CAPÍTULO 21 #2
—Sí. Lo hemos confirmado. Grace estaba conmigo. Dos pruebas. Una ecografía. Tuve un descuido con la píldora y ahora… hay un bebé. Pequeñito. Pero está ahí.
Mamá se queda callada unos segundos. Luego sonríe. Una sonrisa tímida, pero real, y dice:
—Bueno… entonces vamos a ser abuelos.
Papá la mira. Luego me mira a mí. Y asiente.
—Vamos a estar contigo, Sofía. En todo. No estás sola —añade mi padre.
Las lágrimas me caen, pero no por tristeza, sino por el amor que me llega desde esa pantalla.
—Os quiero muchísimo.
—Y nosotros a ti, hija. Más que a nada —dice mi madre, con los ojos brillantes—. ¿Y Scott? ¿Lo sabe?
—Todavía no. Esta semana está en Boston. Se lo diré en cuanto vuelva. En persona —añado, bajando la voz—. ¿Y si no lo quiere? ¿Y si me deja otra vez?
Mamá me mira como si pudiera abrazarme a través del cristal.
—Sofía, escúchame bien. Si alguien se va cuando más lo necesitas, esa persona no es para ti. Tú mereces a alguien que sepa quedarse.
—Scott podrá asustarse —interviene mi padre—. Pero si te quiere, estará. Y si él no está preparado, tú sí lo estás.
—Tengo miedo —susurro.
—Es normal. Ser madre da miedo. Amar da miedo. Pero no estás sola. Tienes a tu familia. Y tienes a ese bebé que ya te eligió.
Me quedo en silencio un instante, dejando que sus palabras me atraviesen despacio.
—No sé qué haría sin vosotros.
—A tu padre y a mí nos pasó igual —dice mamá—. Éramos jóvenes. Muy jóvenes. Y tú llegaste. No fue fácil, pero nunca nos hemos arrepentido. Tú eres lo mejor que nos ha pasado.
Asiento despacio, dejando que su historia me cale y, poco a poco, la conversación se relaja.
Me desean suerte para mi primer día en el restaurante.
Y me piden fotos, muchas fotos de todo: de mis nuevos compañeros de trabajo, de mi debut como modelo de Sebastián y, sobre todo, de su futuro nieto.
Mi madre lo tiene clarísimo: será un niño.
Les he enseñado la primera imagen, la ecografía que me dio la doctora Foster.
Cuando cuelgo, me quedo mirando la pantalla en negro un segundo más. Respiro hondo y me acaricio el vientre.
—Vamos a estar bien, gordito mío. Lo prometo.
Durante la comida, mareo la ensalada con el tenedor. Valentina la ha preparado con mimo, pero no tengo hambre.
—Sofía, tienes que comer —me susurra Grace al oído—. Ahora no estás sola.
—No me apetece —le susurro de vuelta.
—¿Qué os pasa? ¿Qué cuchicheáis? —pregunta Oliver, curioso.
Le pedí a Grace que no dijera nada. Ni a Oliver ni a Elliot. Quiero contarlo yo, pero antes necesito hablar con Scott.
—Nada, amor. Solo le decía a Sofía que debería ponerse ese vestido de lino negro que tiene para la presentación de Sebastián. Es sencillo, minimalista… y le queda de miedo —dice Grace, guiñándome un ojo.
Sonrío.
—Claro, estará preciosa —contesta él, sin enterarse de nada—. Es el domingo, ¿verdad?
—Sí, Oliver. ¿Otra vez? Tienes una cabeza… El domingo. Empieza sobre las seis. Durará un par de horas, aunque si hay clientes interesados, puede alargarse.
Oliver asiente y le dedica a Grace una sonrisa culpable.
—¿Habéis contratado el mismo catering de la otra vez? Estuvo muy bien.
—Sí, cielo. El mismo. Fue un éxito. Esos canapés tan sofisticados triunfaron.
Oliver se limpia las manos con la servilleta y gira la cabeza hacia mí.
—Sofía, ¿has hablado con Scott? ¿Cómo le fue el vuelo? Tiene previstas varias reuniones importantes. Si todo sale bien, se hace con un filón de los buenos —dice tío Oliver.
—Hoy no he tenido noticias suyas. Ayer me escribió al llegar a Boston. El vuelo y el hotel, muy bien. Imagino que me llamará esta noche.
Me mira con atención y me acaricia la mejilla.
—¿Qué te pasa, cielo? Estás rara, callada y no comes.
—¿Qué le va a pasar…? Nada. No le pasa nada —interviene Grace, rápida—. Está nerviosa. Mañana empieza en el restaurante.
—Oh, es verdad, se me había olvidado. A mí también me pasaba de joven cuando tenía algún juicio importante. Se me ponía una cosilla aquí —dice, señalándose el estómago.
Grace y yo nos miramos y sonreímos. Yo también tengo una cosilla ahí. Una preciosa cosilla.
Más tarde, intento dormir una siesta. Imposible. Mi cabeza no para. Se empeña en imaginar mil formas distintas de decirle a Scott que va a ser padre.
El móvil vibra a mi lado. Resoplo. Es él.
Me escribe que la reunión fue eterna y que está entrando al hospital. Tiene la primera consulta de la semana. Me manda una lluvia de corazones y un «te quiero» que me deja el pecho apretado.
Le contesto:
—Yo también te quiero. Mucho.
Gracias al cielo, no pregunta por mi cita con la ginecóloga. Mejor así.
Me quedo mirando al techo. Suspiro. Me acaricio la tripa.
—Gordito… ¿cómo se lo decimos a papá sin que se asuste? Porque tú y yo ya somos un equipo, ¿lo sabes?
A las nueve de la noche vuelve a aparecer su nombre en la pantalla. Otro mensaje:
—Perdón por no llamarte, bombón. Salí agotado del hospital. Me voy directo a la ducha y a dormir. Mañana te va a ir increíble en el restaurante. No los dejes muy enamorados. Te quiero.
Me quedo mirando el móvil unos segundos. No dice nada de la ginecóloga. Está claro que no se acuerda. Y lo entiendo. Bastante tiene con lo suyo.
Le respondo con cariño:
—Descansa. Mañana hablamos. Te quiero.