Solo yo soy para ti (Solo nosotros 2) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

La consulta de la doctora Foster está decorada en tonos pastel. Huele a lavanda y suena una música instrumental casi imperceptible. En la recepción, una joven de sonrisa cálida nos da la bienvenida. Apenas hojeamos un par de revistas cuando nos llaman.

—Anna —dice Grace—, dándole dos besos cariñosos.

La doctora es alta, con el cabello castaño recogido en un moño práctico sujeto con un bolígrafo.

Algunos mechones se le escapan, enmarcando su rostro.

Sus ojos claros se detienen un instante en el pañuelo que le regalé a Grace.

Hoy ha decidido no usar la peluca; dice que le da calor, que así se siente más ligera.

Anna la saluda con afecto y escucha con atención cuando Grace le cuenta cómo va con el tratamiento de la quimio. No interrumpe. Solo asiente.

Luego me mira, me sonríe y, en un inglés pausado, me invita a sentarme.

Me acomodo frente a su escritorio. Grace se sienta a mi lado.

— How can I help you , Sofía? —me pregunta con voz suave.

Me aclaro la garganta. Anna espera, tranquila.

—Hace un par de semanas dejé de tomar las pastillas anticonceptivas —le digo en inglés, algo pudorosa—. Estando en España, decidí parar.

Asiente despacio.

—¿Algún motivo en particular? —pregunta mientras teclea.

—Fue por… una cuestión emocional.

Grace, algo entrometida, interviene con una sonrisa tierna.

—Lo dejó con Scott, su novio, pero ya han vuelto y se quieren con locura.

¡Por Dios, Grace! Me pongo como un tomate. Anna intenta disimular la sonrisa, aunque sus ojos brillan divertidos.

—Y en la reconciliación… imagino que habéis tenido precaución.

—Sí, sí. Mucha —respondo, aún más ruborizada.

—Perfecto. Revisaremos qué método te conviene ahora y si las mismas pastillas siguen siendo adecuadas. ¿Te parece?

—Me parece bien.

—De todas maneras, vamos a hacerte una revisión completa —añade—. Y antes de retomar las pastillas, quiero asegurarme de que no estás embarazada. Es protocolo, tranquila.

—Claro, lo entiendo.

Anna se levanta, abre un cajón y saca un botecito transparente con tapa amarilla. Me lo ofrece con naturalidad.

—Aquí tienes. El baño está al fondo, a la derecha.

Lo cojo con una sonrisa tímida. Grace me guiña el ojo antes de salir. La música instrumental sigue ahí, suave; me acompaña como si el momento necesitara banda sonora.

Al volver, le entrego la muestra. Anna introduce un palito blanco en la orina. Mientras esperamos, Grace se encarga de llenar el silencio contándole, emocionada, que soy su princesa, que voy a trabajar en uno de los mejores restaurantes de la ciudad y que seré una gran chef.

La miro con ternura. Anna también lo nota.

Pasados unos minutos, examina la prueba. Su gesto cambia. Levanta las cejas.

—¿Todo bien? —pregunto, inquieta.

—Sofía… estás embarazada.

¿Perdón? ¿Qué acaba de decir esta mujer? Me está tomando el pelo. Es una broma. Miro a Grace, que abre los ojos como dos lunas llenas. Eso es imposible. No puede ser.

—¿Estás segura, Anna? Mira que esos palitos a veces fallan —dice Grace, tan incrédula como yo.

Eso es. Esos palitos fallan. Muy bien dicho, Grace. Seguro que este ha fallado. Y bien.

—Grace, no fallan. La fiabilidad es cercana al 99 %. Pero haremos otro, si queréis.

Lo hacemos. Y el resultado es el mismo. Las dos rayitas aparecen más relucientes que antes. Dios mío. Estoy embarazada.

—Vamos a hacer una ecografía, aunque no creo que veamos nada. Es muy pronto. La prueba detecta el embarazo a los pocos días, pero para que se aprecie en una ecografía transvaginal tiene que haber pasado al menos un mes.

—Pero hemos usado preservativo. Siempre. ¿Cómo puede ser? —balbuceo, medio mareada.

—Puede pasar, aunque reconozco que es poco frecuente —explica Anna.

Grace me coge la mano y la acaricia. Yo solo pienso en Scott. En cómo voy a darle la noticia. Se va a enfadar. O peor… se va a asustar. Y cuando se asusta, huye.

—Ven, Sofía. Desnúdate de cintura para abajo, tápate con esa sábana y túmbate en la camilla.

Obedezco. Mientras me examina, su rostro vuelve a cambiar. Frunce el ceño. ¿Y ahora qué pasa?

—No estás embarazada de una o dos semanas, de este tiempo sin la píldora. Estás de al menos cuatro o cinco semanas. Se distingue con claridad el saco gestacional y el embrión.

Parpadeo varias veces; todo ante mí se niega a enfocar. Siento la boca entreabierta hasta que, por fin, las palabras me salen, todavía cargadas de sorpresa.

—¿Me estás diciendo que me quedé embarazada en España? ¿Hace más de un mes?

Tiene que estar bromeando.

— Oh my God! —exclama Grace, abanicándose con un folleto de fertilidad—. ¿Será del otro…?

—¿Qué otro? —pregunta Anna, desconcertada.

—Mi exnovio —respondo.

—¿Dejaste de tomar la píldora en algún otro momento? —me pregunta Anna, ahora algo más seria.

Silencio. Mi mente se llena de imágenes, de posibilidades. De errores.

—Sí… pero solo fueron dos o tres días y la retomé —susurro, pálida—. Mi novio de toda la vida me engañó. Lo pillé con otra. Estaba mal, no dormía, no comía… y se me pasó. Pero volví a tomarla antes de estar con Scott.

Las lágrimas me caen sin permiso. Grace se acerca, me besa en la frente.

—Tranquilízate, princesa.

—Una cosa está clara. Es de tu novio. Y no del que te engañó —aclara la doctora—. Al dejar de tomar la píldora, aunque solo fueran tres días, tu ciclo hormonal pudo reiniciarse si estabas cerca de ovular. Sin protección extra, había riesgo.

—Ya… —murmuro.

Todas esas explicaciones técnicas me dan igual. Ya está. Cometí un error. Siempre he querido tener hijos, pero ahora… en este momento…

Anna se inclina un poco hacia mí y apoya una mano cálida sobre mi rodilla, un gesto que me sostiene antes de lo que está a punto de decir:

—Todavía es pronto. Puedes decidir si quieres seguir adelante o no.

—Lo voy a tener. No me voy a deshacer de mi bebé —respondo, firme pese al temblor.

—Tendrías que hablarlo con Scott —sugiere Grace.

—Lo haré. Pero el bebé está dentro de mí. Lo tendré igual, aunque él no quiera —digo, con los ojos aún húmedos.

—Si lo tienes tan claro… ¿Quieres ver a tu bebé?

Asiento. Soy incapaz de hablar más.

Anna coloca la pantalla para que las tres podamos verla.

—Ahí está —murmura, congelando la imagen. Nos señala una pequeña cosita.

La cosita más bonita del mundo. Diminuta. En mi vientre.

Suspiro. Mi bebé. El bebé de Scott. Nuestro bebé.

Grace y yo nos miramos y sonreímos como tontas, emocionadas.

Anna imprime la imagen para que me la lleve.

—Es demasiado pronto para escuchar el latido del corazón. Concertaremos una cita para dentro de unas semanas.

Me visto deprisa. Me pregunta, sorprendida, si no he sentido síntomas. Le digo que no. Pero Grace se lanza a contarle los vómitos de estos días y el desmayo en el cumpleaños de Henry. Yo pensé que eran los nervios por lo de Alice… pero quizá era mi gordito avisándome de que ya estaba ahí.

La doctora me programa otra consulta, me da vitaminas y ácido fólico para que comience a tomar y nos despedimos.

En la calle hace un calor sofocante. Grace se queja mientras esperamos el taxi. Yo no siento nada. Estoy tan impactada por la noticia que no noto ni el sol. En mi cabeza solo resuena la frase que Scott nos dijo a Elliot y a mí aquel día en la villa: «Yo nunca tendré hijos».

Ay, señor Clayton… pues sí los va a tener. Al menos, uno. Lo quiera o no. Y muy pronto. Dentro de unos nueve meses, para ser exactos.

Imagino su reacción. No será buena. Me gritará. Se enfadará. ¿Me dejará? No puede. Me dijo que lo nuestro era para siempre. Pase lo que pase. Y él no miente. Intento repetírmelo hasta creérmelo.

—Princesa —dice Grace, sacándome de mi trance—. ¿Cuándo vas a hablar con Scott?

—No lo sé. Cuando vuelva, supongo. Tengo que decírselo en persona. —La miro asustada y resoplo.

Ella empieza a reírse al ver mi cara.

—¿Por qué te ríes?

—No lo sé. Estoy nerviosa. Por la situación. Por tu cara. Por todo este papelón que tenemos encima.

La observo. Me contagia y acabo riéndome también.

Entramos en el taxi. Grace da la dirección y nos acomodamos atrás. De forma instintiva, bajo las manos y las apoyo sobre mi vientre. ¿Qué vamos a hacer, gordito mío? Papá se va a cabrear.

—¿Vas a hablar con tus padres? No me hagas ocultarles más cosas. Bastante mal me sentí por no contarles lo de la loca esa.

—Sí. Hoy. Ahora. En cuanto lleguemos a casa. Si no lo hago, mamá se enfadará.

—Te van a apoyar, Sofía. Todos lo haremos. Y Scott… también.

Al llegar, Valentina me prepara un Cola Cao. No he desayunado y todavía queda un buen rato hasta que comamos.

Voy al dormitorio con el vaso en la mano.

Lo dejo en la mesilla, después de darle un sorbito, y me siento en la cama, apoyada en el cabecero.

Miro la hora: en España son las seis y diez de la tarde.

Es buen momento para hablar con mis padres.

Esta vez, videollamada. Necesito verlos.

Si no puedo abrazarlos, al menos ver sus caras.

Me recojo el pelo en un moño y marco.

—Tesoro —responde mi madre al segundo tono.

La imagen es perfecta. Ahí están: mamá Carmen con un vestido veraniego de flores y el señor Francisco asomándose por detrás con curiosidad.

—¡Hola, mi niña! —dice él, sonriendo.

Trago saliva. Me tiemblan las manos. No sé cómo empezar. Mejor de golpe.

—¿Estás bien, Sofía? ¿Ha vuelto a pasar algo con la loca esa? —pregunta mi madre, frunciendo el ceño.

—Hija, por favor. ¿Qué ha pasado? —dice mi padre—. Tienes cara de susto.

—No, no. No hemos vuelto a saber nada de Alice.

—Ay, menos mal —dice mamá, soltando aire.

—Estoy bien. Bueno… más o menos. Necesito contaros algo.

Papá se sienta junto a ella. Ambos me miran, tensos.

—Estoy embarazada.

Silencio. Un silencio que parece eterno. Mi madre parpadea. Mi padre se queda quieto, petrificado, diría yo.

—¿Cómo? —susurra ella.

—Sí. Me enteré hoy. Estoy embarazada. De Scott.

Papá se pasa la mano por la cara. Mamá se lleva la mano al pecho. Yo espero, con el corazón en la garganta.

—¿Estás segura? —pregunta él, con voz baja.