CAPÍTULO 20
Cuando abro los ojos, la luz del dormitorio me obliga a parpadear. Suelto un suspiro perezoso mientras estiro los brazos por encima de mi cabeza y las piernas se alargan como si quisieran tocar los bordes de la cama.
Entonces lo noto. Lo veo. Está a mi lado, con el torso desnudo, apoyado sobre un codo, observándome en silencio. Su mirada me recorre con ternura.
Me entra una timidez absurda y siento cómo me arden las mejillas.
—Hola —murmura Scott, sonriendo.
—Hola, mirón —respondo, tapándome con la sábana.
Él se ríe.
—No puedo evitarlo —responde—. Estás preciosa con esa carita de sueño.
Sonrío, aún con las mejillas encendidas. Me acerco y lo beso con urgencia. Mis manos buscan su rostro, su cuello. Es mío. Todo mío. Él responde con la misma hambre, como si llevara horas esperando a que despertara.
Poco a poco, el beso se vuelve más lento, más profundo.
Scott me rodea por la cintura y me atrae hacia él.
Me tumba con suavidad sobre las sábanas sin dejar de besarme, y siento su respiración mezclarse con la mía.
Mis dedos se enredan en su cabello, tirando de él con cariño, y él deja escapar un suspiro que me eriza la piel.
El impulso inicial se transforma en algo más tierno. Más nuestro. Scott desliza un beso por mi barbilla, luego por mi clavícula, y finalmente se acomoda sobre mí, apoyando la cabeza en mi vientre.
—Enseguida subirá el conserje con el desayuno. Lo encargué hace rato, mientras dormías —susurra Scott.
—No tenías nada para desayunar, ¿verdad? —lo regaño, con dulzura mientras nos acomodamos entre las sábanas.
—Leche y poco más. Voy a estar fuera toda la semana…
—Definitivamente, tendremos que hacer una buena compra cuando vuelvas.
—Pero para mí solo es absurdo… si te quedaras aquí conmigo.
Me incorporo, sorprendida. Él también. Lo miro a los ojos. Sonríe.
—¿Me estás pidiendo que viva aquí?
—Sí —responde sin titubear.
—Dios mío, Scott… Eso me encantaría, sería perfecto, pero… —mi voz se suaviza, se vuelve seria— tengo que quedarme con Grace. Ella me necesita. Lo sabes.
—Lo sé —asiente, bajando la mirada por un segundo—. Pero cuando acabe la quimio…
Asiento. Sonrío. Le acaricio la mejilla.
—Sí. Cuando esté mejor, me vendré aquí contigo.
Me besa en los labios.
—Voy a darme una ducha rápida antes de que suban el desayuno —le digo, devolviéndole el gesto con otro beso.
—Está bien, pero te quiero desnuda en la cama para desayunar. Ayer te dije que hoy te tendría sin ropa todo el día —responde con su sonrisa más descarada—. Además, tengo por escrito tu mensaje: «Te lo recompensaré como tú quieras, cariño».
—Eres un guarro —le digo, coqueta, mientras salto fuera de la cama y camino hacia el baño con paso provocador.
Se ríe. Se ríe escandalosamente.
Bajo el agua hago un repaso mental de los últimos acontecimientos con mi volátil bollicao.
Me quitó de encima a Alice con la orden de alejamiento.
Lo adoro por eso. Con Lorenzo fue… perfecto.
¿Por qué no quiere tener hijos? Los niños se le dan muy bien.
Mejor no tocar ese tema ahora. Lo de Boston fue devastador.
¿Alejarse de mí para no hacerme sufrir…?
No quiero ni recordarlo. Y ahora quiere que vivamos juntos. Mmmm… necesita a su bomboncito cerca.
Salgo de la ducha, me pongo su albornoz gris de Armani, y me preparo para devorar un desayuno —seguro, que espectacular— con mi dios americano.
Regreso al dormitorio y… ¡Oh, madre mía!
Sobre la cama, perfectamente dispuesto en una bandeja de acero con detalles en cuero negro, hay un desayuno digno de la suite presidencial del Ritz: croissants dorados, zumo de naranja natural, frutas cortadas en un bol, tortitas con chocolate fundido y…
justo en el centro, como si fuera el postre más exquisito, una pequeña caja azul con cinta blanca.
La caja. La inconfundible de Tiffany & Co.
—¿Scott…? —susurro, sin poder apartar la vista.
Él está apoyado en el marco de la puerta y sonriendo sin parar.
—Te dije que quería desayunar contigo en la cama. Desnuda. Y tú apareces con mi albornoz —me regaña con tono juguetón, cruzando los brazos.
Me acerco despacio. Cojo la cajita, la abro con cuidado… y ahí está. Un colgante de oro blanco, delicado, con un pequeño diamante en forma de corazón.
—Scott… Es una preciosidad —musito.
Mi voz tiembla, los ojos se me llenan de emoción.
—Pensaba dártelo el martes, por tu primer día en el restaurante. Pero no te voy a ver y además… —Hace una pausa—. Te lo mereces más que nunca, después de lo de ayer.
Me quedo en silencio. Me quito el albornoz sin pensarlo. Lo dejo caer al suelo con suavidad, sin romper el momento. Me acerco a él, desnuda, con el colgante en la mano.
—Pónmelo tú —susurro.
Lo hace con delicadeza. Sus dedos rozan mi cuello, mi piel.
—Ahora sí estás perfecta para desayunar —dice, después de besarme.
Nos acomodamos entre las sábanas, él apoyado contra el cabecero y yo entre sus piernas. La bandeja queda frente a nosotros. Scott parte un croissant y me lo acerca a los labios.
—Abre la boca —ordena con una sonrisa que no puedo resistir.
—Eres imposible —murmuro, pero obedezco.
El hojaldre cruje y se deshace en mi lengua. Él me observa como si acabara de darle el mayor placer del mundo solo por morder un trozo. Me río, y él también.
—¿Qué? —pregunto, divertida.
—Nada. Me encanta verte disfrutar —responde, rozándome la mejilla con el pulgar.
Compartimos el desayuno sin prisa. Me da a probar su zumo, yo le doy de mis tortitas, él me roba una fresa… y cada gesto es una excusa para tocarme, para besarme, para mirarme como si no pudiera creerse que estoy ahí.
En un momento dado, al terminar, me recuesto sobre su pecho y cierro los ojos. Él me rodea con los brazos y apoya la barbilla en mi cabeza.
—Podría acostumbrarme a esto —susurra.
—¿A desayunar conmigo?
—A desayunar contigo, a despertarme contigo, a todo contigo.
Mi corazón se deshace un poco más.
El resto del día lo vivimos como Scott quiere: desnudos, entregados, haciendo el amor en todos —o casi todos— los rincones del ático. Sobre la alfombra, en la ducha, en la cama… y otra vez la cama. Sin prisa. Con deseo.
Seguimos viendo Juego de tronos . Le fascina verme emocionada, como una niña, siguiendo cada giro de la trama. Se ríe de mis teorías, de mis predicciones fallidas.
A última hora de la tarde suena su teléfono. Es Emma. Scott contesta paseándose por el salón como si nada, sin molestarse en ponerse una camiseta. Lo pone en altavoz y yo también la saludo, más discreta, cubriéndome con la manta sentada en el sofá. Sé que no me ve, pero…
Está eufórica. Nos da la noticia: Pablo trabajará conmigo en el restaurante. Se incorporará unos días después que yo, para cerrar asuntos con el gilipollas del chef anterior, pero estaremos juntos. Pierre aceptó encantado, sin poner ni una sola objeción. Emma está feliz. Yo también.
Scott me lanza una mirada cómplice mientras hablamos con ella. Ha movido los hilos Clayton, y me alegro de que lo haya hecho.
La noche llega sin que nos demos cuenta. Cenamos las enchiladas de Nana —que son una obra maestra— y helado directamente del envase, sentados en el suelo de la cocina como dos adolescentes.
El domingo por la mañana, desayunamos otra vez en la cama. Esta vez sin bandeja, sin ceremonias. Cola Cao, galletas y nosotros dos enredados entre las sábanas.
A primera hora de la tarde, después de ayudarle a preparar la maleta, me lleva a casa en el Porsche rojo. Llevo puesta la ropa del viernes. Me siento rara.
—No quiero irme. No quiero salir de este coche —susurro con la voz temblorosa.
—Lo sé, Sofía. Pero solo son unos días. —Me acaricia la mano.
—No me digas eso. No me sirve —me quejo, haciendo un puchero—. ¿Podrás pasar toda la semana sin sexo? Con lo salido que estás…
—Lo intentaré —se ríe.
—¿Lo intentarás? —Clavo mis ojos en él.
—Lo haré. Lo haré —puntualiza, riéndose aún más—. Y el sábado cuando vuelva… serás mía otra vez.
—Más te vale —le digo, esbozando una sonrisa infantil.
—Te quiero, Sofía.
—Yo también te quiero.
—Solo tú eres para mí, bombón.
—Todo saldrá bien. Estoy segura. Cuando vuelvas lo celebraremos.
—Lo haremos. ¿Con helado?
—Con helado —respondo y me besa en los labios.
Abro la puerta del coche despacio, como si retrasar ese segundo pudiera cambiar algo. Me bajo con el corazón encogido, sabiendo que voy a estar una semana sin verlo, pero con su beso aún latiendo en mi boca.
Me giro hacia él. Scott baja la ventanilla y me observa desde el asiento.
—Mándame un mensaje cuando llegues —digo, suave.
—Lo haré.
Me acerco de nuevo, no lo puedo evitar, apoyo los brazos en el marco de la ventanilla. Él sonríe e inclina la cabeza hacia mí regalándome otro beso.
—Una semana pasa rápido —murmura.
—Eso espero.
Le doy un último beso, uno lento, uno que quiero que se lleve a Boston pegado a la piel. Él me sostiene la cara entre las manos, como si quisiera memorizarla.
—Vete —susurro contra sus labios.
—Voy.
Lo veo desaparecer calle abajo. Y cuando ya no está, cuando el rugido del Porsche se pierde entre los edificios, dejo escapar el aire que llevaba retenido.
Subo en el ascensor con el corazón apretado y el precioso colgante de Tiffany brillando sobre mi pecho.
Una semana.
Siete días.
Ciento sesenta y ocho horas.
Me río sola, porque sé que voy a contarlas todas.