CAPÍTULO 17
Siento un beso en los labios y, como la Bella Durmiente, abro los ojos para encontrarme con mi príncipe al despertar. Sonrío, y él me regala otro beso extra. Está vestido, arreglado e inclinado sobre mí, con esa mirada que me derrite sin remedio.
—Tengo que irme, Sofía —susurra.
—¿Qué hora es?
—Temprano, pero tengo mil cosas que hacer.
—No quiero que te vayas —le digo, rodeándole el cuello con los brazos.
—Tengo que trabajar y, además, aquí no tengo ningún condón, así que prefiero alejarme de ti. Eres una preciosa tentación.
Le sonrío con picardía.
—Hablamos luego, bombón.
—Scott, hoy tengo…
—Ya sé lo que tienes. Grace me lo recordó anoche. Seguro que sales preciosa en esas fotos. —Me da un toquecito cariñoso en la nariz—. Tendré que comprarlas todas para disfrutarlas solo yo.
—Solo tú… —empiezo a decir.
—Solo tú eres para mí. Recuérdalo —murmura.
—Solo yo soy para ti —susurro.
Sonreímos como dos tontos enamorados. Me da un último beso y se va.
Son la siete de la mañana. Ya no voy a volver a dormirme, así que cojo el móvil. Abro la agenda y busco: mamá.
Me da tiempo de hablar con ella antes de que empiece el jaleo en el restaurante. Allí ya es la una de la tarde. Y, además, es hora de contarle todo.
—¿Tesoro? ¿Es mi tesoro la que llama? —me saluda con esa ternura suya.
—Hola, mamá —respondo, con la voz emocionada.
—¿Estás bien, Sofía? —Detecta al instante mi quiebre—. ¿Pasa algo?
Me muerdo el labio, respiro hondo.
—Sí… no… Bueno… ahora estoy bien, pero… —titubeo. No sé cómo contárselo, pero tengo que hacerlo. No puedo ocultarle algo así.
Hay un silencio breve. Sé que está conteniendo el aire.
—¿Sofía…? ¿Qué pasa?
Me levanto de la cama y empiezo a caminar por la habitación.
—Sé que lo que voy a contarte no te va a gustar. Tendría que habértelo dicho antes, pero no quería preocuparte.
—Ahora sí que me estás preocupando, Sofía.
Trago saliva.
—Además, ya está solucionado. Y no te enfades con Grace, por favor. Le pedí que se callará… bastante tiene con lo suyo.
—Habla ya. Quiero que me lo cuentes —su tono se vuelve serio. Formal. Solemne.
Y hablo. Y cuento. Le explico todo: desde mi encontronazo con Alice en la fiesta del sábado, pasando por la caja repugnante que recibí y sus llamadas ocultas, hasta la grabación de ayer. Cuando pillé a esa mujer. Bien pillada.
—Dios mío, hija… —titubea—. Esto es serio. Voy a dejar a un lado el enfado por no habérnoslo contado ni a tu padre ni a mí. —Inhala, como si le faltara aire—. Me imagino que no han sido fáciles estoy días para ti. Llevas una maldita semana allí y…
Rompe a llorar.
—Mamá, por favor… no llores. Estoy bien.
—No me gusta nada, Sofía. Todo esto no me gusta. Esa mujer no está bien, por Dios. Está de psiquiátrico.
—Scott quiere que la denuncie, pero no quiero que vaya a la cárcel ni nada de eso. Solo necesito que no se acerque a mí.
—¿Qué no quieres que vaya a la cárcel? Qué se vaya a la mierda, Sofía. Hasta que no esté encerrada… esto no se va a acabar. Scott tiene razón, hija. ¡Amenazó con matarte!
Me quedo muda. Ella sigue:
—Dile a Oliver que nos llame hoy sin falta para contarnos todo y, si tengo que coger un avión, lo cojo. Me planto ahí, mañana mismo.
—Cálmate, mamá. Tienes que estar entera para contárselo a papá. Luego le digo a Oliver que os llame, te lo prometo. Yo también quiero hablar con él.
—Está bien… —su voz tiembla—. Pero, Sofía… no quiero que me ocultes nada más. Sea bueno, malo o regular. Tú y yo nos lo contamos todo. Y esto era importante. Tendrías que haberme avisado desde el principio.
—Lo sé. Perdóname. Lo siento —susurro.
—Ahora tengo que colgar, tesoro. Luego hablaré con tu padre. Además, tu tía está toda nerviosa en la cocina, escuchándome, queriendo saber qué pasa.
Sonrío un poco, pese a todo.
—Dale un beso de mi parte. Y a papá. Y para ti… para todos. Te quiero.
—Yo también te quiero, hija.
Cuelgo y miro alrededor. La tabla de surf en la pared, la acuarela de la playa… Suspiro con melancolía. Lo que daría por estar allí ahora mismo.
Con el móvil en la mano, empiezo a escribir a las niñas. Solo saben lo de la fiesta… y ya es hora de contarles el resto.
No dan crédito. Y no me extraña; si lo pienso bien, todo esto parece sacado de una película de suspense, estilo Atracción fatal. Es surrealista. Pero ha pasado.
Con esa sensación rara en el cuerpo, voy a la cocina. Allí está Grace. Me acerco y le doy un beso rápido en la mejilla de buenos días.
—Gracias por dejar que Scott durmiera conmigo —murmuro.
Ella asiente con una bonita sonrisa y juntas bebemos un zumo de frutas que Valentina nos ha dejado sobre la encimera.
No quiero desayunar más. Mi estómago no está bien del todo y no hay que tentar a la suerte. Grace tampoco tiene mucho apetito. Creo que está nerviosa por lo del pelo.
—Mauricio viene a las doce y media, ¿verdad? —pregunto mientras recojo los vasos.
—Sí. Y va a traer alguna peluca, pero no sé si quiero usarla.
La miro con ternura. Me acerco un poco más.
—Haz lo que te haga sentir mejor, aunque tener una por si acaso, no me parece mala idea.
Grace suspira.
—Sí, llevas razón. También te va a peinar a ti, para que vayas preciosa a la sesión de fotos —me guiña un ojo.
Me hago un moño improvisado mientras hablo:
—Grace, ¿te dijo Sebastián si tengo que ir maquillada o vestida de alguna forma?
—No. Solo me dijo que fueses a su estudio a las cuatro. Luego te doy la dirección.
Asiento.
—Perfecto. Scott cogió la tarjeta y se le olvidó devolvérmela.
—¿Qué vas a ponerte? —pregunta.
—Algo cómodo. No tengo ganas de disfrazarme. Si son fotos de la cara…
—¿Y maquillaje?
Me encojo de hombros.
—Pues… no sé. Que Mauricio me retoque un poco, pero que me deje natural.
—Me parece bien. Luego se lo comentamos —me sonríe—. Ahora entra al despacho, Oliver quiere hablar contigo de lo que pasó ayer con la pirada esa.
—¿No ha ido al bufete? —pregunto, sorprendida.
—No. No ha querido ir. Hoy trabajará desde aquí. Entre lo tuyo y lo mío… —dice, tocándose el pelo—. Ha preferido quedarse en casa.
—Vale, está bien. Voy. —Le doy otro beso y salgo de la cocina.
Llamo suavemente a la puerta del despacho de tío Oliver. Su voz cálida me invita a pasar.
—Hola —saludo, entrando despacio.
—¿Qué tal has descansado, cielo? —pregunta con su ternura habitual.
—Bien, muy bien.
—¿Y el estómago?
—Mejor. Fueron los nervios, solo eso —respondo mientras me siento frente a él.
Oliver asiente, observándome tranquilo.
—Acabo de hablar por teléfono con Scott. Se ha ido temprano para… —empieza a decir, pero se detiene un instante—. Me ha dicho que no quieres denunciar a Alice.
Suspiro. No sé cómo explicarlo sin parecer ingenua.
—Oliver, quiero que no se acerque a mí. Que me deje tranquila. Pero… no quiero que vaya a la cárcel ni nada parecido. Me asusta, sí, pero esa amenaza… no creo que sea real.
Oliver me mira con seriedad, aunque su voz sigue siendo suave.
—Ninguno de los dos estamos de acuerdo con tu decisión. Pero Scott te conoce demasiado bien y se ha adelantado para intentar solucionarlo.
—¿Solucionarlo? ¿Qué ha hecho? —pregunto con el corazón acelerado—. No quiero que se meta en problemas por mí.
Se reclina en la silla, con los dedos entrelazados sobre el escritorio.
—Su padre y él acaban de desayunar con el juez Stevens.
Es muy amigo de Henry, juegan juntos al golf.
Le han explicado la situación —dice con calma—.
Y van a acelerar el proceso para que hoy mismo Alice reciba una orden de alejamiento.
No podrá acercarse a ti y no le arruinarás la vida… que es lo que tú quieres, ¿verdad?
Me quedo helada por lo que están haciendo y por lo rápido que han movido todo. Está claro que tienen contactos en las altas esferas.
—Yo… —titubeo—. Sí, quiero que se mantenga lejos. Y quedarse sin trabajo, ya es suficiente castigo. Pero no quería que se involucraran tanto, pidiendo favores.
—Cielo. Henry lo ha hecho encantado y Scott… él te quiere.
Sonrío. Yo también lo quiero. Hasta el infinito. Saber que ha hecho esto por mí, aún sin estar del todo de acuerdo, me hace amarlo más.
—Fírmame esta documentación y lo ponemos en marcha ahora mismo —dice, señalando varios papeles.
—Vale —asiento—. Y tienes que llamar a mis padres. Mi madre ya lo sabe todo. Está preocupadísima. Cálmala, porque es capaz de coger el primer avión que salga hacia aquí.
—Hablaré con ellos. Tú firma —me sonríe.
Nada más salir del despacho, llamo a Scott. Suena una, dos, tres veces… pero no lo coge. Cuelgo. Al instante, recibo un mensaje:
—Reunido, luego hablamos.
Sonrío y respondo:
—Tranquilo, no hace falta. Solo quería darte las gracias. Oliver me ha contado lo que habéis hecho por mí. Te quiero.
Pulso enviar. Me quedo mirando la pantalla unos segundos. Lo ha leído. Y está escribiendo.
—Me gusta complacerla, señorita Barroso. Yo también te quiero. ¿Lo celebramos esta tarde?
Le contesto:
—Mmm… lo estoy deseando.
No tarda en responder:
—No sé en qué estás pensando, pero me refería a celebrarlo con un helado. Eres una pervertida, bombón.
Le sigo el juego:
—Tengo un buen maestro. Quizás deje caer algo de helado sobre mi cuerpo mientras estoy tumbada en tu cama…
Su respuesta llega enseguida:
—¿Dónde está mi Sofía vergonzosa y tímida?
Le escribo:
—No está, se ha ido a dar una vuelta.
Él contesta:
—Ja, ja, ja. Esta tarde te vas a enterar de lo que se puede hacer con un helado. Te quiero.
Me río sola como una tonta. No le contesto. Lo dejo trabajar. Pero sonrío. Mucho.