CAPÍTULO 18
Son las cuatro menos cuarto de la tarde cuando me subo al taxi que me lleva al estudio de Sebastián. Le doy la dirección al taxista y me coloco los cascos. Al ritmo de Real Wild Child, de Iggy Pop, observo la vibrante Manhattan desde la ventanilla.
Pienso en la sesión de peluquería. Ha sido intensa, en tiempo y emociones. Todos nos hemos conmovido al ver a Grace sin pelo. Incluso a Mauricio, el pobre, se le han escapado unas lágrimas. Y ella… madre mía. Ella ha sido quien nos ha animado a todos. ¡Qué coraje tiene la tía!
El edificio es un antiguo almacén reconvertido. En la entrada hay una discreta placa metálica que dice: «Sebastián Ferreyra Studio».
Llamo al timbre. Me abren sin decir nada.
Al subir, la puerta está entreabierta. Empujo con suavidad y entro. Me recibe un loft grande y luminoso, con techos altos, vigas vistas y paredes blancas salpicadas de fotografías en gran formato.
En el suelo, sobre una alfombra, un niño de unos cuatro años dibuja un dinosaurio con rotuladores. Al verme, se detiene, me observa con curiosidad y, sin decir nada, corre hacia mí y me toma de la mano.
—¿Quieres dibujar conmigo? —pregunta, tirando de mí con entusiasmo.
—Lorenzo, no agobies a Sofía —dice Sebastián desde la cocina, secándose las manos.
—No me agobia —le respondo, sonriendo, mientras me dejo llevar por mi nuevo amigo hacia la alfombra—. No sabía que tenías un hijo.
—Sí… y otro que está en camino —interviene una voz detrás de mí.
Me giro. Una mujer embarazadísima se apoya en una de las vigas con una sonrisa cálida.
—Hola, soy Martina. La pareja de Sebastián.
—Hola. Sofía. Encantada —me presento amable.
Por un momento, pienso en Scott. En lo tranquilo que se quedará al saber que Sebastián tiene familia —una familia preciosa, por cierto— y que no tiene ninguna intención de ligar conmigo.
Martina, una mujer de pelo caoba y con ojos grandes y expresivos, camina hacia mí con calma. Me da dos besos cariñosos y mira a su hijo.
—Lorenzo, mi amor. Sofía tiene que trabajar con papá. Yo dibujaré contigo.
El niño se queda un poco enfurruñado, mirándonos a las dos.
—Cuando termine, quizás podamos hacer un dibujo juntos, ¿quieres? —le digo, intentando animarlo.
—¡Sí, sí! Dibujaremos otro dinosaurio —responde, entusiasmado.
Martina se ríe por la efusividad de su hijo y niega con la cabeza, divertida.
—Vamos al estudio —me dice Sebastián, guiándome hasta el final del pasillo.
Tras una puerta de cristal esmerilado, descubro su rincón artístico.
Las paredes están pintadas en gris humo.
Un fondo enrollable cuelga del techo como una cortina de teatro, listo para convertirse en un escenario.
Bajo la luz suave de un softbox , un taburete de madera clara con respaldo me espera.
—Siéntate, Sofía, por favor —me pide con amabilidad.
—Yo… no sabía qué ponerme y, bueno… me han maquillado, pero muy poco —le explico con timidez.
—No te preocupes. Estás perfecta.
Me sonríe y trato de relajarme. ¿Y ahora qué hago? ¿Poner caritas? Qué vergüenza me da esto, por Dios. Me quedo quieta mientras ajusta la iluminación y mueve un reflector.
—No quiero que mires a la cámara —dice Sebastián—. Mírame a mí.
Yo lo hago y él empieza a disparar.
—Tus ojos verdes son tan intensos, que parecen casi líquidos.
Me sonrojo y sigue fotografiando sin parar. Me pide que los cierre y que los abra de nuevo. Luego que me enfade, que me entristezca y, por último, que piense en algo que me emocione y que me haga feliz. Y, claro, cuando lo hago, en mi mente solo aparece él. Scott. Mi felicidad máxima.
Casi hora y media después, Martina entra al estudio con el rostro pálido.
—Perdón por interrumpir… No me siento muy bien, Sebastián. Parecen contracciones —dice, llevándose una mano a la barriga.
Sebastián se acerca a ella de inmediato.
—¿Estás segura? No te toca todavía.
—Lo sé, pero prefiero ir al hospital y quedarme tranquila.
—Como quieras, ya estábamos terminando —dice él—. ¿Has llamado a la niñera?
—Sí, pero no me responde.
—Puedo quedarme con Lorenzo si queréis —les digo, queriendo ayudar.
Los dos me miran.
—Nos harías un gran favor. ¿De verdad que no te importa? —pregunta Sebastián.
—Lo hago encantada.
Martina me dedica una mirada llena de gratitud. Lorenzo aparece detrás de ella, con un dinosaurio en la mano.
—¿Cómo se llama? —le pregunto, agachándome a su altura.
—Se llama Rexi —me susurra, como si fuera un secreto importantísimo.
Minutos después, Martina se despide con un beso rápido de su hijo y ambos me sonríen agradecidos antes de salir de casa.
Nada más hacerlo, Lorenzo me toma de la mano y me pregunta:
—¿Tú crees que Rexi puede volar?
Sonrío.
—Si tú lo dibujas con alas, claro que puede.
Sentada en el suelo junto a él, mientras le ayudo a colorear las alas de Rexi, mi móvil comienza a vibrar. Es un mensaje de Scott.
¿Cuánto te queda? ¿Te recojo? Tenemos una celebración pendiente. Voy a comprar mucho helado.
Sonrío, juguetona y le respondo:
No sé cuándo estaré libre. Ahora no puedo. Estoy con Lorenzo y Rexi.
La respuesta no tarda en llegar.
¿Quién coño son esos?
Me río en voz baja. Su tono celoso, por una vez, me hace gracia.
Levanto el móvil, enfoco a Lorenzo con su dinosaurio y me inclino hacia él para sacar un selfi.
Los tres salimos perfectamente encuadrados: yo con una sonrisa divertida, Lorenzo con los ojos brillantes y Rexi —el dinosaurio verde con alas— en primer plano.
Adjunto la foto al mensaje y escribo:
Mis dos nuevos amigos de aventuras.
Lo envío. Me quedo mirando la pantalla, esperando su reacción. Lorenzo me observa curioso.
—¿A quién le mandaste la foto? ¿A tu novio?
—Sí. Para que vea que estoy muy ocupada con asuntos importantes.
Lorenzo asiente, como si entendiera perfectamente.
—Rexi es muy importante.
—Lo sé —le digo y le revuelvo el pelo con cariño.
El móvil vibra de nuevo. Scott me responde con un emoji de cara confundida y otro de dinosaurio. Me río.
Es el hijo de Sebastián. Se ha ido con su mujer al hospital. Está embarazada y no se encontraba bien. Me necesitaban.
Pasan unos segundos. Otro mensaje:
Si quieres, ¿me uno a vosotros?
Contesto:
Estaría genial. Trae el helado, seguro que a Lorenzo le gusta la idea.
Scott responde con un emoji de helado, seguido de uno de fuego y escribe:
Ese helado tenía otros planes.
Sonrío y le respondo:
Lo sé. Te lo recompensaré como tú quieras, cariño.
La suya es rápida:
Está por escrito. Como yo quiera. Ahora vamos, el helado y yo.
Me río y Lorenzo me mira.
—Mi novio va a venir. Se llama Scott. Va a traer helado.
—¿Helado? ¿De chocolate? —dice abriendo sus ojos.
Mierda, no tengo ni idea de qué sabores serán. Tecleo:
¿De qué sabor es el helado? Lorenzo quiere de chocolate y yo de vainilla.
Scott responde al instante:
De café.
No te creo.
Escribo añadiendo una carita enfadada.
Ja, ja, ja. Tendréis vuestros helados. No tardo.
El timbre suena justo cuando Lorenzo termina de dibujar una montaña para que Rexi pueda aterrizar. Me asomo por la ventana. Es Scott. Lleva una bolsa térmica con un helado arcoíris y el logo de Big Gay Ice Cream . Estoy segura de que mi bollicao ha traído el mejor de la ciudad.
—¡Es él! —grita Lorenzo, corriendo hacia la puerta—. ¡El del helado!
Abro. Scott entra despacio observando el caos adorable de dibujos y rotuladores en el suelo, y a un niño que lo mira como si fuera Papá Noel.
—Hola… —dice Scott, mirándome primero a mí y luego a Lorenzo—. Traigo el helado.
Levanta la bolsa como si fuera un trofeo. Lorenzo aplaude.
—¡Bien! Para mí es el de chocolate.
Scott se ríe, algo descolocado y yo le doy un beso rápido en los labios.
—Gracias por venir. Sebastián y Martina siguen en el médico. No sé cuánto tardarán.
—¿Sabes dibujar dinosaurios? —le pregunta Lorenzo, muy serio.
—No muy bien. Pero puedo intentarlo.
—Vale. No pasa nada. Podrás comer helado, aunque te salga mal —dice, tomándole la mano.
Me río al escucharlo mientras llevo el helado a la cocina. Sirvo tres cuencos: chocolate, vainilla y fresa. Por Dios, menos mal que no ha traído de café.
—¿Cómo ha sido tu día? —le pregunto a Scott, pasándole su cuenco.
Suspira.
—Frenético. No he parado ni para comer. Estoy cansado, aunque tenía muchas ganas de celebrar algo contigo.
Nos miramos un segundo, sonriendo con intención, pero Lorenzo interrumpe.
—¡Scott! Tu dinosaurio parece un gato.
—Es un gato-saurio. Una nueva especie —le contesta, encogiéndose de hombros.
Lorenzo lo observa, pensativo, y luego asiente.
—Vale. Pero no puede volar.
El reloj de la pared marca casi las ocho cuando se escucha la puerta del loft . Me asomo desde la cocina. Lorenzo corre hacia la entrada.
—¡Mamá! ¡Papá!
Martina entra despacio, con una mano en la barriga y una sonrisa cansada.
—Falsa alarma —me dice antes de que pregunte—. Contracciones de práctica. Todo está bien.
Sebastián me mira con cara de alivio.
—Gracias por quedarte con Lorenzo —dice, sincero—. Y por… ¿el helado?
Observa las manchas de chocolate de la camiseta de su hijo.
—Lo ha traído Scott. Y ha dibujado un gato-saurio —anuncia Lorenzo, señalándolo con una sonrisa de oreja a oreja.
Scott se levanta y tiende la mano a Sebastián, pero él lo abraza con cariño.
—Gracias a ti también.
—Ha sido un placer. Lorenzo es un niño muy especial.
Scott se presenta a Martina, que le sonríe y dice:
—Y gracias por tu gato-saurio. Lorenzo va a hablar de ti durante semanas.
El niño no se separa de Scott, feliz, y Martina y Sebastián los miran con ternura.
—Hemos pasado una tarde estupenda —digo con una sonrisa suave—. Os dejamos descansar; nosotros nos vamos ya.
Nos acompañan a la puerta. Lorenzo no se despega de Scott; le agarra la mano con fuerza.
—¿Vas a venir otro día a dibujar más dinosaurios? —le pregunta.
—Tengo una idea mejor. Si tus padres nos dejan, Sofía y yo te podemos llevar a un lugar donde hay dinosaurios.
—¿Dinosaurios de verdad? —pregunta, con los ojos como platos.
—Sí, así es. Es un museo donde hay dinosaurios enormes.
Lorenzo mira a sus padres, ambos asienten.
—¡Dicen que sí, dicen que sí! ¿Vamos mañana? —pregunta, emocionado.
—Bueno, tendrás que esperar unos días. Tengo que irme de viaje, pero cuando vuelva, te prometo que iremos.
¿De viaje? ¿Se tiene que ir de viaje? Esa noticia es nueva para mí.
—Vale. Esperaré —responde Lorenzo, encogiéndose de hombros.