Solo yo soy para ti (Solo nosotros 2) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Me he despertado con un apetito feroz. Después de meterme entre pecho y espalda tres tortitas con chocolate, un zumo de naranja y mi Cola Cao diario, devoro el segundo cupcake de vainilla. Rezo para que mi estómago lo retenga y que mi gordito no me haga vomitar como la niña del Exorcista.

Mi móvil vibra justo cuando lo engullo. Con la boca llena, miro la pantalla: es un mensaje de Scott.

—Buenos días, bombón. Solo quería desearte suerte en tu primer día. Luego hablamos. ¿Tienes algo que decirme?

Los restos del cupcake salen disparados. Ay, dios mío. ¿Algo que decirle? ¿Por qué pregunta eso? ¿Qué hago? ¿Qué le contesto?

—¿Sofía, estás bien? —pregunta Valentina al verme.

Entra en la cocina con un espectacular ramo de magnolias.

—Sí, sí. Solo me he atragantado.

—Son para ti. De parte de Scott.

Me quedo quieta un segundo. Luego sonrío como una tonta. Las huelo, las acaricio y le contesto:

—Gracias por las flores. Acaban de llegar. Son las más bonitas del mundo. Te quiero.

Lo ha leído. Escribe:

—Usted sí que es lo más bonito del mundo, señorita Barroso.

—Usted tampoco está nada mal, señor Clayton.

—¿Nada mal? ¿Ya empezamos? Te recuerdo que soy muy guapo y huelo muy bien.

Me río sola, recordando cuando se lo solté piripi perdida, como dice él.

—Te quiero.

—Te quiero, bombón.

Guardo el móvil y sigo devorando el cupcake , todavía con la sonrisa tonta pegada.

Grace y yo hemos pasado la mañana en el hospital. La segunda sesión de quimio ha ido bien. Su entereza me deja sin palabras. Ahora está en casa, acostada y tranquila. Elliot y Emily se han quedado con ella; no se moverán de allí en todo el día.

Al salir del edificio, miro la hora. Voy con mucho tiempo. Me pongo los cascos mientras camino hacia el restaurante. Suena Sweet Child O’ Mine y me anima un poco.

Llevo minifalda vaquera, la camiseta desgastada de los Rolling y mis Jordan favoritas. Veo a repartidores en bici, algún taxi pitando sin motivo, madres empujando carritos de bebé. Nada especial.

Camino por Park Avenue, cruzo hacia Lexington y sigo recto. El ambiente cambia: más ruido, más tráfico, más prisa. Oficinistas con cafés gigantes, turistas perdidos, gente que parece vivir con el móvil pegado a la oreja. Nueva York en modo automático.

Cuando llego voy directa a la puerta del personal. Me quito los cascos para guardarlos y justo en ese momento…

Una moto negra pasa a toda velocidad a mi lado, pegándome un susto de muerte.

—¡Joder! ¡Será gilipollas! —murmuro, frunciendo el ceño mientras lo fulmino con la mirada.

El tipo se detiene a unos metros. Baja con calma. Camiseta negra, casco mate, botas desgastadas. Levanto una ceja y entro.

—Hola, Pierre.

— Bonjour , Sofía. Todavía no son las dos. Llegas antes de la hora.

—Sí, bueno… es la costumbre. En España siempre era la primera en llegar.

Sonríe y se acerca a darme dos besos.

—Eso está bien. Así trabajan los grandes chefs. Llegan los primeros.

—Pierre, quería darte las gracias por aceptar que mi amigo Pablo trabaje aquí. Ha sido todo un detalle. El otro chef…

—Es estúpido. Lo conozco y es insoportable, Sofía. Aquí necesitamos personal, y tras leer sus referencias, estoy encantado de que venga la semana que viene.

— Bonjour —interrumpe una voz masculina a nuestra espalda.

Nos giramos a la vez.

— Bonjour , Luc —le responde Pierre.

¿Luc? ¿El gilipollas de la moto es Luc? ¿El sous-chef ?

Me mira de arriba abajo con unos ojos grises imposibles de ignorar y el casco en la mano.

—Supongo que eres Sofía.

Mis mejillas se sonrojan de inmediato.

—Sí. Soy Sofía. Encantada.

Me da dos besos.

—Bienvenida. Perdona por lo de la moto. Creo que te he asustado.

—Bueno, tranquilo. No ha sido nada.

Intento restarle importancia, aunque le diría que ha sido un tonto del culo de primera.

Sonríe.

Luc es más joven de lo que me imaginaba. Tendrá tres o cuatro años más que yo, alto, moreno y bastante guapo, la verdad. Con el casco no se apreciaba esa cara de pícaro que tiene. Pierre me dijo que hablaba español, y no lo hace nada mal, aunque su acento francés está bastante marcado.

—El equipo no tardará en llegar. Acompáñame. Nos cambiamos y empezamos —dice Luc.

—¿Cambiarnos? ¿Juntos? —pregunto, incómoda y vergonzosa.

Pierre y él se miran y empiezan a reír.

—No, ma chérie . ¿Quieres que Scott se enfade conmigo el primer día? —dice Pierre—. Cada uno en su vestuario. El de las chicas está nada más salir de la cocina, a la derecha.

—¿Scott? ¿Scott Clayton? —se sorprende Luc.

—Sí. Scott es el novio de Sofía —explica Pierre.

—¿Eres su novia? —pregunta, curioso.

Mierda. Estará pensando que soy una enchufada, una inútil que está aquí por su novio el milloneti.

—Sí, pero… tengo buenas referencias. En la escuela de Madrid estuvieron muy contentos con mi trabajo. Soy buena, de veras, aunque sea la novia de Scott —me justifico hablando rápido.

—No, no. Perdóname. No pongo en duda que te merezcas estar aquí —me dice Luc, muy amable, cogiéndome la mano—. Lo que me sorprende es que Scott tenga novia. Lo conozco desde hace mucho. Hemos compartido noches de fiesta y…

—Ligues y chicas, imagino —respondo, resignada.

—Bueno… algo así. Perdóname de nuevo, por favor. Soy un bocazas.

—Tranquilo, da igual. Sé la vida que llevaba Scott antes de conocernos. Pero ha cambiado. Estamos muy enamorados.

—Claro. Sí. Me alegro por los dos.

—Ya vale de hablar. Allez, allez … ¡A trabajar! —interrumpe Pierre.

En cuanto me cambio, Luc empieza a dar órdenes, me coloco a su lado y la cocina arranca de verdad. No tengo tiempo ni de pensar.

Las horas vuelan mientras intento seguir el ritmo, absorberlo todo y no perder detalle en mi primer día.

Trabajar aquí no es solo un sueño hecho realidad, es como haber aterrizado en el lugar perfecto. El equipo… no es un equipo de trabajo. Parece una pequeña familia.

Mia, la pastelera, no ha dejado de sonreírme ni un segundo, guiñándome el ojo cada vez que pasaba cerca, recordándome que todo estaba bien.

Élodie, la jefa de partida de pescados, al principio ha estado más seria conmigo, pero en cuanto se ha enterado de que tengo novio, se ha relajado. Creo que está perdidamente enamorada de Luc. Se le nota en la forma en que lo mira cuando él no la ve.

Mateo, el lavaplatos, un chico joven con los auriculares colgando del cuello, nos ha entretenido —a veces, demasiado— con historias de sus cinco hermanos.

Cinco. Y cada uno más loco que el anterior, según él.

Tiene una risa fácil y una forma de hablar que convierte hasta el fregar cazuelas en algo divertido.

Tariq, el encargado de carnes, es el más tímido. Marroquí, con manos enormes y una voz dulce y suave. Siempre pendiente de si necesitaba algo.

Diego, el hijo de Nana, que, aunque no ha pasado mucho por la cocina, en cuanto lo hacía, venía a enseñarme las fotos de su hijo. Se le ilumina la cara cuando habla de él.

Y luego está el resto.

Matt, el jefe de sala, que se mueve como si tuviera ruedas en los pies, siempre con el pinganillo puesto y el ceño fruncido, organizando las mesas.

Los camareros, que entran y salen como ráfagas, pidiendo platos, reclamando tiempos, esquivando bandejas y gritando comandas.

Angie, la jefa de reservas, impecable, con su tablet en la mano y una sonrisa que no pierde ni por las cancelaciones de última hora ni por los clientes caprichosos que quieren mesa con vistas… aunque no haya vistas.

Luc no es un gilipollas. No. Para nada. Es un tío encantador, amable y un profesor generoso. Me ha enseñado a preparar el fondo de ternera perfecto, a encontrar la acidez justa para el ceviche, y a confiar en mi instinto.

Y estar al lado de Pierre ha sido como ver magia en tiempo real. Todo parece más fácil, más posible. Tiene ese carisma que no se aprende: se nace con él. Es un dios en la cocina. Seguro, creativo, casi hipnótico.

Mi gordito me ha dejado disfrutar de mi primer día. Ni un vómito. Ni una mala sensación en el estómago. Como si supiera que mamá necesitaba este momento.

Durante un descanso he visto una llamada perdida de Scott.

Con el ritmo frenético de la cocina, atender el mundo exterior es casi imposible.

Le acabo de mandar un mensaje rápido: que estoy bien, que estoy feliz, que esperaba que sus pruebas hubieran ido bien…

y que por la mañana intentaría llamarle.

No sé si lo leerá esta noche, pero necesitaba que supiera que pienso en él.

Son las doce y veinte. Todos se han ido. Solo Pierre y Luc quedan en el restaurante. Me despido y salgo a la calle.

La temperatura es magnífica. Estoy a solo treinta minutos de casa. Me pongo los cascos. He decidido ir andando. Pero cuando levanto la vista… la veo.

¡Dios mío! No puede ser.

Mi cuerpo se estremece de golpe. Me quedo paralizada. Es Alice. Me mira. Me mira desde la acera de enfrente. Seria. Con una expresión que me asusta y me hiela la sangre.

Doy media vuelta y regreso al restaurante, pero me choco con Luc justo cuando sale por la puerta.

—¿Sofía? ¿Olvidaste algo?

—Está ahí. Está ahí.

—¿Quién está ahí? —pregunta, preocupado, sin entender nada—. Sofía, estás temblando.

—Ella. Alice. No puede estar cerca de mí, pero… la he visto.

Luc mira a su alrededor. Su mirada recorre la calle de arriba a abajo.

—No hay nadie, Sofía.

Me apoyo en su pecho y rompo a llorar. Me abraza, me sostiene, intenta calmarme.

—Te juro que estaba ahí —le digo, separándome un poco.

Me limpia las lágrimas con una delicadeza que no esperaba, me da un beso en la frente y me pide que entremos de nuevo en el restaurante.

Al cruzar la puerta, Luc me indica que me siente. Obedezco sin decir palabra.

Pierre, que nos ha visto entrar, se acerca con el ceño fruncido.

—¿Qué ocurre?

Me cuesta hablar. El corazón todavía me retumba en el pecho. Pero cuando consigo respirar, les cuento todo. Todo lo que viví con ella. Con Alice.

Cuando termino, el silencio se instala unos segundos. Luc, con voz serena, lo rompe:

—Vamos, Sofía. Te llevo a casa.

—No hace falta. Estoy más tranquila. Cogeré un taxi.

—Sí, sí hace falta. Pierre y yo nos quedaremos más tranquilos. ¿Verdad? —dice, mirándolo.

Él asiente, aún impactado por mi relato.

—Pierre… Scott está de viaje. Se lo contaré el fin de semana. No quiero preocuparle con esto ahora.

—De acuerdo, mon chéri.

Quince minutos más tarde, Luc aparca frente a mi edificio e insiste en acompañarme hasta el ascensor. Es todo un caballero. Me da un abrazo, dos besos suaves y nos despedimos hasta mañana.