Solo yo soy para ti (Solo nosotros 2) CAPÍTULO 19
51%

CAPÍTULO 19

Salimos en silencio del loft. En el ascensor, Scott me lanza una mirada, como si quisiera decir algo, pero se contiene. Sabe perfectamente lo que me ronda por la cabeza.

Caminamos hacia el coche, cogidos de la mano. Ninguno de los dos dice nada, hasta que la curiosidad me quema por dentro.

—¿Te vas de viaje? —pregunto, girándome hacia él.

—Sí. Estaré fuera toda la semana —responde sin detenerse.

—Vaya… toda la semana —murmuro—. Son muchos días.

Scott se detiene, y yo con él. Me mira, y sé que mi tristeza es evidente.

—A mí tampoco me apetece alejarme de ti, bombón —dice, acariciándome la mejilla—. Pero tengo que ir. Esta mañana me han confirmado la cita en el Boston Medical Center. Tienen un equipo de genética excelente. Pueden detectar predisposiciones hereditarias. Necesito saberlo, Sofía.

Mierda. Se va para hacerse las pruebas. Suspiro.

—Quiero acompañarte, Scott. ¿Puedo?

—No. No puedes —dice sin dudar—. El lunes, por fin vas a la ginecóloga; el martes, Grace tiene la siguiente sesión de quimio y empiezas en el restaurante.

—Pero puedo cambiar la cita. A Pierre quizá no le importe que empiece una semana más tarde. Si hablo con Oliver o Elliot, seguro que alguno puede ir con Grace.

—Sofía… No.

Frunzo el ceño y aprieto los labios, contrariada. Él ladea la cabeza y en sus labios se dibuja una sonrisa.

—Estás preciosa cuando te enfadas.

—Es que…

—Es que nada. —Me besa fugazmente en los labios—. Pasemos el finde juntos. Quédate conmigo en el ático estos dos días. A Grace no le importará, estoy seguro.

Asiento, cabizbaja. Me coge de la barbilla y me obliga a mirarlo.

—Venga, vamos a casa. Tengo hambre y estoy cansado.

En el coche llamo a Grace. Le parece una idea estupenda que me quede con Scott. Ellos pasarán el fin de semana en los Hamptons con Henry. Mi bollicao meticón ya lo tenía todo organizado. Entre su padre y él han urdido el plan.

Henry sabe la verdad, pero Oliver y Grace creen que Scott va a Boston por trabajo. Emma tampoco sabe nada. Él insiste en que quiere tener los resultados antes de hablar con ella.

—¿Y qué tipo de pruebas te harán? —le pregunto en el ascensor.

—Primero una evaluación clínica, luego análisis genéticos específicos. Buscan mutaciones en ciertos genes y… muchas pruebas cognitivas. También resonancias y tomografías para observar el metabolismo cerebral.

Madre mía. Va a ser agotador. Me invade una tristeza pesada.

—Scott… por favor —susurro, sintiendo un nudo en la garganta—. Déjame ir contigo.

Él me mira, ve mi preocupación, pero no cede.

—Hablaremos todos los días —me toma la cara entre sus manos, suave—. Se pasará rápido. Además, también voy a trabajar. Estamos evaluando la compra de un complejo de oficinas cerca de Copley Square. El mercado de Boston está en auge.

¿Pero qué le pasa? Esa forma de esquivar mi petición como si no le importara. La frustración me sube por el pecho, y la rabia empieza a asomar. Me enfada.

—Me importa una mierda el auge de Boston —le suelto, apartándolo justo cuando se abren las puertas.

—Sofía…

—No, no me digas mi nombre así —lo interrumpo—. Joder, es que no lo entiendo. ¿Por qué no quieres que vaya?

Cruzo el salón de un lado a otro, furiosa, desbordada. Scott me sigue con la mirada, pero no se mueve.

—No es el momento para esto —dice, con un suspiro cansado.

—¿Y cuándo es el momento? Tan solo quiero que me lo digas, no lo entiendo.

Él se pasa una mano por el pelo, frustrado.

—Sofía, por favor… Déjalo.

—No me da la gana.

—¡Sofía! ¡Vale! —grita, perdiendo la paciencia—. Quiero ir solo. Respétalo.

—Pues no lo respeto —respondo, temblando—. Contéstame: ¿por qué quieres ir solo?

Scott baja la mirada. Aprieta los labios. La mandíbula se le tensa, como si estuviera conteniendo algo que no quiere soltar.

—Estoy cansado. Muy cansado. No tengo por qué responderte a eso. No insistas. Si lo que quieres es discutir, lo mejor es que te vayas y no duermas aquí —dice con una frialdad que me corta la respiración.

—¿Lo dices en serio? —susurro, con los ojos empañados—. ¿Prefieres que me vaya antes que contestarme?

Silencio.

Me quedo quieta, esperando. Nada. Se marcha a la terraza sin mirarme.

—Como quieras, Scott. Me iré.

No reacciona.

Camino hacia el ascensor y, antes de entrar, me giro.

—¿De verdad te da igual que me vaya? —pregunto, casi sin voz.

Nada.

Ni un movimiento. Ni un intento de detenerme.

Salgo de allí llorando. Cuando llego abajo, el aire me golpea la cara. Camino unos metros, pero el corazón me late tan fuerte que parece querer romperme el pecho. Me apoyo en la pared del edificio, intentando recomponerme.

—No puede ser… —murmuro, limpiándome las lágrimas—. No puede ser que le dé igual.

Pero entonces lo entiendo. Lo veo con una claridad dolorosa. No es que le dé igual. Es que está aterrorizado. Tiene miedo. Estoy segura. Dios mío… ¿y si los resultados no son buenos? Mierda. Ya sé lo que está haciendo.

No. Otra vez, no.

Vuelvo. Subo sin avisar. Entro. Él sigue en la terraza, de espaldas, pero al oír el ascensor se gira. Me encuentra plantada en medio del salón, llorando.

—Ya sé por qué quieres ir solo —digo, avanzando hacia él con el corazón encogido—. Piensas dejarme si los resultados son malos, ¿verdad? Por eso no quieres que vaya. No, Scott. No volverás a dejarme.

Él abre la boca, pero no dice nada. Solo me mira.

Me acerco más. Me abrazo a él con fuerza. Él tarda un segundo en reaccionar, pero al final me envuelve con los brazos. Me aprieta contra su pecho. Me acaricia el pelo. Suspira, derrotado.

—Sofía… Llevo pensándolo durante todo el día. Sería egoísta arrastrarte a una vida conmigo si voy a convertirme en alguien tan cruel.

—No puedes decidir eso tú solo —respondo, con la voz rota—. No puedes protegerme de ti. No así, Scott.

Él traga saliva. Sus ojos brillan.

—Te quiero demasiado —dice mirándome como si le doliera—. Me alejaré para que tengas una vida sin esa tortura… lo haré, aunque me mate hacerlo.

—Me dijiste el otro día que siempre estaríamos juntos. Y tú no mientes. Además, los resultados van a ser buenos. Todo irá bien. Dejemos este tema de una maldita vez. Te lo ordeno.

Él deja escapar una risa mínima, cansada.

—Eres una mandona —murmura, limpiándome las lágrimas.

—Lo sé. —Suspiro, apoyando la frente en su pecho—. Puedes ir a Boston solo si es lo que deseas, pero dime que siempre estaremos juntos. Pase lo que pase.

Levanto un poco la cabeza para mirarlo. Su expresión se suaviza; deja de resistirse.

—Siempre estaremos juntos. Te lo prometo, bombón.

Cierro los ojos, aliviada.

—Y ahora deja que te prepare algo para cenar.

—No. No quiero que hagas nada. Descansa. Hay comida de Nana en el frigorífico.

—Menos mal que existe Nana… —Resoplo—. Si no fuera por ella, no tendrías ni agua. Cuando vuelvas de Boston iremos juntos al supermercado. Esa cocina tan bonita necesita vida.

Scott sonríe, ladeando la cabeza.

—Tú sí que me das vida, cariño.

—Pues tú a mí no. Eres un tonto del culo, Scott —le digo, dándole un golpecito en el hombro sin mucha fuerza.

Él se ríe, yo también. La tensión se disuelve poco a poco.

—Iremos al supermercado y a donde tú quieras, bombón.

—¿A la ducha? ¿Ahora? ¿Antes de cenar? —Me muerdo el labio, divertida.

Scott arquea una ceja, sorprendido por el giro, pero al parecer agradecido.

—O sí… me encanta la idea.

Scott me toma de la mano y tira de mí con suavidad. Me guía por el pasillo hasta el dormitorio. Al entrar, me fijo en la cama: mi outfit preferido está perfectamente doblado sobre la colcha. Sonrío.

En el baño, la ducha no es apresurada ni intensa.

Es tranquila. Cálida. Sus manos recorren mi espalda con delicadeza.

Yo me apoyo en su pecho, sintiendo cómo su respiración se va acompasando con la mía.

No hablamos. No hace falta. El agua cae sobre nosotros como si quisiera borrar la discusión, el miedo, la distancia.

—Te he dejado tus cosas preparadas —dice mientras me ayuda a salir de la ducha.

—¿Mis cosas?

Sonrío de nuevo.

—Sí, la camiseta y el calzoncillo que me robaste —se ríe y yo también.

—Gracias. Tenía que haber cogido algo de ropa para estos días.

—No la necesitarás. Pienso tenerte desnuda aquí conmigo, haciéndote el amor en cada rincón del ático hasta que me vaya a Boston.

—¿Secuestrada?

—Exacto —sonríe, juguetón.

Lo beso en los labios y él me da un suave toque en el trasero, más travieso que otra cosa.

—Mmm… la ducha me ha sentado de maravilla —comento mientras camino hacia la cama cubierta en una mini toalla.

—Ven aquí —dice, con un tono que roza la orden.

—¿Qué pasa? —pregunto, al notar su seriedad.

Se sienta en el borde de la cama y me atrae hacia él, colocándome entre sus piernas.

—Perdóname por hacerte llorar antes. Me odio cuando te hago daño.

—Ya está olvidado. —Le revuelvo el pelo mojado.

Me quita la toalla con calma y me observa, como si quisiera memorizar cada detalle.

—Si no estuviera tan agotado… —murmura, con una sonrisa cansada—. Te deseo a todas horas.

—Cenemos algo y a dormir. Tenemos que coger fuerzas para todo ese ejercicio que haremos mañana —me río, acariciándole la mejilla.

Lo beso con todo mi amor.

Él apoya la frente en la mía.

—Te quiero, bombón.

Sonrío, sintiendo que todo vuelve a su sitio.