmigo, pero no vieron a nadie. Yo sí. Era ella. Luc me acompañó hasta casa muy amable.
Solo con recordar esa mirada se me eriza la piel otra vez.
—¿Estás segura de que era ella? —pregunta Emily.
—Segurísima —respondo—. ¿Qué hago, tío Oliver?
—Tú, nada. Hablaré con Scott.
—No, no. Con Scott no, por favor. Se lo contaré el fin de semana. Estando en Boston no. Además, Alice no ha hecho nada.
—Sí ha hecho, pitufa. Se ha acercado a ti y no puede hacerlo —salta el renacuajo.
—Está bien. Cuando vuelva Scott, entre todos decidimos. ¿Te parece? —digo a Oliver.
Está serio. Preocupado. Pero asiente, complaciéndome.
Intento relajar el ambiente y me sirvo un poco de zumo y una tostada. No tengo mucha hambre, pero sé que debo comer algo.
—Voy a desayunar rápido y me voy —digo, intentando sonar normal.
—¿A dónde? —pregunta tío Oliver, mirándome atento.
—Al gimnasio de Alex —respondo, como quien anuncia que va a comprar pan—. He quedado con él para usar la piscina un rato. Me vendrá bien nadar, despejarme.
El silencio que sigue es tan rotundo que hasta dejo la tostada en el plato.
—Ni hablar —dice el renacuajo, sin rodeos.
—Elliot… —protesto.
—No vas —insiste—. No ahora. No con lo de Alice.
—Pero Alex está allí. No voy a estar sola.
Elliot se cruza de brazos.
—Ya aviso yo a Alex y le cuento lo que ha pasado. Cuando vuelva Scott y tomemos medidas, podrás ir donde quieras. Pero ahora mismo, no.
Me quedo callada, sintiéndome un poco niña pequeña… y un poco protegida.
—Está bien. Llevas razón. No iré.
Termino mi zumo mientras todos empiezan a moverse por la casa.
Oliver, Emily y Elliot se preparan para irse al bufete, Valentina se queda recogiendo la cocina y organizando las cosas de la casa.
Grace, que hoy se encuentra mucho mejor, se encierra en el despacho de Oliver para hablar con Conrad sobre temas de la galería y la exposición de Sebastián.
Y yo intento mantenerme ocupada: recojo mi habitación, me preparo con calma y hasta ayudo a Valentina a doblar unas toallas. No quiero quedarme quieta. El tiempo pasa lento.
Elliot vendrá a buscarme para llevarme al trabajo en su descanso para comer. No quieren que me mueva sola por la ciudad con esa loca rondando. Me da rabia molestarle, pero lo entiendo. Y, además, me da seguridad.
A la una y media, ya estamos en camino. El trayecto es tranquilo. El renacuajo habla con un cliente desde el coche y yo desconecto de su conversación.
Al llegar, Elliot entra conmigo. Habla con Pierre y Luc como si estuvieran tramando algo mientras yo me voy a cambiar.
Trabajando, estoy tranquila, aunque algo más silenciosa de lo normal; lo de Alice me ronda la cabeza.
El día ha ido bien. Más que bien. He preparado el soufflé perfecto en veinte minutos —crujiente por fuera, aireado por dentro—, he emplatado un canelón de pato confitado con espuma de boletus, y he logrado una esferificación de manzana que parecía una auténtica joya.
Me siento orgullosa. No lo digo mucho, pero hoy sí. Aunque decir que «ha ido bien» es simplificarlo todo. Ha sido una locura.
Mía ha sacado quince postres sin pestañear. Mateo ha fregado tres veces la misma olla porque alguien la necesitaba «ya». Angie ha lidiado con una influencer que exigía mesa sin reserva. Y los camareros han volado esquivando bandejas, ajustando copas y gritando comandas.
Luc me ha dejado en casa. De eso hablaba con Elliot. Mi renacuajo me llevará cada día, y Luc me traerá cada noche. Es un detalle por su parte. Me siento más tranquila, las cosas como son.
Mañana, a primera hora, me llevará al Chelsea Market, donde compran ingredientes especiales. Me hace ilusión. Me siento parte del equipo.
Ahora estoy en la cama. Cansada. Agotada. Son casi la una de la madrugada y ni una sola noticia de Scott. Es raro. Cojo el móvil. Quiero desearle buenas noches. ¿Está en línea? ¿Con quién habla a estas horas?
Me animo y lo llamo. Suena. Un tono. Dos. Tres. Nada. No contesta.
Vuelvo a WhatsApp. Sigue en línea. Le escribo:
—Hola. Te he llamado. Lo siento. Estarás dormido. Pensé que estabas con el móvil, quizá dejaste abierta la app. Solo quería desearte buenas noches. Te quiero.
Me quedo mirando la pantalla. Lo lee. Las dos rayitas azules me lo confirman. Está despierto. Entonces… ¿por qué no me ha cogido?
Responde:
—Estoy con algo importante. Ahora no puedo, Sofía. Hablamos mañana. Descansa.
¿Algo importante? ¿Tan importante como para ignorar mi llamada? ¿Y ni un «te quiero»…?
Le contesto, molesta:
—Claro. Vale. Hasta mañana.
Lo lee. Silencio. Nada más.
Me abrazo a la almohada. Estoy inquieta, rara. Me doy la vuelta en la cama, intentando encontrar una postura cómoda, pero la inquietud me recorre como un hormigueo. No solo es lo de Scott. Es todo. Alice. El bebé…
Intento no darle vueltas, pero la frase, «estoy con algo importante» me taladra la cabeza.
Cierro los ojos, pero no puedo dormir. Me levanto y voy a la cocina a por un vaso de agua. Pienso en Alice. En su mirada fija, clavada en mí como si quisiera atravesarme y me da un escalofrío.
Vuelvo a la habitación. Me tumbo. Me acomodo. Esta vez, el sueño empieza a pesarme. Los párpados me caen. La respiración se vuelve lenta y el cansancio, por fin, me arrastra.