Solo yo soy para ti (Solo nosotros 2) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Scott conduce hacia el centro. Mientras avanzamos por las avenidas, mi mente no descansa. No quiero ver a esa pirada e intento convencerme de que no ocurrirá, pero la inquietud no deja de rondarme.

La moto se detiene frente a una torre moderna de acero y cristal. El portero, que reconoce a Scott al instante, nos guía hasta el espacio reservado para transportes ejecutivos. Me quito el casco y él me ofrece su mano.

La entrada es espectacular: columnas de mármol negro, puertas giratorias automatizadas y un vestíbulo que parece una galería de arte. La seguridad es impecable y los recepcionistas llevan trajes tipo agente secreto.

Subimos hasta el piso sesenta. Cuando las puertas del ascensor se abren, Scott avanza con paso decidido, como si toda la planta le perteneciera —que, en realidad, es así—. El personal lo saluda con cortesía y él responde con familiaridad. No me suelta la mano, y noto algunas miradas curiosas.

Tras un mostrador, una joven que parece salida de una pasarela nos observa al llegar. ¡Vaya tía! Es guapísima.

—Sofía, te presento a Celeste, mi secretaria —dice en inglés—. Entre sus talentos está hacer que todo funcione sin que yo lo note. Celeste, ella es mi novia.

¡Novia! Todavía me cuesta acostumbrarme. No es la primera vez que lo dice, pero escucharlo —en cualquier idioma— me emociona.

—Encantada, Celeste.

Ella me sonríe con amabilidad.

—¿Y entre los talentos de Celeste está hacer que el jefe se distraiga? Porque más atractiva no puede ser —comento bajito en español.

Scott se ríe, inclinándose hacia mí.

—Te equivocas, bombón. A ella le gustaría «distraerse» contigo. Le llamas más la atención tú que yo.

Me sonrojo, le doy un leve codazo y entramos juntos a su despacho. Segundos después, aparece su padre.

—¡Ya estáis aquí! Menos mal. Ese hombre me saca de mis casillas, Scott. Lo tengo en mi despacho esperándote —dice sin saludar, con el ceño fruncido.

—Hola, papá.

—Hola, hijo. Sofía, preciosa —me saluda con un abrazo cálido—. Siento haberos molestado. Me lo llevo un rato. Si necesitas algo, pídeselo a Celeste. Emma también anda por aquí.

—No te preocupes, Henry —respondo con una sonrisa.

—No tardaremos mucho, cariño.

Me da un beso rápido en los labios y añade, juguetón:

—Ten cuidado con lo que le pides a Celeste, no me la «distraigas» demasiado. No para de mirarte.

—Qué tonto eres, de verdad —le digo entre risas, sintiendo cómo se me encienden las mejillas.

Salen del despacho entre bromas y yo me quedo sola, mirando de reojo a través del cristal. Celeste me observa… y me sonríe. ¡Ay, por Dios! Igual sí le gusto. Me río por dentro solo de pensarlo.

El despacho es más o menos como me lo imaginaba: minimalista y moderno.

En una esquina, un mapa digital tridimensional señala las muchas propiedades que tiene repartidas por la ciudad, y en una enorme pantalla rotan imágenes de planes urbanos, propuestas de vivienda social y colaboraciones con la Universidad de Columbia.

Sobre la mesa hay papeles, carpetas, un enorme ordenador y… ¡Oh! ¿eso es…? ¿A mí? Tiene enmarcada la foto que nos hicimos en el rincón del beso en Vejer. El corazón me da un vuelco. Mi bollicao está enamorado.

Con una sonrisa tierna y más feliz que una perdiz, me acerco a los ventanales.

¡Uau! Las vistas son increíbles. La catedral de San Patricio está justo debajo.

A pocos pasos, el Rockefeller Center y su icónico Top of the Rock.

El Empire State Building se asoma hacia el sur entre la maraña de edificios.

El One Vanderbilt, con su mirador SUMMIT parece flotar en el cielo, y al norte, Central Park rompe el paisaje urbano con su franja verde.

Saco el móvil para hacer varias fotos. No puedo evitarlo. Quiero capturar cada rincón de esta postal neoyorquina para mandárselas a las niñas.

— Hi , Sofía —me dice la voz amable de Celeste.

Me vuelvo hacia ella. Se acerca con una sonrisa cálida.

—El señor Clayton me ha pedido que me asegure de que estés cómoda mientras esperas. ¿Te apetece algo para beber? ¿Café, té, agua mineral o algún refresco? —pregunta, tocándome el brazo con gesto dulce.

—Muchas gracias, Celeste. Estoy bien, no quiero nada —respondo con una sonrisa y mi mejor inglés.

—¿Estás segura? Celeste prepara un café moca riquísimo —interviene una voz femenina desde el umbral de la puerta.

Nos giramos a la vez. Ahí está. Alice, con una estúpida sonrisa fingida que me revuelve el estómago. Va impecable con un vestido azul ajustado, labios marcados y unos tacones imposibles.

Lo sabía. Sabía que esto iba a pasar. Con verla un segundo se me eriza la piel. Mantén la calma, mantén la calma, me repito.

— Hi , Alice —la saludo, seria.

—Qué sorpresa verte aquí… —dice con un tono suave, nada sincero—. Me han contado que Scott ha venido con su novia. Tu llegada ha revolucionado la oficina. Pensé que podía pasar a saludarte… y, bueno, disculparme por lo de la fiesta.

Aprieto el móvil entre las manos. No le contesto.

—Sofía, ¿estás bien? ¿Comprendes bien mi idioma? —pregunta, queriendo ridiculizarme al no responder.

—Te lo dije el otro día, Alice: entiendo y hablo perfectamente tu idioma —le digo, mientras activo discretamente la grabadora del móvil.

Me siento valiente. Quiero terminar con esta gilipollas. Ella sonríe como si tuviera el control.

—Alice, no puedes estar aquí —le indica Celeste.

—¿Y por qué no? ¿Porque lo digas tú? He venido a saludar a Sofía —responde altiva—. Además, eres una insignificante secretaria. Tú no decides dónde puedo estar.

—No le hables así. Ten un poco de educación. ¿Quién te crees que eres? —la provoco, esperando que muerda el anzuelo.

—¿Que quién soy? —se ríe mientras se acerca.

Perfecto. Su soberbia sale a la superficie.

—Lo ha dicho el señor Clayton. Me ha pedido que no te deje entrar aquí —insiste Celeste, nerviosa—. Si no sales ahora mismo, tendré que interrumpir su reunión.

Alice la ignora y sigue avanzando, envalentonada. Celeste sale del despacho en busca de ayuda.

—¿Sabes quién soy? —susurra a mi oído.

—No. Dímelo. ¿Quién eres, Alice? —la desafío.

—Soy la que te va a echar de aquí, la que te va a mandar de vuelta a casa… y la que se va a quedar con tu novio. Zorra.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo lo vas a hacer? Porque con tu ratita y tus llamadas cobardes no lo estás consiguiendo. Vas a tener que esforzarte más.

—Lo haré. No te preocupes. Imaginación me sobra. Quizá me acueste con él. Seguro que eso hace que te largues de una puta vez —dice, arrogante—. ¿Y ahora qué? ¿Vas a llorarle otra vez a Scott para que te defienda? Si le dices algo, te juro que te mataré, puta. Lo digo en serio —susurra, pegada a mí.

—¿Eso es una amenaza, Alice? —le digo, sin apartarme.

—¡Alice! —la voz de Scott retumba desde la puerta.

Los tres miembros de la familia Clayton están ahí, inquietos. Celeste los ha llamado al ver el peligro.

Alice se aparta de golpe, dulcifica la sonrisa y dice:

—Scott, he venido a disculparme personalmente con Sofía. ¿No es así? —Me mira con cinismo.

Los ojos de Scott se fijan en mí.

—No. No es así. Estás mintiendo.

—Scott —balbucea ella, nerviosa—. No sé qué le pasa a tu novia, la tiene tomada conmigo. Sus celos van a romper nuestra amistad.

Camino hacia la puerta. Le entrego el móvil a Scott y le doy un beso en los labios.

—Me voy. Aquí tienes la verdad. Está todo grabado. Y, por cierto, Alice… —Me giro hacia ella—. Soy yo quien te echa de aquí y te manda de vuelta a casa.

—¿Dónde vas? —pregunta Scott, sujetándome del brazo.

—A por un helado.

—No llevas teléfono.

—Yo voy con ella; también quiero uno —dice Emma, guiñándome el ojo—. Me llamas a mí.

Me toma de la mano y salimos de allí.

Celeste regresa a su mesa. Las puertas del despacho se cierran y, a través del cristal, veo cómo Henry y Scott escuchan el audio. Alice rompe a llorar.

—Sofía, estás temblando. ¿Me quieres decir qué pasa con Alice? ¿Te ha vuelto a decir algo como en la fiesta de papá? —pregunta Emma en el ascensor.

—¿No te han contado tu padre y tu hermano lo de la rata y las llamadas?

—¿Qué rata? ¿Qué llamadas? Oh, my God , ¿de qué me hablas?

Me abrazo a ella y comienzo a llorar.

—Sofía, me estás asustando —dice, estrechándome—. Como sigas, voy a llorar yo también.

—Estoy bien, estoy bien —la calmo, sonriendo mientras me seco las mejillas—. Tenía mucha tensión dentro. Vamos a por ese helado y te lo cuento.

Entramos en la heladería de enfrente. Desde allí podemos ver la entrada del edificio. El local es coqueto, con paredes decoradas con ilustraciones minimalistas de vainas de vainilla, granos de café y frutas frescas.

—Aquí tienen unos helados riquísimos, de los mejorcitos de Manhattan —dice Emma, señalando la vitrina.

El empleado nos sonríe mientras se ajusta un delantal color mostaza. Nos ofrece cucharitas de muestra y, tras probar golosas tres o cuatro sabores, Emma se decide:

—Creo que me voy al Caramel Sticky Bun —dice, señalando el helado con trazas de canela y caramelo espeso.

Sonrío al ver su cara y pido el mío:

—Yo el Peanut Butter Fudge Pretzel. Nunca he probado el helado de mantequilla de cacahuete.

Nos los sirven en cuencos artesanales, con trocitos de galleta crujiente y un chorrito de caramelo. Qué pinta tan increíble tienen.

Decidimos sentarnos junto a la ventana para que Scott nos localice enseguida. Me lo como con mi glotonería habitual; estoy nerviosa y las ansias me pueden. Entre cucharada y cucharada, le cuento a Emma todo.

—Esa mujer no está bien, Sofía.

—No, no está bien. Está tan enamorada de tu hermano que es capaz de cualquier cosa.

—Eso no es amor —sentencia—. Es obsesión. Y roza la locura.

Mientras saboreamos el helado, vemos el coche de Oliver aparcar frente al edificio. Elliot y él bajan y entran.

—¿Qué hacen aquí? —pregunto sorprendida.

—Los habrá llamado Scott o mi padre. La van a despedir, estoy segura —aclara Emma.

Mi mente empieza a divagar. ¿Y si he despertado a la fiera? ¿Y si esto empeora las cosas? La van a despedir y puede que saque más rabia contra mí. Dios… ¿qué he hecho? Emma tiene razón: Alice está trastornada.

La angustia me golpea. Palidezco de golpe y noto la bilis subir por la garganta. Por Dios, otra vez no. Cada vez que pienso en esa loca, mi estómago se revuelve.

—Tengo que ir al baño; creo que voy a vomitar —le digo, levantándome.

No le doy tiempo a reaccionar, salgo disparada hacia el servicio.

—¿Te encuentras mejor? —pregunta Emma cuando vuelvo.

—Sí, un poco mejor. Han sido los nervios.

—¿Estás segura? Tienes mala cara.

—La verdad es que tengo el estómago revuelto. No sé si soy buena compañía ahora mismo.

—Venga, Sofía. Te acompaño a casa. Tienes que descansar.

—No hace falta, de verdad. Cojo un taxi.

—Ni hablar. Vamos, obedece. Luego aviso a Scott.

—Pues sí, parece que tu hermano tiene razón —le digo con una sonrisa cansada.

—¿En qué tiene razón? —pregunta, sin entender nada.

—Me dijo que nos parecemos mucho porque las dos somos unas mandonas.

Su risa resuena por toda la heladería, contagiando a los clientes de las mesas de al lado.

—Sí —dice entre carcajadas—. A mí también me lo dijo.

Emma para en la entrada del edificio un segundo; no quiere subir. Quiere regresar a la oficina y enterarse bien de todo. Ha llamado a Scott, no ha respondido, pero Henry sí. Siguen allí: su hermano terminando la maldita reunión con el cliente y Elliot, Oliver y él cerrando los detalles del despido.

Grace está en casa. Ya sabe todo; estaba con Oliver cuando Henry lo llamó. Al verme con tan mala cara me acompaña al dormitorio, se tumba conmigo y me acaricia el pelo. Está preocupada. Minutos después, aparece Valentina con la manzanilla.

—Tómatela, princesa. Te sentará bien —dice Grace con dulzura.

Me incorporo y me bebo mi segunda manzanilla del día.

—Debería ser yo la que te cuide a ti —le digo, agotada.

—No digas tonterías. Estoy bien. He tenido un buen día, sin molestias. He adelantado bastante trabajo en la galería y la exposición de Sebastián está casi lista.

—Parece un hombre muy agradable, ese fotógrafo.

—Lo es. Acuérdate de que mañana por la tarde tienes la sesión de fotos en su estudio. Aunque, si te sientes mal, que la mueva a otro día.

—Estaré bien. Esa loca me ha revuelto el cuerpo, pero mañana estaré perfecta.

—Bueno… esa loca ya es historia.

—Eso espero, Grace. De verdad.

Me recuesto, cierro los ojos mientras ella me besa en la mejilla y sale del dormitorio.

Creo que me he dormido unos minutos. Miro el despertador. No… no han sido unos minutos. Son las doce de la noche.

Oigo la ducha. La ropa de Scott está sobre la cama y su móvil —junto al mío— descansa sobre el sifonier blanco. ¿Mi bollicao está aquí? ¿En mi habitación? ¿En mi baño?

Solo saber que está cerca hace que desaparezcan todos mis males. Salgo de la cama y, con mi camisón de Minnie Mouse, voy en busca del hombre más precioso del mundo.

Me asomo. Está bajo el agua, de espaldas, regalándome la visión de su trasero. ¡Por Dios bendito! Debería ser ilegal tener un culo tan perfecto.

De repente, se gira y me ve. Me dedica esa sonrisa devastadora y cierra el grifo. Abre la puerta de la ducha y viene hacia mí.

Me aferro a su cuerpo desnudo y mojado. Él me abraza, sabiendo que es lo único que necesito.

—Qué sorpresa más agradable encontrarte en mi ducha —le susurro, pegadita a su pecho.

—Sé que te encantan las sorpresas —murmura sobre mi cabeza—. Emma me ha contado que has vomitado otra vez.

Su mano se desliza por mi espalda, lenta.

—He venido a verte… y a traerte el móvil. —Me besa el pelo con ternura—. Como estabas dormida, me quedé a cenar. Y bueno… Grace me invitó a quedarme a dormir.

Él me aprieta un instante, como si quisiera protegerme del mundo.

—Te quiero, Scott —murmuro, abrazándolo más fuerte.

—Y yo a ti, cariño. ¿Cómo te encuentras?

—¿De qué?

—De todo.

—Del estómago, bien; pero de lo otro… —levanto la vista y lo miro— no estoy segura. No sé si he hecho lo correcto. ¿Y si la he cabreado aún más?

—Sofía, con esa grabación no solo he podido despedirla. Te ha amenazado. Deberías denunciarla.

Inspiro hondo.

—Pero si la denuncio… Scott, no quiero que vaya a la cárcel. Quiero que se aleje de mí y nos deje en paz.

Él tuerce el gesto.

—No me digas que soy blanda o débil otra vez.

—Está bien. Mañana hablamos de esto. —Me acaricia la cara—. Vamos a la cama.

Coge una toalla, se la anuda a la cintura y volvemos al dormitorio.